Curso Experto Bíblico · Día 3
El canon de la Escritura: cuáles libros son Palabra de Dios y por qué
Escuela Bíblica Cielo Efata · Dr. (h. c.) Alejandro Sirit
Introducción
Ayer aprendimos que Dios ha hablado, que toda la Escritura es soplada por Dios, y que los santos hombres de Dios hablaron siendo llevados por el Espíritu Santo. Hoy surge inevitablemente la pregunta siguiente: ¿cuáles son esos escritos? Si toda la Escritura es inspirada, necesitamos saber qué libros forman parte de la Escritura y cuáles no. Esa pregunta tiene un nombre técnico: la pregunta por el canon.
No es una pregunta para eruditos solamente. Todo creyente sostiene en sus manos un libro con sesenta y seis libros dentro: treinta y nueve en el Antiguo Testamento y veintisiete en el Nuevo. Algún día alguien le dirá que esa lista fue decidida por un concilio de hombres poderosos siglos después de Cristo, que hubo otros evangelios escondidos o suprimidos, o que a su Biblia le faltan libros que otras ediciones sí contienen. El estudiante de esta escuela debe saber responder con la Escritura en la mano y con los hechos de la historia, sin miedo y sin inventar nada.
La lección tiene cinco partes. Primero caminaremos con un rey joven que encontró un libro perdido en el templo. Segundo, estudiaremos la palabra canon y la manera correcta de entender lo que significa. Tercero, recorreremos la formación y el reconocimiento del canon del Antiguo Testamento, y el testimonio que de él dio el Señor Jesús. Cuarto, haremos lo mismo con el Nuevo Testamento. Quinto, hablaremos de los libros que no pertenecen al canon, de por qué no pertenecen, y de qué actitud debe tener el creyente frente a ellos.
Primera parte. El libro hallado en la casa de Jehová
Estamos en Jerusalén, en el año dieciocho del rey Josías. Josías comenzó a reinar cuando tenía ocho años, después de dos de los reyes más malvados de la historia de Judá: su abuelo Manasés, que llenó Jerusalén de sangre inocente y de altares paganos, y su padre Amón, que siguió el mismo camino y fue asesinado por sus siervos. Durante más de medio siglo, la Palabra de Dios había sido olvidada en Judá. Pero el joven Josías, dice segundo de Crónicas, siendo aún muchacho, comenzó a buscar al Dios de David su padre. Y cuando tenía veintiséis años, mandó reparar el templo. Mientras los obreros trabajaban, sucedió algo inesperado.
«Entonces dijo el sumo sacerdote Hilcías al escriba Safán: He hallado el libro de la ley en la casa de Jehová. E Hilcías dio el libro a Safán, y lo leyó. Viniendo luego el escriba Safán al rey, dio cuenta al rey y dijo: Tus siervos han recogido el dinero que se halló en el templo, y lo han entregado en poder de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová. Asimismo el escriba Safán declaró al rey, diciendo: El sacerdote Hilcías me ha dado un libro. Y lo leyó Safán delante del rey. Y cuando el rey hubo oído las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos.» Así dice segundo de Reyes, capítulo veintidós, versículos ocho al once.
El sumo sacerdote Hilcías dijo al escriba Safán: he hallado el libro de la ley en la casa de Jehová. Y Safán lo leyó delante del rey. Y cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos.
Detente en esta escena. El libro de la ley de Moisés había estado perdido, quizá escondido durante los años de persecución de Manasés, quizá simplemente abandonado entre los escombros de un templo descuidado. Nadie lo leía. Y sin embargo, cuando apareció, nadie tuvo que convocar una asamblea para decidir si aquel libro era Palabra de Dios. El sacerdote lo reconoció. El escriba lo leyó. El rey tembló. La autoridad del libro no dependía de que alguien la votara; estaba en el libro mismo, porque venía de Dios. Lo que hizo el pueblo fue reconocer esa autoridad y someterse a ella.
Josías envió a consultar a la profetisa Hulda, que vivía en Jerusalén, en el segundo barrio. Y Hulda respondió con una frase repetida: así dijo Jehová. Confirmó que todas las palabras del libro se cumplirían, y que el rey, por haberse humillado, no vería el mal con sus ojos. Entonces Josías reunió a todo el pueblo, desde el más pequeño hasta el más grande.
«Y subió el rey a la casa de Jehová con todos los varones de Judá, y con todos los moradores de Jerusalén, con los sacerdotes y profetas y con todo el pueblo, desde el más chico hasta el más grande; y leyó, oyéndolo ellos, todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová. Y poniéndose el rey en pie junto a la columna, hizo pacto delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro. Y todo el pueblo confirmó el pacto.» Así dice segundo de Reyes, capítulo veintitrés, versículos dos al tres.
El rey leyó, oyéndolo ellos, todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová. E hizo pacto delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma. Y todo el pueblo confirmó el pacto.
Esta escena contiene en pequeño toda la doctrina del canon. Primero, el libro existe antes del reconocimiento; su autoridad viene de Dios. Segundo, el pueblo de Dios reconoce esa autoridad, y lo hace por medio de sus líderes, sus profetas y finalmente toda la congregación. Tercero, el reconocimiento no es un acto intelectual frío, sino una sumisión: el rey rasga sus vestidos, hace pacto, y reforma toda la nación. Cuarto, cuando la Palabra se pierde, el pueblo se corrompe; cuando se recupera, hay avivamiento. La historia de la iglesia lo confirma una y otra vez. Cada gran reforma ha comenzado cuando alguien volvió a encontrar el libro.
Segunda parte. Qué significa la palabra canon
La palabra canon viene del griego kanón, ge dos mil quinientos ochenta y tres, que significa regla, vara de medir, norma. Y la palabra griega probablemente tiene relación con una palabra semítica que designa la caña, en hebreo qané, hache siete mil setenta, una caña de medir. En Ezequiel cuarenta, el varón cuyo aspecto era como aspecto de bronce tiene en la mano un cordel de lino y una caña de medir, y con ella mide el templo. La caña es la medida con la que se comprueba si algo está derecho y tiene la dimensión correcta.
El apóstol Pablo usa la palabra kanón en Gálatas seis dieciséis: a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos. Y en segunda de Corintios diez, habla de la regla, la medida de la obra que Dios le asignó. Con el tiempo, los cristianos comenzaron a usar la palabra canon para referirse a la lista de libros que son la regla de fe. Así, la palabra tiene dos sentidos que se complementan. El canon es la lista de los libros inspirados. Y el canon es la regla con la que se mide toda doctrina y toda vida. Los libros forman parte de la lista porque son la regla; no son la regla porque forman parte de la lista.
Esta distinción es fundamental, y debes grabarla en tu memoria. Hay dos maneras de entender el canon. La primera dice que la iglesia hizo el canon: que unos hombres, en un momento de la historia, decidieron qué libros serían considerados Escritura, y que esos libros tienen autoridad porque la iglesia se la dio. La segunda dice que Dios hizo el canon al inspirar los libros, y que la iglesia descubrió, reconoció y recibió lo que Dios había hecho. La primera pone a la iglesia por encima de la Escritura. La segunda pone a la Escritura por encima de la iglesia. La enseñanza bíblica es la segunda.
