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Estudio de la Serie Cielo Efata

Un solo Dios, tres Personas: la Trinidad según la Escritura

Dr. (h. c.) Alejandro Sirit · Editorial Cielo Efata

Estudio de la Serie Cielo Efata. Las citas bíblicas siguen la Reina-Valera 1960, cotejada versículo por versículo; las que van marcadas en las notas como de la Reina-Valera 1909 siguen esa versión, de dominio público. En la edición digital, la Escritura va en azul y las palabras dichas por Dios, en rojo.

© 2026 Dr. (h. c.) Alejandro Sirit. Todos los derechos reservados. Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.

Reina-Valera 1909, dominio público. Definiciones de Strong tomadas de la edición electrónica de Open Scriptures (CC BY-SA), traducidas al castellano por el autor.

Estudio · Deuteronomio 6:4 · Mateo 28:19

Pórtico

Ocho días después de la resurrección, los discípulos estaban otra vez reunidos en una casa con las puertas cerradas, y esta vez Tomás estaba con ellos. Una semana antes había dicho, delante de diez hombres que le aseguraban haber visto al Señor, que no creería si no metía el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado, y durante ocho días cargó con esa frase como quien carga una piedra que no se atreve a soltar. Entonces Jesús se puso en medio, lo llamó por su nombre, le mostró las manos y el costado, y aquel hombre lento, honrado y terco dijo la confesión más alta que salió de labios humanos en todos los evangelios: Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! (Juan 20:28). No dijo «mi Maestro», ni «el enviado de Dios», ni «el mejor de los hombres», sino Señor y Dios, y lo dijo a un hombre de carne y hueso que tenía delante, a quien había visto comer, cansarse y llorar.

Lo seguiremos en estas páginas, porque Tomás es el lector que este estudio necesita. No se conformaba con frases hechas, quería ver con sus propios ojos, y cuando por fin vio, no se quedó en la admiración, sino que se postró. Esa es la ruta que la Escritura traza para quien se acerca a la doctrina de la Trinidad, que no comienza en una fórmula de pizarra, sino en una persona que se deja tocar, y termina, no en una explicación que agota el misterio, sino en la adoración que lo reconoce.

Así llega la pregunta

La pregunta casi nunca llega con palabras de teólogo. Llega en la cocina, en la parada del autobús o en el pasillo de un hospital, dicha por alguien que no ha leído un libro de doctrina en su vida: «A ver, hermano, explíqueme esto sin enredarme. Ustedes dicen que hay un solo Dios, pero después hablan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Son tres dioses, o es uno solo que se cambia de ropa según la ocasión? Porque yo uno más uno más uno siempre lo he visto sumar tres». Es una pregunta honrada, y merece una respuesta honrada, que no la desprecie como ignorancia ni la tape con una comparación de cocina que, mirada de cerca, enseña un error.

Este estudio no pretende fabricar una explicación que haga del misterio un problema resuelto, porque el Dios que se da a conocer en la Escritura es más grande que la mente que lo piensa, y la Biblia misma advierte que Las cosas secretas pertenecen á Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre (Deuteronomio 29:29). Lo que sí pretende es sentarse con la Biblia abierta y escuchar cinco afirmaciones que ella hace con toda claridad: que hay un solo Dios, que el Padre es Dios, que el Hijo es Dios, que el Espíritu Santo es Dios y es Persona, y que los tres no son el mismo, sino distintos entre sí. Si las cinco están escritas, la doctrina de la Trinidad no es un invento de concilios, sino el nombre breve de lo que la Escritura enseña cuando se la deja hablar entera.

El método de la casa: V.E.R.D.A.D.

Este estudio se recorre con V.E.R.D.A.D., el método de lectura de la casa, y sus seis preguntas van siempre en el mismo orden, no porque abran el oído, que eso solo lo hace el Señor, sino porque ordenan la lectura para que termine en obediencia y no en opinión.

