Tratado · Romanos 3
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Publicado el 23 de septiembre de 2026. Revisado el 3 de octubre de 2026.
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
Método V.E.R.D.A.D.«No se lee para adaptarla a tu situación. Norma normans non normata.»
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1 CORINTIOS 1:18–31, LOCURA PARA UNOS Y PODER DE DIOS PARA OTROS
Libro de Editorial Cielo Efata. Las citas castellanas siguen la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960, en cursiva y con referencia. El griego del Nuevo Testamento se lee en el Textus Receptus. V.E.R.D.A.D.Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento, Decisión. El método de esta casa. es marca del autor y de la casa. La Escritura sola es norma que norma y no es normada. El libro que esta casa llama camino al Gólgota oye la cruz en Isaías 53 y en el evangelio de Marcos. Este libro no lo sustituye y no mezcla las heridas. El dueño, aquí, es 1 Corintios 1:18–31, en el orden en que el apóstol lo escribió.
© 2026 Alejandro Sirit. Todos los derechos reservados. Texto bíblico tomado de la versión Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
LA PALABRA DE LA CRUZ
No hay, en 1 Corintios 1:18, un lema de madera piadosa, ni un culto a la madera, ni un elogio del sufrimiento por sí mismo, ni una tristeza que se pavonea, ni la frase «llevar la cruz» reducida a un mal día. Hay una palabra que parte al género humano en dos públicos y no concede un tercero. El lugar es Corinto, iglesia de partidos, de oradores, de judíos que piden señal y de griegos que buscan sabiduría. El cuerpo que ocupa el centro no es el del predicador. Es el de un Crucificado, predicado. El sujeto de la frase no es el estilo. Es (ho lógos ho toû stauroû, , Strong 3056, palabra, discurso; , Strong 4716, cruz): la palabra, el discurso, el contenido de la cruz. El γάργάρ (gár) — porque con que el versículo empieza no lo deja flotar. Ata lo que sigue a lo que acaba de decirse: el enviado no predica con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. Ahora se dice por qué esa sabiduría queda fuera del envío, y se dice sin abrir todavía un manual de elocución. Se dice qué es la palabra que una frase podría vaciar.
Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. (1 Corintios 1:18) (mōría, Strong 3472, locura, necedad) para unos. Θεοῦ (dýnamis Theoû, , Strong 1411, poder) para otros. La misma palabra es las dos cosas. No cambia de contenido según el gusto del oyente, ni se edulcora cuando el auditorio es griego, ni se endurece como consigna cuando el auditorio ya está de acuerdo. Cambia el oído, y el predicador no administra esa división. Dios la ha puesto. τοῖς μὲν ἀπολλυμένοιςτοῖς μὲν ἀπολλυμένοις (toîs mèn apollyménois), de ἀπόλλυμι — perder, destruir; aquí el participio presente, los que se están perdiendo (Strong G622) (toîs mèn apollyménois, de ἀπόλλυμι, Strong 622, perder, destruir; aquí el participio presente, los que se están perdiendo): no es solo un instante ya cerrado, sino un camino en el que la palabra se oye como locura. τοῖς δὲ σῳζομένοιςτοῖς δὲ σῳζομένοις (toîs dè sōzoménois), de σῴζω — salvar; participio presente, los que se están salvando (Strong G4982) (toîs dè sōzoménois, de σῴζω, Strong 4982, salvar; participio presente, los que se están salvando): tampoco es un título que se cuelga sin oír. Es el camino en el que la misma palabra se oye como poder. ἡμῖν, a nosotros. Pablo se incluye. No habla de los salvos como de una clase que él describe desde fuera, ni de la locura como de un problema que a él no le toca explicar porque ya está del lado lúcido. Dice: esto es, a nosotros. La cruz no es poder en general, un símbolo disponible para cualquiera que lo encuentre bello o útil. Es poder a los que se salvan. Quien convierta el dieciocho en un lema universal de consuelo, igual de tierno para el que se pierde y para el que se salva, ha hurtado la división. Quien lo convierta en un insulto al mundo, sin confesar el «a nosotros», ha hurtado la inclusión del que predica. Las dos lecturas dejan el versículo más corto de lo que es.
El poder no es un efecto que se añade a la cruz cuando la predicación es hábil, ni un sentimiento que el oyente religioso produce para no quedar entre los que se pierden. Es la palabra de la cruz misma, oída como poder de Dios. Pablo no dice que la cruz «también» sea poder, entre otras cosas más presentables. Dice que a los que se salvan es poder de Dios, después de haberla llamado locura para los otros, y sin ofrecer una tercera formulación en la que ya no sea locura para nadie. No hay, en el versículo, un público al que se le deba una cruz más aceptable, más terapéutica, más acorde con la sabiduría que el siglo ya aplaudiría. Los que se pierden oyen locura. Los que se salvan oyen poder. El que se deprime porque se habla de la cruz, y pide un evangelio que levante el ánimo sin ese tropiezo, todavía la oye como los que se pierden, aunque frecuente la casa. El que se entusiasma con la cruz como estética de la derrota, y no oye poder, tampoco ha pasado al segundo miembro. La teología de la cruz, si se le da el nombre que el párrafo autoriza y no un nombre de escuela puesto por delante, dice algo preciso: el Dios verdadero se da a conocer donde el hombre natural no lo buscaría, y salva por lo que el mundo llama locura. No es resiliencia. No es el arte de positivizar el viernes. Es el modo de la revelación y de la salvación.
Conviene decir, sin inventar una biografía que el texto no cuenta, lo que lectores de este capítulo ya vieron y que esta casa no mejora con anécdotas. En Heidelberg se llamó a esto el conocimiento de Dios en el reverso: no primero en las obras visibles que el hombre aplaude, sino en el Crucificado. Sobre este capítulo se dijo, sin edulcorar, que el mundo no conoció a Dios por su sabiduría, y que Dios quiso salvar por lo que esa sabiduría desprecia. Esas lecturas no norman el párrafo. Lo sirven si se quedan debajo de él. Si se sientan encima, y el dieciocho se vuelve cita de un hombre y no palabra del apóstol, se ha cambiado de dueño. La Escritura sola norma. Ni el palco de las señales, ni la sabiduría de salón, ni el yo intacto, ni la rudeza que quiere ocupar el lugar de la cruz, tienen un sentido privado de este versículo. Tienen un Cristo crucificado, locura y poder, y el poder no se oye sino donde se oye salvación.
DESTRUIRÉ LA SABIDURÍA
El diecinueve no consuela al sabio. Lo deshace como sabio, y lo hace con Escritura, no con un desprecio cultural que el predicador hubiera traído de su gusto. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, Y desecharé el entendimiento de los entendidos. (1 Corintios 1:19) «Está escrito» pone el oráculo por encima del istmo. El apóstol cita en la forma en que la carta lo da, destruiré y desecharé, y el profeta, en su lugar, había anunciado un prodigio que no halagaría la inteligencia del pueblo. Por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos. (Isaías 29:14) No se fingen idénticas las dos frases castellanas. Se oye el acto de citar y se oye el profeta en su capítulo, para que nadie diga que Pablo inventó una guerra contra el pensamiento que el Antiguo Testamento no hubiera declarado. Dios no complementa la (sophía, Strong 4678, sabiduría). La destruye como camino de jactancia y como vía por la cual el hombre pretendería haberlo conocido para salvarse. Perecerá. Se desvanecerá. Destruiré. Desecharé. Los verbos no son de poda amable, en la cual se conserva lo mejor del sabio y se le añade un poco de cruz. Son verbos de fin. El prodigio que Isaías anuncia no es la confirmación de los entendidos. Es su pérdida. Corinto, que medía a los hombres por la palabra, queda bajo un oráculo que ya había medido a Jerusalén de otro modo: la admiración verdadera no nace de la inteligencia que se aplaude, sino del acto de Dios que esa inteligencia no puede capitalizar.
Por consiguiente, el creyente que lee el diecinueve como permiso para no aprender, o como felicitación de su ignorancia, ha cambiado el sujeto del verbo. El que destruye es Dios. El objeto es la sabiduría de los sabios y el entendimiento de los entendidos, en cuanto se levantan como conocimiento de Dios y como gloria del hombre. No es el mandato de permanecer sin letras para parecer cruciforme. La rudeza también puede volverse jactancia, y el que la ofrece a Dios como si fuera el cumplimiento del diecinueve ha puesto su falta en el lugar donde el texto puso el juicio divino. Dios no dijo: conservad la torpeza, porque la torpeza es mi prodigio. Dijo que destruiría la sabiduría que se cree suficiente. El prodigio, leído desde el versículo anterior y no desde el amor propio del que no estudió, es la palabra de la cruz, locura para el que se pierde y poder para el que se salva. Esa palabra avergüenza al entendido. No canoniza al negligente.