Una comparación ayuda a entenderlo. Isaac Newton no creó la ley de la gravedad; la descubrió y la formuló. La gravedad funcionaba antes de que Newton la entendiera. Del mismo modo, los libros de Pablo eran Palabra de Dios desde el momento en que Pablo los escribió llevado por el Espíritu, antes de que ninguna asamblea los mencionara en una lista. Otra comparación, más bíblica: el Señor Jesús dijo mis ovejas oyen mi voz. Las ovejas no hacen al pastor; reconocen su voz. La iglesia no hace la Escritura; reconoce en ella la voz de su Pastor.
Por eso el creyente no necesita que una autoridad humana le garantice cuáles libros son Palabra de Dios, como si la Biblia necesitara un sello externo para ser creída. El testimonio de los profetas, del Señor Jesús y de los apóstoles, junto con la obra del Espíritu en el corazón y la recepción del pueblo de Dios a lo largo de la historia, nos dan una certeza firme.
Tercera parte. El canon del Antiguo Testamento se forma con la historia
El canon del Antiguo Testamento no apareció de golpe. Fue creciendo a medida que Dios hablaba, a lo largo de unos mil años, desde Moisés hasta Malaquías. Y desde el principio, lo que Dios mandaba escribir era recibido y guardado como palabra suya. Escucha lo que hizo Moisés al final de su vida.
«Y cuando acabó Moisés de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta concluirse, dio órdenes Moisés a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti.» Así dice Deuteronomio, capítulo treinta y uno, versículos veinticuatro al veintiséis.
Cuando acabó Moisés de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta concluirse, dio órdenes a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti. Observa el lugar donde se coloca el libro: al lado del arca, en el lugar santísimo, en el sitio más sagrado de Israel. Dentro del arca estaban las dos tablas escritas por el dedo de Dios; al lado del arca, el libro escrito por Moisés. Ambos tienen la misma autoridad. Desde el principio, la Escritura fue tratada como algo santo, distinto de cualquier otro escrito.
Y junto con el libro, Moisés dejó una advertencia que define la actitud del pueblo frente al canon.
«No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordene.» Así dice Deuteronomio, capítulo cuatro, versículo dos.
No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella. El texto inspirado no está abierto a que el hombre lo modifique a su antojo. Solo Dios puede añadir a su Palabra, y lo hará por medio de nuevos profetas a quienes acredite como suyos.
En efecto, el canon creció. Cuando Josué terminó su obra, dice Josué veinticuatro veintiséis que escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios. Lo que Josué escribió se añadió al libro de Moisés. Samuel, en primero de Samuel diez veinticinco, recitó luego al pueblo las leyes del reino, y las escribió en un libro, el cual guardó delante de Jehová. Los profetas escribieron sus oráculos, como vimos ayer con Jeremías y Baruc. Isaías recibió la orden de escribir en una tabla y registrar en un libro, para que quedara hasta el día postrero, eternamente y para siempre. Así está en Isaías treinta ocho. Y ya vimos que Daniel, en Babilonia, tenía en sus manos los libros, entre ellos el rollo de Jeremías, y los consideraba palabra de Jehová.
¿Cuál era el criterio para reconocer a un verdadero profeta, y por tanto un verdadero escrito profético? La ley misma lo estableció. Deuteronomio trece enseña que, aunque un profeta haga señales y prodigios, si invita a ir tras dioses ajenos, no debe ser escuchado. Y Deuteronomio dieciocho añade:
«Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no ha hablado?; si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él.» Así dice Deuteronomio, capítulo dieciocho, versículos veintiuno al veintidós.
Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado. Dos pruebas, entonces: la fidelidad a lo que Dios ya había revelado, y el cumplimiento de lo anunciado. Un escrito que contradijera la ley de Moisés no podía ser palabra de Dios, por muy espectacular que pareciera. Esa misma prueba se aplicará en el Nuevo Testamento: si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema, dice Pablo en Gálatas uno ocho.
Hacia el final del Antiguo Testamento, después del regreso del exilio, Esdras, el escriba al que conocimos el primer día, y Nehemías, su compañero, juegan un papel muy importante en la recopilación y lectura pública de la Escritura. Ya vimos a Esdras en el púlpito de madera, leyendo el libro de la ley desde el alba hasta el mediodía. El último de los profetas escritores es Malaquías, que cierra su libro con una mirada hacia atrás y otra hacia adelante.
«Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel. He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.» Así dice Malaquías, capítulo cuatro, versículos cuatro al seis.
Acordaos de la ley de Moisés mi siervo. He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Mirada atrás: la ley de Moisés. Mirada adelante: el profeta que preparará el camino del Señor. Después de Malaquías, Dios guardó silencio profético durante unos cuatrocientos años, hasta que apareció en el desierto Juan el Bautista, el Elías que había de venir, como el Señor mismo lo identificó en Mateo once catorce.
Ese silencio profético fue reconocido por el propio pueblo judío. El primer libro de los Macabeos, una obra histórica escrita en el período entre los testamentos, que no forma parte del canon pero es un documento valioso de la época, reconoce en tres lugares que en aquel tiempo no había profeta. En el capítulo nueve, versículo veintisiete, dice que hubo gran tribulación en Israel, cual no la había habido desde el día en que dejó de aparecer profeta entre ellos. En el capítulo cuatro, al purificar el templo, guardaron las piedras del altar profanado hasta que viniese un profeta que diese respuesta sobre ellas. Es decir, los mismos autores de esa época sabían que no estaban escribiendo como profetas. Esto es un dato importante para entender por qué los libros escritos en ese período no fueron recibidos como Escritura por el pueblo al que fueron confiados los oráculos de Dios.
Cuarta parte. A los judíos les ha sido confiada la palabra de Dios
Pablo, en Romanos tres, pregunta qué ventaja tiene el judío. Y responde:
«¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿o de qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios.» Así dice Romanos, capítulo tres, versículos uno al dos.
Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la palabra de Dios. La expresión palabra de Dios traduce aquí lógia, plural de lógion, ge tres mil cincuenta y uno, que significa oráculo, dicho divino. A Israel le fueron confiados los oráculos de Dios. La palabra confiada es pisteúo, ge cuatro mil cien, el mismo verbo de creer, aquí en el sentido de encomendar algo a alguien para que lo guarde. Dios hizo de Israel el custodio de su Palabra escrita del Antiguo Testamento.
Esto tiene una consecuencia práctica para la cuestión del canon. Si queremos saber cuáles libros formaban el Antiguo Testamento, debemos preguntar cuáles libros recibió y guardó como Escritura el pueblo al que Dios los confió. Y la respuesta histórica es clara. El historiador judío Flavio Josefo, que escribió a finales del siglo primero después de Cristo, en su obra Contra Apión, afirma que los judíos no tienen una multitud de libros que discrepan y se contradicen, sino solamente veintidós libros que contienen el registro de todo el tiempo pasado, y que son justamente creídos divinos. Explica que cinco son de Moisés, que los profetas que vinieron después de Moisés escribieron lo sucedido en sus tiempos en trece libros, y que los cuatro restantes contienen himnos a Dios y preceptos para la vida de los hombres. Y añade que, desde los días de Artajerjes hasta su propio tiempo, se escribieron otras cosas, pero no han sido estimadas con la misma autoridad que las anteriores, porque no hubo una sucesión exacta de profetas. Artajerjes es precisamente el rey persa bajo el cual vivieron Esdras y Nehemías.
