Curso Experto Bíblico · Día 10
Si Cristo no resucitó: apologética de la resurrección a partir de primera de Corintios quince
Escuela Bíblica Cielo Efata · Dr. (h. c.) Alejandro Sirit
Introducción
Llegamos al día diez, que cierra la primera serie de esta escuela. Hemos estudiado la autoridad de la Escritura, su canon, sus lenguas, los principios para interpretarla, la exégesis de Juan uno y el panorama de Génesis. Hoy vamos a estudiar el acontecimiento sobre el que descansa todo lo demás: la resurrección corporal de Jesucristo. Y lo haremos desde dos ángulos a la vez. Por un lado, haremos una lectura atenta de primera de Corintios quince, el capítulo más extenso de la Biblia sobre la resurrección. Por otro lado, aprenderemos apologética, es decir, cómo presentar y defender con razones la verdad de la fe.
La palabra apologética viene del griego apología, ge seiscientos veintisiete, que el diccionario de Strong explica como un alegato, una defensa. No significa pedir disculpas, como la palabra española apología podría sugerir a algunos, sino presentar una defensa razonada, como un abogado ante un tribunal. Escucha el mandato del apóstol Pedro.
«sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;» Así dice primera de Pedro, capítulo tres, versículo quince.
Fíjate en tres cosas de este versículo. Primera, la apologética comienza en el corazón: santificad a Dios el Señor en vuestros corazones. El que defiende la fe debe primero adorar al Señor que defiende. Segunda, la defensa es para todos, no solo para los teólogos profesionales: estad siempre preparados. Tercera, la manera importa tanto como el contenido: con mansedumbre y reverencia. Una defensa arrogante de la verdad puede ganar una discusión y perder a una persona. La apologética bíblica no es una pelea, sino un servicio.
¿Por qué estudiar la resurrección en una lección de apologética? Porque es el centro de la fe cristiana, y porque el mismo apóstol Pablo la presenta como un hecho histórico que se puede examinar. El cristianismo no se basa solo en enseñanzas morales, que podrían ser verdaderas aunque su maestro no hubiera existido. Se basa en un acontecimiento: Jesús de Nazaret murió, fue sepultado y resucitó al tercer día. Si eso ocurrió, el cristianismo es verdadero. Si no ocurrió, el mismo Pablo dice que nuestra fe es vana.
La lección tiene siete partes. Primero, el contexto de primera de Corintios quince. Segundo, el evangelio que Pablo recibió y transmitió, versículos uno al once. Tercero, los testigos de la resurrección. Cuarto, qué pasaría si Cristo no hubiera resucitado, versículos doce al diecinueve. Quinto, las primicias y el orden de la resurrección, versículos veinte al veintiocho. Sexto, el cuerpo de la resurrección, versículos treinta y cinco al cuarenta y nueve. Y séptimo, la victoria sobre la muerte, versículos cincuenta al cincuenta y ocho. Al final, algunas respuestas a objeciones comunes, el repaso y la oración.
Primera parte. El contexto
Corinto era una ciudad griega, rica, cosmopolita y famosa por su inmoralidad. Pablo fundó allí una iglesia en su segundo viaje misionero, como narra Hechos dieciocho, y permaneció un año y medio enseñando. Unos años después, desde Éfeso, escribió esta carta para responder a varios problemas de la iglesia: divisiones, inmoralidad, pleitos entre hermanos, preguntas sobre el matrimonio, sobre la comida ofrecida a los ídolos, sobre el culto y los dones espirituales.
Y en el capítulo quince llega a un problema doctrinal grave. Escucha el versículo doce.
«Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículo doce.
¿Cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Algunos miembros de la iglesia de Corinto negaban la resurrección de los muertos. No sabemos con exactitud qué pensaban, y los estudiosos han propuesto varias posibilidades. Es probable que estuvieran influidos por una idea muy extendida entre los griegos: que el cuerpo es una cárcel del alma, y que la salvación consiste en que el alma se libere del cuerpo para siempre. Para muchos griegos, la idea de que un cuerpo muerto volviera a la vida era absurda, y hasta indeseable. Recordemos que en Atenas, cuando Pablo habló de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, como narra Hechos diecisiete, treinta y dos.
Pablo responde a ese problema con el capítulo más largo de la carta. Y fíjate que no empieza con un argumento filosófico, sino con el evangelio y con los testigos. Ese es el primer principio de la apologética bíblica: empezar con los hechos que Dios ha hecho en la historia.
Segunda parte. El evangelio que Pablo recibió y transmitió
Escucha los primeros versículos del capítulo.
«Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos uno al cuatro.
Os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado. Evangelio es euangélion, ge dos mil noventa y ocho, que el diccionario de Strong explica como un buen mensaje, el evangelio. Y fíjate en lo que Pablo dice de ese evangelio: lo recibieron, en él perseveran, y por él son salvos, si retienen la palabra que les fue predicada. Es decir, la resurrección no es un tema secundario, que se pueda negar sin consecuencias; forma parte del mismo evangelio que salva.
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí. Aquí hay dos verbos técnicos muy importantes. Enseñar, en este versículo, traduce paradídomi, ge tres mil ochocientos sesenta, que el diccionario de Strong explica como entregar, confiar, transmitir. Y recibir es paralambáno, ge tres mil ochocientos ochenta, que explica como recibir junto a sí, y figuradamente aprender. Estos dos verbos se usaban en el judaísmo de la época para la transmisión cuidadosa de una enseñanza, de maestro a discípulo, palabra por palabra. Pablo está diciendo: no os di algo que yo inventé; os transmití fielmente lo que yo mismo recibí.
¿Y qué es lo que Pablo recibió? Cuatro afirmaciones, unidas por la palabra que: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado; que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Muchos estudiosos, incluso algunos que no son creyentes, reconocen que estas frases tienen la forma de una confesión de fe muy antigua, que circulaba en la iglesia antes de que Pablo escribiera esta carta. Las frases son breves, equilibradas, fáciles de memorizar; y el nombre Cefas, que es la forma aramea del nombre de Pedro, sugiere un origen en las primeras comunidades de habla aramea.
Esto tiene una enorme importancia apologética. La primera carta a los Corintios fue escrita, según la opinión más común de los estudiosos, unos veinte o veinticinco años después de la crucifixión. Y Pablo dice que él había recibido esta confesión antes, probablemente en los primeros años después de su conversión, cuando visitó a Pedro y a Jacobo en Jerusalén, como cuenta en Gálatas uno, dieciocho y diecinueve. Esto significa que la creencia en la muerte, sepultura, resurrección y apariciones de Jesús no fue una leyenda que se desarrolló lentamente durante siglos, sino que estaba presente desde el principio, cuando muchos testigos todavía vivían. Hay que ser prudentes con las fechas exactas, que los estudiosos discuten; pero el hecho general es ampliamente reconocido.