El veinte pregunta dónde quedaron los oficios del discurso, y las preguntas no son de feria. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? (1 Corintios 1:20) El sabio, el escriba, el disputador de este αἰών: tres modos de tener respuesta, y los tres quedan sin lugar donde apoyarse cuando la palabra de la cruz ha sido predicada. La última pregunta nombra el verbo y el sujeto. ἐμώρανενἐμώρανεν (emṓranen), de μωραίνω — volver necio, enloquecer (emṓranen, de μωραίνω, volver necio, enloquecer): ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo. No dice que el mundo se haya confundido por un malentendido que una explicación más paciente disolvería. Dice que Dios volvió lo que el siglo llamaba . El vacío de las tres preguntas es el vacío que queda cuando el mundo, con su sabiduría, no conoció a Dios. No es un truco para que el predicador parezca más vivo. Es el silencio del que ya no puede presentar su oficio como conocimiento salvífico. Ahora bien, el disputador no desaparece del mundo porque el apóstol pregunte. Desaparece como candidato a salvar y como medida de la cruz. Sigue habiendo sabios, escribas y disputadores. Lo que no queda es el derecho de ellos a tratar la palabra de la cruz como una opinión inferior dentro de su siglo. Dios ha enloquecido esa sabiduría. El que hoy ocupa el lugar del disputador, en la cátedra o en el púlpito o en la conversación que nunca se rinde, y pide que la cruz se explique hasta dejar de ser locura, está de pie en el sitio que la pregunta dejó vacío, y la pregunta lo busca.
Tampoco el que desprecia al escriba por oficio ha respondido el veinte. El escriba, en el versículo, no es el hermano que lee con cuidado. Es el oficio que, junto con el sabio y el disputador, queda sin respuesta delante del acto de Dios. Confundir al que abre el texto con el escriba que el versículo declara ausente es usar la pregunta como arma de partido, y el partido es precisamente la enfermedad de Corinto. La pregunta humilla la sabiduría del mundo. No humilla la Escritura, porque la pregunta misma está fundada en «está escrito». El que tira el rollo para no parecer escriba ha enloquecido otra cosa, que Dios no enloqueció: ha enloquecido su obediencia, y llama a eso cruz. No lo es.
AGRADÓ A DIOS
El veintiuno es el sepulcro de una vía, y es decreto, no plan de reserva. Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. (1 Corintios 1:21) Hay que oír el orden de las cláusulas, porque el hurto las invierte. Primero, en la sabiduría de Dios: el marco no es un descuido divino ni una región donde Dios no estuviera. Es τῇ σοφίᾳ Θεοῦ. Dentro de esa sabiduría, no a pesar de ella, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, διὰ σοφίας, mediante la suya. El fracaso no acusa a Dios de haberse escondido mal. Acusa a la vía. El mundo no conoció. El verbo es de conocimiento, no de información escasa. Había sabiduría, y en la sabiduría de Dios esa sabiduría no llegó a conocerlo. Luego, y no como parche, εὐδόκησεν Θεός (eudókēsen ho Theós, εὐδοκέω, Strong 2106, agradar, parecer bien, resolver con beneplácito): agradó a Dios. El modo de salvar es lo que le agradó, no lo que quedó cuando el plan principal fracasó. Salvar a los que creen, τοὺς πιστεύοντας, no a los que comprenden la cruz hasta volverla razonable para el disputador. Y el medio: διὰ μωρίας κηρύγματος (dià tês mōrías toû kērýgmatos, κήρυγμα, Strong 2782, pregón, proclamación), por la locura de la predicación. No por la locura de cualquier discurso excéntrico, no por el escándalo que el predicador añade con grosería, no por la tosquedad celebrada como si el descuido fuera el κήρυγμα. Por el pregón que el mundo llama locura, cuyo contenido el versículo dieciocho ya nombró y los versículos siguientes no dejarán en abstracto: Cristo crucificado.
El veintiuno, por tanto, no es un elogio de lo irracional. Es el fin de la pretensión de que la sabiduría humana, dejada a su vía, conociera a Dios para salvación. Romanos dice que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación, de modo que no tienen excusa. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. (Romanos 1:20) Esa frase no se copia aquí como si fuera el mismo versículo, y no se anula tampoco. Deja al hombre sin excusa. 1 Corintios 1:21 dice que esa vía no salvó. El que use Romanos 1 para reabrir una salvación por la sabiduría del mundo ha desoído el agradó a Dios. El que use 1 Corintios 1 para decir que no hay conocimiento de Dios alguno en lo creado, y que la excusa vuelve porque nada se mostró, ha desoído el sin excusa. La analogía de la feLa Escritura se interpreta a sí misma. Ningún pasaje derriba el canon. no funde los capítulos en una masa. Los guarda a los dos: culpables, y no salvados por la vía que los deja culpables. Agradó salvar de otro modo, por el pregón que esa vía llama locura, a los que creen.
La fe, en este versículo, no es el músculo que vuelve la cruz razonable. Es el creer por el cual Dios salva, y el medio del salvar es la locura del pregón, no la demostración que el griego exigiría para dejar de llamarla locura. Si la fe fuera el acto de haber entendido hasta quitar el escándalo, el veintiuno mentiría, porque el medio seguiría siendo la sabiduría, solo que bautizada. El pregón permanecería locura para el que se pierde, y poder para el que cree, sin que el creyente tenga que negociar una versión intermedia para no avergonzarse delante del disputador. Agradó a Dios. El beneplácito cierra la queja del que dice que habría sido más sabio salvar de otra manera. Más sabio ¿según quién? Según la sabiduría que no conoció a Dios. El decreto no consulta esa medida. La deja en el lugar que el veinte ya preguntó: dónde está.
SEÑALES, SABIDURÍA, Y UN SOLO PREGÓN
El veintidós nombra las dos demandas sin caricatura y sin síntesis. Porque los Judíos piden señales, y los Griegos buscan sabiduría. (1 Corintios 1:22) La petición de σημεῖα no es, en este versículo, el recuerdo agradecido de lo que el Señor hizo en Galilea, ni la prohibición de que Dios obre. Es la demanda de que Dios se acredite al tribunal de los ojos antes de ser creído, y de que el Mesías se presente con la señal que el peticionario ya definió como digna. La búsqueda de no es el trabajo honrado de entender las Escrituras. Es la demanda de que Dios se acredite al tribunal del intelecto, y de que el discurso no avergüence. Dos formas de la misma teología, la que quiere a Dios en lo alto visible, en el milagro como prueba que el hombre administra, en la elocuencia como unción, en el triunfo como evangelio. El capítulo no la discute con cortesía de salón. La deja incapaz de conocer a Dios, porque el veintiuno ya dijo que mediante la sabiduría el mundo no conoció, y el veintidós muestra las dos puertas por las que esa incapacidad sigue pidiendo. El contraste, conviene decirlo antes de que el etnicismo se apodere del versículo, no es étnico en última instancia, aunque el texto nombre judíos y griegos. Es de demanda. Se puede pedir señal sin ser de la circuncisión, y se puede buscar sabiduría sin haber leído a un griego. Corinto quería las dos cosas a la vez: un Mesías que se acreditara y un discurso que no avergonzara. La iglesia que hoy pide el fenómeno para creer, y la que pide que el pregón no ofenda al culto, están en el veintidós aunque no usen los nombres antiguos.
El veintitrés no ofrece la tercera vía que las dos demandas reclamarían. Opone un nosotros y un predicado. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura. (1 Corintios 1:23) ἡμεῖς δὲ κηρύσσομενἡμεῖς δὲ κηρύσσομεν (hēmeîs dè kērýssomen) — nosotros predicamos (hēmeîs dè kērýssomen): nosotros predicamos. El es adversativo. No negociamos. El objeto es Χριστὸν ἐσταυρωμένονΧριστὸν ἐσταυρωμένον (Christòn estaurōménon), de σταυρόω — crucificar (Strong G4717) (Christòn estaurōménon, de σταυρόω, Strong 4717, crucificar), participio perfecto: a Cristo, y a este como crucificado. No es un Cristo al que la cruz le hubiera ocurrido de camino hacia una gloria que el pregón podría anunciar sin ella. (skándalon, Strong 4625, tropiezo, trampa, piedra de ofensa) para los judíos. para los gentiles. El apóstol no se disculpa por el tropiezo ni lo lima. Lo predica. El que predica un Cristo que ya no hace tropezar al que pide señal, y que ya no parece locura al que busca sabiduría, ha cambiado el objeto del verbo, aunque conserve el nombre de Jesús y la palabra cruz en un himno. Ha empezado a predicar el Cristo que se acredita, que es el que las demandas pedían, no el que el nosotros predica.