Josefo habla de veintidós libros. La tradición judía más común los cuenta como veinticuatro. Nuestras Biblias tienen treinta y nueve. ¿Hay contradicción? No. Es el mismo contenido contado de distinta manera. En la cuenta judía, los doce profetas menores, desde Oseas hasta Malaquías, forman un solo libro, el libro de los Doce, porque cabían en un solo rollo. Samuel es un libro, no dos; Reyes es un libro; Crónicas es un libro; Esdras y Nehemías forman uno. Si haces la suma, los treinta y nueve libros de nuestra Biblia equivalen a los veinticuatro de la cuenta hebrea. Y para llegar a veintidós, que es el número de letras del alfabeto hebreo, Josefo probablemente unía Rut con Jueces y Lamentaciones con Jeremías. El contenido es el mismo; lo que cambia es la manera de agrupar los rollos.
La Biblia hebrea organiza esos libros en tres grandes secciones. La primera es la Torá, la Ley, que son los cinco libros de Moisés. La segunda son los Neviím, los Profetas, divididos en profetas anteriores, que son Josué, Jueces, Samuel y Reyes, y profetas posteriores, que son Isaías, Jeremías, Ezequiel y los Doce. La tercera son los Ketuvím, los Escritos, que incluyen Salmos, Proverbios, Job, Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés, Ester, Daniel, Esdras con Nehemías, y Crónicas. Con las iniciales de las tres secciones, los judíos llaman a su Biblia Tanaj.
Recuerda que la palabra Torá, en hebreo torá, hache ocho mil cuatrocientos cincuenta y uno, no significa solamente ley en el sentido de un código legal, sino instrucción, enseñanza, dirección. Viene de un verbo que significa lanzar, apuntar, señalar el camino. La Torá es la enseñanza con la que Dios señala el camino a su pueblo.
Quinta parte. El canon del Señor Jesús
Ahora llegamos al testimonio más importante. ¿Qué Biblia tenía el Señor Jesús? ¿Qué libros consideraba Escritura? Escucha lo que dijo a sus discípulos después de resucitar.
«Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras;» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículos cuarenta y cuatro al cuarenta y cinco.
Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Observa las tres partes: la ley, los profetas y los salmos. Es la división tripartita de la Biblia hebrea que acabamos de describir. Los Salmos son el primer libro y el más grande de la tercera sección, los Escritos, y por eso el Señor la nombra por él. El Señor reconocía el canon hebreo completo, organizado en sus tres secciones, y afirmaba que todo él hablaba de Él.
Hay otro texto, menos conocido pero muy revelador. El Señor está reprendiendo a los escribas y fariseos, y les dice que vendrá sobre ellos toda la sangre justa derramada sobre la tierra.
«para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar.» Así dice Mateo, capítulo veintitrés, versículo treinta y cinco.
Desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. ¿Por qué Abel y Zacarías? Abel es el primer mártir de la Biblia, en Génesis cuatro. El Zacarías apedreado en el atrio de la casa de Jehová aparece en segundo de Crónicas veinticuatro. En el orden de la Biblia hebrea, Génesis es el primer libro y Crónicas es el último. Cuando el Señor dice desde Abel hasta Zacarías, está diciendo algo semejante a lo que nosotros diríamos: desde Génesis hasta Malaquías. Es decir, desde la primera página hasta la última de la Biblia hebrea. El Señor tenía delante el mismo canon que el pueblo judío había recibido, con el mismo principio y el mismo final. Es cierto que en Crónicas el padre de Zacarías se llama Joiada, y que hay discusión sobre el nombre de Berequías en Mateo; algunos entienden que Joiada era abuelo o que la persona llevaba dos nombres, y es un tema que trataremos con calma en la lección de dificultades bíblicas. Pero el punto del orden, desde el primer mártir del primer libro hasta el último del último libro, es claro.
El Señor citó como Escritura libros de las tres secciones. De la Ley citó Génesis sobre el matrimonio, Éxodo sobre el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, Levítico sobre el amor al prójimo, y Deuteronomio contra Satanás en el desierto: escrito está, escrito está, escrito está. De los Profetas citó Isaías en la sinagoga de Nazaret, Jeremías al purificar el templo, Oseas sobre la misericordia, Zacarías sobre el pastor herido, Malaquías sobre el mensajero. De los Escritos citó los Salmos muchas veces, y mencionó a Daniel el profeta en el discurso del monte de los Olivos. Y nunca, en ningún texto de los evangelios, citó el Señor como Escritura ninguno de los libros escritos en el período entre los testamentos.
Los apóstoles hicieron lo mismo. El Nuevo Testamento contiene cientos de citas y alusiones al Antiguo Testamento, y prácticamente todos los libros del canon hebreo son citados o aludidos. En cambio, ninguno de los libros escritos entre los testamentos es citado con la fórmula escrito está o la Escritura dice. Judas, en su carta, menciona una profecía atribuida a Enoc y una disputa sobre el cuerpo de Moisés. Pero mencionar un dato verdadero que aparece en un libro no es lo mismo que declarar inspirado ese libro. Pablo, en el Areópago de Atenas, citó a poetas griegos, y a nadie se le ocurre que esos poetas sean Escritura. El apóstol inspirado podía tomar una frase verdadera de cualquier fuente; el Espíritu garantiza la verdad de lo que el apóstol escribe, no la inspiración de la fuente citada.
Sexta parte. Los libros escritos entre los testamentos
Esto nos lleva a una cuestión delicada que el estudiante debe conocer bien. En algunas ediciones de la Biblia aparecen libros que no están en la tuya. Se suelen llamar apócrifos, que significa ocultos, o también deuterocanónicos, que significa del segundo canon, según quien los nombre. Son libros como Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, también llamado Sirácida, Baruc, primero y segundo de Macabeos, y algunas adiciones a Ester y a Daniel. Fueron escritos en su mayor parte entre los siglos tercero y primero antes de Cristo, es decir, en el período del silencio profético después de Malaquías.
¿Por qué no forman parte del canon? Por razones que el estudiante debe saber exponer con claridad y con respeto.
La primera razón es la que acabamos de ver: no formaron parte de los libros confiados a Israel. Los oráculos de Dios fueron confiados a los judíos, y el pueblo judío nunca recibió estos libros como Escritura. Josefo lo dice expresamente: lo escrito después de Artajerjes no tiene la misma autoridad.
La segunda razón es que el Señor Jesús y los apóstoles nunca los citaron como Escritura, mientras que citaron abundantemente los libros del canon hebreo.
