Tratados
Un tratado toma un asunto que la Escritura entera enseña y lo sigue de libro en libro, con argumento ordenado, el hebreo y el griego cuando sostienen el argumento, y los intérpretes como siervos del texto. Lo que lo hace tratado es el enfoque, no la extensión: puede ser breve. Es para líderes, maestros y estudiosos.
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Estudios y tratados: cuál leer y por qué
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Tratado · 1 Corintios 1:18–31
Teología de la cruz
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
Pablo no ofrece una «teología de la cruz» como lema de escuela. Ofrece un tajo. La palabra de la cruz parte a la humanidad: locura para los que se pierden, poder para los que se salvan. El que se lleva el 18 como consign
Escudriñar el tratado: Teología de la cruzTratado · 1 Corintios 4:8–13
Teología de la gloria
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
Pablo no escribe un tratado contra el espectáculo: lo desnuda. Corinto ya se saciaba, ya era rica, ya reinaba —sin los apóstoles—. El que se lleva «teología de la gloria» como lema de combate aún no ha visto el 9: Dios e
Escudriñar el tratado: Teología de la gloriaTratado · Nehemías 8:8
El texto manda
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
V.E.R.D.A.D. —Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento y Decisión— no es una fórmula para recitar ni una técnica más. Es la manera en que leemos el capítulo completo, como el pueblo en tiempos de Nehemías, hasta entender lo que Dios dijo y obedecerlo.
Escudriñar el tratado: El texto mandaTratado · Hechos 1:9–11
Este mismo Jesús
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
«Así vendrá como le habéis visto ir al cielo» no es un gráfico de profecías ni una fecha para calcular, sino la promesa de Cristo mismo. Desde el monte de los Olivos hasta el «ven, Señor Jesús», este tratado sigue la promesa por toda la Escritura: venida personal y visible, resurrección, juicio y nueva creación, sin tomar partido sobre el milenio.
Escudriñar el tratado: Este mismo JesúsTratado · Juan 14–16
El Paráclito Eterno
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
El Espíritu Santo no es una energía que se activa, sino una Persona divina que el Padre envía en el nombre del Hijo para estar con los suyos para siempre. El Paráclito de Juan 14–16: otro Consolador, para siempre.
Escudriñar el tratado: El Paráclito Eterno
¿Buscaba los versículos muy citados?
Los escritos que devuelven un versículo muy citado al capítulo donde Dios lo puso son estudios breves: se dejan gobernar por un pasaje. Están ahora en la sección de estudios, con sus mismas direcciones.
Tratado · Esperanza · segunda venida · Hechos 1:9–11
Publicado el 18 de octubre de 2026.
Este mismo Jesús
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
Método V.E.R.D.A.D.«No solo se lee: se profundiza.»
Abrir la Escritura en el lector compañero
ESTE MISMO JESÚS: HECHOS 1:9–11 Y LA ESPERANZA BIENAVENTURADA
Tratado de Editorial Cielo Efata. Las citas castellanas siguen la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960, en cursiva y con referencia; el hebreo y el arameo del Antiguo Testamento se leen según la Biblia Hebraica Stuttgartensia, y el griego del Nuevo, según el Textus Receptus. Los números Strong se explican donde la palabra carga el argumento. Se abrieron para este tratado los comentarios de Juan Calvino a Hechos 1:11, Mateo 24:36 y 2 Pedro 3:9. Sobre el milenio de Apocalipsis 20 la casa no toma partido aquí: confiesa con todas las lecturas ortodoxas la venida personal y visible de Cristo, la resurrección de los muertos, el juicio final y la nueva creación.
© 2026 Alejandro Sirit. Todos los derechos reservados. Citas bíblicas tomadas de la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960. El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
PÓRTICO
Hay doctrinas que se discuten en voz alta y se creen en voz baja, y la segunda venida de Cristo es una de ellas. Se discute el orden de los sucesos, el lugar del milenio, la identidad del hombre de pecado y el sentido de cada trompeta. Mientras tanto, en muchas casas de creyentes la esperanza misma se ha enfriado, y se vive como si el Señor no fuera a volver, o como si su vuelta fuera un capítulo para especialistas. Este tratado no viene a sumar un gráfico más a la discusión. Viene a poner al lector donde estuvieron once hombres de Galilea, con los ojos clavados en una nube, y a hacerle oír lo que oyeron.