  • V · Ver (Nehemías 8:8). ¿Qué está escrito? Lea en voz alta los textos de cada sección y marque quién habla y a quién se dirige; lo hacen «Un solo Dios» y «El Padre es Dios».
  • E · Entorno (2 Timoteo 2:15). ¿Quién escribe, a quién y qué clase de escrito es? Moisés a un pueblo rodeado de muchos dioses, y los apóstoles a iglesias que adoraban a Jesús sin dejar de confesar al Dios único; lo trabajan «Un solo Dios» y «Sombras en el Antiguo Testamento».
  • R · Revelación (Mateo 5:18). ¿Qué palabra lleva el peso? El hebreo ʼechád, «uno», y el griego ónoma, «nombre», en singular; lo trabajan las notas de Strong al pie.
  • D · Doctrina (2 Timoteo 3:16-17). ¿Qué enseña de Dios, del pecado, de Cristo y de su pueblo? Un solo Dios en tres Personas, iguales en gloria y distintas en su obra de salvación; lo desarrollan «El Hijo es Dios», «El Espíritu Santo» y «Tres distintos».
  • A · Argumento (1 Pedro 3:15). ¿Qué objeción honesta levanta? Las preguntas de quien piensa distinto, contestadas con la Biblia; las recoge «Las objeciones».
  • D · Decisión (Santiago 1:22). ¿Qué voy a obedecer esta semana, y ante quién? Un acto de adoración y de oración dirigido al Padre, por el Hijo, en el Espíritu; lo piden «Por qué importa» y «De rodillas».

El método se expone por extenso en Norma normans non normata, de Alejandro Sirit, obra de referencia de esta colección para leer la Escritura como la norma que juzga y no es juzgada.

V · Ver: un solo Dios

Lo primero que la Escritura enseña sobre Dios no es que sea tres, sino que es uno, y lo enseña con una insistencia que no admite rebaja. Cuando Israel estaba a punto de entrar en una tierra llena de altares, donde cada monte tenía su divinidad y cada cosecha su santuario, Moisés no le dio al pueblo una lista de dioses permitidos, sino una confesión que todavía hoy se recita cada mañana en muchas casas: Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. (Deuteronomio 6:4). Y enseguida, para que nadie convirtiera la frase en mero dato de aritmética, añadió el mandamiento que el Señor Jesús llamó el primero y grande: Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. (Deuteronomio 6:5). El Dios único no se reconoce solamente con la cabeza, sino con el corazón entero, porque un solo Dios reclama un solo amor.

La palabra que Moisés usó para decir «uno» es ʼechád1, y es la misma que se usa en Génesis cuando el hombre y su mujer llegan a ser una sola carne, dos personas en una unión verdadera. La observación debe hacerse con prudencia, porque la palabra sirve también para contar una sola cosa, y nadie debería construir una doctrina entera sobre un adjetivo. Pero basta para desmentir la idea de que la unidad de Dios sea la de un punto solitario, cerrado sobre sí mismo, incapaz de comunión desde antes de la creación.

Los profetas repitieron la misma confesión cuando Israel tuvo la tentación de repartir su confianza entre muchos señores. Por boca de Isaías, Dios mismo habla en primera persona y se presenta con títulos que ningún otro puede llevar: Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios. (Isaías 44:6). Y un poco más adelante, como quien cierra la puerta a cualquier competidor: Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. (Isaías 45:5). El lector que sigue a Tomás debe guardar estas frases en la memoria, porque más adelante oirá que el Nuevo Testamento pone ese mismo título, el primero y el postrero, en labios de Jesucristo. La Escritura nunca abandona el monoteísmo para hablar del Hijo; al contrario, lo afirma con más fuerza precisamente cuando confiesa su divinidad.

Esta primera verdad ya tiene filo para la conciencia, porque si hay un solo Dios, todo lo que el corazón pone en su lugar es un ídolo, aunque no tenga forma de estatua. El dinero, la fama, la aprobación de los demás o la propia imagen pueden ocupar el trono que pertenece a uno solo, y el primer mandamiento no se quebranta solo en los templos paganos, sino en cada vida que ama algo más que a Dios. Antes de preguntar cómo puede ser Dios tres, conviene preguntarse con honradez si para nosotros es ya, de verdad, uno.

E · Entorno: el Padre es Dios

La segunda afirmación casi nadie la discute, pero conviene oírla con atención, porque el modo en que la Escritura la dice prepara todo lo demás. Jesús mismo, después de alimentar a la multitud junto al mar de Galilea, les dijo a quienes lo seguían por el pan que buscaran otra comida: Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre. (Juan 6:27). El Hijo habla aquí de «Dios el Padre» como de aquel que lo ha sellado y enviado, y la frase muestra a la vez que el Padre es Dios y que el Hijo no es el Padre, porque nadie se sella a sí mismo.