La tercera razón es que ellos mismos no pretenden ser proféticos. Ya vimos que primero de Macabeos reconoce que en su tiempo no había profeta. Y el autor de segundo de Macabeos termina su libro con unas palabras muy honestas, en el capítulo quince, que en sustancia dicen así: si he escrito bien y con acierto, eso es lo que yo deseaba; pero si de manera mediocre y floja, eso es lo que he podido hacer. Ningún profeta habla así. Los profetas dicen así dice Jehová. El autor de Macabeos dice he hecho lo que he podido. Es un historiador honrado, no un profeta inspirado. Y el prólogo del libro del Eclesiástico, escrito por el nieto del autor, distingue entre la ley, los profetas y los otros libros de los padres, que son la Escritura, y la obra de su abuelo, que pretende ayudar a los que quieren aprender. Es decir, el propio libro reconoce que no está al nivel de la Escritura.
La cuarta razón es que algunos de estos libros contienen errores históricos y enseñanzas que no concuerdan con el resto de la Escritura. No es necesario entrar ahora en los detalles; en la lección de apologética y en el módulo de historia los veremos con calma. Basta decir que, según la prueba de Deuteronomio trece, un escrito que no concuerda con la revelación anterior no puede venir del mismo Dios.
La quinta razón es histórica. En la iglesia antigua, muchos maestros conocían estos libros y los leían, pero varios de los más cuidadosos distinguían entre los libros canónicos y estos otros. Jerónimo, el gran traductor de la Biblia al latín a finales del siglo cuarto, que aprendió hebreo en Belén para traducir directamente del original, distinguió expresamente los libros del canon hebreo de los demás, y dijo que estos últimos podían leerse para edificación del pueblo, pero no para establecer doctrina. Durante más de mil años esa distinción se mantuvo en muchos lugares, hasta que, en el siglo dieciséis, algunos declararon estos libros plenamente canónicos con autoridad igual a la del resto.
¿Qué actitud debe tener el creyente? Ni desprecio ni confusión. Algunos de estos libros, como primero de Macabeos, son documentos históricos muy útiles para entender el período entre los testamentos, la heroica resistencia de los judíos contra la persecución griega, y el origen de la fiesta de la dedicación que el Señor Jesús celebró en Jerusalén, según Juan diez veintidós. Se pueden leer como se lee cualquier buen libro de historia. Pero no son la regla de fe. No son canon.
Un dato que interesa especialmente al lector de habla hispana. Casiodoro de Reina, en su traducción de mil quinientos sesenta y nueve, conocida como la Biblia del Oso, incluyó estos libros, como era costumbre en muchas Biblias de la época. Cipriano de Valera, en su revisión de mil seiscientos dos, los colocó aparte, en una sección entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, siguiendo la distinción que hemos explicado. Con el tiempo, las ediciones de la Reina Valera dejaron de imprimirlos, y por eso la Reina Valera de mil novecientos nueve y la de mil novecientos sesenta, que usamos en esta escuela, contienen los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento, los mismos del canon hebreo.
Hay una objeción que conviene conocer, porque se repite con frecuencia. Se dice: los apóstoles usaban muchas veces la traducción griega del Antiguo Testamento, la llamada Septuaginta, hecha en Alejandría en los siglos anteriores a Cristo; y la Septuaginta contenía estos libros; por lo tanto, los apóstoles los aceptaban. El razonamiento parece sólido, pero tiene un problema. Los manuscritos completos de la Biblia griega que contienen estos libros, como los grandes códices antiguos, son copias cristianas del siglo cuarto y quinto, es decir, trescientos años después de los apóstoles. No tenemos pruebas de que en el siglo primero existiera un volumen griego que reuniera el canon hebreo junto con estos libros como una sola Escritura. Además, Filón de Alejandría, el filósofo judío contemporáneo de Cristo que vivía precisamente en la ciudad de la Septuaginta y la usaba constantemente, cita abundantemente los libros del canon hebreo y, hasta donde sabemos, nunca cita ninguno de estos libros como Escritura. Y aunque los apóstoles citaran a veces la traducción griega, usar una traducción no significa aprobar todo lo que con el tiempo se encuadernó junto a ella. Un predicador que hoy cita la Reina Valera de mil quinientos sesenta y nueve no está aprobando todos los libros que Casiodoro de Reina imprimió en ella.
Hay un último detalle que muestra la diferencia de trato. Cuando los apóstoles citan el Antiguo Testamento, lo hacen con fórmulas como escrito está, la Escritura dice, el Espíritu Santo dice, o Dios dijo. Hebreos tres siete introduce el salmo noventa y cinco con las palabras como dice el Espíritu Santo. Hechos cuatro veinticinco introduce el salmo dos diciendo que Dios habló por boca de David. Para los apóstoles, lo que dice la Escritura lo dice Dios. Ninguna de esas fórmulas se aplica jamás a un libro de fuera del canon hebreo. El silencio, en este caso, habla con mucha claridad.
Séptima parte. El canon del Nuevo Testamento
Pasemos ahora al Nuevo Testamento. Ayer vimos que los apóstoles sabían que escribían con autoridad divina, que Pablo llamó Escritura a una palabra del Señor registrada en Lucas, y que Pedro colocó las cartas de Pablo junto a las otras Escrituras. Hoy completamos el cuadro.
El Señor Jesús prometió a los apóstoles que el Espíritu Santo les recordaría todo lo que Él había dicho y los guiaría a toda la verdad. Y los apóstoles eran conscientes de que tenían una autoridad única, recibida directamente del Señor resucitado. Por eso, cuando escribían, mandaban que sus cartas se leyeran en las iglesias, como se leía el Antiguo Testamento en las sinagogas. Escucha a Pablo al final de su carta a los colosenses.
«Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros.» Así dice Colosenses, capítulo cuatro, versículo dieciséis.
Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros. Las cartas apostólicas circulaban entre las iglesias, se copiaban y se leían en el culto público. Y en primera de Tesalonicenses cinco veintisiete, Pablo dice algo todavía más fuerte: os conjuro por el Señor, que esta carta se lea a todos los santos hermanos. La palabra conjurar indica un mandato solemne, bajo juramento. Pablo no estaba sugiriendo; estaba ordenando en el nombre del Señor.
Y el último libro del Nuevo Testamento termina con una advertencia que recuerda la de Moisés en Deuteronomio cuatro.
«Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.» Así dice Apocalipsis, capítulo veintidós, versículos dieciocho al diecinueve.
Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida. Es el mismo principio que al comienzo de la Biblia. Dios pone un cerco alrededor de su Palabra al principio y al final. Aunque la advertencia se refiere directamente al libro del Apocalipsis, su colocación al final del canon tiene una fuerza especial: después de este libro no hay que esperar más revelación que añada a lo que Dios ha dicho.
Octava parte. Cómo reconoció la iglesia los veintisiete libros
Los libros del Nuevo Testamento fueron escritos en un período de unos cincuenta años, aproximadamente entre el año cuarenta y cinco y el final del siglo primero. Desde el principio, las iglesias los recibieron, los copiaron y los leyeron. Pero como estaban dispersos en distintas ciudades, desde Roma hasta Asia Menor, no todas las iglesias tuvieron desde el primer momento todos los libros. Fue un proceso de reconocimiento que duró algunas generaciones, y es honesto describirlo tal como sucedió.
