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Curso Experto Bíblico · Día 1

La puerta del sabio

Escuela Bíblica Cielo Efata · Dr. (h. c.) Alejandro Sirit

Bienvenida

Bienvenido a la primera lección de esta escuela bíblica. Durante muchos días vamos a caminar juntos por la Palabra de Dios con un propósito que conviene decir en voz alta desde el principio: no venimos a acumular datos, sino a conocer a Dios. Un hombre puede aprender los nombres de las veintidós letras hebreas, recitar la lista de los reyes de Judá, distinguir un aoristo de un perfecto y explicar la ruta de los viajes de Pablo, y todavía no haber entendido lo que la Escritura llama sabiduría. Por eso la primera lección no trata de gramática ni de fechas. Trata de la puerta por donde se entra. Si la puerta está mal, todo el edificio queda torcido; si la puerta es la correcta, cada lección posterior encuentra su lugar.

La pregunta de hoy es sencilla y profunda a la vez: ¿qué es un experto bíblico según la Biblia misma? No según las universidades, ni según el prestigio de los títulos, ni según la opinión de la época, sino según lo que Dios dice de los que estudian su Palabra. Para responderla vamos a caminar con un hombre del Antiguo Testamento que es el retrato más claro del estudioso de la Escritura: Esdras, el escriba. Lo veremos llegar de Babilonia a Jerusalén con la ley de su Dios en la mano, lo veremos llorar por el pecado del pueblo, y lo veremos subir a un púlpito de madera para leer la ley desde el alba hasta el mediodía mientras unos levitas ponían el sentido para que el pueblo entendiera. En su vida está, en miniatura, todo el programa de esta escuela.

Esta lección dura algo más de una hora. Está pensada para escucharla con calma, si es posible con la Biblia abierta, y para volver a ella al final de la semana. Al terminar habrá un repaso con preguntas. Contéstalas en voz alta, aunque estés solo. La voz fija lo que el oído recibe.

Primera parte. El hombre que preparó su corazón

El libro de Esdras nos lleva al siglo quinto antes de Cristo. El pueblo de Judá ha vuelto del cautiverio en dos oleadas. La primera, bajo Zorobabel, reconstruyó el altar y luego el templo, en medio de oposición y desaliento. Han pasado casi sesenta años desde la dedicación de aquella casa cuando, en el séptimo año del rey Artajerjes de Persia, un sacerdote descendiente de Aarón emprende el viaje de Babilonia a Jerusalén. Su nombre es Esdras, que significa ayuda. El Nuevo Diccionario de la Biblia de Alfonso Lockward, que está en nuestra biblioteca, observa que, aunque Esdras era sacerdote, lo que el texto subraya una y otra vez es su condición de escriba, y que esa palabra se repite unas diez veces en los libros de Esdras y Nehemías. El rey persa lo llama escriba erudito en la ley del Dios del cielo. Ese es su título. No es el de un general ni el de un gobernador, aunque recibió autoridad para nombrar jueces. Es el título de un hombre de la Palabra.

Ahora escucha el versículo que resume su vida. Es uno de los versículos más importantes para cualquier estudiante de la Biblia, y conviene aprenderlo de memoria hoy mismo.

«Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos.» Así dice Esdras, capítulo siete, versículo diez.

Fíjate en el orden. Primero, Esdras había preparado su corazón. La palabra hebrea traducida preparar es kun, el número Strong hache tres mil quinientos cincuenta y nueve, que tiene la idea de afirmar, establecer, dejar algo firme en su lugar. No se trata de una emoción pasajera, sino de una decisión estable. Esdras había fijado su corazón. Antes de la técnica está la dirección del corazón.

Segundo, para inquirir la ley de Jehová. El verbo es darash, hache mil ochocientos setenta y cinco: buscar, indagar, consultar, preguntar con insistencia. Es el mismo verbo que se usa cuando alguien acude a Dios para consultarle. Esdras no leía la ley de pasada; la interrogaba. De esa raíz saldría, siglos después, la palabra midrash, que designa la explicación de la Escritura. El estudio bíblico verdadero es una búsqueda, y una búsqueda exige tiempo, preguntas y paciencia.

Tercero, y para cumplirla. El verbo es asah, hache seis mil doscientos trece: hacer, obrar, poner por obra. Esdras no se conformaba con entender. Quería obedecer. Y observa que la obediencia viene antes que la enseñanza. El estudioso que no practica lo que aprende se convierte en un erudito sin autoridad, porque su vida desmiente su doctrina.

Cuarto, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos. El verbo es lamad, hache tres mil novecientos veinticinco, el mismo que en otra forma significa aprender. En hebreo, enseñar y aprender son dos caras de la misma raíz: quien enseña hace aprender. Esdras estudiaba para practicar, y practicaba para enseñar. Esa es la secuencia de esta escuela: inquirir, cumplir, enseñar.

Hay todavía una frase que no debemos pasar por alto. Unos versículos antes, el texto dice que el rey le concedió todo lo que pidió porque la mano de Jehová su Dios estaba sobre Esdras. Escucha.

«este Esdras subió de Babilonia. Era escriba diligente en la ley de Moisés, que Jehová Dios de Israel había dado; y le concedió el rey todo lo que pidió, porque la mano de Jehová su Dios estaba sobre Esdras.» Así dice Esdras, capítulo siete, versículo seis.

La mano de Dios estaba sobre él. El estudio de la Escritura no es una conquista humana. Es una gracia. Esdras era diligente, pero su diligencia descansaba en la mano buena de su Dios. Esa frase aparece varias veces en el libro, como un estribillo, y nos recuerda que todo progreso en el conocimiento de la Palabra es don de Dios antes que mérito nuestro.

Segunda parte. Qué es la sabiduría según la Escritura

Antes de seguir con Esdras, necesitamos definir la palabra que da nombre a este curso: sabio. El hebreo tiene una palabra central para sabiduría, jokmá, hache dos mil cuatrocientos cincuenta y uno, y una para sabio, jakam, hache dos mil cuatrocientos cincuenta. Lo interesante es que esas palabras se usan también para la habilidad de los artesanos. Cuando Dios llena a Bezaleel para construir el tabernáculo, le da sabiduría para trabajar el oro, la plata y la madera. La sabiduría bíblica, entonces, no es solamente información; es destreza para vivir. Es saber hacer lo correcto, en el momento correcto, de la manera correcta, delante de Dios.