Ese choque no nace en un seminario. Está en Galilea, cuando el que confiesa al Cristo enseguida reprende al que anuncia la cruz. Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle. Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. (Marcos 8:31–33) Pedro acaba de confesar, y la reprensión no niega la confesión. Niega el Mesías sin viernes. La teología que quiere a Dios donde el hombre ya lo aplaudiría no empieza en una moda tardía. Empieza en la boca del primer apóstol cuando pone la mira en las cosas de los hombres. Jesús no le ofrece una cruz más presentable. Lo llama Satanás, delante de los discípulos, porque la mira está mal puesta. 1 Corintios 1 y Marcos 8 se leen juntos sin fundirse. El estudio de la reprensión tiene su lugar en el evangelio. Aquí basta que el veintitrés no se predique como tema de escuela mientras se deja a Pedro sin su viernes: quien separe la doctrina paulina de aquella reprensión ha hecho de la cruz un asunto, no un tropiezo. Y el que tome la cruz, en el sentido en que el Señor la manda, no la reduce a un mal día ni a una terapia del ánimo. Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. (Lucas 9:23) Negarse a sí mismo. Tomarla. Seguirlo. El texto no dice cuídate para poder servir. El evangelio del yo, que traduce la cruz como mejora de la autoestima y a Cristo como quien entrena el potencial, ha cambiado los verbos. El veintitrés predica al que fue crucificado. El que lo sigue no llega intacto.
El veinticuatro no abre el tercer público. Nombra a los llamados, y a ellos no les da otra cosa que el mismo Cristo. Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. (1 Corintios 1:24) τοῖς κλητοῖς (toîs klētoîs, κλητός, Strong 2822, llamado), judíos y griegos, sin que la vocación borre la procedencia y sin que la procedencia divida el don. La Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. no inserta un verbo copulativo que el griego resuelve en la predicación del nombre: Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios. No se añade un discurso de poder a un Cristo de madera, ni una sabiduría de salón a un Cristo que por fin dejó de ser tropiezo. El Crucificado es ambas cosas para el llamado. La vocación eficaz no anula la predicación del veintitrés. La hace oír. El que no es llamado sigue oyendo tropezadero o locura, y el pregón no se altera para conquistarlo por la puerta que él ya trajo. El que es llamado no recibe un Cristo distinto, más fuerte y más sabio porque se le haya quitado la cruz. Recibe al Crucificado como poder y como sabiduría. Por eso la gloria que el evangelio anuncia no es la que salta el viernes para llegar a un trono sin herida. Hay gloria. Es la del Cordero que fue inmolado y está en pie. Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado. (Apocalipsis 5:6) El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. (Apocalipsis 5:12) Digno, y digno como el inmolado. Filipenses no sube del siervo al señorío saltando la muerte. Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre. (Filipenses 2:8–9) El por lo cual sale de la cruz. No la reemplaza. El que dice que la cruz fue el sábado y que ahora toca una gloria sin ella ha pedido el veintidós, no el veinticuatro. Para los llamados, el poder y la sabiduría tienen nombre, y el nombre sigue siendo el del crucificado.
El sello de esa vocación no es el espectáculo que el veintidós pedía. Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo. (1 Corintios 12:3) Nadie puede decir el señorío sino por el Espíritu. El evangelio del fenómeno, que concluye que si no hay éxtasis no hay Espíritu, pone el sello donde el capítulo doce de la misma carta no lo pone. El sello que aquí importa es la confesión, no la prueba que acredita al Cristo delante de los ojos. El Espíritu que demuestra no es un reemplazo del Crucificado por una experiencia más brillante. Es el que hace llamar Señor al que fue predicado crucificado. Sin esa confesión, el prodigio más ruidoso no ha pasado del veintidós. Con esa confesión, el llamado ya está en el veinticuatro, aunque el siglo siga oyendo locura.
LO INSENSATO DE DIOS Y LO DÉBIL DE DIOS
El veinticinco recoge el contraste en comparativos que no hay que domesticar ni hay que aplicar al hombre equivocado. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. (1 Corintios 1:25) τὸ μωρὸν Θεοῦ (tò mōròn toû Theoû), lo necio de Dios. τὸ ἀσθενὲς Θεοῦ (tò asthenès toû Theoû), lo débil de Dios. Así ve el siglo la cruz, y el apóstol toma esos adjetivos, no para conceder que Dios es necio o débil en su ser, sino para decir que aquello que el siglo llama así, siendo de Dios, supera la sabiduría de los hombres y la fuerza de los hombres. El comparativo es la doctrina. Más sabio. Más fuerte. No hay empate entre la cruz y la sophía, ni una zona en la que las dos se respetan como caminos válidos. Lo que Dios hizo en el Crucificado es más sabio que la sabiduría que no lo conoció, y más fuerte que la fuerza que pedía señal. El predicador que se avergüenza del comparativo y ofrece un Dios que ya no parezca insensato ni débil ha dejado de predicar el versículo. Ha vuelto a pedir que Dios se parezca a la medida que el versículo declara inferior.
Y el predicador que aplica lo insensato y lo débil al siervo, como si el veinticinco elogiara la torpeza del mensajero y la enfermedad cultivada como estilo, ha movido el genitivo. Es de Dios. Lo insensato de Dios no es el sermón que no se preparó. Lo débil de Dios no es la frase que no quiso servir al texto. Son la cruz, vista desde el siglo y confesada, desde la fe, como más sabia y más fuerte que el siglo. Más adelante la misma carta, en su segunda parte, leerá el adjetivo en el cuerpo del Señor y en el de los suyos sin confundir los sujetos. Porque aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros. (2 Corintios 13:4) Crucificado en debilidad: allí la debilidad es la de la cruz del Señor, y la vida es por el poder de Dios. Los apóstoles son débiles en él, no débiles en lugar de él. Y cuando el aguijón no es quitado, la palabra que el Señor da no canoniza el clavo como objeto de alabanza independiente. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. (2 Corintios 12:9) El poder se perfecciona en la flaqueza. No se reemplaza por ella. La teología de la cruz, en 1 Corintios 1:25, precede a ese aguijón y lo interpreta: lo débil de Dios es más fuerte que los hombres, y por eso la flaqueza del siervo no es un fracaso del poder ni una gloria que el siervo pueda ofrecer como si fuera la cruz. Este libro no se traslada a la segunda carta para no sudar el veinticinco. Dice el veinticinco hasta el fondo, y solo entonces reconoce que el mismo adjetivo, después, no autoriza a alabar la rudeza. La rudeza del que no quiere la claridad puede volverse jactancia. No es lo débil de Dios. Es lo débil del hombre puesto en el trono, que es otra forma de la fuerza que el comparativo acaba de humillar.
MIRAD VUESTRA VOCACIÓN
El veintiséis baja del comparativo al censo de la iglesia que lee la carta, y el imperativo es mirar, no aplaudirse. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. (1 Corintios 1:26) βλέπετεβλέπετε (blépete) — mirad (blépete, mirad). Hermanos: el vocativo los tiene dentro, no como ejemplares de una tesis sociológica que el apóstol contempla con distancia. Vuestra vocación, la κλῆσις, el llamamiento que el veinticuatro acaba de poner como el lugar donde Cristo es poder y sabiduría. Miradla. Lo que el espejo devuelve no es un catálogo de méritos invertidos. Es una mayoría que no coincide con lo que Corinto contaría como sabio según la carne, poderoso o de noble cuna. No sois muchos. El texto no dice no sois ninguno, y la diferencia importa, porque la excepción no se vuelve el argumento, y la ausencia de muchos no se vuelve un programa de exclusión de todo el que sabe, puede o nace con nombre. La vocación no se reclutó en el censo que la carne admira. Eso es lo que hay que mirar. No hay que mirar para concluir que la ignorancia fue la causa de la elección, ni que la falta de poder es la prueba de que se está llamado, ni que la oscuridad del nacimiento es una justicia. Esas conclusiones vuelven a poner la carne en el centro, solo que ahora la carne se jacta de sus carencias. El veintiséis es espejo de la vocación de Dios. No es un concurso de quién tiene menos.