Fíjate también en la expresión conforme a las Escrituras, que aparece dos veces. La muerte y la resurrección de Cristo no fueron un accidente, sino el cumplimiento del plan de Dios anunciado en el Antiguo Testamento. ¿Qué Escrituras tenía en mente Pablo? Probablemente pasajes como Isaías cincuenta y tres, que anuncia que el siervo sería herido por nuestras rebeliones, y que después de poner su vida en expiación por el pecado, vería linaje y vivirá por largos días. O el salmo dieciséis, que Pedro citó el día de Pentecostés. Escucha.
«Porque no dejarás mi alma en el Seol, Ni permitirás que tu santo vea corrupción.» Así dice Salmos, capítulo dieciséis, versículo diez.
Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Seol es hache siete mil quinientos ochenta y cinco, que el diccionario de Strong explica como el mundo de los muertos. Pedro explicó en Hechos dos que David no podía hablar de sí mismo, porque murió, fue sepultado, y su sepulcro estaba con ellos hasta ese día. David, siendo profeta, habló de la resurrección de Cristo. Y en cuanto al tercer día, el mismo Señor Jesús comparó su sepultura con los tres días de Jonás en el vientre del gran pez. Algunos estudiosos señalan también Oseas seis, dos: nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará. Conviene presentar este último texto con prudencia, porque en su contexto habla de Israel; pero muestra que el tercer día era, en las Escrituras, un día de restauración.
Y fíjate en un detalle más: que fue sepultado. Pablo lo menciona como un punto aparte de la confesión. Sepultar es tháptō, ge dos mil doscientos noventa, que el diccionario de Strong explica como celebrar los ritos funerarios, enterrar. La mención de la sepultura subraya que Jesús murió de verdad, no que se desmayó; y, como veremos, implica que había un sepulcro concreto, que podía ser verificado.
Tercera parte. Los testigos
Escucha ahora la lista de testigos.
«y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos cinco al ocho.
Apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.
El verbo apareció es una forma pasiva del verbo ver, que el diccionario de Strong clasifica bajo optánomai, ge tres mil setecientos, y que explica como mirar con los ojos bien abiertos, como ante algo notable. La forma usada aquí significa literalmente fue visto, se dejó ver. No se trata de un sentimiento interior, ni de una idea que los discípulos tuvieron, sino de alguien que se dejó ver.
Fíjate en la variedad de los testigos. Hay individuos, como Pedro y Jacobo. Hay grupos, como los doce y todos los apóstoles. Y hay una multitud de más de quinientos hermanos a la vez. Esto es importante, porque una experiencia privada podría explicarse como una ilusión, pero es muy difícil explicar así una aparición a cientos de personas al mismo tiempo. Y Pablo añade un detalle que tiene un enorme valor apologético: de los cuales muchos viven aún. Es como si dijera a los corintios: si no me creéis, id a preguntarles. Ningún escritor que inventara una historia invitaría a sus lectores a verificarla con testigos vivos.
Fíjate también en dos testigos especiales. El primero es Jacobo. El contexto de la iglesia primitiva nos permite saber que se trata de Jacobo, el hermano del Señor, que llegaría a ser un líder de la iglesia de Jerusalén, como vemos en Hechos quince. Pero los evangelios nos dicen que, durante el ministerio de Jesús, sus hermanos no creían en él, como dice Juan siete, cinco. ¿Qué convirtió a un hermano escéptico en un líder de la iglesia, dispuesto a morir por su fe? Pablo da la respuesta: después apareció a Jacobo.
El segundo testigo especial es el mismo Pablo. Escucha cómo se describe.
«Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos nueve al diez.
Pablo no era un seguidor de Jesús que esperaba verlo resucitado. Era un perseguidor de la iglesia, un enemigo convencido. Y algo cambió su vida de manera radical en el camino a Damasco: el Señor resucitado se le apareció. Pablo pasó de perseguidor a apóstol, y sufrió cárceles, azotes, naufragios y, según una tradición muy antigua, la muerte, por anunciar a ese Jesús que antes perseguía. Fíjate también en su humildad: soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy. Y he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Trabajo es kópos, ge dos mil ochocientos setenta y tres, que el diccionario de Strong explica como un corte, y por analogía un trabajo agotador. La resurrección no produjo en Pablo orgullo, sino gracia y trabajo.
Aquí conviene añadir un dato que Pablo no menciona en esta lista, pero que los evangelios registran: las primeras testigos de la tumba vacía y del Señor resucitado fueron mujeres, como María Magdalena. En aquella cultura, el testimonio de una mujer tenía poco peso en un tribunal. Si alguien hubiera inventado la historia para hacerla creíble, difícilmente habría puesto a mujeres como primeras testigos. Muchos estudiosos ven en este detalle una señal de que los evangelistas registraron lo que realmente ocurrió, aunque no les favoreciera.
Testigo, en griego, es mártys, ge tres mil ciento cuarenta y cuatro, que el diccionario de Strong explica como un testigo, en sentido judicial o figurado, y por analogía un mártir. Esta es la última línea de la evidencia: los testigos de la resurrección estuvieron dispuestos a sufrir y, en muchos casos según tradiciones antiguas, a morir por su testimonio. Muchas personas han muerto por algo que creían verdadero aunque fuera falso. Pero los apóstoles estaban en una situación única: si la resurrección hubiera sido un invento, ellos lo habrían sabido. La gente no suele entregar su vida por algo que sabe que es mentira.
Cuarta parte. Si Cristo no resucitó
Ahora Pablo hace algo muy interesante desde el punto de vista lógico. En lugar de seguir dando pruebas, se pone en el lugar de los que niegan la resurrección, y saca las consecuencias. Escucha.
«Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos trece al diecinueve.
Este es un argumento que en lógica se llama reducción al absurdo: aceptar por un momento la idea del adversario, y mostrar las consecuencias inaceptables que tiene. Pablo enumera por lo menos seis consecuencias de negar la resurrección.
Primera consecuencia: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Los corintios querían creer en Cristo, pero negar la resurrección en general. Pablo les muestra que eso es imposible: si los muertos no pueden resucitar, entonces Cristo, que murió, tampoco resucitó.
Segunda consecuencia: si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana es también vuestra fe. Vana, en el versículo catorce, es kenós, ge dos mil setecientos cincuenta y seis, que el diccionario de Strong explica como vacío, literal o figuradamente. Una predicación sin resurrección es una caja vacía, un sobre sin carta.
Tercera consecuencia: los apóstoles serían hallados falsos testigos de Dios, porque habrían testificado que Dios resucitó a Cristo, cuando no lo hizo. Pablo no deja lugar para una posición intermedia, como la de quienes dicen que la resurrección es un símbolo, o una manera de expresar que el mensaje de Jesús sigue vivo. Para Pablo, o Dios resucitó a Cristo, o los apóstoles mintieron sobre Dios.