El método es el de la casa. Primero se mira el texto en su lugar, después se sigue la promesa por toda la Escritura, desde los profetas hasta el último capítulo del Apocalipsis, y al final se pregunta qué hace esta verdad con el que la oye. Lo que la Biblia dice con claridad se dirá con claridad. Lo que la Biblia deja en sobriedad se dejará en sobriedad. Y lo que la Biblia no dice, aunque se haya predicado muchas veces, no se dirá.
EL MONTE DE LOS OLIVOS Y LA NUBE
Han pasado cuarenta días desde la mañana del sepulcro vacío. El Resucitado ha comido con sus discípulos, les ha abierto el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras y les ha mandado esperar en Jerusalén la promesa del Padre. Ahora están con él en el monte que llaman del Olivar, a un camino de sábado de la ciudad, y le hacen todavía una pregunta de calendario: si restaurará el reino a Israel en este tiempo. El Señor no les da una fecha. Les da una tarea y una promesa: recibirán poder cuando venga sobre ellos el Espíritu Santo, y le serán testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.
Entonces sucede lo que ninguno de ellos esperaba esa mañana. «Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos» (Hechos 1:9). Lucas subraya que lo vieron. No fue una visión nocturna ni una impresión interior, sino un hecho presenciado por testigos, a plena luz, con los pies sobre la tierra del monte. El cuerpo que habían tocado, el que llevaba las marcas de los clavos, subió delante de ellos, y la nube, que en la historia de Israel acompañó siempre la presencia de Dios, en el desierto, sobre el tabernáculo y en el monte de la transfiguración, lo recibió y lo quitó de su vista.
«Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1:10–11). La pregunta de los mensajeros no es un reproche a la mirada, sino a la quietud. Calvino, al comentar el versículo, advierte que no se les reprende por mirar al cielo, sino por querer ver a Cristo con los ojos del cuerpo cuando la nube ya se había puesto en medio, y por esperar que volviera enseguida, cuando él subía para quedarse en los cielos hasta que viniera a juzgar al mundo. La lección que el reformador saca es sobria y pastoral: entre la ascensión y la venida, a Cristo se le busca por la fe, en la palabra, y no por la vista.
Hay que mirar despacio la promesa. Dice «este mismo Jesús», y no otro. El que viene no es una fuerza cósmica, ni un principio moral, ni una edad nueva de la humanidad, sino el mismo Jesús de Nazaret que caminó con ellos por Galilea, que lloró ante la tumba de Lázaro, que fue crucificado bajo Poncio Pilato y resucitó al tercer día. Y dice «así vendrá como le habéis visto ir». La expresión griega es οὕτως… ὃν τρόπον (hoútōs… hòn trópon): así, del mismo modo. Τρόπος (trópos, G5158) es el modo o la manera de una cosa. Se fue personalmente, y vendrá personalmente. Se fue en cuerpo, y vendrá en cuerpo. Se fue visiblemente, y vendrá visiblemente. Se fue en una nube, y la Escritura dirá una y otra vez que vendrá en las nubes.
Los once bajaron del monte con esa promesa en los oídos y volvieron a Jerusalén «con gran gozo», dice Lucas al final de su evangelio. No bajaron a calcular, sino a orar, a esperar al Espíritu y, después, a predicar. Quien quiera entender la segunda venida tiene que bajar del monte con ellos. La esperanza que la Escritura enseña no inmoviliza a nadie mirando al cielo; lo manda de vuelta a la ciudad con una tarea y una certeza.
LA PROMESA QUE YA ESTABA EN LOS PROFETAS
Los varones de blanco no anunciaron una novedad absoluta. La venida del Hijo del Hombre en las nubes estaba escrita siglos antes, en una visión que Daniel recibió de noche en Babilonia. «Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido» (Daniel 7:13–14).