La iglesia que se gloría en su oratoria, en su número o en su nobleza ha dejado de mirar, y ha vuelto a poner en pie lo que el llamado no fue. La iglesia que se gloría en no tener sabios, en no tener fuerza y en no tener nombre, como si eso fuera la vocación misma, también ha dejado de mirar. Ha mirado el censo y se ha adorado en él. Las dos miradas son carnales. Una ama lo que el versículo dice que no son muchos. La otra ama el no serlo. El imperativo no felicita a ninguna. Manda mirar la vocación, y la vocación es de Dios, anterior al orgullo del elocuente y anterior al orgullo del rudo. Según la carne: la precisión impide que se condene la sabiduría que Cristo ha sido hecho, de la cual hablará el treinta, o el poder de Dios que el dieciocho ya nombró. Lo que no son muchos es sabios según la carne, poderosos de ese orden, nobles de ese orden. El que predica el veintiséis como si Dios odiara la mente, la autoridad legítima o el nombre honrado en otro sentido ha añadido un odio que el texto no tiene. El que lo predica como si la carne ilustrada fuera el camino de conocer a Dios ha olvidado el veintiuno. Mirad. El verbo es de los hermanos, y es para que vean de quién es el llamado, no para que elijan un nuevo motivo de gloria.
LO NECIO, LO DÉBIL, LO VIL Y LO QUE NO ES
Los versículos veintisiete y veintiocho dicen el escoger, y lo repiten para que no se oiga como un gesto aislado ni como una preferencia estética por lo humilde. Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es. (1 Corintios 1:27–28) (exeléxato, de ἐκλέγομαι, Strong 1586, escoger, tomar para sí), tres veces en el tejido del párrafo, aoristo. Escogió. No está esperando a que lo necio se vuelva respetable para entonces asociarse con ello. No consulta al sabio sobre si lo necio merece ser elegido. El sujeto es Dios. Los objetos son τὰ μωρὰ κόσμου, lo necio del mundo; τὰ ἀσθενῆ, lo débil del mundo; τὰ ἀγενῆ y τὰ ἐξουθενημένα, lo vil y lo menospreciado; y τὰ ὄντα, las cosas que no son. El fin de cada miembro no es la permanencia de la necedad como ideal, ni la permanencia de la debilidad como voto, ni la permanencia de la nada como mística del vacío. El fin es avergonzar a los sabios, avergonzar a lo fuerte, y deshacer lo que es. καταργήσῃ: dejar sin efecto, reducir a nada operativa la pretensión de lo que se tiene por existente y suficiente. Dios escoge lo que el mundo no cuenta, para que lo que el mundo cuenta no pueda presentarse como el conocimiento y la salvación.
Óigase el para. La elección tiene finalidad, y la finalidad es vergüenza y deshacimiento de una jactancia, no la fundación de otra. Lo necio no es elegido para que lo necio se gloríe de haber sido la pieza clave. Es elegido para avergonzar a los sabios. Si lo necio, una vez elegido, se vuelve sabio según su propia carne —la carne del que sabe que es necio y lo cobra—, la finalidad se traiciona en el mismo acto de celebrarla. Lo débil no es elegido para que lo débil avergüence a lo fuerte con un discurso de superioridad moral. Es elegido para que lo fuerte quede sin su gloria delante de Dios. Lo vil y lo menospreciado no son elegidos para fundar un partido de los menospreciados que desprecie, a su vez, al hermano. Son elegidos, junto con lo que no es, para deshacer lo que es. Lo que no es no recibe, en el versículo, una ontología de la nada que el predicador pueda explotar como profundidad. Recibe una elección. Dios llama a ser lo que no contaba, para que lo que contaba no se tenga por dios. El aoristo ya ocurrió en la vocación de ellos. No es un consejo para que la iglesia se empobrezca a propósito, se enferme a propósito o se vuelva incompetente a propósito a fin de seguir calificando. Ese consejo es la objeción que el párrafo no soporta: si Dios elige lo débil, entonces hay que permanecer ignorante y enfermo. El texto no dice eso. Dice que Dios escogió así para avergonzar y deshacer. El estado del instrumento no es el objeto de la doxología. El que escoge, sí.
La vergüenza que se busca es la de los sabios y la de lo fuerte, en la presencia que el versículo siguiente nombrará, no el espectáculo público de una iglesia que cultiva el defecto para sentirse bíblica. Hay una vergüenza santa, la del hombre que ya no puede gloriarse en la carne porque Dios escogió lo que no es. Hay una vergüenza que es solo otro orgullo, la del que señala su rudeza y espera que los sabios se sonrojen delante de él, no delante de Dios. La primera cabe en el veintisiete. La segunda lo vacía, porque cambia el auditorio de la vergüenza: ya no es la carne delante de Dios, sino el culto delante del rudo. Por tanto, no se alabe la rudeza como si fuera la cruz. La cruz es lo insensato de Dios y lo débil de Dios, más sabio y más fuerte que los hombres. La rudeza, cuando se ofrece como credencial, es lo necio del hombre queriendo avergonzar a otros hombres, y eso es contienda, que es por donde la carta empezó, no elección. Dios escogió. El hombre no se postula con su defecto.
PARA QUE NADIE SE JACTE
El veintinueve dice el fin que gobierna el escoger, y sin este fin los versículos anteriores se vuelven sociología piadosa o romance de lo pequeño. A fin de que nadie se jacte en su presencia. (1 Corintios 1:29) ἵνα μὴ καυχήσηται πᾶσα σὰρξ ἐνώπιον τοῦ Θεοῦἵνα μὴ καυχήσηται πᾶσα σὰρξ ἐνώπιον τοῦ Θεοῦ (hína mē kauchḗsētai pâsa sàrx enṓpion toû Theoû) — para que no se jacte toda carne delante de Dios (hína mē kauchḗsētai pâsa sàrx enṓpion toû Theoû): para que no se jacte toda carne delante de Dios. (kaucháomai, Strong 2744, gloriarse, jactarse) queda sin sujeto lícito en la carne. πᾶσα , toda carne. No una parte de la carne, la elocuente, la rica, la noble, mientras la otra parte, la torpe y la pobre de palabras, conservaría derecho de jactarse. Toda. El ἔμπροσθεν, la presencia, ἐνώπιον Θεοῦ, es el lugar donde la jactancia importa. Se puede impresionar a Corinto y estar jactándose delante de Dios. Se puede decepcionar a Corinto, hablar sin orden y llamar a eso fidelidad, y estar jactándose en la misma presencia, porque la carne que se gloría no necesita un periodo perfecto. Le basta un espejo. El ἵνα no es un adorno del párrafo. Es la razón de la elección de lo necio, de lo débil, de lo vil y de lo que no es. Dios escoge así para que la jactancia no tenga dónde sentarse cuando la carne comparece.
Por consiguiente, las dos sillas que el siglo de la iglesia no deja de ofrecer quedan aserradas por el mismo versículo. La silla de la elocuencia: gloriarse en la sabiduría de palabras, en el número, en la nobleza, en el predicador, en la señal, en la sophía. La silla de la anti-elocuencia: gloriarse en la rudeza, en no haber estudiado, en el desprecio del hermano que habló con claridad, en la ignorancia ofrecida como cruz, en la enfermedad cultivada como prueba de elección, en el temblor exhibido como mérito. Las dos son la misma silla. Cambian el cojín. No cambian el verbo. Alguien se jacta, y se jacta en su presencia, que es lo que el ἵνα prohíbe. El que denuncia la primera silla y se sienta en la segunda ha entendido la polémica de Corinto a medias, y la mitad que entendió le sirve de gloria. El que denuncia la segunda y vuelve a la primera, porque teme que predicar contra la jactancia de los rudos parezca defender a los sofistas, ha hecho el camino inverso con el mismo resultado. El veintinueve no entrega la victoria a ningún estilo. Entrega el silencio de la carne delante de Dios.
El pecado que este versículo desnuda no es, primero, un déficit de tristeza piadosa, ni un fallo de técnica, ni la falta de un tono más grave los viernes. Es querer jactarse en la presencia de Dios. Puede vestirse de elocuencia o de anti-elocuencia. Puede citar la cruz para no obedecerla, usando el madero como permiso para no negar el yo, o puede evitar la cruz para que el mensaje caiga bien. Puede pedir señal, buscar sabiduría, querer un Cristo que acredite, y puede también no conocer a Dios por la sabiduría y, en lugar de callar, gloriarse de no conocer. A fin de que nadie se jacte en su presencia. El que recorra el párrafo hasta aquí y no confiese que ha pedido un Dios a su medida, o que ha ofrecido su medida baja como si fuera la de Dios, ha coleccionado un viernes y no ha sido desnudado. Toda carne incluye la carne del que lee este libro para tener razón contra el púlpito ajeno. La presencia no se impresiona con esa razón. La presencia es de Dios, y delante de él el ἵνα sigue en pie cuando el lector ya se creía del lado correcto.