Cuarta consecuencia: si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Aquí, en el versículo diecisiete, la palabra vana es otra: mátaios, ge tres mil ciento cincuenta y dos, que el diccionario de Strong explica como vacío, sin provecho, y también un ídolo. Una fe en un Cristo muerto sería tan inútil como la fe en un ídolo. Y fíjate en la razón: aún estáis en vuestros pecados. ¿Por qué? Porque la resurrección es la prueba de que Dios aceptó el sacrificio de Cristo. Pablo dice en Romanos cuatro, veinticinco, que Cristo fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación. Si Cristo hubiera quedado en la tumba, no tendríamos ninguna garantía de que su muerte pagó nuestros pecados.
Quinta consecuencia: también los que durmieron en Cristo perecieron. Si no hay resurrección, los creyentes que han muerto están perdidos para siempre. Fíjate en la palabra durmieron. Es koimáo, ge dos mil ochocientos treinta y siete, que el diccionario de Strong explica como hacer dormir, y figuradamente morir. Los cristianos llamaron dormir a la muerte de los creyentes, porque el sueño es temporal, y quien duerme se despierta. De esta misma raíz griega viene la palabra cementerio, que significa dormitorio, el lugar donde duermen los que esperan la resurrección.
Y sexta consecuencia: si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. Si no hay resurrección, los cristianos que sufren persecución, que renuncian al pecado, que se sacrifican por otros, serían dignos de lástima, porque habrían perdido su vida por nada.
Este pasaje es de una honestidad impresionante. Pablo no dice que la fe cristiana sea útil aunque no sea verdadera. Dice que, si la resurrección no ocurrió, el cristianismo no sirve para nada. Ninguna otra afirmación religiosa se expone así a la verificación. El cristianismo pone toda su verdad en un acontecimiento histórico. Y por eso, la pregunta más importante que alguien puede hacerse sobre Jesús es esta: ¿resucitó o no resucitó?
Quinta parte. Las primicias
Después de imaginar el mundo sin resurrección, Pablo vuelve a la realidad con una frase triunfal. Escucha.
«Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos veinte al veintidós.
Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. El verbo resucitar en este capítulo es casi siempre egeíro, ge mil cuatrocientos cincuenta y tres, que el diccionario de Strong explica como despertar, levantar, del sueño, de estar sentado o acostado, de la enfermedad, de la muerte. Y en el versículo veintiuno aparece el sustantivo resurrección, anástasis, ge trescientos ochenta y seis, que el diccionario de Strong explica como un volver a levantarse, es decir, literalmente una resurrección de la muerte. Ambas palabras hablan de levantarse, ponerse de pie. Se trata de un cuerpo que estaba tendido en la tumba y que se levanta.
Y primicias es aparjé, ge quinientos treinta y seis, que el diccionario de Strong explica como el comienzo de un sacrificio, las primicias judías. Aquí Pablo usa una imagen del Antiguo Testamento. En Levítico veintitrés, los israelitas debían llevar al sacerdote la primera gavilla de la cosecha, como primicias, y el sacerdote la mecía delante de Jehová. Esa primera gavilla era la garantía de que vendría el resto de la cosecha. Así, la resurrección de Cristo es la primera gavilla de una gran cosecha: la resurrección de todos los que son de Cristo. Muchos intérpretes señalan además que, según el calendario de Levítico veintitrés, la ofrenda de las primicias se hacía el día siguiente al día de reposo después de la Pascua; y Cristo, nuestra Pascua, resucitó precisamente el primer día de la semana, después del día de reposo. Es una coincidencia que muchos consideran providencial, aunque conviene presentarla con sencillez.
Y Pablo vuelve a la comparación entre Adán y Cristo, que ya vimos en el día nueve: porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Adán trajo la muerte; Cristo trae la vida. Todos los que están en Adán, por nacimiento natural, mueren; todos los que están en Cristo, por la fe, serán vivificados para vida eterna. La historia de Génesis tres encuentra su respuesta en la tumba vacía.
Después Pablo explica el orden. Escucha.
«Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos veintitrés al veintiséis.
Cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Después viene el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Muerte es thánatos, ge dos mil doscientos ochenta y ocho, que el diccionario de Strong explica como muerte, literal o figurada. Fíjate en la palabra enemigo. La Biblia no presenta la muerte como algo natural y amistoso, ni como el simple final de un ciclo. La presenta como un enemigo, un intruso que entró por el pecado. Por eso el Señor Jesús lloró ante la tumba de Lázaro, aunque sabía que lo iba a resucitar. Y por eso la esperanza cristiana no es simplemente que el alma sobreviva, sino que la muerte será destruida.
En cuanto a los detalles del orden de los acontecimientos finales, los creyentes fieles no siempre han coincidido, y en esta escuela estudiaremos esos temas más adelante, con humildad. Lo que es claro, y lo que todo creyente confiesa, es esto: Cristo resucitó primero; los que son de Cristo resucitarán en su venida; y al final, la muerte será destruida para siempre.
Antes de pasar al cuerpo de la resurrección, Pablo añade algunos argumentos prácticos, en los versículos veintinueve al treinta y cuatro. ¿Por qué los apóstoles se exponían cada hora a peligros, si no hay resurrección? Pablo dice: cada día muero. Y cita un dicho de quienes no esperan nada después de la muerte: comamos y bebamos, porque mañana moriremos. Si no hay resurrección, esa sería la filosofía más lógica. Pero Pablo advierte: no erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Velad debidamente, y no pequéis. La negación de la resurrección no es solo un error intelectual; tiene consecuencias morales. Lo que creemos sobre el futuro determina cómo vivimos en el presente. Y en este pasaje aparece también el versículo difícil sobre los que se bautizan por los muertos, del que hablamos en el día siete como ejemplo de un pasaje oscuro, que no debe usarse para construir doctrinas contrarias a los pasajes claros.
Sexta parte. El cuerpo de la resurrección
Ahora Pablo responde a una objeción que probablemente hacían los corintios. Escucha.
«Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos treinta y cinco al treinta y ocho.
¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Es una pregunta que muchos se siguen haciendo. ¿Qué pasará con los cuerpos que se han descompuesto, que han sido quemados, que se han perdido en el mar? Pablo responde con una imagen de la agricultura: la semilla. Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Cuando siembras un grano de trigo, no siembras la planta que va a salir, sino un grano desnudo. Y Dios le da el cuerpo que él quiso. Hay continuidad entre la semilla y la planta: la planta sale de esa semilla, y no de otra. Pero también hay transformación: la planta es mucho más gloriosa que la semilla.
Así es la resurrección. Escucha.
«Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos cuarenta y dos al cuarenta y cuatro.
Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria. Se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Fíjate en los cuatro contrastes. Incorrupción es aftharsía, ge ochocientos sesenta y uno, que el diccionario de Strong explica como incorruptibilidad, existencia sin fin. El cuerpo resucitado no envejecerá, no enfermará, no morirá.
