Tratados
Un tratado toma un asunto que la Escritura entera enseña y lo sigue de libro en libro, con argumento ordenado, el hebreo y el griego cuando sostienen el argumento, y los intérpretes como siervos del texto. Lo que lo hace tratado es el enfoque, no la extensión: puede ser breve. Es para líderes, maestros y estudiosos.
2 Ti. 2:22 Timoteo 2:2 · He. 5:14Hebreos 5:14
Estudios y tratados: cuál leer y por qué
Todos los tratados
Tratado · 1 Corintios 1:18–31
Teología de la cruz
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
Pablo no ofrece una «teología de la cruz» como lema de escuela. Ofrece un tajo. La palabra de la cruz parte a la humanidad: locura para los que se pierden, poder para los que se salvan. El que se lleva el 18 como consign
Escudriñar el tratado: Teología de la cruzTratado · 1 Corintios 4:8–13
Teología de la gloria
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
Pablo no escribe un tratado contra el espectáculo: lo desnuda. Corinto ya se saciaba, ya era rica, ya reinaba —sin los apóstoles—. El que se lleva «teología de la gloria» como lema de combate aún no ha visto el 9: Dios e
Escudriñar el tratado: Teología de la gloriaTratado · Nehemías 8:8
El texto manda
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
V.E.R.D.A.D. —Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento y Decisión— no es una fórmula para recitar ni una técnica más. Es la manera en que leemos el capítulo completo, como el pueblo en tiempos de Nehemías, hasta entender lo que Dios dijo y obedecerlo.
Escudriñar el tratado: El texto mandaTratado · Hechos 1:9–11
Este mismo Jesús
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
«Así vendrá como le habéis visto ir al cielo» no es un gráfico de profecías ni una fecha para calcular, sino la promesa de Cristo mismo. Desde el monte de los Olivos hasta el «ven, Señor Jesús», este tratado sigue la promesa por toda la Escritura: venida personal y visible, resurrección, juicio y nueva creación, sin tomar partido sobre el milenio.
Escudriñar el tratado: Este mismo JesúsTratado · Juan 14–16
El Paráclito Eterno
TratadoPara líderes, maestros y estudiosos que quieren el tema por toda la Escritura.
El Espíritu Santo no es una energía que se activa, sino una Persona divina que el Padre envía en el nombre del Hijo para estar con los suyos para siempre. El Paráclito de Juan 14–16: otro Consolador, para siempre.
Escudriñar el tratado: El Paráclito Eterno
¿Buscaba los versículos muy citados?
Los escritos que devuelven un versículo muy citado al capítulo donde Dios lo puso son estudios breves: se dejan gobernar por un pasaje. Están ahora en la sección de estudios, con sus mismas direcciones.
Estudio breve · Discernimiento · no mordaza · Mateo 7:1–6
Publicado el 18 de octubre de 2026.
No juzguéis
EstudioPara todo creyente, grupos pequeños y el devocional diario.
Método V.E.R.D.A.D.«Lo que no encuentras en la Biblia, no esperes, no abandones, no busques a nadie: la misma Escritura te contesta.»
Abrir la Escritura en el lector compañero
MATEO 7:1–6: LA VIGA, LA PAJA Y LAS PERLAS
Estudio de la Serie Cielo Efata, Editorial Cielo Efata. Las citas castellanas siguen la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960, en cursiva y con referencia; el griego del Nuevo Testamento se lee según el Textus Receptus. El método es V.E.R.D.A.D.Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento, Decisión. El método de esta casa.: Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento, Decisión. Se abrieron para este estudio los comentarios de Juan Calvino a Mateo 7:1, 7:6 y Juan 7:24, y el de Matthew Henry a Mateo 7:1–6.