El texto está en arameo. La figura viene כְּבַר אֱנָשׁ (kebar ʼenash): «como un hijo de hombre». בַּר (bar, H1247) es hijo, y אֱנָשׁ (ʼenash, H606) es hombre, el ser humano en su fragilidad. Lo extraordinario es que esta figura humana viene «con las nubes del cielo», que en la Escritura son el carruaje de Dios mismo, y recibe un dominio eterno que ningún hombre recibió jamás. Por eso, cuando Jesús escogió llamarse a sí mismo el Hijo del Hombre, no eligió un título modesto, sino uno que unía la humildad de la carne con la gloria del trono.
Zacarías añadió un rasgo que el Nuevo Testamento recogerá: «y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito» (Zacarías 12:10). El que vendrá es el traspasado. La gloria de la venida no borra las heridas del Calvario, sino que las muestra.
Y antes aún, en la primera promesa del evangelio, en el huerto, Dios anunció a la serpiente: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Génesis 3:15). La historia de la redención se abre con una guerra y una promesa de victoria. La cruz es el golpe decisivo en la cabeza de la serpiente; la segunda venida es el día en que esa victoria se hace visible para todo ojo, y en que el último enemigo, la muerte, es destruido. Isaías lo cantó así: «Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra; porque Jehová lo ha dicho» (Isaías 25:8).
LA PALABRA DEL SEÑOR EN SU BOCA
La promesa de su vuelta no la inventaron los apóstoles para consolarse de su ausencia. La pronunció el Señor mismo, varias veces y en momentos decisivos. La noche en que fue entregado, a hombres turbados que no entendían su partida, les dijo: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:1–3).
Lo primero que hace esta promesa es tratar el corazón. Jesús no les da a sus discípulos un esquema de los últimos tiempos, sino un remedio contra la turbación: creer en él, saber que hay lugar preparado y oír que él mismo vendrá a buscarlos. El centro de la esperanza no es un lugar, sino una persona: «para que donde yo estoy, vosotros también estéis».
Ante el sumo sacerdote, con su vida en juego, el Señor tomó la visión de Daniel y la puso en primera persona: «Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo» (Mateo 26:64). El acusado anunció a sus jueces que un día ellos comparecerían ante él. Esa frase le costó la acusación de blasfemia, y la pronunció sabiendo lo que le costaría.
En el monte de los Olivos, días antes, había enseñado a los suyos cómo sería su venida, y lo primero que les advirtió fue que no se dejaran engañar: «Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos» (Mateo 24:23–24). Y explicó por qué nadie necesitará que le avisen: «Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre» (Mateo 24:27). La venida no será secreta para unos pocos iniciados, sino pública, súbita y universal. «Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria» (Mateo 24:30).
TRES PALABRAS PARA UNA SOLA VENIDA
El Nuevo Testamento usa principalmente tres palabras para hablar de este acontecimiento, y cada una ilumina un aspecto distinto. No describen tres venidas, sino una sola, mirada desde tres ventanas.
La primera es παρουσία (parousía, G3952). Viene del verbo πάρειμι, «estar presente», y significa presencia, llegada. En el mundo griego nombraba la visita solemne de un rey o de un alto funcionario a una ciudad, que se preparaba para recibirlo. Es la palabra de Mateo 24:27, «la venida del Hijo del Hombre», y la que Pablo usa en sus cartas a Tesalónica. La parousía dice que el Rey ausente estará presente, y que su pueblo saldrá a recibirlo.
La segunda es ἐπιφάνεια (epipháneia, G2015): manifestación, aparición resplandeciente. Pablo la usa en Tito: «aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2:13). La misma palabra puede referirse a la primera venida, cuando la gracia de Dios se manifestó en la carne, y a la segunda, cuando se manifieste la gloria. La epipháneia dice que lo que ahora está velado se verá.
La tercera es ἀποκάλυψις (apokálypsis, G602): descubrimiento, revelación, quitar el velo. «Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder» (2 Tesalonicenses 1:7) traduce literalmente «en la revelación del Señor Jesús». Hoy Cristo reina, pero su reinado está escondido a los ojos del mundo, que lo ignora o se burla. Aquel día se quitará el velo, y todos verán lo que la fe ya sabe.