Y aquí hay un punto que muchas veces se entiende mal. Cuerpo animal es sóma psyjikón, y cuerpo espiritual es sóma pneumatikón. Animal es psyjikós, ge cinco mil quinientos noventa y uno, que el diccionario de Strong explica como sensible, animado, la vida natural. Y espiritual es pneumatikós, ge cuatro mil ciento cincuenta y dos, que explica como no carnal, sobrenatural, regenerado. Algunos leen la expresión cuerpo espiritual como si significara un cuerpo hecho de espíritu, sin materia, como un fantasma. Pero eso no es lo que Pablo dice. En los dos casos, la palabra es cuerpo, sóma, ge cuatro mil novecientos ochenta y tres, que el diccionario de Strong explica como el cuerpo, como un todo completo. Y los adjetivos no describen la sustancia del cuerpo, sino lo que lo anima y lo gobierna. El cuerpo animal es el cuerpo natural, animado por la vida natural, que heredamos de Adán. El cuerpo espiritual es el cuerpo plenamente gobernado y vivificado por el Espíritu de Dios. Fíjate que Pablo usa la misma palabra, espiritual, en el capítulo dos de esta carta para describir al creyente que tiene el Espíritu: el espiritual juzga todas las cosas. Nadie piensa que ese creyente no tiene cuerpo.
Y los evangelios confirman que el cuerpo resucitado de Cristo era un cuerpo real. Escucha lo que el Señor dijo a los discípulos cuando pensaron que veían un espíritu.
«Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículo treinta y nueve.
Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y después comió delante de ellos un pedazo de pez asado. El Señor resucitado no era un fantasma. Tenía las marcas de los clavos, como vio Tomás. Y al mismo tiempo, su cuerpo era glorioso: aparecía en medio de ellos estando las puertas cerradas, y no estaba sujeto a la muerte. Hay continuidad y hay transformación, como la semilla y la planta. Y Pablo dice en Filipenses tres, veintiuno, que el Señor transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.
Pablo termina esta sección volviendo a Adán y Cristo. Escucha.
«Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos cuarenta y cinco al cuarenta y nueve.
Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Pablo está citando Génesis dos, siete, que vimos en el día nueve. Adán recibió la vida; Cristo da la vida. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. La imagen de Dios, desfigurada por el pecado, será plenamente restaurada en la resurrección, cuando seamos semejantes a Cristo.
Séptima parte. La victoria sobre la muerte
Y llegamos al final del capítulo, uno de los pasajes más gloriosos de toda la Biblia. Escucha.
«He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos cincuenta y uno al cincuenta y cinco.
He aquí, os digo un misterio. En la Biblia, un misterio no es algo incomprensible, sino algo que estaba oculto y que Dios ahora revela. Y el misterio es este: no todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta. Los creyentes que estén vivos cuando el Señor vuelva no pasarán por la muerte, sino que serán transformados en un instante. Y los muertos en Cristo serán resucitados incorruptibles. Pablo enseña lo mismo en primera de Tesalonicenses cuatro.
Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Fíjate en la imagen de vestirse. No se trata de desechar el cuerpo, sino de revestirlo. Y entonces se cumplirá la palabra que está escrita: sorbida es la muerte en victoria. Pablo cita Isaías veinticinco, ocho, donde el profeta anuncia que Dios destruirá a la muerte para siempre, y enjugará el Señor toda lágrima de todos los rostros. Victoria es níke, ge tres mil quinientos veintinueve, que el diccionario de Strong explica como conquista, y figuradamente el medio del éxito.
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Aquí Pablo cita Oseas trece, catorce, y se burla de la muerte, como quien se burla de un enemigo derrotado. Aguijón es kéntron, ge dos mil setecientos cincuenta y nueve, que el diccionario de Strong explica como una punta, un aguijón, y figuradamente veneno. La muerte es como un escorpión o una abeja que tiene un aguijón venenoso. Y escucha lo que Pablo dice a continuación.
«ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos cincuenta y seis al cincuenta y siete.
Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. La muerte tiene aguijón por causa del pecado: el pecado es lo que hace que la muerte sea terrible, porque después de la muerte viene el juicio. Y la ley da poder al pecado, porque muestra nuestra culpa y nos condena. Pero Cristo llevó nuestro pecado y cumplió la ley por nosotros. Muchos maestros usan una ilustración conocida: cuando una abeja clava su aguijón con fuerza, muchas veces lo pierde, y ya no puede volver a picar. Así, la muerte clavó su aguijón en Cristo, y lo dejó allí. Para el creyente, la muerte sigue existiendo, pero ya no tiene aguijón. Es como una abeja sin aguijón: puede zumbar y asustar, pero no puede destruir.
Y el capítulo termina, no con una especulación sobre el futuro, sino con una exhortación práctica para el presente. Escucha.
«Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículo cincuenta y ocho.
Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano. Fíjate en la expresión así que, el conector del que hablamos en el día siete: une la exhortación con todo lo anterior. Porque Cristo resucitó, y porque nosotros resucitaremos, entonces vale la pena trabajar para el Señor. Firmes es hedraíos, ge mil cuatrocientos setenta y seis, que el diccionario de Strong explica como sentado, y por implicación inmóvil. Y constantes es ametakínetos, ge doscientos setenta y siete, que explica como inamovible. Dos palabras casi sinónimas, para subrayar la estabilidad del creyente. Y trabajo es otra vez kópos, el trabajo agotador. Y aquí aparece de nuevo, al final del capítulo, la palabra kenós, vacío, que Pablo usó en el versículo catorce: si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación. Ahora, en el versículo cincuenta y ocho, dice: vuestro trabajo en el Señor no es en vano. El capítulo empieza con la posibilidad de una fe vacía y termina con la certeza de un trabajo que no es vacío. La diferencia entre las dos cosas es la tumba vacía.
La esperanza de la resurrección en el Antiguo Testamento.
Como aprendimos en el día siete, la revelación es progresiva, y la esperanza de la resurrección, que alcanza su plenitud en primera de Corintios quince, ya estaba sembrada en el Antiguo Testamento. Escucha la confesión de Job, en medio de su sufrimiento.
«Yo sé que mi Redentor vive, Y al fin se levantará sobre el polvo; Y después de deshecha esta mi piel, En mi carne he de ver a Dios; Al cual veré por mí mismo, Y mis ojos lo verán, y no otro, Aunque mi corazón desfallece dentro de mí.» Así dice Job, capítulo diecinueve, versículos veinticinco al veintisiete.
Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios. Los estudiosos discuten algunos detalles de la traducción de este pasaje, que es difícil en hebreo; pero el sentido general, tal como lo traduce la Reina Valera, expresa una esperanza firme de ver a Dios más allá de la muerte, en mi carne. Levantarse es qum, hache seis mil novecientos sesenta y cinco, que el diccionario de Strong explica como levantarse, en diversas aplicaciones. Y polvo es afár, hache seis mil ochenta y tres, que explica como polvo, tierra, barro.
Y escucha al profeta Daniel.
«Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua.» Así dice Daniel, capítulo doce, versículo dos.
Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Despertar es qúts, hache seis mil novecientos setenta y cuatro, que el diccionario de Strong explica como despertar, literal o figuradamente. Fíjate que Daniel usa la misma imagen que Pablo: dormir y despertar. Y fíjate también en la palabra polvo, la misma de Génesis tres: polvo eres, y al polvo volverás. Daniel anuncia que de ese polvo se levantarán los muertos. Y eterna es olám, hache cinco mil setecientos sesenta y nueve, que el diccionario de Strong explica como lo oculto, el punto que se pierde de vista, y en general un tiempo sin fin, la eternidad. Este versículo enseña también algo solemne: habrá resurrección para todos, unos para vida y otros para vergüenza. El Señor Jesús enseñó lo mismo en Juan cinco, veintiocho y veintinueve.
Y recuerda la respuesta del Señor a los que negaban la resurrección en su tiempo. Les dijo: erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. Y les citó la palabra de Dios a Moisés en la zarza: yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, en Mateo veintidós. Si Dios se llama a sí mismo el Dios de Abraham, siglos después de la muerte de Abraham, es porque Abraham vive para él, y resucitará.
Algunas objeciones comunes y cómo responderlas.
Ahora, como corresponde a una lección de apologética, vamos a considerar algunas explicaciones alternativas que se han propuesto a lo largo de la historia para negar la resurrección. Recordemos el mandato de Pedro: con mansedumbre y reverencia. No se trata de burlarnos de quienes piensan distinto, sino de mostrar con paciencia por qué esas explicaciones no se ajustan a los hechos.
Pero antes, conviene recordar los hechos que la mayoría de los estudiosos, creyentes y no creyentes, aceptan como históricos. Primero, que Jesús murió por crucifixión. Segundo, que fue sepultado. Tercero, que sus discípulos tuvieron experiencias que ellos creyeron que eran apariciones de Jesús resucitado. Cuarto, que esas experiencias transformaron a los discípulos, de hombres asustados y escondidos en hombres valientes dispuestos a morir. Quinto, que Pablo, el perseguidor, y Jacobo, el hermano escéptico, se convirtieron. Hay discusión entre los estudiosos sobre otros puntos, como la tumba vacía, aunque muchos también la aceptan. Cualquier explicación tiene que dar cuenta de todos estos hechos juntos.
Primera objeción: Jesús no murió realmente, sino que se desmayó en la cruz y luego se recuperó en la tumba. Respuesta: los soldados romanos eran expertos en ejecutar a personas, y el evangelio de Juan registra que un soldado le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua, en Juan diecinueve, treinta y cuatro. Además, un hombre medio muerto, azotado, crucificado, que hubiera salido de una tumba con heridas abiertas, no habría convencido a nadie de que había vencido a la muerte; habría inspirado compasión, no adoración.
Segunda objeción: los discípulos robaron el cuerpo. Respuesta: esta fue la primera explicación que se dio, según Mateo veintiocho, cuando los principales sacerdotes dieron dinero a los soldados para que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo mientras ellos dormían. Pero esa explicación reconoce indirectamente que la tumba estaba vacía. Y si los discípulos hubieran robado el cuerpo, habrían sabido que la resurrección era mentira. Entonces, ¿por qué estarían dispuestos a sufrir y a morir por algo que sabían que era falso? Como dijimos, la gente puede morir por una mentira que cree verdadera, pero no por una mentira que ella misma inventó.
Tercera objeción: los discípulos tuvieron alucinaciones. Respuesta: las alucinaciones son experiencias individuales, no colectivas; no se ve la misma alucinación en grupo, y menos más de quinientas personas a la vez. Además, una alucinación no explica la tumba vacía: si los discípulos solo hubieran tenido visiones, las autoridades habrían podido mostrar el cuerpo. Y tampoco explica la conversión de Pablo y de Jacobo, que no esperaban ver a Jesús resucitado.
Cuarta objeción: las mujeres y los discípulos fueron a una tumba equivocada. Respuesta: los evangelios dicen que las mujeres vieron dónde fue puesto el cuerpo, y que la tumba pertenecía a un hombre conocido, José de Arimatea, miembro del concilio. Si se hubieran equivocado de tumba, bastaba con que José o las autoridades mostraran la tumba correcta con el cuerpo dentro.
Quinta objeción: la resurrección es una leyenda que se desarrolló con el tiempo. Respuesta: como vimos, la confesión de primera de Corintios quince es muy antigua, de los primeros años de la iglesia, y Pablo la escribe mientras muchos testigos todavía viven. Las leyendas necesitan tiempo para desarrollarse, y lejos de los testigos. Aquí no hubo ni lo uno ni lo otro.
Ninguna de estas explicaciones da cuenta de todos los hechos. La explicación que sí lo hace es la más sencilla, la que dieron los mismos testigos: Dios resucitó a Jesús de los muertos. La apologética no puede obligar a nadie a creer, porque la fe es un don de Dios y obra del Espíritu Santo. Pero puede quitar obstáculos, responder preguntas honestas, y mostrar que la fe cristiana no es un salto en la oscuridad, sino una confianza razonable en lo que Dios hizo en la historia.
La resurrección en los evangelios: las mujeres en la tumba.
Antes de cerrar, vale la pena escuchar uno de los relatos de la mañana de la resurrección, porque contiene un detalle que muchos estudiosos consideran un sello de autenticidad.
«El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas. Y hallaron removida la piedra del sepulcro; y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea,» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículos uno al seis.
Fíjate en quiénes fueron los primeros testigos de la tumba vacía: mujeres. En aquella cultura, el testimonio de una mujer tenía poco peso ante muchos tribunales, según indican diversas fuentes antiguas, aunque los detalles de esa práctica se discuten. Si alguien hubiera querido inventar una historia de la resurrección para convencer a la gente, probablemente no habría escogido a mujeres como primeras testigos. Que los cuatro evangelios coincidan en este detalle sugiere que lo registraron simplemente porque así ocurrió. Además, los evangelios no esconden la incredulidad inicial de los discípulos: Lucas dice que a ellos les parecían locura las palabras de las mujeres, y no las creían. Los autores no presentan a los apóstoles como héroes crédulos, sino como hombres lentos para creer, que solo fueron convencidos por la evidencia.
Y fíjate en la pregunta de los ángeles: ¿por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea. La resurrección no tomó a Jesús por sorpresa. Él la había anunciado varias veces. Los discípulos no la esperaban, pero él sí la había prometido, y cumplió su palabra. Si cumplió esa promesa, la más difícil de todas, podemos confiar en que cumplirá todas las demás, incluida la promesa de volver y de resucitar a los suyos.
Esa pregunta de los ángeles sigue siendo válida hoy. Muchos buscan a Jesús entre los muertos: lo ven solo como un maestro del pasado, un personaje histórico, un ejemplo moral. Pero Jesús no está en la tumba ni en los libros de historia solamente. Vive, y puede ser conocido. El cristianismo no consiste en recordar a un muerto, sino en seguir a un Señor vivo.
La resurrección en la predicación de los apóstoles.