© 2026 Alejandro Sirit. Todos los derechos reservados. Citas bíblicas tomadas de la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960. El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
PÓRTICO
Pocos versículos se citan tanto fuera de la iglesia como este. Lo dice el que no quiere que nadie le pida cuentas, lo dice el que defiende una conducta que la Escritura llama pecado, y lo dice, a veces, el creyente que prefiere no meterse en problemas. «No juzguéis» se ha vuelto la frase que pone fin a cualquier conversación incómoda. Y sin embargo, el mismo Señor que la pronunció dijo pocos versículos después que conoceríamos a los falsos profetas por sus frutos, y que no diéramos lo santo a los perros. Algo no encaja en la manera en que se cita.
Este estudio no viene a quitarle filo al versículo, sino a devolvérselo. Mateo 7:1 no es una mordaza para la verdad, ni tampoco una licencia para la crítica. Es una palabra del Rey a sus discípulos, en medio del Sermón del Monte, que corta en dos direcciones: contra el que juzga con dureza a su hermano mientras se absuelve a sí mismo, y contra el que, en nombre de la tolerancia, ya no distingue lo santo de lo profano. Para oírla bien hay que sentarse en la ladera, entre la multitud, y escuchar el párrafo entero.
EL CONTRAHECHO
Hay tres maneras de torcer este texto, y conviene nombrarlas antes de abrirlo.
La primera es la del relativista. Para él, «no juzguéis» significa que nadie puede decir que algo está mal, que toda conducta es asunto privado y que el único pecado es señalar el pecado. Pero el Señor que dijo «no juzguéis» llamó hipócritas a los fariseos, advirtió contra los falsos profetas y mandó reprender al hermano que peca. Si el versículo prohibiera todo juicio moral, Jesús habría sido el primero en quebrantarlo. El relativista toma una frase del Señor para silenciar al resto de sus palabras.
La segunda es la del censor. Este no cita el versículo; lo ignora. Vive mirando la paja ajena, opina de la vida de todos, condena por un detalle, supone lo peor de cada intención y se siente más santo cuanto más defectos encuentra en los demás. Es el fariseo de la parábola, que oraba consigo mismo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano» (Lucas 18:11). A él va dirigido el filo principal del texto, y es el que menos lo oye.
La tercera es la del indiferente. No defiende el pecado ni lo condena; simplemente se desentiende. Usa «no juzguéis» como excusa para no amar, porque amar a un hermano que se extravía exige hablarle, y hablarle cuesta. El indiferente llama prudencia a lo que es cobardía. Pero la Escritura dice: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre» (Gálatas 6:1).
Calvino ya vio en su siglo el abuso del relativista. Comentando Mateo 7:1, escribió que estas palabras no contienen una prohibición absoluta de juzgar, sino que pretenden curar una enfermedad que parece natural a todos nosotros: la de halagarnos a nosotros mismos mientras pasamos una censura severa sobre los demás. Y añadió que se aplica muy mal este pasaje cuando se quiere hacer de la moderación que Cristo recomienda un pretexto para borrar toda distinción entre el bien y el mal.
PARA QUÉ SE ABRE
El oído se abre aquí para conocer a Dios como el único Juez. Santiago lo dice así: «Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?» (Santiago 4:12). El que juzga a su hermano con dureza ocupa un asiento que no es suyo. El Padre, dice Juan, «a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo» (Juan 5:22). El trono está ocupado, y no por nosotros.
Se abre también para convencer de pecado, y el primer pecado que este texto saca a la luz no es el del hermano, sino el propio. La viga está en mi ojo. El Espíritu no usa estos versículos para afinar mi puntería contra los demás, sino para volver la mirada hacia adentro. Por eso el arrepentimiento que pide no es prometer ser más tolerante, sino confesar el gusto secreto por los defectos ajenos, la lengua que murmura, la sospecha que se adelanta a los hechos y la severidad con otros que nunca se aplica a uno mismo.
La conversión que el texto describe es pasar del asiento del juez al lugar del publicano, que «estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18:13). Solo desde ese lugar se puede después, con mansedumbre, ayudar al hermano con su paja. Y el texto forma también la firmeza: el discípulo que ha sacado su viga no se vuelve ingenuo, sino que aprende a distinguir lo santo, a guardar las perlas y a no dejarse arrastrar por quienes desprecian la verdad.