Ya en los escritos de los maestros cristianos de comienzos del siglo segundo aparecen citas y alusiones a la mayoría de los libros del Nuevo Testamento. Los cuatro evangelios fueron reconocidos muy pronto como un conjunto. Ireneo, obispo de Lyon hacia el año ciento ochenta, discípulo de Policarpo, quien a su vez había conocido al apóstol Juan, afirmaba que hay cuatro evangelios, ni más ni menos, y defendía su autoridad contra los que inventaban otros escritos. Del mismo modo, las cartas de Pablo circularon desde muy temprano como una colección.
Hay un documento muy importante llamado el Fragmento Muratoriano, por el nombre del estudioso italiano que lo descubrió en el siglo dieciocho en una biblioteca de Milán. Es una lista de libros del Nuevo Testamento que muchos estudiosos fechan hacia finales del siglo segundo. Aunque el comienzo está dañado, menciona a Lucas como el tercer evangelio y a Juan como el cuarto, lo que indica que antes mencionaba a Mateo y Marcos. Incluye Hechos, trece cartas de Pablo, Judas, dos cartas de Juan y el Apocalipsis, entre otros, y rechaza expresamente algunos escritos falsos.
Algunos libros tardaron más en ser reconocidos en todas partes. Los antiguos los llamaban antilegómena, es decir, libros contra los que se habló, o libros discutidos. Eran Hebreos, por la duda sobre su autor; Santiago; segunda de Pedro; segunda y tercera de Juan, por su brevedad y su carácter personal; Judas; y el Apocalipsis en algunas regiones de oriente. Que hubiera discusión sobre estos libros no es una debilidad del canon, sino una prueba de su seriedad. Las iglesias no aceptaban un libro simplemente porque alguien lo presentara con el nombre de un apóstol. Lo examinaban con cuidado. Recuerda a los de Berea.
El primer documento que conocemos que enumera exactamente los veintisiete libros de nuestro Nuevo Testamento, ni uno más ni uno menos, es una carta pascual escrita por Atanasio, obispo de Alejandría, en el año trescientos sesenta y siete. Atanasio menciona los veintisiete libros y dice de ellos que son las fuentes de la salvación, para que el sediento se sacie con las palabras que contienen; que solo en ellos se proclama la doctrina de la piedad; que nadie añada a ellos ni les quite nada. Pocos años después, los sínodos reunidos en Hipona, en el año trescientos noventa y tres, y en Cartago, en el trescientos noventa y siete, en el norte de África, reconocieron la misma lista de veintisiete libros para el Nuevo Testamento.
Aquí es donde muchos se equivocan. Dicen: el canon lo decidió un concilio en el siglo cuarto. Pero eso no es lo que sucedió. Aquellos sínodos no crearon nada. No inventaron una lista; reconocieron por escrito lo que las iglesias ya venían recibiendo y leyendo desde hacía generaciones. Los libros no adquirieron autoridad en el año trescientos noventa y siete; la tenían desde que fueron escritos. Lo que hicieron las asambleas fue dar testimonio de esa autoridad, como Josías dio testimonio de la autoridad del libro hallado en el templo.
Novena parte. Las preguntas que hacían las iglesias
¿Cómo reconocían las iglesias que un libro era inspirado? Al estudiar los escritos de los antiguos, se pueden identificar algunas preguntas que guiaban ese discernimiento. No eran reglas mecánicas aplicadas por un comité, sino indicios por los que el pueblo de Dios, guiado por el Espíritu, reconocía la voz del Pastor.
La primera pregunta era la apostolicidad. ¿Fue escrito este libro por un apóstol, o por alguien estrechamente vinculado con un apóstol? Mateo, Juan, Pedro y Pablo eran apóstoles. Marcos era compañero de Pedro, y la tradición antigua dice que su evangelio recoge la predicación de Pedro. Lucas era compañero de Pablo, como se ve en los pasajes de Hechos donde el autor dice nosotros. Santiago y Judas eran hermanos del Señor, testigos de la resurrección y líderes reconocidos de la iglesia de Jerusalén. El Señor había dado a los apóstoles su autoridad: el que a vosotros recibe, a mí me recibe, dice Mateo diez cuarenta.
La segunda pregunta era la ortodoxia. ¿Concuerda este libro con la regla de fe, con el evangelio que los apóstoles predicaron y con las Escrituras del Antiguo Testamento? Un libro que negara la verdadera humanidad o la verdadera deidad de Cristo, o que contradijera el evangelio de la gracia, quedaba descartado, por mucho que llevara el nombre de un apóstol en el título. Es la prueba de Deuteronomio trece y de Gálatas uno.
La tercera pregunta era la recepción. ¿Ha sido recibido este libro desde el principio por las iglesias, y es leído en el culto público en muchos lugares? Un libro que aparecía de repente, siglos después, sin que nadie lo hubiera conocido antes, era sospechoso.
Y había una cuarta realidad, más difícil de describir pero muy real: el poder del libro mismo. La Palabra de Dios es viva y eficaz. Los creyentes notaban en estos libros una autoridad, una pureza y un poder transformador que no encontraban en otros escritos, por buenos que fueran. Juan Calvino, en el siglo dieciséis, comparaba esta experiencia con la manera en que distinguimos la luz de las tinieblas, lo blanco de lo negro, lo dulce de lo amargo. La Escritura, decía, da tan evidente señal de su verdad como las cosas blancas y negras la dan de su color. Eso es lo que llamamos el testimonio interno del Espíritu Santo.
Décima parte. Los evangelios que no son evangelios
Hoy es frecuente escuchar, en documentales y en novelas, que hubo otros evangelios que la iglesia escondió o destruyó, y que contaban una historia diferente de Jesús. El estudiante debe conocer los hechos.
Es verdad que existen escritos antiguos que llevan títulos como evangelio de Tomás, evangelio de Felipe, evangelio de María o evangelio de Judas, entre otros. Algunos de ellos se conocían solo por menciones de los antiguos maestros cristianos que los refutaban, y algunos se descubrieron en el siglo veinte, como la colección hallada en Egipto en mil novecientos cuarenta y cinco. Pero hay tres hechos que deben quedar claros.
Primero, la fecha. Estos escritos son, en general, del siglo segundo en adelante, mucho después de los apóstoles. Los cuatro evangelios del canon fueron escritos en el siglo primero, por testigos o por compañeros de testigos. Un escrito redactado más de cien años después de los hechos, firmado con el nombre de un apóstol que ya había muerto, no puede competir con los testimonios de primera mano.