Para completar el cuadro, conviene ver cómo los apóstoles predicaron la resurrección desde el primer día. El libro de los Hechos muestra que la resurrección no fue un añadido tardío, sino el centro de la primera predicación cristiana. Escucha a Pedro el día de Pentecostés, apenas cincuenta días después de la crucifixión, en la misma ciudad de Jerusalén donde estaba la tumba.
«a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.» Así dice Hechos, capítulo dos, versículos veintitrés al veinticuatro.
Fíjate en el contraste: vosotros matasteis, pero Dios levantó. Los hombres dieron su veredicto contra Jesús; Dios lo revocó en la resurrección. Y añade una frase muy profunda: era imposible que fuese retenido por ella. La muerte no podía retener al Autor de la vida. Y luego Pedro cita el salmo dieciséis.
«Porque no dejarás mi alma en el Hades, Ni permitirás que tu Santo vea corrupción.» Así dice Hechos, capítulo dos, versículo veintisiete.
Porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Pedro argumenta con mucho cuidado. David no puede estar hablando de sí mismo, porque David murió y fue sepultado, y su sepulcro estaba allí, en Jerusalén, a la vista de todos. Entonces David, siendo profeta, habló de la resurrección de Cristo. Y Pedro concluye: a este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Aquí aparece otra vez la palabra testigos, mártys, que vimos hoy. Y esta predicación se hizo en Jerusalén, el lugar más peligroso para predicar una mentira sobre la tumba, porque allí cualquiera podía ir a comprobar.
Lo mismo hizo Pablo en Atenas, ante los filósofos del Areópago, en Hechos diecisiete. Les dijo que Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos. Y fíjate en la reacción: pero cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: ya te oiremos acerca de esto otra vez. Pero algunos creyeron. Esa reacción muestra exactamente el problema que vimos en Corinto: para la mentalidad griega, la resurrección del cuerpo parecía absurda. Y aun así, Pablo no la quitó de su mensaje para hacerlo más aceptable. Es una lección para nosotros: no debemos recortar el evangelio para agradar a los oyentes.
La resurrección y la vida nueva del creyente.
La resurrección no solo es una verdad sobre el pasado y sobre el futuro; también tiene poder en el presente. Escucha lo que Pablo enseña en Romanos seis.
«Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.» Así dice Romanos, capítulo seis, versículo cuatro.
Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. El creyente está unido a Cristo en su muerte y en su resurrección. Eso significa que el mismo poder que levantó a Cristo de la tumba obra ahora en el creyente para vencer el pecado y vivir para Dios. Pablo ora en Efesios uno para que los creyentes conozcan la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos. No hay pecado tan fuerte, ni vicio tan arraigado, ni corazón tan muerto, que el poder de la resurrección no pueda transformar.
Por eso la resurrección es la base de la santificación. El creyente no lucha contra el pecado para ganar la vida, sino porque ya ha recibido la vida. Pablo dice en Colosenses tres: si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. La resurrección futura del cuerpo comienza, en cierto sentido, con la resurrección espiritual del alma en el nuevo nacimiento.
La resurrección y el consuelo ante la muerte.
Y por último, la resurrección es el gran consuelo del creyente ante la muerte de los seres queridos. Escucha lo que Pablo escribió a los tesalonicenses, que estaban tristes por los hermanos que habían muerto.
«Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.» Así dice primera de Tesalonicenses, capítulo cuatro, versículos trece al catorce.
Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Fíjate que Pablo no dice que los creyentes no deban entristecerse. La tristeza ante la muerte es natural; el Señor mismo lloró ante la tumba de su amigo. Lo que dice es que no debemos entristecernos como los que no tienen esperanza. Hay una tristeza con esperanza, y una tristeza sin esperanza. El creyente llora, pero llora mirando hacia la mañana de la resurrección. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.
Muchos pastores han acompañado a familias en el momento de la muerte de un ser querido, y han visto la diferencia que hace esta esperanza. Junto a la tumba de un creyente se puede leer con toda verdad: yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. El Señor dijo esas palabras a Marta, en Juan once, antes de resucitar a Lázaro. Y le preguntó: ¿crees esto? Esa misma pregunta te hace hoy a ti. No basta con conocer las pruebas de la resurrección; es necesario creer en el Resucitado, confiar en él, y entregarle la vida. Si nunca lo has hecho, este es el momento de hacerlo.
Una palabra a los maestros.
Si tú enseñas en una iglesia, en una célula o en tu casa, recuerda que la resurrección no es solo un tema para la Semana Santa. Es el fundamento de cada domingo, del día del Señor, que los creyentes comenzaron a celebrar precisamente porque el Señor resucitó el primer día de la semana. Cada vez que la iglesia se reúne el domingo, proclama, quizá sin darse cuenta, que la tumba está vacía. Enseña la resurrección con frecuencia, con claridad y con gozo. Explica las pruebas para fortalecer la fe de los que dudan, pero sobre todo predica al Resucitado, para que los oyentes no solo crean que algo ocurrió, sino que conozcan a Alguien que vive.
Y recuerda que la apologética se aprende también con el ejemplo. Los jóvenes de tu iglesia van a enfrentar preguntas difíciles en la escuela, en la universidad y en las redes. Prepáralos con paciencia. Muéstrales que la fe cristiana no teme a las preguntas, porque descansa en hechos. Y enséñales a responder siempre con mansedumbre y reverencia, como pide la Escritura, de modo que su conducta respalde sus palabras.
Cómo usar esto en la vida diaria.
Antes del repaso, algunos consejos prácticos para presentar la resurrección a otros. Primero, empieza por escuchar. Pregunta a la persona qué piensa de Jesús, y qué le impide creer. Muchas veces las objeciones intelectuales esconden heridas personales. Segundo, conoce los hechos básicos, los que hemos visto hoy, y la lista de testigos de primera de Corintios quince. Tercero, no pretendas ganar una discusión, sino ayudar a una persona. Cuarto, comparte tu propio testimonio: Pablo habló de los otros testigos, pero también dijo me apareció a mí. Tu vida transformada es parte de la evidencia. Y quinto, lleva siempre la conversación al evangelio: Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día. La meta de la apologética no es solo convencer, sino llevar a las personas a Cristo.
Un resumen antes del repaso.
Recapitulemos el camino de hoy. Empezamos con el mandato de presentar defensa de nuestra esperanza. Vimos que en Corinto algunos negaban la resurrección, y que Pablo respondió recordando el evangelio que había recibido y transmitido. Escuchamos la lista de testigos: Cefas, los doce, más de quinientos hermanos, Jacobo, todos los apóstoles y el mismo Pablo. Luego seguimos el argumento de Pablo: si Cristo no resucitó, todo se derrumba. Pero Cristo resucitó, y es las primicias de la gran cosecha. Aprendimos que el cuerpo de la resurrección será real, como la planta que sale de la semilla, pero incorruptible, glorioso y poderoso. Celebramos la victoria sobre la muerte, que ya no tiene aguijón. Vimos la esperanza de la resurrección en Job y en Daniel, y en la predicación de Pedro y de Pablo. Respondimos a varias explicaciones alternativas. Y terminamos con el poder de la resurrección para la vida diaria y con el consuelo que ofrece ante la muerte. Todo esto descansa en una sola verdad: el Señor ha resucitado verdaderamente.