SI AÚN NO CREES
Si todavía no has creído en Cristo, puede que hayas usado este versículo como escudo, o que hayas sido herido por cristianos que juzgaban sin misericordia. Las dos cosas son posibles, y el Señor no las justifica. Pero hay algo que este texto no te permite: pensar que, porque los hombres no deben juzgarte con dureza, Dios tampoco te juzgará. La frase entera dice «para que no seáis juzgados»: hay un juicio que viene, y nadie escapa de él. Dios «ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó» (Hechos 17:31).
La buena noticia es que ese Juez es el mismo que cargó con el juicio. «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8). Isaías lo había anunciado: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5). El que cree en él no es condenado. No necesitas defenderte del juicio de los hombres ni del de Dios con una frase; necesitas un Salvador. Arrepiéntete, cree en Cristo, confiésalo, sé bautizado en su nombre y únete a una iglesia donde la Escritura se predique con verdad y con misericordia.
EL MONTE Y LA MEDIDA
El Sermón del Monte no es una colección de consejos sueltos. Comienza con las bienaventuranzas, y la primera dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5:3). Todo lo que sigue se dirige a gente que ya ha reconocido su pobreza delante de Dios. En el capítulo cinco, el Señor advierte que la justicia de sus discípulos debe ser mayor que la de los escribas y fariseos. En el seis, denuncia la piedad que se exhibe: la limosna con trompeta, la oración en las esquinas, el ayuno con rostro demudado. Y al llegar al siete, el Señor toca otra forma de la misma hipocresía: la del que se mide con una vara benévola y mide a los demás con otra implacable.
«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido» (Mateo 7:1–2). El verbo es κρίνω (krínō, G2919). Su campo es amplio: distinguir, evaluar, decidir, y también condenar. El contexto decide qué sentido tiene. Aquí el imperativo presente, κρίνετε (krínete), describe una práctica, un hábito: no viváis juzgando. El Señor no prohíbe pensar ni evaluar, sino erigirse en tribunal permanente de la vida ajena. Y la razón que da es seria: el que juzga así será juzgado. El pasivo κριθῆτε (krithēte) apunta, con toda probabilidad, al juicio de Dios, aunque también se cumple en la manera en que los hombres devuelven lo que reciben.
La segunda frase lo confirma con una imagen del mercado. Μέτρον (métron, G3358) es la medida, la vasija con que se vendía el grano. Ἀντιμετρέω (antimetréō, G488), «os será medido», es literalmente «medir de vuelta». Con la misma vasija con que sirves, se te servirá. Lucas, al recoger palabras semejantes del Señor, las pone junto a la misericordia: «Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados» (Lucas 6:36–37). La medida no es un mecanismo de premios, sino el reflejo de un corazón. El que ha recibido misericordia y la niega a otros muestra que no ha entendido lo que recibió. Así lo enseñó el Señor sobre el perdón: «mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mateo 6:15).
Pablo hizo el mismo argumento en Romanos: «Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo» (Romanos 2:1). El que condena en otro lo que tolera en sí mismo firma su propia sentencia. Su vara lo mide a él.
LA PAJA Y LA VIGA
Entonces el Señor pinta una escena que debió de hacer reír a sus oyentes, como hace sonreír a cualquiera que la imagina. «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?» (Mateo 7:3–4).
Κάρφος (kárphos, G2595) es una brizna seca, una astilla, una pajita. Δοκός (dokós, G1385) es una viga de madera, de las que sostenían el techo de una casa. Jesús, criado en el taller de un carpintero, conocía bien la diferencia. El cuadro es absurdo a propósito: un hombre con un madero saliéndole del ojo se inclina con cuidado para quitarle una astilla a su vecino. Los verbos también hablan. Βλέπεις (blépeis, G991), «miras», es ver sin más; κατανοεῖς (katanoeîs, G2657), «echas de ver», es observar con atención, considerar a fondo. El censor tiene una mirada rápida para lo ajeno y ninguna atención para lo propio.