Pablo escribía a una iglesia que vivía en una ciudad llena de templos, Corinto, donde la carne que se vendía en el mercado muchas veces había sido ofrecida antes a los ídolos, y donde los creyentes preguntaban si podían comerla. El apóstol responde con una confesión que es una de las fórmulas más antiguas de la fe cristiana: para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él. (1 Corintios 8:6). Lo asombroso de este versículo es que toma la confesión de Deuteronomio 6:4, en la que «Dios» y «Señor» designan al Dios único de Israel, y la abre en dos, de modo que «un Dios» se dice del Padre y «un Señor» se dice de Jesucristo, sin que por ello el apóstol deje de ser un judío que solo adora a uno. Lo que Pablo hace no es añadir un segundo dios al lado del primero, sino reconocer al Hijo dentro de la confesión del Dios único.

A los efesios, el mismo apóstol les recuerda que la unidad de la iglesia descansa en la unidad de Dios, y llega a la cumbre con estas palabras: un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. (Efesios 4:6). El Padre está sobre todos como fuente, por todos como el que sostiene, y en todos como el que habita en su pueblo. Si el Padre es así, la pregunta del hombre de la parada del autobús se vuelve más aguda: ¿cómo puede haber alguien más, al lado del Padre, que también sea Dios? La Escritura no esquiva la pregunta, sino que responde con nombres, obras y adoración que solo a Dios corresponden.

R · Revelación: el Hijo es Dios

Juan comienza su evangelio con unas palabras que suenan a eco deliberado del primer versículo de la Biblia, y que dicen en una sola frase lo que la iglesia tardó siglos en formular con precisión: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. (Juan 1:1). Hay que leer el versículo despacio, porque contiene tres afirmaciones que no se pueden separar. El Verbo ya era cuando todo comenzó, es decir, no comenzó a existir con el principio, sino que estaba allí antes de él. El Verbo era con Dios, cara a cara, en comunión con él, y por eso no es el mismo que aquel con quien estaba. Y el Verbo era Dios2, no un ser divino de segundo rango, sino de la misma naturaleza que aquel con quien estaba desde siempre. Pocos versículos después, Juan añade que este Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y ahí la doctrina deja de ser abstracta, porque el Dios que estaba con Dios tiene un rostro, una madre y un pueblo.

Tomás no había leído el prólogo de Juan, porque todavía no estaba escrito, pero vio con sus ojos lo que ese prólogo enseña, y por eso su confesión es tan importante. Jesús no corrigió a Tomás cuando lo llamó Señor y Dios, como Pablo y Bernabé corrigieron con horror a los de Listra cuando quisieron ofrecerles sacrificios, ni como el ángel detuvo a Juan cuando este cayó a sus pies en el Apocalipsis. Al contrario, el Señor aceptó la confesión y la bendijo, y la extendió a todos los que vendrían después: Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. (Juan 20:29). Un hombre que fuera solo un profeta, aunque fuera el más grande, habría rasgado sus vestidos al oír a un discípulo llamarlo Dios; Jesús, en cambio, recibe la adoración como quien recibe lo que le pertenece.

Pablo, escribiendo a los filipenses, describe el camino del Hijo desde la gloria hasta la cruz, y lo comienza con estas palabras: el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse (Filipenses 2:6). La palabra «forma»3 no indica aquí una apariencia exterior, sino la naturaleza que se manifiesta, y el apóstol dice que el Hijo existía en esa forma antes de tomar forma de siervo. Lo que no estimó como cosa a que aferrarse fue la igualdad con Dios que ya tenía, no una igualdad que estuviera intentando arrebatar. El Hijo no subió a la divinidad desde abajo; descendió a la humanidad desde arriba, y su humillación solo tiene sentido si el que se humilla es verdaderamente Dios.

A los colosenses, que estaban siendo tentados por enseñanzas que ponían entre Dios y el hombre una escalera de seres intermedios, Pablo les escribe una frase que no deja lugar para escalones: Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9). No dice que en Cristo habite algo de la divinidad, ni una chispa de ella, sino toda la plenitud de la Deidad4, y no de manera pasajera, sino corporalmente, en la humanidad que el Hijo tomó y que nunca dejará.

La carta a los Hebreos, por su parte, presenta al Padre hablando al Hijo, y lo que el Padre le dice es asombroso, porque lo llama Dios con las palabras del Salmo 45: Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino. (Hebreos 1:8). Aquí no es un discípulo emocionado quien llama Dios a Jesús, sino el Padre mismo quien se dirige al Hijo con ese nombre, y le atribuye un trono eterno. El escritor ha venido argumentando que el Hijo es superior a los ángeles, y la razón última de esa superioridad es que los ángeles son siervos que adoran, mientras que el Hijo es Dios que recibe la adoración de ellos.