Repaso
Ahora vamos a repasar lo aprendido. Te haré catorce preguntas. Responde cada una en voz alta antes de escuchar la respuesta.
Primera pregunta. ¿Qué significa la palabra apologética? Respuesta: viene de apología, defensa, alegato; es presentar una defensa razonada de la fe, como manda primera de Pedro tres, quince, con mansedumbre y reverencia.
Segunda pregunta. ¿Qué problema enfrentaba Pablo en Corinto? Respuesta: algunos decían que no hay resurrección de muertos, probablemente influidos por la idea griega de que el cuerpo es una cárcel del alma.
Tercera pregunta. ¿Cuáles son las cuatro afirmaciones del evangelio en los versículos tres al cinco? Respuesta: que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras; que fue sepultado; que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas y a los doce.
Cuarta pregunta. ¿Qué significan los verbos recibir y transmitir en el versículo tres? Respuesta: paralambáno y paradídomi; eran términos de la transmisión cuidadosa de una enseñanza, y muestran que Pablo transmitió fielmente una confesión muy antigua.
Quinta pregunta. ¿Por qué es importante que Pablo diga que muchos de los quinientos viven aún? Respuesta: porque invita a los lectores a verificar con testigos vivos. Nadie que inventara una historia haría eso.
Sexta pregunta. ¿Qué dos testigos especiales menciona Pablo, y por qué son importantes? Respuesta: Jacobo, el hermano del Señor, que antes no creía; y el mismo Pablo, que antes perseguía a la iglesia. Ambos eran escépticos o enemigos, y fueron transformados.
Séptima pregunta. ¿Qué argumento usa Pablo en los versículos trece al diecinueve? Respuesta: una reducción al absurdo; si Cristo no resucitó, la predicación es vacía, la fe es vana, los apóstoles son falsos testigos, estamos en nuestros pecados, los muertos en Cristo perecieron, y somos los más dignos de lástima.
Octava pregunta. ¿Qué significa que Cristo es primicias de los que durmieron? Respuesta: que su resurrección es la primera gavilla de la cosecha, la garantía de la resurrección de los que son de Cristo.
Novena pregunta. ¿Por qué la Biblia llama enemigo a la muerte? Respuesta: porque no es parte del diseño original de Dios, sino un intruso que entró por el pecado, y será destruido como el postrer enemigo.
Décima pregunta. ¿Qué imagen usa Pablo para explicar el cuerpo de la resurrección? Respuesta: la semilla y la planta; hay continuidad y transformación.
Undécima pregunta. ¿Qué significa cuerpo espiritual? Respuesta: no un cuerpo sin materia, sino un cuerpo real, plenamente gobernado y vivificado por el Espíritu de Dios, incorruptible, glorioso y poderoso, como el cuerpo resucitado de Cristo, que tenía carne y huesos.
Duodécima pregunta. ¿Cuál es el aguijón de la muerte, y quién lo quitó? Respuesta: el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley; Cristo nos da la victoria, porque llevó nuestro pecado y cumplió la ley por nosotros.
Decimotercera pregunta. ¿Qué textos del Antiguo Testamento anuncian la resurrección? Respuesta: entre otros, Job diecinueve, veinticinco al veintisiete; el salmo dieciséis, diez; Isaías veinticinco, ocho; y Daniel doce, dos.
Decimocuarta pregunta. ¿Con qué exhortación práctica termina el capítulo? Respuesta: estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.
Tarea para esta semana: memoriza primera de Corintios quince, versículos tres y cuatro. Después, busca una oportunidad para conversar con alguien sobre la resurrección, escuchando primero y presentando luego, con mansedumbre, los hechos que aprendimos hoy.
Oración
Señor Jesucristo, te adoramos porque moriste por nuestros pecados, fuiste sepultado y resucitaste al tercer día, conforme a las Escrituras. Gracias porque no estamos en nuestros pecados, porque nuestra fe no es vana, y porque los que durmieron en ti no perecieron, sino que resucitarán. Gracias porque eres las primicias, y porque un día transformarás nuestro cuerpo de humillación para que sea semejante al cuerpo de tu gloria. Quitaste a la muerte su aguijón; por eso ya no tenemos miedo. Santifícate en nuestros corazones, y danos valor y mansedumbre para presentar defensa de la esperanza que hay en nosotros. Haznos firmes y constantes, creciendo en tu obra siempre, sabiendo que nuestro trabajo en ti no es en vano. Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Con esta lección cerramos los primeros diez días de la escuela. Te animo a repasar las diez lecciones antes de continuar, porque en la próxima serie construiremos sobre estos cimientos.
Dr. (h. c.) Alejandro Sirit.
Complemento de la lección diez
Repaso de la lección
La décima lección nos llevó al centro de la fe, la resurrección de Cristo, y comenzó recordando que la apologética consiste en presentar defensa de la esperanza que hay en nosotros, con mansedumbre y reverencia, como manda primera de Pedro tres, quince. Pablo transmitió a los corintios lo que había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras y que apareció. Los testigos eran muchos y conocidos, Cefas, los doce, más de quinientos a la vez, de los cuales muchos vivían aún, Jacobo y, al final, el mismo Pablo, aunque Jacobo antes no creía y Pablo perseguía a la iglesia.
Pablo razonó después por el absurdo: si Cristo no resucitó, vana es la predicación, vana es la fe, los apóstoles son falsos testigos y aún estamos en nuestros pecados. Mas ahora Cristo ha resucitado, primicias de los que durmieron, y en ese anuncio aprendimos las palabras anástasis, resurrección, ge trescientos ochenta y seis, y egeíro, resucitar, ge mil cuatrocientos cincuenta y tres. La muerte es el postrer enemigo, y el cuerpo, como la semilla que muere y brota, se siembra en corrupción y resucita en incorrupción. Por consiguiente, aunque el aguijón de la muerte es el pecado, Dios nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo, y por eso estamos llamados a estar firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre.
Autoevaluación
Ahora vienen las preguntas de autoevaluación. Después de cada pregunta habrá un silencio breve. Detén el audio si lo necesitas, responde en voz alta con tus propias palabras, y luego escucha la respuesta.
Primera pregunta. ¿Cuáles son las cuatro afirmaciones del evangelio en primera de Corintios quince, tres al cinco?
Respuesta: que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras, y que apareció a Cefas y después a los doce.
Segunda pregunta. ¿Por qué es significativo que Pablo diga que muchos de los quinientos vivían aún?
Respuesta: porque invitaba a sus lectores a preguntar a testigos vivos. Quien inventa una historia no remite a testigos que podrían desmentirlo.
Tercera pregunta. ¿Qué peso tienen como testigos Jacobo y Pablo?