Hay un pariente de este fin en el aguijón, y se nombra solo para que se vea que el canon no se contradice, no para salir del veintinueve. Allí también hay un para que: para que la grandeza de las revelaciones no exalte. Dios elige lo débil en Corinto. Dios da un clavo al que fue arrebatado. El fin se parece, y el parecido no autoriza a identificar la rudeza con el aguijón ni con la cruz. El aguijón no fue elegido por Pablo como estilo. Le fue dado, rogó que se le quitara, y oyó que la gracia basta y que el poder se perfecciona en la debilidad. La rudeza que este libro rehúsa alabar no es esa flaqueza recibida. Es la jactancia que toma lo necio del mundo, ya elegido para avergonzar a los sabios, y lo vuelve currículo del creyente. Esa jactancia no perfecciona el poder. Lo estorba, porque se sienta donde el veintinueve dijo que nadie se siente.
POR ÉL ESTÁIS EN CRISTO JESÚS
El treinta no llena el silencio de la carne con un método más humilde. Lo llena con una persona, y la persona es don de Dios. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención. (1 Corintios 1:30) αὐτοῦαὐτοῦ (autou) — de él ὑμεῖς ἐστε ἐν Χριστῷ Ἰησοῦἐν Χριστῷ Ἰησοῦ (en Christō Iēsoû) — en Cristo Jesús (ex autoû, de él, por él): el estar es de Dios. No es el logro del partido que decía «yo de Cristo», ni el premio de los que hablaron peor que los rétores, ni el resultado de haber mirado el censo del veintiséis con suficiente desprecio de sí. Por él estáis. La preposición corta la autocandidatura. Vosotros, los mismos que no sois muchos sabios según la carne, estáis en Cristo Jesús, y ese estar no se deduce de la carencia como se deduce un salario de un trabajo. Se recibe de Dios. El que predica la elección de lo que no es y no predica el treinta, predica un vacío. El que predica el treinta sin el veintinueve, predica un estar en Cristo que la carne todavía puede usar de jactancia, como si haber entendido las cuatro palabras fuera la sabiduría propia. El orden del párrafo no se negocia. Primero el fin contra la jactancia. Luego el don.
Y el don se dice con un verbo de pasiva teológica que no hay que volver activo del creyente: ὃς ἐγενήθη ἡμῖν ἀπὸ Θεοῦ, el cual nos ha sido hecho por Dios. Cristo nos ha sido hecho. No lo hicimos sabiduría. No lo contratamos como justificación después de haber impresionado. ἀπὸ Θεοῦ, de parte de Dios, por Dios. Cuatro nombres, y ninguno es un programa que la iglesia administra una vez que el pregón ya cayó bien. Sabiduría, : la que el griego buscaba en el discurso y la que el veintiséis dijo que no abunda en ellos según la carne, está dada en una persona. Por eso la elección de lo necio no es un voto a la incompetencia ni un mandato de permanecer ignorante. Cristo nos ha sido hecho sabiduría. El llamado que no era sabio según la carne no es abandonado a la necedad como a su identidad gloriosa. Es puesto en el que es sabiduría de Dios. Despreciar el aprendizaje de esa sabiduría, en la Escritura, en la doctrina, en la frase que deja oír el texto, no es humildad de elegido. Es rehusar lo que Cristo ha sido hecho. La rudeza que se niega a esa sabiduría no está honrando el treinta. Lo está contradiciendo, y si además se gloría de contradecirlo, ha vuelto al veintinueve por la puerta que el treinta debía cerrar.
Justificación, (dikaiosýnē, Strong 1343, justicia). El párrafo de Corinto no despliega el tribunal entero, y este libro no lo saquea para no predicar el treinta. Lo oye donde el canon lo dice, para que la justificación no se vuelva una palabra noble sin sangre. Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (Romanos 3:21–26) Dios presenta a Cristo como (hilastērion, propiciación) por su sangre, para ser justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús. En la cruz no se anula la justicia de Dios. Se manifiesta. El que quiere un amor sin propiciación quiere un Dios que ya no es santo, y quiere una justificación que el treinta no nombra, porque la que nombra es Cristo hecho para nosotros justicia, no un perdón que deja la santidad de Dios sin satisfacer. La fe justificante recibe esa justicia. No fabrica un Gólgota más presentable, en el cual la sangre no hiciera falta porque el amor ya habría bastado sin juicio. Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios. La destitución incluye al sabio y al rudo. La justificación gratuita, mediante la redención que es en Cristo Jesús, es el modo en que el treinta puede decir que Cristo nos ha sido hecho justicia sin que la carne cobre el don.
Santificación, (hagiasmós, Strong 38, santificación, el apartamiento que es de Dios). No es el tono grave que se añade los viernes, ni la rudeza como disciplina, ni el desprecio del cuerpo como si la materia fuera el pecado. Es Cristo hecho para nosotros santificación. El apartamiento no se logra poniéndose más triste que el mundo ni más tosco que el orador. Se recibe en el que fue crucificado, y se anda porque se está en él. El que use el treinta para no obedecer, diciendo que la santificación ya está hecha y por tanto el yo sigue intacto, ha oído el don y no ha oído que el don es una persona en quien se está, no una coartada. El que use la santificación como nueva jactancia, la del más separado, ha vuelto a sentarse. Redención, (apolýtrōsis, Strong 629, redención, rescate, liberación al precio). El rescate no se negocia con elocuencia ni se abarata con ignorancia. Es Cristo hecho redención. Las cuatro se tienen juntas porque las cuatro son él. Separar la sabiduría para los estudiosos, la justificación para los angustiados, la santificación para los severos y la redención para los que gustan de palabras grandes, es volver a los partidos. Corinto ya partía con nombres de hombres. Partir con nombres de beneficios, como si cada uno tomara del Cristo lo que prefiere y dejara lo que le estorba, es el mismo cisma con vocabulario más piadoso. Él nos ha sido hecho las cuatro. El que está en él no administra un menú.
El estar en Cristo no es una idea. Es unión con el que murió y resucitó, y el bautismo la confiesa en el agua que el Señor mandó, no como magia del rito ni como desprecio del rito. ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida. (Romanos 6:3–4) El oído que se abre al dieciocho entra en el agua porque el Señor lo mandó, y el agua es sepulcro con el Crucificado, no unción de un estilo. El que sale no sale con un yo intacto, ni con una rudeza bendecida, ni con una elocuencia bautizada. Sale unido al Hijo. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gálatas 2:20) Ya no vivo yo. La cláusula alcanza al elocuente y al rudo, porque los dos son yo. El que se abre al treinta y no pide el agua, o el que pide el agua y vuelve a jactarse en la carne, ha oído a medias. La redención que Cristo ha sido hecha no se guarda en el bolsillo del yo antiguo. Sepulta a ese yo con él.
EL QUE SE GLORÍA, EN EL SEÑOR
El treinta y uno cierra el párrafo, y lo cierra con el profeta, no con un eslogan de sencillez. Para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor. (1 Corintios 1:31) El ἵνα de este versículo depende del treinta: Cristo nos ha sido hecho esas cosas para que el que se gloría se gloríe en el Señor. La jactancia no queda prohibida en absoluto, como si el creyente debiera una mudez perpetua. Queda trasladada. El lugar lícito es el Señor. La carta da la cita en esa forma breve, que es la forma en que el apóstol la aplica. El profeta, en su sitio, había negado tres alabanzas y había puesto el conocer a Jehová donde el hombre ponía la suya. Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio, y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová. (Jeremías 9:23–24) No se igualan las frases para no leer las dos. Se oye que el sabio no se alaba en su sabiduría, ni el valiente en su valentía, ni el rico en sus riquezas, y que el alabar verdadero es entender y conocer a Jehová, el que hace misericordia, juicio y justicia en la tierra. El apóstol lleva ese alabar al Señor, y en esta carta el Señor es el Cristo que el párrafo ha predicado crucificado, hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Gloriarse en el Señor es gloriarse en él, no en el método que lo anunció, no en la cruz usada como estética, no en el desprecio del hermano que estudió, no en la sencillez como si la sencillez fuera el Señor.