Queda una escena que Tomás sí presenció, en el templo de Jerusalén, durante una discusión cada vez más tensa. Los que discutían con Jesús le reprochaban que se hiciera mayor que Abraham, y él respondió con una frase que hizo que tomaran piedras para arrojárselas: Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy. (Juan 8:58). Si hubiera querido decir solamente que existía antes que Abraham, habría dicho «yo era»; pero dijo «yo soy»5, y los que lo oyeron recordaron enseguida la zarza ardiente, donde Dios se reveló a Moisés con el nombre que expresa su existencia sin principio: Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. (Éxodo 3:14). Por eso tomaron piedras, porque entendieron perfectamente que aquel hombre se estaba aplicando el nombre de Dios, y la piedra era el castigo de la ley para el blasfemo. O Jesús blasfemaba, o era quien decía ser; la Escritura no deja una tercera puerta abierta.

D · Doctrina: el Espíritu Santo es Dios y es Persona

Si el Hijo es Dios, la pregunta que sigue es por el Espíritu Santo, y aquí el error más frecuente no consiste en negar que sea divino, sino en convertirlo en una fuerza, una energía o un ambiente, algo y no alguien. La Escritura responde a las dos preguntas a la vez, y lo hace con una escena tan seria que todavía hoy hace temblar a quien la lee. En la iglesia de Jerusalén, un matrimonio vendió una propiedad y se quedó con parte del precio, pero quiso aparentar que lo entregaba todo. Pedro no levantó la voz, y Lucas lo cuenta así: Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? (Hechos 5:3), y enseguida: Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. (Hechos 5:4). En dos frases seguidas, mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios, y nadie miente a una fuerza ni engaña a una corriente eléctrica; se miente a alguien que oye, que sabe y que juzga.

Pablo enseña lo mismo desde otro ángulo cuando explica a los corintios cómo conocemos lo que Dios ha preparado para los que le aman: Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. (1 Corintios 2:10). Y añade una comparación que solo funciona si el Espíritu es Dios: Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. (1 Corintios 2:11). Así como solo el espíritu del hombre conoce lo íntimo del hombre, solo el Espíritu de Dios conoce lo íntimo de Dios, y nadie que no fuera Dios podría escudriñar las profundidades de Dios. El que escudriña, además, es alguien que conoce, porque una fuerza no conoce ni escudriña nada.

Y la prueba más tierna de que el Espíritu es Persona está en un mandamiento que Pablo da a los efesios: Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. (Efesios 4:30). No se contrista a una energía; se contrista a alguien que ama. El Espíritu Santo puede ser entristecido por la mentira, la amargura y la palabra corrompida de aquellos en quienes habita, y por eso la santidad del creyente no es un asunto de reglamento, sino de relación con una Persona divina que vive dentro de él.

Este punto se desarrolla por extenso en el estudio El Paráclito Eterno, de esta misma serie, donde se recorren las cinco veces que el Señor habló del Consolador la noche en que fue entregado, y donde se muestra que los verbos que la Escritura aplica al Espíritu son verbos de persona: enseña, recuerda, testifica, convence, guía, oye y glorifica al Hijo. Quien quiera ir más hondo en esta sección puede leerlo después de este, porque ambos se iluminan mutuamente.

Tres distintos, no tres dioses

Hasta aquí la Escritura ha dicho cuatro cosas: hay un solo Dios, el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Si se detuviera ahí, alguien podría concluir que se trata de un solo personaje que aparece con tres máscaras sucesivas, primero como Padre en el Antiguo Testamento, luego como Hijo en los evangelios y después como Espíritu en la iglesia. Pero la Escritura no se detiene ahí, y muestra a los tres presentes a la vez, hablando uno al otro y actuando de manera distinta en un mismo momento.

La escena más clara ocurrió en el Jordán. Juan el Bautista había bautizado a Jesús, y Mateo lo cuenta así: Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. (Mateo 3:16). Y a continuación: Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia (Mateo 3:17). En el mismo instante, el Hijo sale del agua, el Espíritu desciende como paloma y el Padre habla desde el cielo. No es uno que se cambia de ropa, porque los tres están presentes a la vez; y el Padre no se habla a sí mismo cuando dice «mi Hijo amado», sino que habla a otro, a quien ama desde la eternidad.