Respuesta: mucho, porque uno era escéptico y el otro enemigo. Su transformación pide una explicación, y la que ellos dieron es que vieron al Señor resucitado.
Cuarta pregunta. Si alguien dice que la resurrección no importa y que basta con la enseñanza moral de Jesús, ¿qué le responde Pablo?
Respuesta: que si Cristo no resucitó, la fe es vana y aún estamos en nuestros pecados. Sin resurrección no hay evangelio, ni perdón, ni esperanza.
Quinta pregunta. ¿Qué significa que Cristo es primicias?
Respuesta: que su resurrección es la primera gavilla de la cosecha y la garantía de que los que son de Cristo también resucitarán.
Sexta pregunta. ¿Cómo explica Pablo la continuidad y el cambio entre el cuerpo actual y el cuerpo resucitado?
Respuesta: con la imagen de la semilla. Lo que se siembra es lo mismo que brota, pero transformado: se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en debilidad, resucita en poder.
Séptima pregunta. ¿Qué actitud pide primera de Pedro tres, quince al que defiende la fe?
Respuesta: estar siempre preparado para presentar defensa ante todo el que demande razón de la esperanza, pero con mansedumbre y reverencia, santificando a Dios el Señor en el corazón.
Octava pregunta. ¿Qué consecuencia práctica saca Pablo al final del capítulo?
Respuesta: estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.
Para el púlpito
Bosquejo para predicar o enseñar. Título: Mas ahora Cristo ha resucitado. Texto: primera de Corintios quince, diecisiete al veinte.
«y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos diecisiete al veinte.
La idea central es que la resurrección de Cristo es el hecho del que dependen el perdón de los pecados y la esperanza del creyente.
El predicador puede abrir con la iglesia de Corinto, donde algunos decían que no hay resurrección de muertos, y con Pablo que, en vez de esquivar la objeción, la sigue hasta el final. Ese es el primer movimiento: si Cristo no resucitó, todo se derrumba, y la fe cristiana se descubre apoyada no en sentimientos, sino en un hecho.
El segundo movimiento se detiene en una frase que hiere: aún estáis en vuestros pecados. El problema del hombre no es solo la muerte, sino el pecado que la trae, y el predicador llama a la convicción y al arrepentimiento.
El tercer movimiento estalla en la proclamación: mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos. La tumba vacía y los testigos dan paso a Cristo vivo, Salvador y Señor, primicias de los que durmieron. Así el sermón concluye con la victoria que sorbe a la muerte, e invita a creer en el Resucitado y a estar firme y constante en su obra.
Versículo para memorizar
El texto de hoy es primera de Corintios quince, tres y cuatro, como ya se propuso en la lección.
«Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;» Así dice primera de Corintios, capítulo quince, versículos tres al cuatro.
Repítelo en voz alta hasta que lo digas sin mirar.
Examen de la primera serie: días uno al diez.
El temario anuncia un repaso al cierre de cada diez días. El módulo uno termina en el día treinta, y allí habrá un examen completo del módulo. Hoy cerramos la primera serie de diez días con este examen. Contesta cada pregunta en voz alta durante el silencio, y luego escucha la respuesta. Si fallas más de tres, vuelve a escuchar las lecciones correspondientes antes de seguir.
Primera pregunta, del día uno. ¿Cuál es el principio de la sabiduría, y cuáles fueron los cuatro pasos de Esdras?
Respuesta: el temor de Jehová. Esdras preparó su corazón para inquirir la ley de Jehová, para cumplirla y para enseñarla.
Segunda pregunta, del día uno. ¿Cuáles son las tres tareas de Nehemías ocho, ocho?
Respuesta: leer claramente, poner el sentido y hacer que entiendan la lectura.
Tercera pregunta, del día dos. ¿Qué significa theópneustos, y cuáles son los cuatro usos de la Escritura en segunda de Timoteo tres, dieciséis?
Respuesta: soplada por Dios. La Escritura es útil para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia.
Cuarta pregunta, del día dos. ¿Qué es sola Scriptura?
Respuesta: que la Escritura es la única regla infalible de fe y de vida, y que toda tradición, maestro y experiencia se sujeta a ella.
Quinta pregunta, del día tres. ¿Qué significa canon, y quién hizo el canon?
Respuesta: regla o vara de medir. Dios hizo el canon al inspirar los libros; la iglesia lo reconoció.
Sexta pregunta, del día tres. ¿Cuántos libros tiene el Antiguo Testamento en nuestras Biblias y cuántos el Nuevo?
Respuesta: treinta y nueve el Antiguo y veintisiete el Nuevo.
Séptima pregunta, del día cuatro. ¿De dónde viene el nombre Textus Receptus, y quién tradujo la Biblia del Oso?
Respuesta: del prefacio de la edición de los Elzevir de mil seiscientos treinta y tres. La Biblia del Oso la tradujo Casiodoro de Reina, impresa en mil quinientos sesenta y nueve, y la revisó Cipriano de Valera en mil seiscientos dos.
Octava pregunta, del día cinco. ¿Cuántas letras tiene el alefato y cuáles tienen forma final?
Respuesta: veintidós; tienen forma final la kaf, la mem, la nun, la pe y la tsade.
Novena pregunta, del día seis. ¿Qué significan Lógos, agápe, pístis y cháris?
Respuesta: Lógos, palabra o Verbo; agápe, amor; pístis, fe; cháris, gracia.
Décima pregunta, del día siete. ¿Cuáles son los tres pasos del método de estudio, y qué significa que la Escritura se interpreta con la Escritura?
Respuesta: observar, interpretar y aplicar. Como la Biblia tiene un solo autor divino, no se contradice, y los pasajes claros iluminan a los oscuros.
Undécima pregunta, del día ocho. ¿Qué significa que el Verbo habitó entre nosotros?
Respuesta: que puso su tienda entre nosotros, como Dios habitaba en el tabernáculo en medio de Israel. El Verbo eterno se hizo hombre verdadero.
Duodécima pregunta, del día nueve. ¿Qué es el protoevangelio y qué enseña Génesis quince, seis?
Respuesta: el protoevangelio es Génesis tres, quince, la primera promesa del Redentor. Génesis quince, seis enseña que Abraham creyó a Jehová y le fue contado por justicia.
Decimotercera pregunta, del día diez. ¿Qué pasaría con nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado?
Respuesta: sería vana, la predicación estaría vacía, los apóstoles serían falsos testigos y aún estaríamos en nuestros pecados.
Decimocuarta pregunta, de síntesis. ¿Cómo se unen las diez lecciones en una sola idea?
Respuesta: Dios ha hablado en una Escritura inspirada, reconocida, guardada y escrita en hebreo y en griego; la leemos con temor y con un método recto; y en toda ella encontramos a Cristo, el Verbo hecho carne, que murió y resucitó, para que creyendo tengamos vida en su nombre.
Con este examen termina la primera serie. Si respondiste bien, sigue adelante; si no, repasa sin prisa. El que camina despacio con la Palabra llega lejos.
Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.