El versículo no dice: el que se gloría, gloríese en su sencillez. No dice: gloríese en lo necio, como si lo necio hubiera dejado de ser instrumento y se hubiera vuelto objeto. No dice: gloríese en no haber pedido señal, con el orgullo del que se siente más puro que el judío del veintidós. Dice en el Señor. Por eso la rudeza, cuando pide alabanza, pide lo que el treinta y uno niega. Puede parecer humildad porque no pide alabanza por la elocuencia. Pide alabanza por la falta de elocuencia, y la falta no es el Señor. Puede parecer cruz porque es débil, fea, poco noble. La cruz no es cualquier debilidad. Es la palabra que es locura a los que se pierden y poder de Dios a los que se salvan, el Cristo crucificado, lo insensato de Dios y lo débil de Dios. Llamar cruz a la propia torpeza es cambiar el genitivo otra vez, y es sentarse en la presencia de Dios con una jactancia que se cree exenta porque se vistió de harapo. El harapo no engaña al versículo. Toda carne incluye la carne harapienta.
Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. (Gálatas 6:14) ἐσταύρωταιἐσταύρωται (estaúrōtai) — ha sido crucificado (estaúrōtai, ha sido crucificado): el mundo no se mejora un poco delante del que se gloría en la cruz. Queda crucificado como señor. El yo no se pulimenta. Queda despojado como usurpador. Gloriarse en la cruz del Señor no es gloriarse en las cruces que uno se fabrica para no tener que negar el yo, ni en la cruz como lema de una predicación que sigue buscando señal y sabiduría con otras palabras. Es gloriarse en el Señor crucificado, por quien el mundo muere como medida y el creyente muere al mundo como gloria. Permanecer en esta palabra es no volver a pedir un tercer público, no volver a predicar un Cristo que acredite, no volver a oír el dieciocho como lema de madera, y no volver a oír el veintinueve como permiso para alabar lo necio. Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos. (Juan 8:31) Permanecer es oír mañana el párrafo en el mismo orden, del dieciocho al treinta y uno, hasta que la jactancia no encuentre silla ni en el brillo ni en el harapo.
Lo que el párrafo ha hecho, una vez oído hasta el final, no es un elogio de la sencillez ni un desprecio del estudio. Es una doctrina de la palabra de la cruz, del Dios que escoge lo que el mundo llama nada, y de la jactancia que ya no tiene dónde sentarse. La sabiduría que Corinto buscaba en los discursos está dada en una persona. La justificación, la santificación y la redención no son tres programas posteriores a una impresión bien lograda. Son lo que Cristo ha sido hecho para los suyos, por Dios, y por eso están en él. El que todavía busca de qué gloriarse, aunque sea de haber entendido este párrafo mejor que el rudo o mejor que el sofista, no ha llegado al treinta y uno. Ha vuelto al atrio de Corinto, y la cruz le sirve de adorno, o de garrote, que es el adorno de los que se creen severos.
PARA QUÉ SE PREDICA
El oído se abre para oír poder donde el mundo oye locura; la lengua se desata para gloriarse en el Señor, no en la carne, ni en la carne disfrazada de cruz. El Espíritu no mejora el yo ni le presta una tristeza más religiosa. Convence. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. (Juan 16:8) El pecado que 1 Corintios 1:18–31 desnuda no es, primero, un déficit de emoción ante el viernes, aunque el viernes haya sido usado como telón. Es no conocer a Dios por la sabiduría y, aun así, querer que la sabiduría salve. Es pedir señal. Es buscar sophía. Es querer un Cristo que acredite. Es jactarse en la presencia de Dios, con elocuencia o con rudeza. Es convertir lo necio elegido en motivo de orgullo. Es rehusar la sabiduría que Cristo ha sido hecho, por miedo de parecer sabio según la carne. Es querer un amor sin propiciación. Es oír locura y pedir un tercer público. A fin de que nadie se jacte en su presencia. (1 Corintios 1:29) Por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios. (Romanos 3:23) La destitución no se repara con un tono más cruciforme. Se confiesa. El que llega a este libro buscando razones para despreciar al que predica con orden, o razones para despreciar al que tiembla, ha llegado al lugar equivocado si no consiente que las dos desprecios pueden ser jactancia, y que la jactancia es pecado de verdad.
El arrepentimiento tiene verbo y tiene objeto. (metanoeîte, de μετανοέω, Strong 3340, cambiar de mente). No es aficionarse al dolor ni adoptar una voz más grave. Es dejar la teología que busca a Dios donde el hombre natural ya lo aplaudiría, y dejar también la teología que busca aplauso por no buscarlo ahí, que es el mismo buscar con el cartel cambiado. Arrepentíos, y creed en el evangelio. (Marcos 1:15) El arrepentimiento que no cree es ética de la caña cascada, un gusto por lo débil que todavía no ha recibido al Fuerte que se dio en la cruz. La fe que no se arrepiente es un asenso que todavía quiere señales y sabiduría, o que todavía quiere gloriarse en no quererlas. La fe, aquí, no es preferir lo débil porque lo débil halaga el relato propio. Es oír la palabra de la cruz como poder, estar en Cristo Jesús por obra de Dios, y recibir en él la sabiduría que el mundo no encontró, la justicia que la propiciación manifiesta, la santificación y la redención. Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. (1 Corintios 1:21) El creer no fabrica el medio. El medio agradó a Dios. El creyente lo oye.
El bautismo no se añade como trámite de los que ya entendieron el párrafo. Es la sepultura del yo que se jactaba, elocuente o rudo, con el que murió. El que sale anda en vida nueva, no en una nueva versión de la misma silla. La conversión es vuelco. (epistréphō, Strong 1994, volverse). Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero. (1 Tesalonicenses 1:9) Los ídolos de esta herida se nombran para dejarlos, no para coleccionarlos: la señal, la sophía, el yo intacto, el Mesías sin viernes, el palco, el amor sin propiciación. Son también la cruz como lema, la cruz como terapia, el fenómeno como sello, la rudeza como jactancia, el desprecio del hermano que estudió y la ignorancia como si fuera lo que no es del versículo veintiocho. No hay tercera vía entre el que se pierde oyendo locura y el religioso que vuelve la locura presentable, y no hay una cuarta vía para el que vuelve la locura en orgullo de no ser presentable. El que se vuelve, se gloría en el Señor.
El orden no se negocia, porque negociarlo es volver a la prisa de la teología que quiere el fin sin el medio que agradó a Dios. Primero la convicción, que nombra la jactancia como pecado. Luego el arrepentimiento, que deja las dos sillas. Luego la fe, que oye poder y recibe a Cristo hecho sabiduría, justicia, santificación y redención. Luego el bautismo, que sepulta al yo. Luego la conversión, que se aparta de los ídolos nombrados. Luego la permanencia, que mañana lee otra vez del dieciocho al treinta y uno y no reabre la jactancia cuando el número crece ni cuando el número cae, ni cuando el estilo gusta ni cuando el estilo avergüenza. El Espíritu aplica lo que el Hijo mereció. El Hijo es el Crucificado, poder y sabiduría para los llamados. El Padre es a quien agradó salvar así, y el que escogió lo necio y lo que no es para que nadie se jacte en su presencia. La Palabra es el medio, el de la cruz, no un talismán de madera ni un talismán de tosquedad.
Si aún no crees, no sigas como turista de un viernes santo. Una cruz que es locura para los que se pierden no es, en Pablo, la prueba de que el evangelio es débil, sino la prueba de que el poder es de Dios. El que salva no es el análisis del tropiezo ni la celebración de lo necio, sino el Señor. Los datos de este párrafo no te salvan. El volumen que esta casa llama ÉfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. nombra quién es el Padre, quién es el Hijo, quién es el Espíritu y qué es el Libro; este libro presupone esa puerta y no la reimprime. Arrepentíos, y creed en el evangelio. (Marcos 1:15) Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. (Romanos 10:9) Arrepiéntete, cree, pide el agua, confiesa el Nombre. Busca una iglesia que predique a Cristo crucificado y no lo vuelva presentable, y que tampoco alabe la rudeza como si la rudeza fuera ese Cristo. Ningún libro de esta casa sustituye el oído ni el cuerpo de Cristo. Si el Espíritu te ha convencido, este es el lugar donde te detienes de rodillas. El resto te esperará. Un oído abierto tiene oficio. Un oído aún cerrado no necesita una teoría de la cruz: necesita al Crucificado.
LABORATORIO V.E.R.D.A.D.Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento, Decisión. El método de esta casa.