Nótese que el Señor llama al otro «tu hermano». No habla aquí de juzgar al mundo, sino de la vida entre discípulos. Y no niega que el hermano tenga una paja. La paja es real. El problema no es verla, sino verla desde detrás de una viga y sin dolor por la propia.
«¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mateo 7:5). Ὑποκριτής (hypokritḗs, G5273) era el actor de teatro, el que hablaba detrás de una máscara. El hipócrita representa el papel del médico de ojos mientras él mismo está ciego. Pero lo más importante del versículo está en su segunda mitad, que el relativista nunca cita: «y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano». El Señor no dice «deja la paja en paz». Dice «primero tu viga, y entonces ayúdale con la suya». El verbo διαβλέψεις (diablépseis, G1227) significa ver con claridad, ver a través. El orden importa: arrepentimiento propio primero, servicio al hermano después. Quitar la paja del ojo ajeno es un acto delicado; nadie deja que le toquen el ojo alguien que lo trata con desprecio. Solo el que ha sentido el dolor de su propia viga tiene la mano suave que esa tarea necesita.
Matthew Henry, comentando el pasaje, observa que las palabras del Señor se dirigen a personas particulares, a sus discípulos, y no anulan el oficio de los magistrados ni el de los ministros, a quienes corresponde juzgar en su esfera. Y enumera con cuidado lo que el texto prohíbe: juzgar temerariamente, sin fundamento; juzgar sin caridad, sin misericordia o con espíritu de venganza; juzgar el estado de un hombre por un solo acto; y sacar de las palabras y acciones de otros conclusiones odiosas que no permiten.
LO SANTO Y LAS PERLAS
Y justo cuando el oyente podría pensar que el Señor ha prohibido todo discernimiento, añade una frase que exige discernir: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen» (Mateo 7:6).
Para un oído judío, perros y cerdos eran animales inmundos. Lo santo, τὸ ἅγιον (tò hágion, G40), evoca la carne consagrada del sacrificio, que no podía echarse a los perros de la calle. Las perlas, μαργαρίτας (margarítas, G3135), eran joyas de gran valor; el Señor mismo comparará el reino con una perla preciosa. El cerdo no entiende el valor de la perla; la pisotea porque no se come, y se revuelve contra quien se la echó. Καταπατέω (katapatéō, G2662), «pisotear», se usa también en sentido figurado para despreciar con desdén. Y ῥήγνυμι (rhḗgnymi, G4486), «despedazar», es romper con violencia.
¿Quiénes son los perros y los cerdos? No son simplemente los incrédulos, porque el Señor mandó predicar el evangelio a toda criatura. Calvino lo explica con equilibrio: los ministros del evangelio no pueden distinguir de antemano entre los hijos de Dios y los cerdos, y por eso deben presentar la doctrina de salvación a todos sin distinción. La caridad prohíbe declarar desesperado a nadie de inmediato. Los nombres de perros y cerdos, dice, no se dan a cualquier pecador, sino a los que, con pruebas claras, han manifestado un desprecio obstinado por la verdad. Proverbios ya lo enseñaba: «No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; Corrige al sabio, y te amará» (Proverbios 9:8). Y en otro lugar: «No hables a oídos del necio, Porque menospreciará la prudencia de tus razones» (Proverbios 23:9).
Mateo 7:6 cierra la puerta al malentendido del relativista. Para obedecer este versículo hay que formar un juicio: reconocer cuándo una persona está burlándose de lo santo y no buscándolo. El mismo Señor que prohibió el juicio hipócrita manda el juicio prudente. Y unos versículos más adelante lo hará explícito: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:15–16). No se puede reconocer a un lobo sin evaluar sus frutos.
Entre la viga del versículo cinco y las perlas del seis no hay contradicción, sino equilibrio. El primero corrige al que juzga demasiado; el segundo, al que no discierne nada. Ambos se resumen en la regla de oro que el Señor dará poco después: «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas» (Mateo 7:12). Nadie quiere ser condenado por una sospecha, pero todos agradeceremos un día que alguien nos haya advertido con amor antes de caer.
LABORATORIO V.E.R.D.A.D.Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento, Decisión. El método de esta casa.