Antes de subir al cielo, el Señor resucitado dio a sus discípulos la orden que ha marcado la vida de la iglesia hasta hoy: Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mateo 28:19). Hay que notar la gramática, porque aquí está guardado todo el misterio en una sola línea. Jesús no dice «en los nombres», como si fueran tres dioses distintos, ni dice «en el nombre del Padre, Hijo y Espíritu» como si fueran tres títulos de una misma persona, sino «en el nombre»6, en singular, y luego repite el artículo delante de cada uno: del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Un solo nombre, porque hay un solo Dios; tres que llevan ese nombre, porque son distintos entre sí.

Pablo cierra su segunda carta a los corintios con una bendición que pone a los tres en la misma línea, como fuente de la vida de la iglesia: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén. (2 Corintios 13:14). Ningún apóstol habría puesto a una criatura al lado de Dios en una bendición pronunciada sobre la iglesia reunida, y Pablo, que había sido fariseo y conocía de memoria el Shemá, lo hace con la naturalidad de quien no ve en ello ninguna contradicción.

Y la noche de la última cena, el Señor habló de los tres en una sola frase, distinguiéndolos con claridad: Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre (Juan 14:16), y añadió: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. (Juan 14:17). El Hijo ruega, el Padre da, el Espíritu viene a morar. Hay tres que actúan, y cada uno hace algo distinto; pero el Espíritu es «otro Consolador», es decir, otro de la misma clase que el Hijo, y no menos que él7. La doctrina de la Trinidad no es otra cosa que la decisión de no soltar ninguna de estas verdades: un solo Dios, tres Personas distintas, cada una plenamente Dios.

Sombras en el Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento no enseña la Trinidad con la claridad del Nuevo, y sería deshonesto pretender lo contrario, porque Dios reveló su ser de manera progresiva, como el sol que sale poco a poco. Pero hay en sus páginas sombras y anticipos que, a la luz de la venida del Hijo y del Espíritu, adquieren un sentido que antes solo se adivinaba. Conviene leerlos con prudencia, sin forzarlos, pero sin cerrar los ojos a lo que allí está escrito.

El nombre más frecuente de Dios en el Antiguo Testamento, Elohim8, tiene forma plural, y sin embargo va acompañado casi siempre de verbos en singular, como en el primer versículo de la Biblia. Por sí solo no prueba nada, y no conviene levantar sobre él más de lo que soporta, pero es un dato que encaja con todo lo que viene después.

Más llamativo es lo que Dios dice en el sexto día de la creación, cuando se dispone a formar al hombre: Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. (Génesis 1:26). Algunos lo explican como un plural de deliberación o como una conversación con los ángeles, pero el hombre no fue hecho a imagen de los ángeles, sino a imagen de Dios, como dice el versículo siguiente. A la luz del Nuevo Testamento, donde se dice que todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo, el «hagamos» de Génesis suena como la primera insinuación de una comunión dentro del Dios único.

En varios relatos aparece una figura llamada el Ángel de Jehová9, que habla como Dios y recibe trato de Dios, y sin embargo es distinto de Jehová que lo envía. En la zarza ardiente, el texto dice primero que se le apareció el Ángel de Jehová, y poco después que Dios lo llamó de en medio de la zarza (Éxodo 3:2-4). Agar, después de oírlo, llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tú eres Dios que ve (Génesis 16:13). Muchos lectores antiguos y modernos han visto en estas apariciones al Hijo antes de su encarnación, y aunque no conviene afirmarlo con más seguridad de la que el texto da, la figura muestra que ya en el Antiguo Testamento Dios podía ser a la vez el que envía y el enviado.

Por último, Isaías conserva una frase en la que el que habla parece distinguir entre sí mismo, el Señor que lo envía y el Espíritu: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu. (Isaías 48:16). El texto es difícil, y los comentaristas discuten si quien habla es el profeta o el Siervo del Señor que aparece en los capítulos siguientes. Lo prudente es no decidir con violencia lo que el texto deja en penumbra, pero sí notar que, en una sola frase, aparecen tres: el que es enviado, Jehová el Señor que envía, y su Espíritu.

A · Argumento: las objeciones de quien piensa distinto

Quien enseña esta doctrina oirá objeciones, y algunas vienen de personas sinceras que aman la Biblia pero la leen de otra manera. No conviene ridiculizarlas ni contestarlas con desprecio, sino con la Escritura abierta, porque la verdad no necesita el insulto para sostenerse. Estas son las más frecuentes, dichas como suelen llegar.