Conviene notar el verbo que acompaña la esperanza en Tito. Προσδεχόμενοι (prosdechómenoi, G4327) es «aguardando», pero el verbo también se usa para recibir a un huésped. Esperar la venida de Cristo es tener la casa dispuesta para recibirlo. Y Hebreos usa otro verbo aún más intenso: Cristo «aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan» (Hebreos 9:28). Ἀπεκδέχομαι (apekdéchomai, G553) es esperar con todo el cuerpo inclinado hacia adelante, como quien aguarda en el puerto el barco que trae a alguien amado. La primera venida fue para llevar los pecados de muchos; la segunda, para consumar la salvación de los que ya fueron lavados.
LO QUE TRAE CONSIGO
La venida de Cristo no es un hecho aislado. Con ella llegan, según la Escritura, varias realidades que la iglesia ha confesado siempre, aunque discuta su orden exacto.
Trae la resurrección de los muertos. A una iglesia que lloraba a sus difuntos, Pablo escribió: «Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él» (1 Tesalonicenses 4:13–14). Y describió el día: «Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tesalonicenses 4:16–17).
Dos palabras merecen atención. Ἁρπάζω (harpázō, G726), «arrebatar», es tomar con fuerza y de repente. Y ἀπάντησις (apántēsis, G529), «para recibir», es el encuentro, la salida de la ciudad para recibir a un visitante y acompañarlo. Los cristianos han discutido cuándo ocurre este arrebatamiento en relación con otros sucesos del fin, y esa discusión no se resuelve en este tratado. Lo que el texto afirma con toda claridad es que el Señor mismo descenderá, que los muertos en Cristo resucitarán, que los vivos serán reunidos con ellos y que la meta es estar «siempre con el Señor». Pablo no escribió estas líneas para alimentar especulaciones, sino para consolar: «Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras» (1 Tesalonicenses 4:18).
Trae la transformación de los creyentes. «He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados» (1 Corintios 15:51–52). Y a los filipenses: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya» (Filipenses 3:20–21). Juan lo dice con la sencillez de un anciano: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2).
Trae el juicio. El mismo que vino a salvar vendrá a juzgar. «Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos» (Mateo 25:31–32). Jesús mismo lo había dicho: «vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación» (Juan 5:28–29). Pablo lo predicó en Atenas como razón para arrepentirse: Dios «ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (Hechos 17:31). Para los creyentes, ese día no es de condenación, porque la condenación ya cayó sobre Cristo, pero sí de manifestación: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Corintios 5:10). Para los que rechazaron el evangelio, la Escritura usa palabras que no deben suavizarse: «los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron» (2 Tesalonicenses 1:9–10).
Trae la nueva creación. La creación entera, dice Pablo, gime con dolores de parto, aguardando la manifestación de los hijos de Dios, porque «también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Romanos 8:21). Pedro lo dice así: «Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 Pedro 3:13). Y Juan lo vio: «Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:3–4). La promesa de Isaías 25:8 se cumple palabra por palabra. El Dios que enjuga las lágrimas es el mismo que las vio caer.
LO QUE LA CASA NO DECIDE
En este punto muchos lectores esperan que se les diga qué esquema es el correcto: si el milenio de Apocalipsis 20 viene antes o después de la venida, o si es una figura de la era presente. Cielo Efata no toma partido en esa cuestión en este tratado, y no lo hace por cobardía, sino por fidelidad. Creyentes que aman la Escritura, que la leen en sus lenguas originales y que han dado la vida por el evangelio han leído ese capítulo de maneras diferentes a lo largo de la historia. Pórtico a la Escritura, de esta misma casa, expone las tres lecturas principales. Las tres confiesan lo mismo en lo esencial: que Cristo volverá en persona, visible y gloriosamente; que los muertos resucitarán; que habrá un juicio final; y que Dios hará nuevas todas las cosas.
Lo que sí se niega aquí es que la discusión sobre el orden sustituya a la esperanza. Hay hermanos que pueden dibujar de memoria una línea del tiempo con siete divisiones y, sin embargo, no esperan al Señor. Hay otros que nunca han oído la palabra milenio y se acuestan cada noche diciendo «ven, Señor». Delante de Dios, el segundo está más cerca de la verdad que el primero. La Escritura no promete una bendición al que acierta el esquema, sino «a todos los que aman su venida» (2 Timoteo 4:8).