El diccionario de Lockward lo explica así: en el mundo antiguo se consideraba sabio a quien reunía astucia, experiencia, discernimiento moral, conocimientos amplios y capacidad para juzgar o gobernar, pero en Israel esa palabra adquirió un sentido especial porque todas esas cosas se unieron con un elemento religioso, el temor de Dios. Y aquí llegamos al lema de todo el libro de Proverbios, que es también el lema de esta escuela.

«El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza. Amonestaciones de la Sabiduría» Así dice Proverbios, capítulo uno, versículo siete.

Y unos capítulos más adelante el mismo libro lo repite con otras palabras.

«El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.» Así dice Proverbios, capítulo nueve, versículo diez.

La palabra temor es yirá, hache tres mil trescientos setenta y cuatro. No es el terror del esclavo que huye de un amo cruel. Es la reverencia del hijo que conoce la grandeza y la santidad de su Padre, y que por eso no quiere ofenderle. El temor de Jehová incluye asombro, adoración, confianza y obediencia. Y la palabra principio, en Proverbios uno siete, es reshit, hache siete mil doscientos veinticinco, la misma raíz de la primera palabra de la Biblia: en el principio. El temor de Dios es el punto de partida y también la parte principal, lo primero en el tiempo y lo primero en importancia. Nadie llega a ser sabio en la Biblia saltándose el temor de Dios. Puede llegar a ser erudito, pero no sabio.

Observa también la segunda mitad del versículo: los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza. El necio de Proverbios no es el que tiene poca inteligencia, sino el que rechaza la corrección. Hay hombres de gran capacidad intelectual que son necios en sentido bíblico, porque no se dejan enseñar. Y hay hombres sencillos que son sabios, porque temen a Dios y reciben su Palabra. Por eso el primer requisito para avanzar en esta escuela no es la memoria ni la cultura, sino la disposición a ser corregido por la Escritura.

El profeta Jeremías añade una advertencia que todo estudioso debe llevar en el bolsillo. Escucha lo que dice Dios por medio de él.

«Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.» Así dice Jeremías, capítulo nueve, versículos veintitrés al veinticuatro.

Aquí está la meta. Dios no dice que el sabio no deba saber, sino que no debe gloriarse en su sabiduría. La única gloria legítima es entender y conocer a Dios: conocer que Él es Jehová, que hace misericordia, juicio y justicia en la tierra. Toda la erudición bíblica, toda la gramática, toda la historia, toda la crítica textual, tiene un solo fin: que conozcamos mejor al Dios que se revela en la Escritura. Si alguna vez el estudio nos aparta de ese fin, el estudio se ha corrompido.

El apóstol Pablo dice lo mismo desde el Nuevo Testamento, cuando los corintios se jactaban de su conocimiento.

«En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él.» Así dice primera de Corintios, capítulo ocho, versículos uno al tres.

El conocimiento envanece, dice el apóstol; el amor edifica. La palabra griega para conocimiento es gnósis, ge mil ciento ocho. Pablo no la desprecia; él mismo era el hombre más instruido de su generación. Pero advierte que el conocimiento sin amor infla al hombre como un globo: mucho volumen y nada de peso. Y luego da la vuelta a la frase con una profundidad asombrosa: si alguno ama a Dios, es conocido por Él. Lo más importante no es lo que nosotros sabemos de Dios, sino que Dios nos conoce a nosotros. El experto bíblico verdadero es, ante todo, un hombre conocido por Dios.

Tercera parte. El Maestro de los maestros

Si queremos saber cómo se estudia la Escritura, el mejor modelo no es Esdras, sino Aquel de quien Esdras era sombra: el Señor Jesucristo. Él es el Verbo eterno, la sabiduría de Dios hecha carne, y sin embargo, en los días de su humanidad, se sometió a la Escritura, la citó, la explicó y la cumplió. Cuando fue tentado en el desierto, respondió tres veces con la misma fórmula: escrito está. Cuando discutía con los que le resistían, les preguntaba: ¿no habéis leído? Y cuando quiso dar a sus discípulos la lección de hermenéutica más importante de la historia, lo hizo en un camino, la tarde de su resurrección.

Dos discípulos iban a una aldea llamada Emaús, tristes, conversando sobre la crucifixión. El Señor resucitado se acercó y caminó con ellos, pero sus ojos estaban velados. Les preguntó de qué hablaban, y ellos le contaron sus esperanzas rotas. Entonces Él les dijo:

«Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículos veinticinco al veintisiete.

Observa la palabra declaraba. En griego es diermenéuo, ge mil trescientos veintinueve, de la misma familia que hermenéutica. El Señor Jesús hizo hermenéutica: explicó, interpretó, tradujo el sentido de las Escrituras. Y su punto de partida fue Moisés y todos los profetas, y su tema fue lo que de Él decían. Toda la Escritura habla de Cristo. No en el sentido de que cada versículo sea una profecía directa, sino en el sentido de que toda la historia de la redención converge en Él, toda la ley lo necesita, todos los sacrificios lo anuncian y todas las promesas encuentran en Él su sí y su amén.

Más tarde, esa misma noche, el Señor se apareció a los once y les dijo algo que nos servirá cuando estudiemos el canon en la lección tres.

«Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras;» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículos cuarenta y cuatro al cuarenta y cinco.

Aquí aparecen las tres partes de la Biblia hebrea: la ley de Moisés, los profetas y los salmos, que encabezan la tercera sección llamada los escritos. Y observa el versículo cuarenta y cinco: entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras. El estudio bíblico necesita dos aperturas: que se abra el libro y que se abra el entendimiento. La primera la hace el maestro con su explicación; la segunda solo la hace el Señor por su Espíritu. Por eso cada lección de esta escuela empieza y termina con oración.

El Señor también advirtió a los que estudiaban la Escritura sin llegar a Él. Escucha sus palabras a los líderes de Jerusalén.

«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Así dice Juan, capítulo cinco, versículos treinta y nueve al cuarenta.

Aquí está el peligro más grande del estudioso. Aquellos hombres escudriñaban las Escrituras. El verbo es eraunáo, ge dos mil cuarenta y cinco: rastrear, investigar, buscar como quien sigue una huella. Eran expertos. Contaban las letras de la ley. Y sin embargo no querían venir a Cristo para tener vida. Se puede ser un gran investigador de la Biblia y estar perdido. Se puede conocer el texto y no conocer al Autor. Por eso esta escuela tiene cinco fines que atraviesan todas las lecciones, aunque no siempre los nombremos: conocer a Dios, ser convencido de pecado, arrepentirse, convertirse de veras a Cristo y mantenerse firme hasta el fin. Si una lección no nos acerca a esos cinco fines, la lección ha fallado.

