Curso Experto Bíblico · Día 9
El libro de los principios: recorrido panorámico por Génesis
Escuela Bíblica Cielo Efata · Dr. (h. c.) Alejandro Sirit
Introducción
En los días anteriores aprendimos las lenguas bíblicas, los principios de interpretación, y practicamos la exégesis en el prólogo de Juan. Hoy cambiamos de escala. En lugar de mirar un pasaje con lupa, vamos a subir a una montaña y mirar un libro entero desde lo alto. Y el libro que escogemos es el primero de la Biblia: Génesis.
Hay dos maneras de estudiar la Biblia, y las dos son necesarias. La primera es como un microscopio: se toma un versículo, una palabra, una frase, y se examina en detalle. Eso hicimos con Juan uno. La segunda es como un telescopio, o como una fotografía tomada desde un avión: se mira el libro completo, su estructura, sus grandes temas, su relación con el resto de la Biblia. Si solo usamos el microscopio, perdemos la visión de conjunto, y podemos interpretar mal los detalles. Si solo usamos el telescopio, nos quedamos en generalidades. El buen estudiante de la Biblia aprende a usar los dos.
¿Por qué empezar con Génesis? Porque es el fundamento de todo lo demás. Casi todas las grandes doctrinas de la Biblia tienen su raíz en Génesis: la creación, la imagen de Dios en el hombre, el matrimonio, el pecado, la muerte, el juicio, la gracia, el sacrificio, el pacto, la fe, la justificación, la elección, la providencia y la promesa del Redentor. Si alguien quita Génesis, el resto de la Biblia queda sin cimiento. Por eso no es casualidad que Génesis haya sido uno de los libros más atacados de la Biblia.
La lección tiene ocho partes. Primero, el nombre, el autor y la estructura del libro. Segundo, la creación, capítulos uno y dos. Tercero, la caída y la primera promesa, capítulo tres. Cuarto, el avance del pecado y el diluvio, capítulos cuatro al once. Quinto, Abraham, capítulos doce al veinticinco. Sexto, Isaac y Jacob, capítulos veinticinco al treinta y seis. Séptimo, José, capítulos treinta y siete al cincuenta. Y octavo, Cristo en Génesis. Al final, el repaso y la oración.
Primera parte. El nombre, el autor y la estructura
El nombre Génesis viene de la traducción griega antigua del Antiguo Testamento, y significa origen, nacimiento, principio. En hebreo, el libro se llama por su primera palabra, bereshít, en el principio, como vimos en el día cinco. Ambos nombres son adecuados: es el libro de los orígenes, de los principios.
¿Quién escribió Génesis? La tradición judía y cristiana, desde la antigüedad, atribuye los cinco primeros libros de la Biblia a Moisés. El Señor Jesús habla de la ley de Moisés y del libro de Moisés, y cita pasajes de esos libros como escritos por él. Por ejemplo, en Marcos doce, veintiséis, el Señor pregunta: ¿no habéis leído en el libro de Moisés cómo le habló Dios en la zarza? Y en Juan cinco, cuarenta y seis, dice: si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Por supuesto, Moisés no presenció los acontecimientos de Génesis, que ocurrieron antes de su nacimiento. Es probable que usara registros antiguos, tradiciones fielmente transmitidas, y sobre todo la revelación directa de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Algunos estudiosos modernos han propuesto que el libro es una combinación de varios documentos escritos siglos después de Moisés; pero esas teorías han cambiado mucho con el tiempo, se basan en suposiciones discutibles, y no tienen apoyo en el testimonio de la misma Escritura. Nosotros nos quedamos con el testimonio del Señor Jesús.
Ahora, la estructura. Génesis tiene una estructura muy clara, marcada por una frase que se repite diez veces en el libro: estas son las generaciones de, o estos son los orígenes de. En hebreo, la palabra es toledót, hache ocho mil cuatrocientos treinta y cinco, que el diccionario de Strong explica como descendencia, familia, y figuradamente historia. La primera vez aparece en Génesis dos, cuatro: estos son los orígenes de los cielos y de la tierra. Luego aparecen las generaciones de Adán, de Noé, de los hijos de Noé, de Sem, de Taré, de Ismael, de Isaac, de Esaú y de Jacob. Cada vez que aparece esta frase, comienza una nueva sección del libro. Es como si Moisés nos dijera: ahora vamos a ver lo que salió de este hombre, lo que vino después.