«La palabra Trinidad no aparece en la Biblia». Es cierto, como tampoco aparecen las palabras «encarnación» o «Biblia» en el texto bíblico. La pregunta no es si la palabra está escrita, sino si lo que la palabra resume está enseñado, y lo que resume son las cinco afirmaciones que este estudio ha recorrido con los textos delante. Una palabra que no está en la Biblia puede servir para decir con fidelidad lo que sí está en ella.

«Jesús mismo dijo que el Padre es mayor que él». Lo dijo, en efecto: el Padre mayor es que yo (Juan 14:28). Pero lo dijo el Hijo que se había hecho hombre y se había humillado hasta tomar forma de siervo, como enseña Filipenses 2, y en esa condición de siervo se sometía al Padre. Quien es menor en oficio no es por eso menor en naturaleza, del mismo modo que un hijo que obedece a su padre no es menos humano que él. El mismo Jesús que dijo esta frase dijo también: Yo y el Padre uno somos. (Juan 10:30).

«Si Cristo es el primogénito de toda creación, entonces fue creado». La frase de Colosenses 1:15 se lee bien cuando se lee el versículo siguiente, que dice que en él fueron creadas todas las cosas. En la Escritura, primogénito es un título de primacía y de herencia, y así se le llama a David, que era el menor de sus hermanos: Yo también le pondré por primogénito, Alto sobre los reyes de la tierra (Salmo 89:27). Cristo es el primogénito porque es el heredero y el Señor de la creación, no porque sea parte de ella.

«Dios es uno solo que se manifiesta como Padre, luego como Hijo y luego como Espíritu». Esta idea parece sencilla, pero choca con el bautismo del Jordán, donde los tres aparecen a la vez, con la oración de Jesús al Padre en Getsemaní, donde nadie ora a sí mismo, y con la promesa del otro Consolador, que no es el mismo Hijo con otro nombre. Si el Padre y el Hijo fueran una sola persona, la cruz sería una escena sin sentido, porque el Hijo clamaría a sí mismo.

«El Espíritu Santo es solo la fuerza activa de Dios». A esta objeción responden Hechos 5, 1 Corintios 2 y Efesios 4, que se han leído antes: al Espíritu se le miente, él conoce y escudriña, y se le contrista. Las fuerzas no tienen voluntad ni afecto; las Personas sí.

Por qué importa

Alguien podría pensar que todo esto es una discusión para especialistas, buena para el aula y sin consecuencias para la vida. Pero la doctrina de la Trinidad no es un adorno de la fe, sino su estructura, y la salvación que la Escritura anuncia es obra de las tres Personas. Si el Hijo no fuera Dios, su muerte no podría pagar la deuda infinita de nuestro pecado; si el Espíritu no fuera Dios, no podría darnos un corazón nuevo; y si el Padre no hubiera enviado al Hijo, nadie habría venido a buscarnos.

El escritor de Hebreos dice del Hijo: por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. (Hebreos 7:25). Solo un sacerdote que es Dios puede salvar perpetuamente, y solo uno que es hombre puede interceder por hombres; el Hijo encarnado es las dos cosas, y por eso el creyente tiene en él un abogado que nunca se cansa de rogar. Jesús le dijo a Nicodemo, maestro de Israel: Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (Juan 3:5). El nuevo nacimiento no lo produce el esfuerzo humano ni la religión aprendida, sino el Espíritu de Dios, que da vida donde había muerte.

Y Pablo resume la vida cristiana entera, la oración, el culto, la comunión, en un solo versículo trinitario: porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. (Efesios 2:18). Por medio del Hijo, en el Espíritu, al Padre: así ora y así adora la iglesia. Quien niega a uno de los tres no simplifica la fe, sino que la destruye, porque cierra una de las puertas por las que Dios mismo nos abrió el camino hacia sí.

Por eso esta doctrina no se queda en la mente; examina el corazón. El pecado no es primero una falta contra una regla, sino contra el Padre que nos creó, contra el Hijo que murió por nosotros y contra el Espíritu que nos llama. Tomás tuvo que dejar su incredulidad antes de poder decir «Señor mío, y Dios mío», y nadie puede decirlo de verdad sin arrepentirse de haber vivido como si Jesús fuera solo un buen maestro. La puerta está abierta: el Padre recibe, el Hijo intercede, el Espíritu da el nuevo nacimiento a quien cree.