Cuarta parte. El Espíritu que abre y la conciencia que se dobla

Volvamos a Esdras. Cuando llegó a Jerusalén con su compañía, después de un viaje de unos cuatro meses en el que no quiso pedir escolta militar al rey para no deshonrar el nombre de Dios, se encontró con una noticia terrible. Los príncipes le dijeron que el pueblo, los sacerdotes y los levitas se habían mezclado con los pueblos de la tierra en sus matrimonios y en sus abominaciones, y que los primeros en esa infidelidad habían sido los mismos jefes. ¿Qué hizo el escriba erudito? No escribió un tratado. No convocó una conferencia. Rasgó su vestido, se arrancó pelo de la cabeza y de la barba, y se sentó angustiado hasta la hora del sacrificio de la tarde. Luego se postró de rodillas, extendió las manos a Jehová y oró. Escucha el comienzo de su oración.

«Y a la hora del sacrificio de la tarde me levanté de mi aflicción, y habiendo rasgado mi vestido y mi manto, me postré de rodillas, y extendí mis manos a Jehová mi Dios, y dije: Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo.» Así dice Esdras, capítulo nueve, versículos cinco al seis.

Aquí aprendemos algo que ningún currículo académico enseña con suficiente fuerza: el verdadero conocimiento de la ley produce convicción de pecado. Esdras conocía la ley mejor que nadie, y precisamente por eso fue el primero en avergonzarse. No dijo: ellos han pecado. Dijo: nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza. Se incluyó. El estudioso maduro no usa la Biblia como una vara para golpear a otros, sino como un espejo para examinarse primero.

Santiago lo dice con una imagen inolvidable.

«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.» Así dice Santiago, capítulo uno, versículos veintidós al veinticinco.

El que oye la Palabra y no la hace es como un hombre que se mira en un espejo y luego se va y olvida cómo era. Pero el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, será bienaventurado en lo que hace. La palabra mirar atentamente es parakýpto, ge tres mil ochocientos setenta y nueve: inclinarse para ver de cerca, como quien se agacha para mirar dentro de un sepulcro. Es la misma palabra que se usa cuando Pedro y Juan se inclinan para mirar dentro de la tumba vacía. El estudio bíblico es inclinarse ante el texto, con humildad, para ver de cerca.

La respuesta de Esdras tuvo consecuencias. Mientras él oraba y confesaba llorando, se juntó a su alrededor una gran multitud de hombres, mujeres y niños, y el pueblo lloró amargamente. Un hombre llamado Secanías dijo: nosotros hemos pecado contra nuestro Dios, pero a pesar de esto aún hay esperanza para Israel. La convicción produjo arrepentimiento, y el arrepentimiento produjo conversión: una decisión concreta de apartarse del pecado. Cuando un estudioso de la Palabra se dobla ante ella, la Palabra empieza a doblar también a los que le rodean.

Quinta parte. El púlpito de madera

Unos trece años después, ya en tiempos de Nehemías, cuando el muro de Jerusalén estaba reconstruido, el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, y pidió a Esdras que trajera el libro de la ley de Moisés. Escucha cómo lo cuenta Nehemías.

«y se juntó todo el pueblo como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, y dijeron a Esdras el escriba que trajese el libro de la ley de Moisés, la cual Jehová había dado a Israel. Y el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos los que podían entender, el primer día del mes séptimo. Y leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley.» Así dice Nehemías, capítulo ocho, versículos uno al tres.

Observa el detalle: hombres y mujeres y todos los que podían entender. La Palabra de Dios no es propiedad de una casta. Es para todo el pueblo. Y leyó desde el alba hasta el mediodía: unas seis horas de lectura. Y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley. Tú estás haciendo algo muy parecido ahora mismo: estás escuchando. La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios, dice Pablo en Romanos diez diecisiete. Un curso para el oído tiene raíces muy antiguas.

Sigue el relato.

«Y el escriba Esdras estaba sobre un púlpito de madera que habían hecho para ello, y junto a él estaban Matatías, Sema, Anías, Urías, Hilcías y Maasías a su mano derecha; y a su mano izquierda, Pedaías, Misael, Malquías, Hasum, Hasbadana, Zacarías y Mesulam. Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento. Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra.» Así dice Nehemías, capítulo ocho, versículos cuatro al seis.

Esdras estaba sobre un púlpito de madera que habían hecho para ello. Es la primera vez que la Biblia menciona algo parecido a un púlpito, y está asociado a la lectura pública de la Escritura. Cuando abrió el libro, todo el pueblo se puso en pie. Esdras bendijo a Jehová, y el pueblo respondió amén, amén, alzando las manos, y luego se inclinaron y adoraron rostro en tierra. La lectura de la Palabra produjo adoración. El estudio bíblico que no termina en adoración se queda a mitad de camino.

Y ahora el versículo que define la tarea del exégeta, del intérprete y del predicador.

«Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura.» Así dice Nehemías, capítulo ocho, versículo ocho.

Leían claramente, ponían el sentido, y hacían que entendiesen la lectura. Ahí tienes, en una sola frase, tres disciplinas de esta escuela. Leer claramente es la tarea de la crítica textual y de las lenguas: saber qué dice el texto, palabra por palabra. Poner el sentido es la tarea de la hermenéutica y de la exégesis: explicar lo que el texto significa en su contexto. Hacer que entiendan es la tarea de la homilética: comunicar con claridad para que el oyente comprenda y responda. Los levitas que ayudaban a Esdras eran exégetas y predicadores al mismo tiempo.

¿Y cómo respondió el pueblo? Lloraba. Al oír la ley, se dieron cuenta de cuánto se habían apartado. Pero Nehemías, Esdras y los levitas les dijeron que aquel día era santo, que no se entristecieran, y les dieron una frase que ha sostenido a generaciones de creyentes.

«Luego les dijo: Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza.» Así dice Nehemías, capítulo ocho, versículo diez.

El gozo de Jehová es vuestra fuerza. La Palabra primero hiere y después sana. Primero convence de pecado y después consuela con la gracia. El pueblo fue a comer, a beber y a compartir, porque habían entendido las palabras que les habían enseñado. Y al día siguiente, los jefes de familia, los sacerdotes y los levitas se reunieron con Esdras para entender las palabras de la ley. Descubrieron en el texto la fiesta de los tabernáculos, que no se celebraba así desde los días de Josué, y la celebraron con gran alegría. Durante siete días, Esdras leyó en el libro de la ley de Dios. Así es el ciclo del estudio verdadero: se lee, se entiende, se obedece, se celebra, y se vuelve a leer.