Segundo, el contenido. Estos escritos no cuentan una historia alternativa basada en recuerdos antiguos. La mayoría reflejan sistemas de pensamiento de la filosofía de su tiempo, según los cuales la materia es mala, la salvación se obtiene por un conocimiento secreto reservado a unos pocos iniciados, y Cristo no habría tenido un verdadero cuerpo ni habría muerto realmente en la cruz. Es decir, contradicen frontalmente la enseñanza apostólica. El apóstol Juan ya combatía estas ideas en sus cartas: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios, y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne no es de Dios. Así está en primera de Juan cuatro dos y tres. Y Pablo advertía a Timoteo contra los argumentos de la falsamente llamada ciencia, en primera de Timoteo seis veinte. La palabra ciencia es gnósis, ge mil ciento ocho, la misma palabra que usaban estos grupos para referirse a su conocimiento secreto. El estudiante atento notará que la palabra que en la Escritura es buena, el conocimiento de Dios, fue pervertida por quienes la convirtieron en un secreto de élite.
Un ejemplo basta para ver la diferencia. El llamado evangelio de Tomás no narra el nacimiento, ni los milagros, ni la muerte, ni la resurrección de Jesús. Es una colección de dichos atribuidos a Jesús, algunos parecidos a los de los evangelios y otros completamente extraños. El último de ellos pone en boca de Jesús la idea de que una mujer debe hacerse varón para entrar en el reino. Compáralo con Gálatas tres veintiocho, donde Pablo dice que en Cristo no hay varón ni mujer, porque todos somos uno, o con la manera en que el Señor recibió a María Magdalena como primera testigo de su resurrección. Basta leer una página de esos escritos y una página de los evangelios para notar que no hablan de la misma persona. Los cuatro evangelios presentan a un Jesús que nace en Belén, trabaja como carpintero, sana enfermos, come con pecadores, muere crucificado bajo Poncio Pilato y resucita al tercer día. Es un Jesús de carne y hueso, situado en la historia, con nombres de gobernantes, ciudades y fechas que se pueden comprobar. Los escritos tardíos presentan, en cambio, a un maestro de secretos sin historia.
Tercero, la recepción. Estos escritos nunca fueron recibidos por las iglesias en general, ni leídos en el culto público, ni considerados por los maestros fieles como parte de la Escritura. No fueron suprimidos de un canon al que pertenecían; nunca pertenecieron a él.
Undécima parte. El canon está cerrado
Una pregunta final: ¿puede añadirse hoy un libro al canon? Si mañana se encontrara en una excavación una carta auténtica de Pablo, de las que sabemos que escribió y no se conservaron, como la carta a los de Laodicea, ¿habría que añadirla a la Biblia? Y si alguien dice haber recibido una nueva revelación de Dios, ¿debe recibirse como Escritura?
La respuesta bíblica es que el canon está cerrado. Recuerda Hebreos uno: Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los profetas, y en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. La revelación en el Hijo es final. Los apóstoles fueron los testigos autorizados de esa revelación, y el fundamento de la iglesia se pone una sola vez. Efesios dos veinte habla del fundamento de los apóstoles y profetas. Un edificio no vuelve a poner su fundamento en cada piso. Judas tres habla de la fe que ha sido una vez dada a los santos. Una vez, de una vez para siempre.
En cuanto a una hipotética carta apostólica perdida, el creyente puede descansar en la providencia de Dios. Si Dios hubiera querido que esa carta formara parte de su Palabra permanente para la iglesia de todos los tiempos, la habría preservado, como preservó el rollo de Jeremías. No todo lo que un apóstol escribió fue Escritura para toda la iglesia, del mismo modo que no todo lo que el Señor Jesús hizo quedó escrito. Juan veintiuno veinticinco dice que hay muchas otras cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Dios escogió lo que debía quedar escrito, y lo que quedó escrito es suficiente.
Y en cuanto a supuestas nuevas revelaciones, a lo largo de la historia han aparecido muchos que dicen haber recibido libros nuevos, profecías nuevas o mensajes de ángeles que completan o corrigen la Biblia. Algunos han fundado movimientos enteros sobre esas revelaciones. La respuesta del creyente es la de Pablo en Gálatas uno: aunque un ángel del cielo os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Y la de Isaías ocho veinte: a la ley y al testimonio; si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.
Duodécima parte. Lo que significa para tu vida
Termino con tres aplicaciones.
La primera es la gratitud. Piensa en lo que significa tener en tus manos, completa, la Palabra de Dios. Josías tuvo que esperar a que un sacerdote encontrara un rollo perdido entre escombros. Daniel tenía unos pocos rollos en Babilonia. Los creyentes del primer siglo esperaban con ansia que llegara una copia de la última carta de Pablo. Tú tienes los sesenta y seis libros en un solo volumen, en tu idioma, y en tu teléfono. Que no se diga de nosotros lo que se podía decir de Judá en los días de Manasés: que el libro estaba en la casa, pero nadie lo leía.
La segunda es la seguridad. Cuando alguien te diga que tu Biblia fue inventada por un concilio, o que le faltan libros, o que hay evangelios secretos con la verdadera historia de Jesús, no tienes por qué temer. Tienes el testimonio del Señor Jesús sobre el Antiguo Testamento, el testimonio de los apóstoles sobre su propia autoridad, el testimonio de la historia sobre el reconocimiento de los libros, y el testimonio del Espíritu en tu corazón.
La tercera es la suficiencia. Si el canon está cerrado, no necesitas buscar a Dios en otros libros, en revelaciones privadas o en voces interiores que añadan algo a la Escritura. Todo lo que necesitas para la vida y la piedad está en estos sesenta y seis libros. Cuando quieras oír la voz de Dios, abre la Biblia. Ahí habla.
«Para siempre, oh Jehová, Permanece tu palabra en los cielos.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ochenta y nueve.
Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos. Los hombres hacen listas, los concilios se reúnen y se disuelven, los imperios cambian de nombre y de frontera. Pero la Palabra que Dios inspiró estaba firme en los cielos antes de que ninguna mano la copiara en la tierra, y seguirá firme cuando todas nuestras bibliotecas se conviertan en polvo.
Decimotercera parte. Un solo libro de principio a fin
Hay una prueba del canon que no se encuentra en ninguna lista antigua, pero que todo lector atento descubre con asombro: la unidad de la Biblia. Sesenta y seis libros, escritos por unos cuarenta autores distintos, a lo largo de unos mil quinientos años, en tres idiomas, el hebreo, el arameo y el griego, en tres continentes, por reyes y pastores, sacerdotes y pescadores, un médico, un cobrador de impuestos y un fariseo convertido. Y sin embargo, cuentan una sola historia, con un solo protagonista y un solo hilo de redención.
Esa historia comienza en el huerto, inmediatamente después de la caída, con la primera promesa del evangelio.
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Así dice Génesis, capítulo tres, versículo quince.
Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. La simiente de la mujer, un descendiente, aplastará la cabeza de la serpiente, aunque él mismo será herido. Desde esa promesa, la Biblia sigue la línea de la simiente: por Set, por Noé, por Sem, por Abraham, a quien Dios dice en Génesis doce que en él serán benditas todas las familias de la tierra; por Isaac, por Jacob, por Judá, de quien no será quitado el cetro hasta que venga Siloh; por David, a quien Dios promete un trono eterno en segundo de Samuel siete; hasta que Isaías anuncia que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y Miqueas señala a Belén como el lugar donde nacerá el que será Señor en Israel.