El método de la casa no se aplica para ganar discusiones con un versículo, sino para que el versículo vuelva a su párrafo y el párrafo nos juzgue a nosotros primero.
V — VER
Se leen los versículos uno al doce, tres veces y en voz alta, sin detenerse en el primero. En la tercera lectura se marcan las palabras que se repiten: juzgar, medida, ojo, hermano, paja, viga. Se nota el giro del versículo seis, donde de pronto aparecen lo santo, las perlas, los perros y los cerdos. Se ve que el párrafo contiene una prohibición, una imagen, un mandato con orden («saca primero… y entonces») y una advertencia de discernimiento. Quien solo ve el versículo uno no ha visto el texto.
E — ENTORNO
El género es discurso de enseñanza, dentro del Sermón del Monte, el primero de los cinco grandes discursos de Mateo. Los oyentes son los discípulos, con la multitud alrededor. Antes del párrafo están las denuncias de la piedad exhibida y la llamada a no afanarse; después vienen la oración confiada, la regla de oro, las dos puertas, los falsos profetas y las dos casas. El contraste constante del sermón es entre la justicia aparente de los escribas y fariseos y la justicia del reino, que nace en el corazón. Mateo 7:1–6 aplica ese contraste a la manera de tratar las faltas ajenas.
R — REVELACIÓN
Cada palabra sirve al párrafo. Κρίνω, en imperativo presente, prohíbe el hábito de condenar, no el acto de evaluar. Μέτρον y ἀντιμετρέω dicen que la vara vuelve sobre el que la usa. Κάρφος y δοκός miden la desproporción entre la falta ajena y la propia. Βλέπω y contrastan la mirada ligera hacia fuera y la atención que se niega hacia dentro. Ὑποκριτής desenmascara al actor. Διαβλέπω promete vista clara al que se arrepiente. Τὸ ἅγιον y μαργαρίτης guardan el valor de lo santo frente al desprecio.
D — DOCTRINA
La Escritura interpreta la Escritura, y aquí lo hace con precisión. Jesús mismo mandó juzgar bien: «No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio» (Juan 7:24). Calvino comenta que el juicio nunca será recto si no se regula por la verdad del hecho, porque cuando los hombres miran a las personas, la verdad se desvanece. Pablo reprendió a los corintios por no juzgar a un hermano en pecado escandaloso: «¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?» (1 Corintios 5:12). Y el Señor dio el camino para hacerlo: «Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano» (Mateo 18:15).
Al mismo tiempo, la Escritura prohíbe el juicio que usurpa el lugar de Dios. «¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae» (Romanos 14:4). En asuntos de conciencia, donde la Palabra no ha mandado ni prohibido, el creyente no debe condenar a su hermano. «Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo» (Romanos 14:10). Tampoco debe juzgar las intenciones ocultas: «Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones» (1 Corintios 4:5). Y debe guardarse de la murmuración: «Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley» (Santiago 4:11).
La doctrina que resulta es clara. Hay un juicio prohibido: el que condena sin fundamento, juzga intenciones, legisla donde Dios no legisló, se exime a sí mismo y busca rebajar al otro. Y hay un juicio mandado: el que discierne la verdad del error, reconoce los frutos, corrige al hermano con mansedumbre, ejerce la disciplina de la iglesia y protege lo santo. La diferencia no está en si se evalúa, sino en quién ocupa el centro: el yo que se exalta o Cristo que restaura. El modelo es Natán ante David, que no murmuró del rey a sus espaldas, sino que fue enviado por Dios a decirle a la cara, con una parábola que tocaba el corazón: «Tú eres aquel hombre» (2 Samuel 12:7). Y David se arrepintió.
En el centro de todo está la cruz. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1). El creyente que sabe que su propia viga fue juzgada en el cuerpo de Cristo no puede mirar con desprecio la paja de su hermano. Y el mismo creyente, precisamente porque ama a su hermano como Cristo lo amó, no puede dejarlo con la paja en el ojo. La gracia que nos libra de la condenación es la que nos obliga a la restauración. El apóstol lo resume: «siguiendo la verdad en amor» (Efesios 4:15).