Sexta parte. El lugar del corazón en el estudio

Hasta aquí hemos visto el retrato de Esdras. Ahora necesitamos poner algunas columnas que sostengan todo el edificio de esta escuela. La primera columna es la meditación constante. Cuando Moisés murió y Josué recibió la tarea de conducir al pueblo, Dios no le dio primero un plan militar, sino un libro.

«Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.» Así dice Josué, capítulo uno, versículo ocho.

Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley. Observa que la ley debía estar en la boca, no solo en los ojos. La palabra meditar es hagá, hache mil ochocientos noventa y siete, que significa murmurar, susurrar, hablar en voz baja, incluso gemir o arrullar como la paloma. Meditar en la Biblia, para un hebreo, no era vaciar la mente, sino llenarla de la Palabra repitiéndola en voz baja, de día y de noche. Por eso un curso en audio es una herramienta muy bíblica: lo que escuchas lo repites, y lo que repites se queda.

El primer salmo dice lo mismo con una imagen de árbol.

«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará.» Así dice Salmos, capítulo uno, versículos uno al tres.

El varón bienaventurado no anda, no se detiene, no se sienta con los que desprecian a Dios. Su delicia está en la ley de Jehová, y en su ley medita de día y de noche. El resultado es un árbol plantado junto a corrientes de aguas. La palabra plantado es shatal, hache ocho mil trescientos sesenta y dos, que sugiere un árbol trasplantado a propósito, puesto allí por un jardinero. El creyente que medita en la Palabra no crece por casualidad. Ha sido plantado por Dios junto al río. Y su fruto llega a su tiempo: no de inmediato, no según nuestra impaciencia, sino en la estación que Dios señala. Esta escuela es larga. El fruto vendrá a su tiempo.

La segunda columna es el amor por la Palabra. El salmo ciento diecinueve, el más largo de la Biblia, es un poema alfabético de veintidós estrofas, una por cada letra hebrea, cada una con ocho versículos. Lo estudiaremos en la lección cinco, cuando aprendamos el alfabeto. Por ahora escucha una de sus estrofas, la que corresponde a la letra mem.

«¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, Porque siempre están conmigo. Más que todos mis enseñadores he entendido, Porque tus testimonios son mi meditación. Más que los viejos he entendido, Porque he guardado tus mandamientos; De todo mal camino contuve mis pies, Para guardar tu palabra. No me aparté de tus juicios, Porque tú me enseñaste. ¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca. De tus mandamientos he adquirido inteligencia; Por tanto, he aborrecido todo camino de mentira.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículos noventa y siete al ciento cuatro.

¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. El salmista afirma que entiende más que todos sus enseñadores, más que los viejos, porque guarda los mandamientos de Dios. No es arrogancia. Está diciendo que la Palabra de Dios, recibida y obedecida, da una sabiduría que ningún maestro humano puede dar por sí solo. Y añade: de tu ley he adquirido inteligencia; por tanto, he aborrecido todo camino de mentira. El estudio de la Biblia produce un afecto doble: amor por la verdad y aborrecimiento de la mentira. Si con los meses descubres que amas más la Palabra y toleras menos el pecado, la escuela está funcionando.

La tercera columna es la diligencia. Pablo escribió a Timoteo, su hijo en la fe, una frase que se ha convertido en el lema de muchos seminarios.

«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.» Así dice segunda de Timoteo, capítulo dos, versículo quince.

Procura con diligencia. El verbo es spoudázo, ge cuatro mil setecientos cuatro: apresurarse, esforzarse, poner empeño. No hay estudio bíblico serio sin esfuerzo. Presentarte a Dios aprobado: la palabra es dókimos, ge mil trescientos ochenta y cuatro, que se usaba para las monedas que pasaban la prueba y para los metales probados por fuego. El estudioso no estudia para ser aprobado por los hombres, sino por Dios. Como obrero que no tiene de qué avergonzarse: el estudio bíblico es trabajo, oficio, labor de artesano. Y la última frase: que usa bien la palabra de verdad. El verbo es orthotoméo, ge tres mil setecientos dieciocho, literalmente cortar en línea recta. Se usaba para trazar un camino recto o para un corte preciso. El experto bíblico traza en línea recta la palabra de verdad, sin torcerla para que diga lo que él quiere, sin desviarla hacia sus gustos, sin cortarla en pedazos para armar un argumento ajeno.

La cuarta columna es la confianza en la Escritura como Palabra de Dios. En la misma carta, Pablo recuerda a Timoteo de dónde venía su formación.

«Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.» Así dice segunda de Timoteo, capítulo tres, versículos catorce al diecisiete.

Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Aquí la palabra sabio es sofízo, ge cuatro mil seiscientos setenta y nueve: hacer sabio. La Escritura hace sabios. Pero ¿sabios para qué? Para la salvación por la fe en Cristo. La primera sabiduría de la Biblia no es saber de muchas cosas, sino saber cómo un pecador puede ser reconciliado con Dios. Y luego viene el versículo que estudiaremos a fondo mañana: toda la Escritura es inspirada por Dios. La palabra es theópneustos, ge dos mil trescientos quince, soplada por Dios. El diccionario de Lockward observa que el énfasis de esa palabra está en el origen: más que inspiración, se trata de una expiración, de un aliento que sale de Dios. La Escritura es útil para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. Si la Escritura prepara enteramente, no necesitamos otra fuente de autoridad por encima de ella. Esa es la convicción que llamamos sola Scriptura.

Séptima parte. Dos estudiosos del Nuevo Testamento

Antes de dibujar el mapa del curso, quiero presentarte dos retratos breves del Nuevo Testamento que completan el de Esdras. El primero es una congregación entera: los de Berea. Pablo y Silas llegaron a esa ciudad de Macedonia huyendo de Tesalónica, y entraron en la sinagoga. Escucha cómo los describe Lucas.

«Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres.» Así dice Hechos, capítulo diecisiete, versículos diez al doce.

Eran más nobles que los de Tesalónica. La palabra es eugenés, ge dos mil ciento cuatro, de buen linaje, de noble carácter. ¿En qué consistía su nobleza? En dos cosas que deben ir juntas: recibieron la palabra con toda solicitud, es decir, con prontitud y avidez, y escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. No eran crédulos ni incrédulos. Eran receptivos y críticos al mismo tiempo, en el buen sentido de la palabra crítico: examinaban todo a la luz de la Escritura. Ni siquiera la enseñanza del apóstol Pablo quedaba exenta de ese examen, y Lucas los elogia por ello. Así queremos que escuches esta escuela: con avidez, y con la Biblia abierta para comprobar si las cosas son así. Si alguna vez algo de lo que oyes no concuerda con la Escritura, la Escritura gana.