DEL DÍA Y LA HORA NADIE SABE
Si hay una tentación que ha acompañado a la iglesia en cada siglo, es la de ponerle fecha a la venida. El Señor la cerró con una frase que no deja resquicio: «Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino solo mi Padre» (Mateo 24:36). Calvino comenta que con esta sentencia Cristo quiso mantener suspendidos los ánimos de los creyentes, para que no fijaran por falsa imaginación ningún tiempo de la redención final. Conocemos, dice, cuán inconstantes son nuestras mentes y cuánto nos cosquillea la vana curiosidad de saber más de lo debido. La sabiduría, concluye, está en contenernos sobriamente dentro de los límites de la palabra de Dios.
La historia confirma la advertencia. En el siglo XIX, William Miller, predicador bautista de Nueva Inglaterra, calculó a partir de las profecías de Daniel que Cristo volvería hacia 1843 o 1844, y sus seguidores fijaron finalmente el 22 de octubre de 1844. Miles vendieron sus bienes y esperaron. A aquel amanecer se le llamó después la Gran Decepción. En 2011, Harold Camping, un radiodifusor de California, anunció que el fin llegaría el 21 de mayo de ese año, y muchos creyentes gastaron sus ahorros pregonándolo. El día pasó como cualquier otro. En ambos casos, la burla del mundo cayó sobre el nombre de Cristo, y la fe de muchos sencillos quedó herida.
La respuesta bíblica a estos fracasos no es dejar de esperar, sino esperar como el Señor mandó. Él no dijo «calculad», sino «velad». «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis» (Mateo 24:42–44). La ignorancia de la hora no es un defecto de la revelación, sino una parte de su pedagogía. Quien no sabe cuándo vendrá su Señor tiene que estar listo siempre.
Pablo repite la misma enseñanza a los tesalonicenses: «Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche» (1 Tesalonicenses 5:1–2). Y añade que esa sorpresa no tiene que ser terror para el creyente: «Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios» (1 Tesalonicenses 5:4–6). La misma carta tuvo que corregir después a quienes, sacudidos por rumores, decían que el día del Señor ya estaba encima, y Pablo les pidió que no se dejaran mover «ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra» (2 Tesalonicenses 2:2). La esperanza bíblica es velada y sobria a la vez: ni dormida ni histérica.
LA TARDANZA QUE ES PACIENCIA
Ya en la primera generación hubo quien se burló. Pedro lo anticipó: «sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación» (2 Pedro 3:3–4). El argumento del burlador es el de la rutina: el sol sale cada mañana, los hombres nacen y mueren, nada cambia. Pedro le responde recordando que el mundo ya fue juzgado una vez por agua, y que la palabra que lo creó es la misma que lo guarda para el fuego.
Luego da dos razones de la aparente tardanza. La primera mira a Dios: «Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Pedro 3:8). El calendario del Eterno no se mide con nuestra impaciencia. La segunda mira al hombre, y es la más tierna: «El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).
Los dos verbos del versículo se contraponen. Βραδύνω (bradýnō, G1019) es tardar, demorarse por descuido o lentitud. Μακροθυμέω (makrothyméō, G3114) es ser de ánimo largo, tener paciencia, aguantar sin descargar la ira. Pedro niega el primero y afirma el segundo. Dios no llega tarde; espera a propósito. Calvino lo dice con precisión: tarda el que deja pasar la ocasión por pereza, y en Dios no hay nada de eso, porque ordena los tiempos del mejor modo para promover nuestra salvación. Cada día que el Señor no ha vuelto es un día más de gracia ofrecida. Para el que aún no se ha arrepentido, la tardanza no es una prueba de que Cristo no vendrá, sino una puerta abierta que un día se cerrará.
Por eso Pedro saca enseguida la consecuencia moral: «Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios!» (2 Pedro 3:11–12). Y termina: «Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz» (2 Pedro 3:14).