A — ARGUMENTO
Primera objeción: «Jesús dijo no juzguéis; por tanto, nadie puede decir que algo es pecado». Se responde con el mismo párrafo: Jesús manda sacar la paja del hermano después de sacar la viga, y manda distinguir lo santo de los perros. Se responde también con el resto del capítulo: «por sus frutos los conoceréis». Decir que algo es pecado cuando la Escritura lo llama pecado no es juzgar al modo prohibido, sino repetir el juicio de Dios.
Segunda objeción: «Solo Dios conoce el corazón; por tanto, no puedo evaluar a nadie». Es cierto que solo Dios conoce el corazón, y por eso no juzgamos intenciones ocultas. Pero las acciones y las palabras son visibles, y el Señor nos manda evaluarlas. Juzgar el fruto no es juzgar la raíz secreta; es reconocer lo que está a la vista.
Tercera objeción: «Primero tengo que ser perfecto para corregir a alguien». El texto no dice eso. Dice «saca primero la viga», no «sé perfecto». Sacar la viga es arrepentirse sinceramente de lo propio, no alcanzar la impecabilidad. Si hubiera que ser perfecto, nadie podría obedecer Gálatas 6:1, que manda restaurar al caído «considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».
Cuarta objeción: «Si veo un pecado en mi hermano, lo correcto es hablarlo con otros para que oren». La Escritura llama a eso murmuración. El camino del Señor es ir primero a solas, con humildad, y solo si no hay arrepentimiento, seguir los pasos de Mateo 18. Contar la paja ajena a terceros es una forma de juzgar que no busca restaurar.
Quinta objeción: «Discernir quiénes son perros y cerdos es demasiado peligroso; mejor no hacerlo». El peligro existe, y Calvino advierte contra declarar a nadie desesperado demasiado pronto. Pero el Señor dio el mandato, y desobedecerlo también tiene consecuencias: lo santo pisoteado y el discípulo despedazado. La prudencia no es dureza; es amor a lo santo y a las personas.
D — DECISIÓN
El indicativo gobierna: Cristo cargó con el juicio que merecía mi viga, y en él no hay condenación para mí. El imperativo nace de ahí: puesto que he sido juzgado y perdonado en la cruz, no tengo asiento de juez sobre mi hermano, pero sí tengo un deber de amor hacia él. La decisión de esta semana no es abstracta. Es nombrar, delante de Dios, una persona a la que he juzgado con dureza o de la que he murmurado, confesar ese pecado y, si corresponde, pedir perdón. Y es nombrar también, si la hay, una persona a la que he dejado sola con su paja por cobardía, para ir a ella con mansedumbre, después de haber orado sobre mi propia viga.
PREGUNTAS QUE HACEN RESONAR LO OÍDO
La primera pregunta es qué prohíbe el versículo uno, y la respuesta es el hábito de condenar a otros con una vara que no aplicamos a nosotros mismos, juzgando sin fundamento, sin misericordia o usurpando el lugar de Dios. La segunda es qué manda el versículo cinco, y la respuesta es un orden: primero mi arrepentimiento, después la ayuda al hermano. La tercera es por qué el versículo seis exige discernimiento, y la respuesta es que no se puede guardar lo santo sin reconocer a quien lo desprecia. La cuarta es cómo se armonizan Mateo 7:1 y Juan 7:24, y la respuesta es que ambos condenan el juicio superficial y ambos piden el juicio justo. La quinta es dónde está Cristo en este texto, y la respuesta es que él es el Juez a quien todo juicio fue dado, el que cargó con la condenación de los suyos y el que restaura con mansedumbre. La sexta, la más personal, es cuál es hoy mi viga.
CIERRE
Este estudio se cierra en una ladera de Galilea, no en un tribunal de redes sociales. El Señor habló a gente pobre en espíritu, y lo que dijo sigue cortando en dos direcciones. Al censor le dice que mire su propio ojo, que deje de buscar astillas ajenas con un madero en la cara y que se acuerde de que la vara con que mide lo medirá a él. Al relativista y al indiferente les dice que la paja del hermano es real, que lo santo tiene valor y que el amor no deja a nadie solo frente a su pecado.