V — VER
Lo que la casa llama ver no es subrayar «locura» hasta que la palabra brille sola, ni subrayar «lo necio» hasta que la iglesia se felicite. Es leer 1 Corintios 1:18–31 de un tirón, en el orden, en voz alta, sin adelantar el treinta y uno para tener una frase de humildad antes de haber oído la división, la destrucción de la sabiduría, el beneplácito de Dios, las dos demandas, el pregón, el comparativo y la elección. En esa lectura actúa Dios: destruye, enloquece la sabiduría del mundo, agrada en salvar por la locura del pregón, escoge lo necio y lo débil y lo vil y lo que no es, y hace a Cristo sabiduría, justificación, santificación y redención. Pablo predica, y se incluye entre los que se salvan. Judíos piden. Griegos buscan. Los llamados oyen poder y sabiduría en el Crucificado. Los verbos de división son perderse y salvarse, en presente, caminos y no etiquetas. El ἵνα del veintinueve gobierna la elección. El ἵνα del treinta y uno gobierna el don. La unidad literaria mayor de la carta corrige partidos; este párrafo es el centro teológico de esa corrección, y no se lo saca de ella para hacer un tratado del dolor. Ver es negarse a empezar por lo que la cruz «me inspira», y decir primero lo que la palabra es para los que se pierden y para los que se salvan.
E — ENTORNO
El entorno se oye después de ver, para que Corinto no sea un decorado que se inventa al final. Hay sophía, hay partidos, hay demanda de señal y demanda de sabiduría. El canon que no se saquea pone al lado el oráculo de Isaías veintinueve, el alabar de Jeremías nueve, la reprensión de Marcos ocho y la justicia manifestada en Romanos tres. Pone la unión de Gálatas dos y el gloriarse de Gálatas seis, y el canto de Filipenses, donde la cruz es el eje y no el peldaño omitido. Y, solo como lectura posterior del mismo adjetivo, pone la gracia que basta y el Crucificado que vive por el poder de Dios. El Siervo de Isaías se oye en su cántico, en el libro que le corresponde, y no se diluye aquí hasta que este párrafo deje de ser el dueño. El entorno último es el de una iglesia que quiere un Dios en lo alto visible. El párrafo le dice que agradó a Dios salvar en lo que esa altura llama locura.
R — REVELACIÓN
La revelación no es una voz que mejora el párrafo. Es el párrafo en los vocablos que sostienen la frase, con la regla de que si la glosa contradice, gana el párrafo. es la palabra de la cruz, no un sentimiento acerca del sufrimiento. es lo que el siglo oye, no un estilo que se adopta para parecer profundo. es lo que el salvado oye, no un efecto oratorio. es el tropiezo del Crucificado, no la grosería del mensajero. κλητοῖς son los llamados, no un tercer público de mejor gusto. es escogió Dios, no se postuló el hombre con su defecto. es gloriarse, y el lugar es el Señor. αὐτοῦαὐτοῦ (autou) — de él es el origen del estar en Cristo. En esta oración, el dieciocho significa que Dios se da a conocer y salva en el Crucificado, contra la demanda de señal y de sabiduría, y que la misma palabra no se vuelve poder por ser bien dicha ni locura santa por ser mal dicha. Si la glosa convierte la cruz en lema de dolor, en terapia del yo, o en elogio de la rudeza, gana el párrafo.
D — DOCTRINA
La doctrina, dicha sin sentido privado, es esta. Dios no se revela primero en el éxito ni en la sabiduría del mundo. Se revela en el Crucificado, y salva por la locura del pregón porque así le agradó, después de que el mundo no lo conoció mediante la sabiduría. El pecado es no conocerle por esa vía y, sin embargo, jactarse, sea en lo que el mundo admira o en lo que el mundo desprecia. Cristo es poder y sabiduría de Dios para los llamados, y ha sido hecho para nosotros justificación, santificación y redención, además de sabiduría, de modo que la elección de lo débil no es un voto a la incompetencia. El pueblo es llamado, no muchos sabios según la carne, elegido en lo que no es, unido al Hijo, y se gloría en el Señor. La teología de la cruz no es afición al dolor. Es el modo de la revelación y de la salvación. Su rival es buscar a Dios donde el hombre natural ya lo aplaudiría. Y la rival de esa rival, que es la misma carne, es aplaudir la rudeza como si el aplauso se hubiera vuelto humilde por haber cambiado de objeto.
A — ARGUMENTO
El argumento se responde con el orden del párrafo, no con un golpe. Si alguien dice que, habiendo fe, no habría cruz en la biografía, entonces el apóstol que predica la cruz, el Siervo que la Escritura anuncia en su lugar, y el que en otra página ora sin que se le quite el aguijón, quedan fuera de ese evangelio, y el evangelio que los deja fuera no es el del dieciocho. Si alguien dice que la cruz fue un sábado y que ahora toca gloria sin ella, Apocalipsis cinco responde con el Cordero inmolado que está en pie, y Filipenses dos responde con el por lo cual que sale de la muerte de cruz, y el veinticuatro responde que el poder y la sabiduría son el Crucificado para los llamados. Si alguien dice que hablar de la cruz deprime, el dieciocho responde que a los que se salvan es poder de Dios, y el que solo oye peso todavía la oye como los que se pierden. Alguien dirá que Dios elige lo débil y que, por tanto, hay que permanecer ignorante y enfermo, y que la rudeza es la cruz. El treinta responde que Cristo nos ha sido hecho sabiduría, y el veintinueve responde que la finalidad era que nadie se jacte. El treinta y uno responde que el que se gloría se gloríe en el Señor, no en lo necio. La elección de lo débil es un ἵνα contra la jactancia, no una consigna de incompetencia, y la rudeza que se alaba ha vuelto a ser carne en la presencia de Dios.
D — DECISIÓN
La decisión se fecha, porque un párrafo oído y no obedecido es el oidor que se engaña. Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. (Santiago 1:22) Hoy se toma un pasaje, este, y se pregunta con honradez dónde estuvo el primer movimiento de la última predicación, de la última conversación, de la última seguridad. Se pregunta si fue el Señor, o si fue quedar bien ante sabios, o quedar bien ante sencillos, que es quedar bien todavía. Si el primer movimiento fue la señal, la sophía o el yo intacto, se estaba leyendo con la teología que este capítulo declara incapaz de conocer a Dios. Si el primer movimiento fue la rudeza propia, ofrecida como prueba de conocerlo, se estaba leyendo con la misma incapacidad y con peor disfraz, porque usaba los versículos veintisiete y veintiocho de coartada. Se dice en voz alta el dieciocho. Se pide oír la cruz como poder, no como lema y no como garrote. Se suelta la silla, y no se la cambia por la otra. Se nombra un acto donde el yo deja de ser señor, no un acto donde el yo se luce de haber dejado de serlo. Se dice a un testigo. Mañana se lee otra vez del dieciocho al treinta y uno, en ese orden, hasta que el porque, el agradó, el pero nosotros predicamos, el escogió y el gloríese en el Señor se oigan como una sola doctrina.
CIERRE
Lo que queda, cuando 1 Corintios 1 ha sido oído desde el dieciocho hasta el treinta y uno y no en otro orden, no es un elogio de la sencillez ni un desprecio del estudio ni una licencia para el dolor ni una campaña contra los que hablan con claridad. Es una doctrina de la palabra de la cruz y del Dios que destruye la sabiduría de los sabios y agrada en salvar por la locura del pregón. Es la doctrina del Dios que escoge lo necio, lo débil, lo vil y lo que no es, y de la jactancia que ya no tiene dónde sentarse, ni en el púlpito alto ni en el púlpito que se jacta de ser bajo. Esa doctrina tiene que decirse sin consigna. Porque un cierre que solo repita que la cruz es locura para el mundo ha citado el primer miembro y no ha entendido a quién llama Pablo «nosotros». Un cierre que solo repita que Dios escoge lo débil ha citado la elección y no ha entendido el para qué, y un cierre que alabe la rudeza ha entendido el instrumento y lo ha sentado en el trono. Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. (1 Corintios 1:18) La misma palabra es las dos cosas. No cambia de contenido según el gusto del oyente. Cambia el oído. Para el que se pierde, locura. Para el que se salva, poder. El poder no es un efecto que se añade cuando la predicación es hábil, ni se pierde cuando la predicación es clara, ni se gana cuando la predicación es torpe. Es la cruz misma, oída como poder de Dios por los que se salvan. El que administra un tercer público, ni locura ni tropiezo, ha dejado de predicar el versículo. El que administra un cuarto, el de los que se glorían de predicar locura con locura de estilo, también lo ha dejado, porque ha hecho del oído del predicador el nuevo señor del párrafo.