LO QUE CONFESÓ LA IGLESIA
La iglesia antigua no esperó al siglo XIX para hablar de la venida. Las primeras comunidades de habla aramea tenían una oración de dos palabras que Pablo conservó sin traducir al final de su carta a los corintios: «El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene» (1 Corintios 16:22). Detrás de esas tres palabras castellanas está μαρὰν ἀθά (marán athá, G3134), una expresión aramea que puede leerse como «el Señor viene» o como «Señor nuestro, ven». La Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. la vierte en indicativo; el último capítulo del Apocalipsis la convierte en súplica: «El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22:20). Que los cristianos de lengua griega guardaran una oración aramea muestra cuán antigua y querida era. La esperanza de la venida no es un apéndice tardío de la fe; está en su primera respiración.
Cada vez que la iglesia parte el pan confiesa lo mismo: «Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Corintios 11:26). La mesa del Señor mira hacia atrás, a la cruz, y hacia adelante, a la venida. Entre esos dos puntos vive el pueblo de Dios.
Los credos más antiguos de la cristiandad recogieron esa fe sin adornos. El Credo de los Apóstoles confiesa que Cristo «subió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso; desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos». El Credo Niceno-constantinopolitano, del concilio de Constantinopla del año 381, añade: «y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin». Católicos romanos, ortodoxos y protestantes, que se han dividido en tantas cosas, recitan estas mismas frases. La segunda venida es patrimonio común de la fe cristiana, no la bandera de un grupo.
OBJECIONES QUE SE OYEN
Primera objeción: «Es un lenguaje simbólico; la venida de Cristo es su presencia espiritual en la iglesia o en la historia». Es verdad que Cristo está con su pueblo por el Espíritu todos los días hasta el fin del mundo, y es verdad que el Apocalipsis usa muchas figuras. Pero Hechos 1:11 no es una visión apocalíptica, sino un relato histórico, y su argumento depende precisamente del paralelo entre la partida y la vuelta: «así vendrá como le habéis visto ir». Si la partida fue corporal y visible, la vuelta también. Además, una presencia espiritual no resucita a los muertos ni transforma los cuerpos, y la Escritura une la venida con ambas cosas.
Segunda objeción: «Ya pasaron dos mil años; si no ha venido, no vendrá». Es exactamente el argumento de los burladores que Pedro anunció, y su respuesta sigue en pie: la medida del tiempo de Dios no es la nuestra, y la demora es paciencia para salvación. El mismo argumento podía hacerse durante los siglos entre la promesa del Génesis y el nacimiento en Belén, y la promesa se cumplió.
Tercera objeción: «Hablar de la venida y del juicio es meter miedo; el evangelio es buena noticia». La venida es parte de la buena noticia. Para el que está en Cristo, el Juez que viene es el mismo que murió por él, y «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1). Callar el juicio no hace más amable el evangelio; lo vuelve incomprensible, porque sin un juicio venidero no se entiende de qué nos salva la cruz. Jesús habló del día final más que ningún apóstol, y nadie lo acusó con justicia de falta de amor.
Cuarta objeción: «Si Cristo viene pronto, ¿para qué trabajar, estudiar, sembrar o formar una familia?». Algunos en Tesalónica pensaron así y dejaron de trabajar, y Pablo los corrigió con firmeza en su segunda carta. El Señor no dijo que los siervos se sentaran a mirar el camino, sino que los halló bienaventurados si estaban haciendo su trabajo cuando él llegara. Santiago usa la imagen del labrador: «Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía» (Santiago 5:7). El labrador que espera la lluvia no deja de arar; ara porque la espera.
Quinta objeción: «Lo importante es ir al cielo cuando uno muere; la venida es un detalle». La Escritura llama bienaventurada a esta esperanza, no a un detalle. Morir y estar con Cristo es muchísimo mejor, dice Pablo, pero no es todavía el final. El final es la resurrección del cuerpo, la redención de la creación y la presencia visible de Dios con su pueblo. La esperanza cristiana no es que el alma escape de la materia, sino que el Creador haga nuevas todas las cosas.