¿Qué convence el Espíritu Santo cuando Mateo 7:1 vuelve a su párrafo? Convence del pecado de sentarse en el trono que solo pertenece a Cristo, y del pecado de callar cuando el amor exige hablar. Llama al arrepentimiento de la lengua que murmura y del corazón que se complace en los defectos ajenos. Lleva a la conversión, que es bajar del estrado y ponerse junto al publicano. Y forma una firmeza humilde, capaz de decir la verdad sin despreciar, y de reconocer el error sin dejar de amar. Quien ha visto su viga a la luz de la cruz ya no puede reírse de la paja ajena, pero tampoco puede ignorarla.
DECISIÓN PARA ESTA SEMANA
Confieso delante de Dios el juicio duro que he hecho de una persona concreta, la escribo con su nombre en una hoja y pido perdón al Señor por mi viga. Antes del domingo, si mi juicio se convirtió en palabras, le pediré perdón a esa persona o a quienes oyeron mi murmuración. Y si hay un hermano al que dejé solo con su pecado por miedo, oraré por él tres días y luego iré a hablarle a solas, con mansedumbre, para ganarlo y no para vencerlo. Se lo diré a un testigo de mi iglesia, que me preguntará si lo hice.
Alejandro Sirit · Editorial Cielo Efata · 2026
Fuentes, versiones y aviso de derechos
Editorial Cielo Efata · Alejandro Sirit · 2026
Texto bíblico
El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.
Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
Lenguas originales
- Hebreo: texto masorético del Códice de Leningrado, según la Biblia Hebraica Stuttgartensia © 1977/1997 Deutsche Bibelgesellschaft, Stuttgart. Se cita el versículo; no se reproduce la edición.
- Griego del Nuevo Testamento: Textus Receptus (Stephanus, 1550; Scrivener, 1894), de dominio público.
- Griego del Antiguo Testamento: Septuaginta, citada solo donde el Nuevo Testamento o el argumento la siguen. No se reproduce la edición de Rahlfs-Hanhart © 2006 Deutsche Bibelgesellschaft.
- Rollos del Mar Muerto: el gran rollo de Isaías (1QIsaª) y 4Q76 (4QXIIª), citados por su lectura publicada, solo donde confirman o precisan el sentido.
- Léxicos: Strong (1890), Thayer (1889) y Brown-Driver-Briggs (1906), de dominio público.
Comentaristas citados
Juan Calvino (traducciones de la Calvin Translation Society, siglo XIX) y Albert Barnes; en algunos tratados, también Matthew Henry, J. B. Lightfoot o J. C. Ryle. Todos de dominio público (Christian Classics Ethereal Library, ccel.org). Las traducciones al castellano son de esta editorial.
Derechos
Tratado © 2026 Alejandro Sirit, Editorial Cielo Efata. Todos los derechos reservados. La Escritura no pertenece al autor; el comentario, sí.
Las conclusiones doctrinales son de Alejandro Sirit y no comprometen a los editores de los textos citados.
2 P. 3:162 Pedro 3:16 · Neh. 8:8Nehemías 8:8: Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido.
V.E.R.D.A.D. · la última letra
Tu D: decisión de la semana
Santiago compara al que oye la Palabra y no la hace con un hombre que se mira al espejo y se va. Por eso este estudio no termina cuando se ha entendido el pasaje, sino cuando hay un paso concreto que sale de este texto, compartido con alguien de confianza que pueda preguntarte por él.
Escribe en el cuaderno qué te pide Mateo 7:1–6. No un propósito general, sino lo que este texto concretamente manda.
Stg. 1:22Santiago 1:22: Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. · Lc. 8:15Lucas 8:15
¿Qué verbo de Mateo 7:1–6 vas a obedecer, con qué acto, en qué fecha y ante qué testigo? Recorre las seis letras en RevelatiO o envíale tu D a tu testigo por WhatsApp.