El segundo retrato es el de Apolos.

«Llegó entonces a Efeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído; porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.» Así dice Hechos, capítulo dieciocho, versículos veinticuatro al veintiocho.

Apolos era natural de Alejandría, la gran ciudad del saber en el mundo antiguo, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. La frase poderoso en las Escrituras usa la palabra dynatós, ge mil cuatrocientos quince: capaz, fuerte. Era instruido en el camino del Señor, ferviente de espíritu, y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor. Sin embargo, solamente conocía el bautismo de Juan. Tenía un vacío. Y aquí aparece algo hermoso: Priscila y Aquila, un matrimonio de fabricantes de tiendas, le oyeron, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. No lo corrigieron en público para humillarlo. Lo tomaron aparte. Y Apolos, el elocuente de Alejandría, se dejó enseñar por dos artesanos. Por eso pudo después ser de gran provecho a los que habían creído, refutando públicamente a los que se oponían y demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo. La humildad para ser corregido es la condición para llegar a ser poderoso en las Escrituras.

Octava parte. El mapa de la escuela

Ahora que tenemos la puerta y las columnas, podemos mirar el plano completo del edificio. Esta escuela tiene la extensión de un programa completo de formación teológica. Para trazarlo comparamos los planes de estudio de varios seminarios de tradición bíblica e histórica, y encontramos que todos coinciden en un núcleo común. Ese núcleo es el que vas a recibir aquí, en audio, día tras día. Te lo voy a explicar disciplina por disciplina, para que sepas qué es cada una y por qué la necesitas.

La primera disciplina es la bibliología, la doctrina de la Escritura: qué es la Biblia, cómo se reveló Dios, qué significa que la Escritura sea inspirada, por qué es infalible y suficiente. Es el fundamento, y por eso la estudiamos mañana.

La segunda es el canon: cuáles libros forman parte de la Escritura y por qué. Lo estudiaremos en la lección tres.

La tercera es la crítica textual. Esta palabra asusta a algunos, pero la crítica textual es simplemente el estudio de cómo se ha transmitido el texto bíblico a través de los siglos, por medio de manuscritos copiados a mano, hasta llegar a nuestras Biblias impresas. Esta escuela la estudia desde la confianza en el texto que Dios ha preservado y que la iglesia recibió: el texto masorético para el Antiguo Testamento y el Textus Receptus para el Nuevo. Es la lección cuatro.

La cuarta son las lenguas bíblicas. El Antiguo Testamento fue escrito en hebreo, con algunas secciones en arameo, en Daniel y en Esdras. El Nuevo Testamento fue escrito en griego. No necesitas llegar a ser un filólogo para estudiar bien la Biblia, pero conocer el alfabeto, el sonido de las palabras, las palabras clave y su número en la concordancia de Strong te abrirá puertas que ninguna traducción puede abrir del todo. En esta escuela aprenderás las lenguas por el oído: las letras, su pronunciación y el vocabulario esencial. La concordancia de James Strong, publicada a fines del siglo diecinueve, asignó un número a cada palabra hebrea y aramea, que se cita con la letra hache, y a cada palabra griega, que se cita con la letra ge. Cuando en esta escuela digamos, por ejemplo, hache tres mil trescientos setenta y cuatro, estaremos hablando de la palabra yirá, temor. Con ese número puedes encontrar la palabra en cualquier concordancia o diccionario que use el sistema de Strong. Las lecciones cinco y seis abren el hebreo y el griego.

La quinta es la hermenéutica: la ciencia y el arte de interpretar. Su nombre viene del griego hermenéuo, interpretar, y ya vimos que el Señor Jesús la practicó en el camino a Emaús. Te enseñará a leer cada texto en su sentido literal, gramatical e histórico, en su contexto, según su género literario, y siempre a la luz de toda la Escritura. Es la lección siete, y luego un módulo entero.

La sexta es la exégesis: la aplicación del método a un pasaje concreto. Su nombre viene del griego exegéomai, que significa sacar fuera, conducir hacia afuera, explicar. La exégesis saca del texto lo que está en el texto. Su enemiga es la eiségesis, que mete en el texto lo que el lector trae de fuera. Es la lección ocho.

La séptima es el panorama de la Biblia libro por libro: autor, fecha, contexto, estructura, mensaje y cómo cada libro apunta a Cristo. Empezamos con Génesis en la lección nueve.

La octava es el trasfondo histórico y la arqueología: la geografía de la tierra prometida, los imperios que rodearon a Israel, las costumbres, el templo, la sinagoga y los hallazgos que han iluminado el texto bíblico.

La novena es la teología bíblica y sistemática. La teología bíblica sigue el hilo de la revelación a lo largo de la historia, desde Génesis hasta Apocalipsis. La teología sistemática ordena la enseñanza de toda la Escritura por temas: Dios, el hombre, el pecado, Cristo, la salvación, el Espíritu Santo, la iglesia y las últimas cosas.

La décima es la historia de la iglesia: los mártires, los defensores de la fe, la Reforma, los avivamientos y la historia de la Biblia en español, desde Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera.

La undécima es la apologética: la defensa de la fe. El nombre viene de la palabra griega apología, ge seiscientos veintisiete, que Pedro usa cuando dice que estemos siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que nos demande razón de la esperanza que hay en nosotros. La lección diez abre esta disciplina con la resurrección.

La duodécima es la homilética: el arte de predicar y enseñar la Palabra, de hacer que el pueblo entienda la lectura, como los levitas de Esdras.

Y la decimotercera, que no es una disciplina más, sino el suelo de todas, es la sabiduría práctica y la devoción: la oración, la meditación, la santidad, la consejería con la Escritura, el carácter del maestro de la Palabra y la perseverancia.

Novena parte. La rutina diaria

Dijimos que este es un curso para escuchar entre una y dos horas al día. Te propongo una manera de usarlo. Antes de dar play, ora brevemente. Puedes usar las palabras del salmista: abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. Ese versículo es el salmo ciento diecinueve, versículo dieciocho. Luego escucha la lección completa, sin prisa. Si puedes, ten la Biblia abierta en los pasajes que se citan. Cuando lleguemos a las palabras hebreas y griegas, repítelas en voz alta: el oído aprende mejor cuando la boca acompaña. Al final de la lección, responde el repaso en voz alta. Si tienes tiempo para la segunda hora, vuelve a escuchar la lección del día anterior, o lee en tu Biblia, en voz alta, los capítulos que la lección menciona. Una vez por semana, en lugar de una lección nueva, repasa las de la semana. La repetición no es pérdida de tiempo: es como el agua que cae sobre la piedra.