PARA QUÉ SE ABRE EL OÍDO
Esta doctrina no se escribió para satisfacer la curiosidad, sino para formar a un pueblo. Lo primero que hace es mostrarnos a Dios. El Dios de la segunda venida es fiel: lo que prometió en el huerto, lo que mostró a Daniel, lo que dijo su Hijo en el aposento alto, lo cumplirá al pie de la letra. Es justo: no dejará sin juicio la sangre de los mártires ni las lágrimas de los oprimidos. Es paciente: retiene su mano para que muchos procedan al arrepentimiento. Y es bueno: su última palabra no es la muerte, sino un tabernáculo con los hombres y una mano que enjuga las lágrimas. Quien conoce así a Dios no puede tratar la venida como un tema de debate.
Lo segundo que hace es convencer de pecado. La luz de aquel día cae ya sobre el presente y deja ver lo que somos. Ver al Señor que viene descubre el corazón que se ha acomodado al mundo, que ama más esta tierra que la nueva, que vive para el aplauso de hoy y no para la aprobación de aquel día. Descubre también el pecado contrario, el de la curiosidad que sabe mucho de profecía y poco de obediencia. Y descubre la pereza del siervo que dice en su corazón «mi señor tarda en venir». Juan dice que «todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro» (1 Juan 3:3); si la esperanza no purifica, hay que preguntarse si es esperanza o solo información.
Lo tercero es llamar al arrepentimiento. Pedro predicó en el templo: «Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas» (Hechos 3:19–21). Y Pablo en Atenas: Dios «ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hechos 17:30), y la razón que dio fue el día del juicio. El arrepentimiento que esta doctrina pide no es un susto pasajero, sino un cambio de dirección: dejar de vivir como si Cristo no fuera a volver.
Lo cuarto es la conversión, que es volverse a Dios para esperar a su Hijo. Pablo resumió así lo que había pasado en Tesalónica: se habían convertido de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero y esperar de los cielos a su Hijo. Servir y esperar son las dos manos de la misma vida nueva. El evangelio que salva es el que enseña, como dice Tito, a renunciar «a la impiedad y a los deseos mundanos», y a vivir «en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada» (Tito 2:12–13).
Lo quinto es mantenerse firme. «Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca» (Santiago 5:8). El creyente que sufre injusticia, el que entierra a un hijo, el que es despreciado por su fe, el que siente que el mal gana, necesita oír que la historia tiene un final y que ese final tiene nombre. El que persevera hasta el fin, dijo el Señor, ese será salvo. No persevera porque sea fuerte, sino porque el que viene es fiel, y porque, como escribió Pablo al final de su carrera, «me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida» (2 Timoteo 4:8).
SI AÚN NO CREES
Si lees esto sin haber puesto tu confianza en Cristo, la segunda venida no es para ti una curiosidad, sino una urgencia. Hebreos lo dice sin rodeos: «Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos» (Hebreos 9:27–28). Cada uno de nosotros tiene una cita que no puede cancelar. La pregunta no es si comparecerás ante Cristo, sino si comparecerás ante él como ante tu Salvador o solo como ante tu Juez.
La buena noticia es que el Juez vino primero como Cordero. «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado» (Juan 3:17–18). La paciencia de Dios que hoy retiene el día es para ti. Jesús comparó el tiempo de su venida con los días de Noé, cuando los hombres «comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos» (Lucas 17:27). El pecado de aquella generación no fue comer ni casarse, sino vivir como si el arca no existiera. Hoy la puerta está abierta. Arrepiéntete de tus pecados, confía en Cristo crucificado y resucitado, confiésalo con tu boca y, si no lo has hecho, pide ser bautizado en su nombre y únete a una iglesia que predique la Escritura. Entonces podrás decir con la esposa y con el Espíritu: ven.
EL QUE ESPERA EN LA CIUDAD
Volvamos al monte de los Olivos. Los once bajaron a Jerusalén, subieron al aposento alto y perseveraron unánimes en oración, con las mujeres, con María la madre de Jesús y con sus hermanos. Diez días después vino el Espíritu, Pedro predicó, y tres mil personas fueron bautizadas. La esperanza de la venida no los dejó mirando al cielo; los lanzó a las calles. «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14). Entre la nube que se lo llevó y la nube que lo traerá, la iglesia tiene una tarea: ser testigo.