D · Decisión: Para el púlpito

Quien tenga que predicar o enseñar este tema puede seguir el camino de Tomás en cuatro movimientos, sin convertirlos en un esquema seco, sino dejando que cada uno lleve al siguiente. Primero, la duda honrada de quien no quiere creer de oídas, que es la del hombre de la cocina que preguntaba si son tres dioses o uno que se cambia de ropa; conviene empezar por ahí, respetando la pregunta. Segundo, el Dios único de Deuteronomio 6:4, que no se negocia, y que hace del primer mandamiento un examen del corazón. Tercero, el Hijo que se deja tocar en Juan 20 y es confesado Señor y Dios, y junto a él el Espíritu a quien se miente o se contrista, con el bautismo del Jordán como escena donde los tres aparecen juntos. Y cuarto, la confesión que termina en adoración y en vida nueva, con Efesios 2:18 como llave de la oración diaria.

Un predicador fiel no necesita comparaciones de cocina para explicar la Trinidad, porque casi todas, mirada de cerca, enseñan un error: el agua que es hielo, líquido y vapor sugiere que Dios cambia de forma, y el huevo con cáscara, clara y yema sugiere que cada Persona es un tercio de Dios. Es mejor decir con humildad lo que la Escritura dice, reconocer que el misterio nos sobrepasa, y llamar a los oyentes a adorar al Dios que es más grande que nuestras explicaciones.

La Escritura responde

Al hombre que preguntaba en la cocina si son tres dioses o uno que se cambia de ropa, la Escritura le responde que ninguna de las dos cosas. Hay un solo Dios, como confiesa Deuteronomio 6:4 y repiten los profetas; el Padre es Dios, como enseñan Juan 6:27, 1 Corintios 8:6 y Efesios 4:6; el Hijo es Dios, como confiesan Juan 1:1, Juan 20:28, Filipenses 2:6, Colosenses 2:9 y Hebreos 1:8, y como él mismo afirmó al decir «antes que Abraham fuese, yo soy»; el Espíritu Santo es Dios y es Persona, porque mentirle es mentir a Dios, escudriña las profundidades de Dios y puede ser contristado; y los tres son distintos, porque aparecen juntos en el Jordán, comparten un solo nombre en el mandato del bautismo y actúan cada uno a su modo en la promesa del Consolador. La palabra Trinidad no hace más que reunir en una sola palabra lo que estos textos afirman por separado.

Y la Escritura no responde solo a la mente, sino también a la vida, porque el Dios trino no es un enigma para resolver, sino un Señor a quien conocer y obedecer. Si aún no crees, el camino es el de Tomás: deja de exigir pruebas a tu medida y mira las manos del Resucitado tal como el evangelio las presenta, arrepiéntete de tu incredulidad y confiesa a Jesucristo como tu Señor y tu Dios. Si ya crees, aprende a orar como enseña Efesios 2:18, al Padre, por el Hijo, en el Espíritu, y persevera en esa comunión hasta el día en que lo veas cara a cara.

Tu decisión para esta semana. Lee en voz alta, en un solo rato, Juan 20:19-29 y Mateo 3:13-17, y escribe en una línea qué hace cada una de las tres Personas en esos dos pasajes. Después, durante siete días, comienza tu oración dirigiéndote al Padre, en el nombre del Hijo, pidiendo la ayuda del Espíritu, y antes del domingo cuéntale a un hermano de confianza qué cambió en tu manera de orar.

De rodillas

Padre santo, Dios único y verdadero, tú enviaste a tu Hijo cuando yo no te buscaba, y confieso que muchas veces he vivido como si fueras una idea lejana y no el Señor a quien debo todo mi amor. Señor Jesucristo, Verbo eterno que estabas con Dios y eras Dios, tú te dejaste tocar por un discípulo incrédulo, y hoy te confieso con él, Señor mío y Dios mío; perdona mi incredulidad y mis ídolos, y guárdame en tu intercesión que no se cansa. Espíritu Santo, a quien he contristado con mis palabras y mis pecados, no te apartes de mí; dame un corazón nuevo y llévame cada día al Padre por medio del Hijo. Al Dios uno y trino sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Para seguir leyendo

  • James Strong, A Concise Dictionary of the Words in the Hebrew Bible y A Concise Dictionary of the Words in the Greek Testament (1890), edición electrónica de Open Scriptures, consultada para todas las notas de este estudio.
  • Santa Biblia, versión Reina-Valera 1960 y Reina-Valera 1909, con los textos citados cotejados versículo por versículo.