Y el Nuevo Testamento abre exactamente donde el Antiguo dejó el hilo. Su primer versículo dice: libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Mateo enlaza su evangelio con las dos grandes promesas, la de Abraham y la de David. Pablo, en Gálatas tres dieciséis, explica que la promesa a Abraham y a su simiente se refiere a Cristo. Y en Gálatas cuatro cuatro dice: cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer. Nacido de mujer: la simiente de la mujer de Génesis tres quince.
Y la Biblia termina donde empezó, pero transformada. Génesis comienza con un huerto, un río y el árbol de la vida, y con el hombre expulsado de la presencia de Dios. El Apocalipsis termina con una ciudad que es también un huerto, con el río de agua de vida que sale del trono de Dios y del Cordero, con el árbol de la vida cuyas hojas son para la sanidad de las naciones, y con esta frase: y no habrá más maldición. La maldición que entró en Génesis tres sale en Apocalipsis veintidós. Y la serpiente antigua, que hirió el calcañar de la simiente, es arrojada al lago de fuego, como dice Apocalipsis veinte.
Ningún comité humano podría haber planeado una unidad así a lo largo de quince siglos. Esa unidad es la firma del Autor divino. Por eso, cuando lees la Biblia, no estás leyendo una biblioteca desordenada de escritos religiosos, sino un solo libro con un solo Autor, que cuenta una sola historia: la de Dios que salva a un pueblo para sí por medio de su Hijo.
Esta unidad tiene también una consecuencia práctica para la interpretación, que estudiaremos en la lección siete. Si la Biblia tiene un solo Autor, no se contradice a sí misma, y la mejor intérprete de la Escritura es la Escritura misma. Un pasaje oscuro se ilumina con los pasajes claros. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo, y el Nuevo explica el Antiguo. Agustín de Hipona lo dijo con una frase célebre: el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, y el Antiguo se manifiesta en el Nuevo.
Decimocuarta parte. Un plan para recorrer todo el canon
Si el canon es la Palabra completa de Dios, el estudiante de esta escuela debe conocerlo completo, no solo los pasajes favoritos. Es muy común que un creyente conozca bien los evangelios, algunas cartas de Pablo y algunos salmos, pero nunca haya leído Levítico, Nahúm o segunda de Crónicas. Sin embargo, Pablo dijo toda la Escritura es útil, y el Señor dijo que el hombre vivirá de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Te propongo una disciplina sencilla para acompañar esta escuela. Lee la Biblia completa en un año. Con unos tres o cuatro capítulos diarios, lo lograrás. Una manera práctica es leer cada día un poco del Antiguo Testamento, un poco del Nuevo y un salmo o un pasaje de Proverbios. Así, en lugar de quedarte atascado durante semanas en las leyes de Levítico o en las genealogías de Crónicas, tendrás cada día alimento variado. Y cuando lleguemos, en el módulo cinco, al panorama del Antiguo Testamento libro por libro, ya habrás pasado por todos ellos al menos una vez.
Mientras lees, haz tres preguntas a cada libro. Primera: ¿qué parte de la gran historia cuenta este libro? Segunda: ¿qué me enseña sobre Dios? Tercera: ¿cómo prepara, anuncia o explica a Cristo? El Señor dijo que las Escrituras dan testimonio de Él. Tu tarea, como la de los discípulos de Emaús, es aprender a verlo en todas ellas.
Y no olvides el consejo de los antiguos escribas, que guardaban los libros santos con reverencia. Ten una Biblia que sea tuya, que puedas subrayar y anotar, y que te acompañe durante años. Muchos de los grandes maestros de la Escritura llegaron a conocerla no tanto por haber leído muchos libros sobre la Biblia, como por haber leído la Biblia muchas veces.
Conclusión
Hemos visto hoy que el canon es la lista de los libros inspirados y, a la vez, la regla de fe y de vida. Dios hizo el canon al inspirar los libros; su pueblo lo reconoció. El Antiguo Testamento creció desde Moisés hasta Malaquías y fue confiado a Israel, que lo guardó en sus tres secciones, la Ley, los Profetas y los Escritos. El Señor Jesús reconoció ese canon, desde Abel hasta Zacarías, y lo citó como Escritura. Los libros escritos entre los testamentos no pertenecen al canon, porque no fueron recibidos por Israel, no fueron citados como Escritura por el Señor ni por los apóstoles, no pretenden ser proféticos y no concuerdan en todo con la revelación anterior. El Nuevo Testamento fue escrito por los apóstoles y sus compañeros, que sabían que escribían con autoridad; las iglesias lo recibieron desde el principio, examinaron con cuidado los libros discutidos, y en el siglo cuarto dieron testimonio escrito de los veintisiete libros que ya leían. Los escritos tardíos que se presentan como evangelios secretos nunca formaron parte del canon. Y el canon está cerrado, porque Dios nos ha hablado de manera final en su Hijo.
Repaso de la lección
Primera pregunta. ¿Qué encontró el sumo sacerdote Hilcías en el templo durante el reinado de Josías, y cómo respondió el rey? Respuesta: el libro de la ley; el rey rasgó sus vestidos, consultó a la profetisa Hulda, leyó el libro al pueblo e hizo pacto delante de Jehová.
Segunda pregunta. ¿Qué significa la palabra canon? Respuesta: viene del griego kanón, ge dos mil quinientos ochenta y tres, regla o vara de medir. Designa la lista de los libros inspirados y la regla de fe y de vida.
Tercera pregunta. ¿Hizo la iglesia el canon? Respuesta: no. Dios hizo el canon al inspirar los libros; la iglesia lo reconoció y lo recibió, como las ovejas reconocen la voz de su pastor.
Cuarta pregunta. ¿Dónde mandó Moisés colocar el libro de la ley? Respuesta: al lado del arca del pacto, por testigo contra el pueblo.
Quinta pregunta. ¿Cuáles son las dos pruebas del verdadero profeta en Deuteronomio? Respuesta: que no aparte del Dios verdadero y de su revelación, y que se cumpla lo que anuncia.
Sexta pregunta. ¿A quién le fueron confiados los oráculos de Dios, según Romanos tres dos? Respuesta: a los judíos.
Séptima pregunta. ¿Cuáles son las tres secciones de la Biblia hebrea, y cómo las mencionó el Señor en Lucas veinticuatro? Respuesta: la Ley, los Profetas y los Escritos; el Señor dijo la ley de Moisés, los profetas y los salmos.
Octava pregunta. ¿Qué significa la expresión desde Abel hasta Zacarías? Respuesta: desde el primer mártir del primer libro, Génesis, hasta el último del último libro de la Biblia hebrea, Crónicas; es decir, todo el canon hebreo.
Novena pregunta. Menciona tres razones por las que los libros escritos entre los testamentos no son canónicos. Respuesta: no fueron recibidos por Israel; el Señor y los apóstoles nunca los citaron como Escritura; ellos mismos reconocen que no había profeta en su tiempo.