Y una última recomendación práctica: escribe. Aunque el curso es para el oído, ten a mano un cuaderno o una nota en el teléfono para anotar una sola frase por lección, la que más te haya hablado. Al cabo de un año tendrás un libro de trescientas sesenta frases, y cada una te recordará una lección entera.

Décima parte. Los peligros del camino

Todo camino tiene peligros, y es honrado nombrarlos desde el principio. El primer peligro es el orgullo, del que ya hablamos. El conocimiento envanece. El remedio es recordar que todo lo que sabemos lo hemos recibido. ¿Qué tienes que no hayas recibido?, pregunta Pablo en primera de Corintios cuatro siete.

El segundo peligro es la curiosidad sin obediencia. Hay quien estudia la Biblia como quien colecciona estampillas, por el placer de saber, sin dejar que el texto le toque. El remedio es el orden de Esdras: inquirir para cumplir, y cumplir para enseñar.

El tercer peligro es la novedad. Hay estudiosos que, para parecer originales, buscan siempre una interpretación que nadie haya visto antes. Pero en la Escritura lo nuevo suele ser lo falso. El remedio es leer con la iglesia de todos los siglos, con los grandes comentaristas que nos precedieron, sin ponerlos por encima de la Escritura, pero sin despreciarlos tampoco.

El cuarto peligro es el desaliento. Hay días en que el hebreo parece imposible, la historia parece interminable y el corazón está frío. El remedio es la promesa de Isaías cincuenta y cinco: la palabra de Dios no vuelve vacía. Escucha.

«Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.» Así dice Isaías, capítulo cincuenta y cinco, versículos diez al once.

Como la lluvia y la nieve que descienden del cielo y no vuelven allá sino que riegan la tierra, así es la Palabra que sale de la boca de Dios. No volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él quiere y será prosperada en aquello para que la envió. Esta promesa vale para la Palabra predicada y también para la Palabra estudiada. Ninguna hora que pases en la Escritura con fe es una hora perdida.

El quinto peligro es el más sutil: sustituir la relación con Dios por la información sobre Dios. Salomón es el ejemplo trágico. Dios le dio un corazón sabio y entendido como no lo hubo antes ni lo habría después. Compuso tres mil proverbios y mil cinco cantares. Habló de los árboles, de los animales, de las aves, de los reptiles y de los peces. Venían de todos los pueblos a oír su sabiduría. Y sin embargo, cuando fue viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no fue perfecto con Jehová su Dios, como el de su padre David. Escucha cómo lo dice el texto.

«Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David.» Así dice primero de Reyes, capítulo once, versículo cuatro.

El hombre más sabio de la historia de Israel terminó mal porque su corazón se apartó. La sabiduría no se hereda ni se almacena; se cultiva cada día en el temor de Dios. Por eso el último de los cinco fines de esta escuela es mantenerse firme. No basta comenzar bien. Hay que perseverar.

Undécima parte. La gracia que sostiene al estudioso

No quiero terminar esta lección con una advertencia, sino con el evangelio. Todo lo que hemos dicho, la diligencia, la meditación, la obediencia, podría sonar como una carga imposible. Y lo sería, si dependiera de nosotros. Pero la Biblia no nos presenta primero lo que nosotros hacemos por Dios, sino lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo. El indicativo de la gracia va antes que el imperativo del deber.

Pablo escribe a los corintios que Cristo nos ha sido hecho por Dios sabiduría.

«Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.» Así dice primera de Corintios, capítulo uno, versículos treinta al treinta y uno.

Cristo es nuestra sabiduría. No solo nos enseña sabiduría; Él mismo es la sabiduría de Dios. Y en Colosenses dos tres el apóstol dice que en Él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Si quieres llegar a ser un experto bíblico, el camino no es primero un método, sino una Persona. Todo el estudio de esta escuela es un viaje hacia los tesoros escondidos en Cristo.

Y si te falta sabiduría, Santiago te dice qué hacer.

«Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.» Así dice Santiago, capítulo uno, versículo cinco.

Pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche. Sin reproche: Dios no te va a echar en cara tu ignorancia. No te va a decir: ¿cómo no sabías esto todavía? Él da con generosidad a quien pide con fe. Esa es la última frase de nuestra lección, y la primera oración de nuestra escuela.

Duodécima parte. Tres retratos más del estudioso de la Palabra

Esdras no es el único modelo que la Escritura nos ofrece. Antes de terminar, quiero que conozcas a tres compañeros de camino que te acompañarán durante toda la escuela: un joven cautivo en Babilonia, un anciano que oraba con la Biblia abierta, y un muchacho que aprendió las Escrituras en las rodillas de su abuela y de su madre.

El primero es Daniel joven. Fue llevado cautivo a Babilonia siendo un muchacho, en el tercer año de Joacim, el mismo rey que quemó el rollo de Jeremías, como veremos mañana. En Babilonia lo pusieron en la escuela del rey, para que aprendiera las letras y la lengua de los caldeos. Le cambiaron el nombre, le ofrecieron la comida de la mesa real, y quisieron borrar de él la identidad de su pueblo. Escucha lo que hizo.

«Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse.» Así dice Daniel, capítulo uno, versículo ocho.

Daniel propuso en su corazón no contaminarse. Recuerda la frase de Esdras: había preparado su corazón. La sabiduría bíblica siempre comienza en una decisión interior. Daniel no despreció el estudio de Babilonia; aprendió sus letras y llegó a ser diez veces mejor que todos los magos y astrólogos del reino. Pero estudió sin entregar su corazón. Y el texto dice que a estos cuatro muchachos Dios les dio conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias, y que Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños. El estudiante de esta escuela leerá libros de muchos autores, comentarios, diccionarios, gramáticas y obras de historia. Debe hacerlo como Daniel: aprendiendo todo lo útil y guardando el corazón para Dios.

El segundo retrato es Daniel anciano. Han pasado casi setenta años. Babilonia ha caído, y Daniel, ya muy mayor, está sirviendo bajo Darío de Media. Y en ese momento hace algo que todo estudiante debe imitar.

«en el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años. Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza.» Así dice Daniel, capítulo nueve, versículos dos al tres.

Yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías. Este anciano, que había recibido visiones directamente de Dios, seguía leyendo la Escritura. Tenía en sus manos el rollo de Jeremías, el mismo que había sobrevivido al brasero. Leyó que la desolación de Jerusalén duraría setenta años, hizo la cuenta, y entendió que el tiempo estaba cumplido. ¿Y qué hizo con lo que entendió? No escribió un tratado de profecía para satisfacer la curiosidad. Volvió su rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Leyó la Biblia y se puso a orar. Y su oración, que ocupa casi todo el capítulo nueve, es una confesión de pecado tejida con frases de Moisés, de Salomón y de Jeremías. Daniel oraba con las palabras de la Escritura.

Aquí está una lección de método que no debes olvidar. El estudio de la Biblia no termina en el entendimiento; termina en la oración. Daniel miró atentamente, entendió, y oró. Ese es el ciclo que proponemos para cada día de esta escuela: escuchar la lección, meditar un pasaje, y convertirlo en oración. Si la profecía de Jeremías llevó a Daniel a confesar el pecado de su pueblo, cada lección debería llevarte a hablar con Dios de lo que has aprendido.

El tercer retrato es Timoteo. Pablo le escribe en su última carta, desde la cárcel en Roma, poco antes de morir.

«trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también.» Así dice segunda de Timoteo, capítulo uno, versículo cinco.

La fe no fingida que habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice. Y en el capítulo tres, el apóstol añade: desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Timoteo tenía un padre griego, que según todo indica no era creyente. Pero una abuela y una madre fieles le enseñaron las Escrituras desde niño, en una casa sencilla de Listra. Esa enseñanza humilde de dos mujeres preparó al hombre que luego sería pastor en Éfeso y colaborador del apóstol de los gentiles.

Este retrato tiene una aplicación que no debemos pasar por alto. El estudiante de la Biblia no aprende solo para sí. Lo que aprendes en esta escuela debe pasar a tu casa: a tu esposa, a tus hijos, a tus nietos, a los que viven contigo. Deuteronomio seis manda que las palabras de Dios estén sobre tu corazón, y que las repitas a tus hijos, y hables de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Las mejores escuelas bíblicas de la historia no han sido los grandes seminarios, sino las mesas de las familias donde se leía la Biblia cada día.

Y Pablo, en su primera carta, le dejó a Timoteo un programa de estudio que vale para nosotros.

«Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio. Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.» Así dice primera de Timoteo, capítulo cuatro, versículos trece al dieciséis.

Ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza. Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello. Observa el orden de la última frase: primero de ti mismo, después de la doctrina. El maestro que descuida su propia alma termina enseñando una doctrina que él mismo no vive. Y la palabra aprovechamiento significa progreso, avance. Pablo espera que Timoteo crezca, que se note su avance. Esta escuela no busca que acumules información, sino que avances, día tras día, en conocimiento y en santidad, de manera que tu progreso sea manifiesto a todos.

Daniel joven nos enseña a estudiar sin contaminarnos. Daniel anciano nos enseña a convertir el estudio en oración. Timoteo nos enseña que la Palabra se aprende en casa y se transmite a la siguiente generación. Y Esdras, el primero de todos, nos recuerda el orden: preparar el corazón, inquirir, cumplir, enseñar. Cuatro hombres en cuatro situaciones distintas: un cautivo, un anciano, un joven pastor y un escriba que regresa del exilio. Ninguno de ellos tenía las comodidades que tú tienes hoy, con la Biblia entera en tu bolsillo y lecciones para escuchar mientras caminas. Que eso nos avergüence y nos anime a la vez.

Repaso de la lección

Ahora vamos a repasar. Contesta cada pregunta en voz alta antes de escuchar la respuesta.

Primera pregunta. ¿Cuáles son los cuatro verbos de Esdras siete diez, en su orden? Respuesta: Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová, para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos. Preparar, inquirir, cumplir, enseñar.

Segunda pregunta. ¿Qué significa la palabra hebrea darash, hache mil ochocientos setenta y cinco? Respuesta: buscar, indagar, consultar con insistencia. Es el verbo de la búsqueda paciente en la Escritura.

Tercera pregunta. ¿Cuál es el principio de la sabiduría según Proverbios? Respuesta: el temor de Jehová. La palabra temor es yirá, hache tres mil trescientos setenta y cuatro, y significa reverencia filial, no terror servil.

Cuarta pregunta. ¿En qué puede gloriarse el hombre, según Jeremías nueve? Respuesta: en entender y conocer a Dios, que hace misericordia, juicio y justicia en la tierra.

Quinta pregunta. ¿Qué hizo el Señor Jesús en el camino a Emaús? Respuesta: comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de Él decían. Toda la Escritura habla de Cristo.

Sexta pregunta. ¿Cuál es el peligro de Juan cinco treinta y nueve y cuarenta? Respuesta: escudriñar las Escrituras sin venir a Cristo para tener vida.

Séptima pregunta. ¿Cuáles son las tres tareas de Nehemías ocho ocho y qué disciplinas representan? Respuesta: leer claramente, que corresponde a las lenguas y a la crítica textual; poner el sentido, que corresponde a la hermenéutica y a la exégesis; y hacer que entiendan la lectura, que corresponde a la homilética.

Octava pregunta. ¿Qué significa meditar, hagá, hache mil ochocientos noventa y siete? Respuesta: murmurar, repetir en voz baja la Palabra de día y de noche.

Novena pregunta. ¿Qué significa el verbo orthotoméo, ge tres mil setecientos dieciocho, en segunda de Timoteo dos quince? Respuesta: cortar o trazar en línea recta. Usar bien la palabra de verdad, sin torcerla.

Décima pregunta. ¿Qué dos cualidades tenían los de Berea? Respuesta: recibieron la palabra con toda solicitud, y escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.

Undécima pregunta. ¿Qué aprendemos de Apolos? Respuesta: que un hombre poderoso en las Escrituras necesita humildad para dejarse enseñar más exactamente.

Duodécima pregunta. ¿Cuáles son los cinco fines que atraviesan toda esta escuela? Respuesta: conocer a Dios, ser convencido de pecado, arrepentirse, convertirse de veras a Cristo y mantenerse firme hasta el fin.

Decimotercera pregunta. ¿Qué hizo Daniel cuando entendió en el libro de Jeremías los setenta años? Respuesta: volvió su rostro a Dios en oración, ruego y ayuno, y confesó el pecado de su pueblo.