Está escrito que Dios destruye la sabiduría de los sabios y desecha el entendimiento de los entendidos, y las preguntas del veinte dejan vacío el lugar del sabio, del escriba y del disputador de este siglo, porque Dios ha enloquecido la sabiduría del mundo. Ese vacío no se llena con la sabiduría del rudo. Se confiesa. En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría. Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. El beneplácito no es un plan de reserva, y el pregón no es cualquier discurso pobre. Es el anuncio que el mundo llama locura y que los versículos siguientes identifican sin dejarlo en clima. Los judíos piden señales. Los griegos buscan sabiduría. Nosotros predicamos a Cristo crucificado, tropezadero y locura, y para los llamados, judíos y griegos, Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios. No hay síntesis elegante. No hay Mesías sin viernes que Pedro pueda conservar después de haber confesado, porque la mira puesta en las cosas de los hombres recibe el nombre que el Señor le dio en Galilea, y no hace falta repetir el nombre para obedecer la reprensión. Lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. El genitivo guarda la doctrina. No se traslada al mensajero para que el mensajero se adore en su defecto. La debilidad del Señor en la cruz, y la flaqueza en la que el poder se perfecciona, no son la torpeza que rehúsa servir a la palabra. Confundirlas es robar el comparativo.
Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. (1 Corintios 1:26–29) Dios escogió. El aoristo no espera a que lo necio se vuelva respetable. La finalidad no es que lo necio se gloríe, ni que lo débil se instale, ni que lo que no es funde una espiritualidad de la nada. La finalidad es que nadie se jacte en su presencia. Toda carne. Por consiguiente, una iglesia que se gloría en su oratoria, en su número o en su nobleza ha vuelto a poner en pie lo que Dios deshizo. Y una iglesia que se gloría en su propia rudeza, como si la ignorancia fuera la cruz, como si el desprecio del estudio fuera el pregón, como si el hermano que aprendió a hablar para que el texto se oyera hubiera traicionado el veintisiete, ha hecho de lo necio otro motivo de jactancia. Las dos son la misma silla. Este libro no la ofrece más blanda a la segunda por haber combatido la primera. No alaba la rudeza. No la predica como cruz. No la confunde con lo vil que Dios escogió, porque lo que Dios escogió lo escogió para deshacer la jactancia, no para alimentarla con un disfraz pobre. El que se sienta en esa silla puede citar el párrafo entero y seguir en el atrio.
Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención. (1 Corintios 1:30) El estar es de Dios, αὐτοῦαὐτοῦ (autou) — de él. La sabiduría que el siglo no halló mediante la suya está dada en una persona, no en un estilo bajo ni en un estilo alto. Por eso el llamado que no era sabio según la carne no recibe la orden de seguir sin sabiduría. Recibe a Cristo hecho sabiduría. Negarse a esa sabiduría para conservar la identidad de lo necio es negar el don y conservar la carne. La justificación no es un amor que deja a Dios sin ser justo. Es Cristo hecho justicia, el que Dios puso como propiciación por la fe en su sangre, para ser el justo y el que justifica. La santificación no es el harapo. La redención no es el lema. Las cuatro son él, para nosotros, por Dios. El que parte los beneficios como partía los nombres de los predicadores no ha salido de Corinto. El que entra en el agua entra a la muerte de ese yo, no a la consagración de su manera de hablar. Para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor. (1 Corintios 1:31) El Señor es el lugar de la jactancia. No el método, no la cruz usada como estética, no la cruz usada como garrote contra el que estudió, no la sencillez, no la rudeza, no el haber detectado la teología de la gloria en otros mientras se la practica en el registro inverso. Jeremías ya había negado la alabanza del sabio, del valiente y del rico. El apóstol niega también, por el alcance de toda carne, la alabanza del que no es sabio y se gloría de no serlo. El conocer que el profeta puso en el centro se cumple, en esta carta, en gloriarse en el Señor, que es conocerlo donde él se dio a conocer, en el Crucificado, no en el espejo del propio defecto.
El pecado que el párrafo nombra se puede fechar, y si no se puede fechar no se ha llegado a arrepentimiento. Esta semana se nombra el motivo real del último sermón, de la última conversación, de la última seguridad interior: si era el Señor, o si era quedar bien ante sabios, o quedar bien ante sencillos. Se nombra si la cruz fue predicada como poder para los que se salvan, o como adorno, o como prueba de que el predicador es de los necios que Dios escoge y por eso no debe nada al texto. Se suelta esa silla. No se la cambia por otra más piadosa, más ruda, más severa, más humilde en apariencia. Se vuelve a la palabra de la cruz, que sigue siendo locura para el oído que no quiere ser salvado por ella, y poder de Dios para el que se salva. La fe no es preferir lo débil porque lo débil halaga. Es estar en Cristo Jesús por obra de Dios. La permanencia no es la memoria de haber leído el párrafo una vez. Es no reabrir la jactancia cuando el número crece o cuando cae, cuando aplauden los cultos o cuando aplauden los que se creen más cruciformes que los cultos. La doxología no alaba la locura como tal, ni alaba la debilidad como tal, ni alaba al que supo denunciarlas. Alaba a Dios, que enloqueció la sabiduría del mundo y agradó en salvar por la locura del pregón, que escogió lo que no es para que nadie se jacte en su presencia. Alaba al Hijo, que nos ha sido hecho sabiduría, justificación, santificación y redención, y al Espíritu, por quien se confiesa que Jesús es el Señor, no por el espectáculo que el veintidós pedía.
Al que enseña, el cargo es el del orden. No se predica el treinta y uno sin el dieciocho, porque la gloria en el Señor sin la palabra de la cruz se vuelve gloria en un señor a la medida. No se predica el dieciocho sin el treinta y uno, porque la locura sin el lugar de la jactancia se vuelve licencia para el orgullo de los rudos. No se predica la elección de lo necio sin el treinta, porque sin la sabiduría que Cristo ha sido hecha la elección se vuelve voto de incompetencia. No se alaba la rudeza. No se la pone de ejemplo como si fuera el Gólgota. No se desprecia la claridad que sirve al pregón, porque despreciarla es jactarse en la presencia de Dios con el pretexto del veintisiete. No se lima el tropiezo para el que pide señal, ni se decora la locura para el que busca sabiduría, ni se añade una grosería para parecer fiel. Se predica a Cristo crucificado. Se mira la vocación. Se deja la silla. Si los que oyen salen más hábiles para decir «teología de la cruz» y menos rendidos al Crucificado, se ha formado escuela, aunque la escuela se crea enemiga de la escuela. Si salen más orgullosos de su pobreza de medios y menos puestos en Cristo como sabiduría, se ha formado la misma escuela por la puerta de atrás. La palabra de la cruz es poder de Dios para los que se salvan. El que oye eso y todavía busca de qué jactarse no ha llegado al treinta y uno. Ha vuelto al atrio de Corinto. La cruz le sirve de adorno, o de identidad, que es el adorno de los que no quieren adornarse y se adornan igual. El que se gloría, gloríese en el Señor. Ahí termina el párrafo. Ahí empieza la obediencia, cada vez que la carne busque otra silla.
DECISIÓN PARA ESTA SEMANA
Confieso delante de Dios que me he gloriado en mi sabiduría, en mi influencia o en mi vocación, y que me ha avergonzado la locura de la predicación. Esta semana leo 1 Corintios 1:18–31 cada mañana; antes de que termine la semana escribo en una línea aquello en que me glorío fuera del Señor y lo confieso, y comparto la palabra de la cruz, sin adornos, con una persona concreta que la tiene por locura. El domingo cuento a un hermano de mi iglesia, que pueda pedirme cuentas, de qué me arrepentí y a quién anuncié la cruz. Si aún no he creído ni he sido bautizado, esta semana me arrepiento, confieso a Cristo y pido el agua.
Alejandro Sirit · Editorial Cielo Efata · 2026
V.E.R.D.A.D. · la última letra
Santiago compara al que oye la Palabra y no la hace con un hombre que se mira al espejo y se va. Por eso este estudio no termina cuando se ha entendido el pasaje, sino cuando hay un paso concreto que sale de este texto, compartido con alguien de confianza que pueda preguntarte por él.
Escribe en el cuaderno qué te pide 1 Corintios 1:18–31. No un propósito general, sino lo que este texto concretamente manda.
Stg. 1:22Santiago 1:22: Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. · Lc. 8:15Lucas 8:15
¿Qué verbo de 1 Corintios 1:18–31 vas a obedecer, con qué acto, en qué fecha y ante qué testigo? Recorre las seis letras en RevelatiO o envíale tu D a tu testigo por WhatsApp.
¿Lo estudias en grupo? La guía del líder para 1 Corintios 1:18–31 ordena la reunión con el método V.E.R.D.A.D. y se imprime en una hoja.
Cuando hayas escrito y compartido tu paso, el siguiente estudio es Teología de la gloria. Escudriñar Teología de la gloria