Décima pregunta. ¿Quién enumera por primera vez exactamente los veintisiete libros del Nuevo Testamento, y en qué año? Respuesta: Atanasio de Alejandría, en su carta pascual del año trescientos sesenta y siete.
Undécima pregunta. ¿Cuáles eran las preguntas con las que las iglesias reconocían un libro? Respuesta: la apostolicidad, la concordancia con la regla de fe, la recepción por las iglesias, y el poder del libro mismo por el testimonio del Espíritu.
Duodécima pregunta. ¿Por qué decimos que el canon está cerrado? Respuesta: porque Dios ha hablado de manera final en su Hijo, el fundamento apostólico se puso una sola vez, y la fe fue una vez dada a los santos.
Decimotercera pregunta. ¿Dónde aparece la primera promesa del evangelio y cómo se cumple al final de la Biblia? Respuesta: en Génesis tres quince, la simiente de la mujer que herirá la cabeza de la serpiente; al final, la serpiente antigua es vencida y ya no hay más maldición.
Oración final
Señor, gracias porque no nos dejaste a oscuras, buscando tu voz entre miles de libros humanos. Gracias porque hiciste escribir tu Palabra, la guardaste en las manos de Israel, la confiaste a tus apóstoles, y la entregaste completa a tu iglesia. Danos el corazón de Josías, que tiembla y se humilla cuando oye tu libro. Guárdanos de añadir y de quitar. Haznos oír en cada página la voz del buen Pastor, y seguirle. En el nombre de Jesucristo, amén.
Mañana, en el día cuatro, estudiaremos la transmisión del texto: cómo se copiaron las Escrituras durante siglos, quiénes fueron los escribas y los masoretas, qué son los manuscritos, y por qué esta escuela confía en el texto masorético y en el Textus Receptus.
Complemento de la lección tres
Repaso de la lección
En la tercera lección nos preguntamos qué libros forman la Biblia y quién lo decidió. La palabra canon procede de kanón, ge dos mil quinientos ochenta y tres, la regla o vara de medir, y designa la lista de los libros inspirados, que son la regla de fe y de vida. La distinción decisiva fue esta: Dios hizo el canon al inspirar los libros, y la iglesia no lo creó, sino que lo reconoció y lo recibió, como las ovejas reconocen la voz de su pastor.
A Israel le fueron confiados los oráculos de Dios, y su Biblia hebrea tiene tres secciones, la Ley, los Profetas y los Escritos, que el Señor Jesús nombró en Lucas veinticuatro como la ley de Moisés, los profetas y los salmos. Con la frase desde Abel hasta Zacarías abarcó todo el canon hebreo, del primer libro al último en su orden tradicional. Por eso los libros escritos entre los testamentos no forman parte del canon: Israel no los recibió como Escritura, el Señor y los apóstoles no los citaron como tal, y ellos mismos reconocen que en su tiempo no había profeta. En cuanto al Nuevo Testamento, sus veintisiete libros fueron reconocidos por su origen apostólico, su concordancia con la fe, su recepción en las iglesias y el testimonio del Espíritu. Y el canon está cerrado, porque Dios ha hablado de manera final en su Hijo y la fe fue una vez dada a los santos; nada se añade y nada se quita.
Autoevaluación
Ahora vienen las preguntas de autoevaluación. Después de cada pregunta habrá un silencio breve. Detén el audio si lo necesitas, responde en voz alta con tus propias palabras, y luego escucha la respuesta.
Primera pregunta. Si alguien te dice que la iglesia decidió qué libros eran Palabra de Dios, ¿cómo le responderías?
Respuesta: que Dios hizo los libros Palabra suya al inspirarlos; la iglesia no les dio autoridad, sino que reconoció la autoridad que ya tenían, como la oveja reconoce la voz del pastor.
Segunda pregunta. ¿Qué nos enseña la reacción de Josías al oír el libro de la ley?
Respuesta: que la Palabra recibida como Palabra de Dios produce temblor, humillación y arrepentimiento. Josías rasgó sus vestidos, leyó el libro al pueblo e hizo pacto delante de Jehová.
Tercera pregunta. ¿Por qué es tan importante el testimonio del Señor Jesús sobre las Escrituras?
Respuesta: porque el Hijo de Dios recibió como Escritura la Biblia hebrea en sus tres partes, y dijo que en ella estaba escrito de Él. Su testimonio confirma el canon del Antiguo Testamento.
Cuarta pregunta. ¿Qué significa la advertencia de Deuteronomio cuatro y de Apocalipsis veintidós?
Respuesta: que no se debe añadir ni quitar a la Palabra de Dios. Al principio y al final de la Escritura, Dios protege su revelación.
Quinta pregunta. ¿Qué preguntas ayudaban a las iglesias a reconocer un libro del Nuevo Testamento?
Respuesta: si era apostólico, si concordaba con la regla de fe, si había sido recibido por las iglesias, y si llevaba el poder y el testimonio del Espíritu.
Sexta pregunta. ¿Por qué decimos que no hay revelación nueva al nivel de la Escritura?
Respuesta: porque Dios habló de manera final en su Hijo, el fundamento de los apóstoles y profetas se puso una sola vez, y la fe fue una vez dada a los santos.
Séptima pregunta. ¿Cómo une Génesis tres quince el principio y el final del canon?
Respuesta: la primera promesa anuncia que la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente; al final del canon, la serpiente antigua es vencida. Toda la Biblia cuenta una sola historia de redención en Cristo.
Para el púlpito
Bosquejo para predicar o enseñar. Título: Lo que estaba escrito de mí. Texto: Lucas veinticuatro, cuarenta y cuatro y cuarenta y cinco.
«Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras;» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículos cuarenta y cuatro al cuarenta y cinco.
La idea central es que el Cristo resucitado reconoció toda la Escritura del Antiguo Testamento como palabra que habla de Él, y sigue abriendo el entendimiento de los suyos para que la comprendan.
El mensaje puede abrir con la tarde de aquel primer día de la semana: discípulos asustados, puertas cerradas, y el Señor que aparece, muestra sus manos y come delante de ellos. Lo asombroso es lo que hace después, porque no les ofrece una experiencia nueva, sino una Biblia abierta. Ese es el primer movimiento: el Señor confirma la ley, los profetas y los salmos como Escritura con autoridad.
El segundo movimiento muestra el contenido de esa Escritura. Era necesario que se cumpliese todo lo que estaba escrito de Él; por consiguiente, quien lee el Antiguo Testamento sin buscar a Cristo lee sin entender. El predicador recorre con sobriedad algunas promesas cumplidas, del sufrimiento y de la gloria del Mesías.
El tercer movimiento es la necesidad de luz. Entonces les abrió el entendimiento: ni el ingenio ni la erudición bastan. El sermón termina con una invitación a pedir esa luz, a arrepentirse de una lectura fría o selectiva de la Biblia y a recibir el canon entero como la voz de nuestro Señor.
Versículo para memorizar
El versículo de hoy es Lucas veinticuatro, cuarenta y cuatro.
«Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículo cuarenta y cuatro.
Repítelo en voz alta hasta que puedas decir sin mirar las tres partes de la Escritura que nombró el Señor.
Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.