Decimocuarta pregunta. ¿Qué programa de estudio dejó Pablo a Timoteo? Respuesta: ocuparse en la lectura, la exhortación y la enseñanza, y tener cuidado de sí mismo y de la doctrina.

Oración final

Señor nuestro Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, te damos gracias porque nos has hablado en tu Palabra. Prepara nuestro corazón, como preparaste el de Esdras, para inquirir tu ley, para cumplirla y para enseñarla. Abre nuestros ojos para que miremos las maravillas de tu ley. Líbranos del orgullo del conocimiento y danos el temor que es principio de la sabiduría. Muéstranos nuestro pecado y llévanos al arrepentimiento. Haz que en cada página encontremos a tu Hijo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Y guárdanos firmes hasta el fin. En el nombre de Jesucristo, amén.

Mañana, en el día dos, estudiaremos la revelación y la inspiración de la Escritura: cómo ha hablado Dios, qué significa que toda la Escritura sea soplada por Dios, y por qué podemos confiar en ella como Palabra infalible y suficiente.

Complemento de la lección uno

Repaso de la lección

Todo comenzó en la puerta del sabio. Según la Biblia, el experto en la Escritura no se define por sus títulos, sino por el temor de Jehová, que es el principio de la sabiduría, porque el conocimiento que no se arrodilla envanece, mientras que el amor edifica. Desde ese umbral miramos a Esdras, retrato del estudioso de la Palabra, que preparó su corazón, inquirió la ley de Jehová, la cumplió y la enseñó. El orden no es casual: primero el corazón, después el estudio, luego la obediencia, y solo al final la enseñanza. Incluso el verbo inquirir, darash, hache mil ochocientos setenta y cinco, nos recordó que la Escritura no se lee de pasada, sino que se interroga con paciencia, como quien busca con insistencia.

Vimos después a los levitas de Nehemías ocho, que leían claramente, ponían el sentido y hacían que el pueblo entendiese la lectura; en esas tres tareas está el mapa de este curso, con las lenguas y la crítica textual, la hermenéutica y la exégesis, y la homilética. Ahora bien, el estudio no queda encerrado en el aula. Daniel, joven en Babilonia, estudió sin entregar el corazón, y ya anciano leyó a Jeremías y se puso a orar; Timoteo aprendió las Escrituras en su casa. Así el estudio termina en oración y pasa a la familia, y por eso la rutina de esta escuela es sencilla: escuchar la lección, meditar un pasaje y convertirlo en oración, cada día.

Autoevaluación

Ahora vienen las preguntas de autoevaluación. Después de cada pregunta habrá un silencio breve. Detén el audio si lo necesitas, responde en voz alta con tus propias palabras, y luego escucha la respuesta.

Primera pregunta. ¿Por qué un hombre puede saber mucho de la Biblia y, sin embargo, no ser sabio según la Biblia?

Respuesta: porque la sabiduría bíblica comienza en el temor de Jehová, no en la acumulación de datos. El conocimiento sin amor y sin reverencia envanece, como enseña primera de Corintios ocho.

Segunda pregunta. ¿Qué preparó Esdras antes de inquirir la ley, y por qué ese orden es importante?

Respuesta: preparó su corazón. El orden muestra que el estudio verdadero nace de una decisión interior delante de Dios, y no de la curiosidad o del deseo de prestigio.

Tercera pregunta. ¿Qué significa darash, y qué actitud exige al estudiante?

Respuesta: buscar, indagar, consultar con insistencia. Exige tiempo, preguntas y paciencia: interrogar el texto en lugar de leerlo de pasada.

Cuarta pregunta. ¿Por qué Esdras cumplió la ley antes de enseñarla?

Respuesta: porque el que enseña lo que no practica pierde autoridad delante de Dios y de los hombres. La obediencia valida la enseñanza.

Quinta pregunta. ¿Qué produjo la lectura pública de la ley en el pueblo, según Nehemías ocho?

Respuesta: adoración. El pueblo se puso en pie, respondió amén, alzó las manos y se inclinó rostro en tierra. El estudio que no termina en adoración se queda a mitad de camino.

Sexta pregunta. ¿Qué hizo Daniel anciano después de entender la profecía de Jeremías?

Respuesta: volvió su rostro a Dios en oración y ruego, con ayuno, y confesó el pecado de su pueblo. Leyó, entendió y oró.

Séptima pregunta. ¿Qué enseña el retrato de Timoteo sobre el destino de lo que aprendes?

Respuesta: que lo aprendido debe pasar a la casa: a la esposa, a los hijos, a los nietos, como manda Deuteronomio seis. La fe de Loida y de Eunice preparó a un pastor.

Octava pregunta. ¿Cuáles son los tres pasos diarios que propone esta escuela?

Respuesta: escuchar la lección, meditar un pasaje y convertirlo en oración.

Para el púlpito

Bosquejo para predicar o enseñar. Título: Un corazón preparado para la Palabra. Texto: Esdras siete, diez.

«Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos.» Así dice Esdras, capítulo siete, versículo diez.

La idea central que el predicador desea dejar en la congregación es esta: Dios forma maestros de su Palabra empezando por el corazón, y el orden de Esdras sigue siendo el orden de Dios.

El sermón puede abrirse con la escena del regreso de Babilonia, un pueblo pequeño y cansado, y un escriba que no trae ejército ni oro abundante, sino un libro. Ahora bien, lo primero que el texto dice de él no es lo que hizo, sino lo que preparó: había preparado su corazón. Ese es el primer movimiento del mensaje, porque nadie entiende la Palabra con un corazón distraído, y la buena mano de Dios estaba sobre Esdras precisamente así.

El segundo movimiento avanza hacia la búsqueda y la obediencia. Esdras inquirió la ley y la cumplió; no se contentó con saberla. Aquí el predicador muestra con mansedumbre la distancia entre el oyente olvidadizo y el hacedor de la obra, y llama al arrepentimiento a quien ha convertido la Biblia en un objeto de estudio sin rendirle la vida.

El tercer movimiento desemboca en la enseñanza. Solo después de cumplir, Esdras enseñó en Israel sus estatutos y decretos, y lo que vemos en Nehemías ocho es el fruto: un pueblo que llora, que entiende y que se alegra. El sermón termina llevando la mirada a Cristo, el Maestro perfecto que hizo y enseñó, e invita a la iglesia a preparar hoy su corazón delante de Él.

Versículo para memorizar

El versículo de hoy es Esdras siete, diez.

«Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos.» Así dice Esdras, capítulo siete, versículo diez.

Repítelo en voz alta tres veces hoy, mañana y noche, hasta que lo digas sin mirar.

Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.