Jesús describió al siervo que espera con una imagen doméstica: «Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida» (Lucas 12:35–36). Y añadió una promesa que ningún rey de la tierra ha hecho jamás a sus criados: «Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles» (Lucas 12:37). El Señor que viene en gloria es el mismo que se ciñó una toalla en el aposento alto. La última imagen de la esperanza no es un tribunal vacío ni un mapa de profecías, sino una mesa servida por las manos que llevan las marcas de los clavos.
Por eso la Biblia termina con una oración y no con una fecha. «Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22:20). Ταχύ (tachý, G5035) es «en breve», sin demora, de pronto. Desde la perspectiva del cielo, la venida está siempre a la puerta. Desde la nuestra, el modo de recibir esa palabra es responder con la iglesia de todos los siglos: sí, ven.
DECISIÓN PARA ESTA SEMANA
Esta semana voy a vivir un día entero como si el Señor fuera a volver antes de la noche. Por la mañana leeré en voz alta Hechos 1:9–11 y 1 Tesalonicenses 4:13–18, y escribiré en una hoja una sola cosa que haría distinto si supiera que hoy viene: un pecado que dejaría, una deuda que pagaría, una reconciliación que buscaría o una persona a la que le hablaría de Cristo. Antes de que termine la semana haré esa cosa. Se lo contaré a un hermano de mi iglesia, que me preguntará el domingo si lo hice, y terminaré cada noche con la oración más antigua de la iglesia: ven, Señor Jesús.
Alejandro Sirit · Editorial Cielo Efata · 2026
Fuentes, versiones y aviso de derechos
Editorial Cielo Efata · Alejandro Sirit · 2026
Texto bíblico
El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.
Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
Lenguas originales
- Hebreo: texto masorético del Códice de Leningrado, según la Biblia Hebraica Stuttgartensia © 1977/1997 Deutsche Bibelgesellschaft, Stuttgart. Se cita el versículo; no se reproduce la edición.
- Griego del Nuevo Testamento: Textus Receptus (Stephanus, 1550; Scrivener, 1894), de dominio público.
- Griego del Antiguo Testamento: Septuaginta, citada solo donde el Nuevo Testamento o el argumento la siguen. No se reproduce la edición de Rahlfs-Hanhart © 2006 Deutsche Bibelgesellschaft.
- Rollos del Mar Muerto: el gran rollo de Isaías (1QIsaª) y 4Q76 (4QXIIª), citados por su lectura publicada, solo donde confirman o precisan el sentido.
- Léxicos: Strong (1890), Thayer (1889) y Brown-Driver-Briggs (1906), de dominio público.
Comentaristas citados
Juan Calvino (traducciones de la Calvin Translation Society, siglo XIX) y Albert Barnes; en algunos tratados, también Matthew Henry, J. B. Lightfoot o J. C. Ryle. Todos de dominio público (Christian Classics Ethereal Library, ccel.org). Las traducciones al castellano son de esta editorial.
Derechos
Tratado © 2026 Alejandro Sirit, Editorial Cielo Efata. Todos los derechos reservados. La Escritura no pertenece al autor; el comentario, sí.
Las conclusiones doctrinales son de Alejandro Sirit y no comprometen a los editores de los textos citados.
2 P. 3:162 Pedro 3:16 · Neh. 8:8Nehemías 8:8: Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido.
V.E.R.D.A.D. · la última letra
Tu D: decisión de la semana
Santiago compara al que oye la Palabra y no la hace con un hombre que se mira al espejo y se va. Por eso este estudio no termina cuando se ha entendido el pasaje, sino cuando hay un paso concreto que sale de este texto, compartido con alguien de confianza que pueda preguntarte por él.
Escribe en el cuaderno qué te pide Hechos 1:9–11. No un propósito general, sino lo que este texto concretamente manda.
Stg. 1:22Santiago 1:22: Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. · Lc. 8:15Lucas 8:15
¿Qué verbo de Hechos 1:9–11 vas a obedecer, con qué acto, en qué fecha y ante qué testigo? Recorre las seis letras en RevelatiO o envíale tu D a tu testigo por WhatsApp.