Artículo · Santiago 2:14–26
Santiago 2:14–26: la fe que obra
Alejandro Sirit ·
Hay una mercancía que circula con el nombre de fe y no es fe. Se reconoce porque habla con soltura, recita lo que conviene y despide al necesitado con una bendición en los labios y las manos vacías. Santiago la pone delante de la iglesia sin adornos y le hace una pregunta que no admite evasivas: Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? (Santiago 2:14). El apóstol no pregunta si la fe salva, sino si salva esa fe, la que solo se dice; y la respuesta que el párrafo entero va a dar es tan sobria como terrible: la fe sin obras es muerta.
El hermano desnudo a la puerta
Santiago no argumenta en el aire. Pone un cuerpo en la puerta de la asamblea: Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? (Santiago 2:15–16). Las palabras son correctas y el hermano sigue desnudo. Por eso la conclusión cae con todo su peso: Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma (Santiago 2:17).
Santiago no dice que esa fe sea débil, ni incompleta, ni que le falte madurez para crecer con el tiempo; dice que está muerta. El hermano desnudo del capítulo segundo ya se anunciaba en el huérfano y la viuda del primero, donde la religión pura consistía en visitarlos en sus tribulaciones, y el que oyó la palabra y se fue sin hacer es el mismo que ahora despide al hambriento con un saludo.
También los demonios creen
El apóstol se adelanta a la objeción del que separa la fe de las obras como si fueran dos dones repartidos entre distintos creyentes: Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras: muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras (Santiago 2:18). La fe es invisible en su raíz, pero no lo es en su fruto, y el que pretende tenerla sin que nada la muestre pide que se le crea por su palabra, que es precisamente lo que está en cuestión.
Luego viene la frase que debería hacer temblar a toda ortodoxia satisfecha de sí misma: Tú crees que Dios es uno; bien haces: también los demonios creen, y tiemblan (Santiago 2:19). Los demonios conocen la gramática del credo y tiemblan; acumular doctrina mientras se vive en amargura no es oír, sino la sordera ilustrada de quien sabe mucho y no se ha rendido. El asentimiento a una verdad correcta no es todavía la fe que salva, porque la fe que salva no se queda en la frase: se entrega a Dios, y el que se ha entregado ya no se pertenece.
Abraham en el altar, Rahab en la ventana
Santiago llama entonces a dos testigos tan distintos que nadie podría confundirlos. El primero es el padre de la fe: ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios (Santiago 2:21–23). El orden importa. Abraham creyó y le fue contado por justicia en Génesis 15; el altar del monte llegó años después, en Génesis 22, y no compró una justicia que ya había sido imputada, sino que la mostró y la llevó a su cumplimiento. La fe actuó juntamente con sus obras; no fueron las obras las que fabricaron la fe.
La segunda testigo es una mujer pagana y de mala fama: Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? (Santiago 2:25). Hebreos la cuenta entre los que vivieron por fe, y Santiago señala la prueba de esa fe: abrió la puerta a los espías y arriesgó la vida por el Dios de Israel. Entre el patriarca y la ramera no hay otra cosa en común que esta, que ambos creyeron a Dios y su fe se movió. Por eso el párrafo se cierra con una imagen que no necesita comentario: Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta (Santiago 2:26).
Santiago no cancela a Pablo
Se ha querido enfrentar este capítulo con Romanos, como si la Escritura se contradijera. Pablo escribe: Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3:28), y Santiago parece responder: Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe (Santiago 2:24). Pero los dos apóstoles no responden a la misma pregunta ni combaten al mismo adversario. Romanos justifica al impío por la fe, contra el que pretende presentarse ante Dios con sus méritos; Santiago denuncia al que llama fe a lo que no obra, contra el que pretende presentarse ante Dios con una frase. Aun Pablo, a quien algunos oponen a Santiago, escribe que no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados (Romanos 2:13).
La analogía de la feLa Escritura se interpreta a sí misma. Ningún pasaje derriba el canon. se mantiene así entera: la justificación es por la fe sola, y la fe que justifica nunca está sola. Es sola como instrumento y nunca sola como vida. Pablo mismo lo dice en una línea: la fe que obra por el amor (Gálatas 5:6). Por eso hay dos muertos que comparten la misma tumba, el que cita a Pablo para no obrar y el que cita a Santiago para merecer. El primero ha fabricado un evangelio sin espejo; el segundo, un espejo sin evangelio.
De la fe muerta a la fe viva
Este pasaje no se escribió para que el lector mida la fe del vecino, sino para que se mire en él. Y lo primero que muestra es que no se trata de mejorar una religión, sino de conocer a Dios: Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3). Quien descubre que su fe era solo una frase no necesita un programa de buenas obras, sino que el Espíritu le convenza, porque esa es su obra: Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8).
A la convicción le sigue el arrepentimiento, que no es un sentimiento al final de la lectura, sino un volverse: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados (Hechos 3:19). Pedro unió en el primer sermón de la iglesia el arrepentimiento y el agua: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38). El bautismo no es una obra que compre nada, sino la obediencia primera de una fe que ya no quiere quedarse en palabras. Y la conversión es esto mismo hecho vida: el que antes despedía al hermano con un saludo ahora le abre la puerta, le viste y le da pan, no para ser salvo, sino porque lo ha sido.
Queda la perseverancia, que es la fe viva caminando en el tiempo. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mateo 24:13). La fe que obra no es un arranque de fervor que se apaga con la semana; es la que permanece fundada y firme, obra tras obra, hasta el día en que el Señor la encuentre. Si al leer Santiago 2 has visto que tu fe era solo una frase, no te consueles con una frase nueva: acércate a Cristo, arrepiéntete, pide el agua del bautismo si aún no la has recibido, y busca hoy al hermano necesitado que conoces por su nombre.
Alejandro Sirit