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Para seguir caminando

Este estudio es una puerta, no la casa entera. Si el texto le ha hablado, no lo deje en la memoria: vuelva a leerlo con la Biblia abierta y siga caminando. En cieloefata.com encontrará gratis los demás tratados y estudios de la serie, cada uno con su guía para grupos, y la hoja de trabajo del método V.E.R.D.A.D.

Notas


  1. 1. ʼechád (אֶחָד), Strong H259: «propiamente, unido, es decir, uno; o (como ordinal) primero». James Strong, diccionario hebreo (1890), edición electrónica de Open Scriptures. La misma palabra aparece en Génesis 2:24, donde el hombre y la mujer «serán una sola carne», y en Génesis 1:5, «un día», hecho de tarde y mañana. No conviene forzar el argumento como si la palabra por sí sola probara la Trinidad, porque también se usa para un solo objeto; lo que sí muestra es que el «uno» hebreo no excluye por definición una unidad rica y compuesta. —A. S.

  2. 2. theós (θεός), Strong G2316: «una deidad, especialmente (con el artículo) la Divinidad suprema». James Strong, diccionario griego (1890), edición electrónica de Open Scriptures. En Juan 1:1 la palabra va sin artículo en la tercera cláusula porque es el predicado de la frase; con artículo habría significado que el Verbo es toda la persona del Padre, cosa que Juan acaba de negar al decir que estaba con Dios. La falta de artículo no rebaja la divinidad del Verbo, sino que la distingue de la persona del Padre. —A. S.

  3. 3. morphḗ (μορφή), Strong G3444: «forma; figuradamente, naturaleza». James Strong, diccionario griego (1890), edición electrónica de Open Scriptures. El verbo que la acompaña, hypárchō (ὑπάρχω), Strong G5225, «existir», está en presente: el Hijo existía y seguía existiendo en forma de Dios cuando decidió humillarse. —A. S.

  4. 4. theótēs (θεότης), Strong G2320: «divinidad (en abstracto)». James Strong, diccionario griego (1890), edición electrónica de Open Scriptures. Es el ser mismo de Dios, no una cualidad semejante a lo divino; por eso la Reina-Valera la traduce «Deidad». —A. S.

  5. 5. egṓ eimí (ἐγώ εἰμί): egṓ, Strong G1473, pronombre de primera persona, «yo» (solo se expresa cuando es enfático); eimí, Strong G1510, «yo existo» (usado solo cuando es enfático). James Strong, diccionario griego (1890), edición electrónica de Open Scriptures. La Septuaginta traduce Éxodo 3:14 con egṓ eimí ho ṓn, «yo soy el que es», de modo que el oyente de habla griega podía oír el eco. —A. S.

  6. 6. ónoma (ὄνομα), Strong G3686: «un nombre (literal o figurado) (autoridad, carácter)». James Strong, diccionario griego (1890), edición electrónica de Open Scriptures. En Mateo 28:19 está en singular, eis to ónoma, «en el nombre», y cada una de las tres Personas lleva su propio artículo: «del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Un solo nombre, tres distintos. —A. S.

  7. 7. paráklētos (παράκλητος), Strong G3875: «un intercesor, consolador». James Strong, diccionario griego (1890), edición electrónica de Open Scriptures. La misma palabra se aplica al Hijo en 1 Juan 2:1, donde la Reina-Valera la traduce «abogado». —A. S.

  8. 8. ʼĕlôhîym (אֱלֹהִים), Strong H430: «dioses en el sentido ordinario; pero usado específicamente (en plural así, especialmente con el artículo) del Dios supremo». James Strong, diccionario hebreo (1890), edición electrónica de Open Scriptures. Con referencia al Dios de Israel va casi siempre con verbo en singular, como en Génesis 1:1, «creó». El plural por sí solo no prueba la Trinidad, y muchos lo explican como plural de majestad; pero es un plural que el Dios único eligió para nombrarse, y deja abierta una puerta que el Nuevo Testamento cruzará. —A. S.

  9. 9. mălʼâk (מַלְאָךְ), Strong H4397: «un mensajero; específicamente, de Dios, es decir, un ángel (también un profeta, sacerdote o maestro)». James Strong, diccionario hebreo (1890), edición electrónica de Open Scriptures. El nombre describe un oficio, el de enviado, y no una naturaleza; por eso puede aplicarse a un ángel creado o a quien, siendo Dios, es enviado. —A. S.