Pero hay una manera más sencilla de recordar la estructura de Génesis, que usan muchos maestros. El libro se divide en dos grandes partes. La primera parte, capítulos uno al once, trata de cuatro grandes acontecimientos: la creación, la caída, el diluvio y la torre de Babel. Es la historia de toda la humanidad. La segunda parte, capítulos doce al cincuenta, trata de cuatro grandes personas: Abraham, Isaac, Jacob y José. Es la historia de una familia, la familia que Dios escogió para bendecir a toda la humanidad. Cuatro acontecimientos y cuatro personas. Si recuerdas eso, ya tienes el mapa del libro.
Fíjate en el cambio de ritmo. Los primeros once capítulos cubren miles de años de historia, quizás muchos más; los treinta y nueve capítulos restantes cubren unos pocos siglos, la vida de cuatro generaciones. Esto nos enseña algo sobre el propósito del libro. Génesis no pretende contarnos toda la historia del mundo, sino la historia de la redención. Le dedica pocos capítulos a la historia general de la humanidad, y muchos capítulos a la familia por medio de la cual Dios iba a traer al Redentor.
Segunda parte. La creación
Escucha el primer versículo de la Biblia.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» Así dice Génesis, capítulo uno, versículo uno.
En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Este versículo es el fundamento de toda la cosmovisión bíblica. Fíjate en lo que afirma. Afirma que el universo tuvo un principio; no es eterno. Afirma que hay un Dios que existía antes del principio, y que no forma parte de la creación, sino que está por encima de ella. Afirma que ese Dios creó todo lo que existe, los cielos y la tierra, una manera hebrea de decir la totalidad. Y con esto, sin necesidad de nombrarlas, el versículo niega todas las creencias que divinizan la naturaleza, todas las que sostienen que la materia es eterna, y todas las que dicen que hay muchos dioses que se reparten el mundo.
El verbo crear es bará, hache mil doscientos cincuenta y cuatro, que el diccionario de Strong explica como crear, en sentido absoluto, y en otros usos cortar, seleccionar, formar. En el Antiguo Testamento, este verbo, en la forma en que aparece aquí, se usa siempre con Dios como sujeto. Nunca se dice que un hombre bará algo. Los hombres hacen, fabrican, construyen, a partir de materiales que ya existen; solo Dios crea en este sentido pleno. La carta a los Hebreos lo resume así: por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía, en Hebreos once, tres.
Y la palabra Dios es elohím, hache cuatrocientos treinta, que el diccionario de Strong explica como dioses en sentido ordinario, pero usado específicamente, en plural, del Dios supremo. Como vimos en el día cinco, es una forma plural que se usa con un verbo en singular. Muchos estudiosos la explican como un plural de majestad o de plenitud: la plenitud de la divinidad en un solo Dios. Algunos intérpretes cristianos han visto en ella una insinuación de la pluralidad de personas en la Deidad, que se revelaría plenamente en el Nuevo Testamento. Conviene presentarlo con prudencia: el plural por sí solo no prueba la Trinidad, pero es coherente con ella, y el hagamos del versículo veintiséis apunta en la misma dirección.
El versículo dos describe la tierra antes de que Dios la ordenara. Escucha.
«Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.» Así dice Génesis, capítulo uno, versículo dos.
Y la tierra estaba desordenada y vacía. En hebreo, son dos palabras que riman: tohu va bohu. Tohu, hache ocho mil cuatrocientos catorce, que el diccionario de Strong explica como una desolación, un desierto; y bohu, hache novecientos veintidós, que explica como un vacío, una ruina indistinta. La tierra no tenía forma ni contenido. Y lo que Dios hace en los seis días responde exactamente a esas dos carencias. En los tres primeros días, Dios da forma: separa la luz de las tinieblas, las aguas de arriba de las aguas de abajo, y la tierra seca del mar. En los tres días siguientes, Dios llena lo que formó: pone el sol, la luna y las estrellas en los cielos; los peces en el mar y las aves en el aire; y los animales y el hombre en la tierra. El día cuatro llena lo que formó el día uno; el día cinco llena lo que formó el día dos; el día seis llena lo que formó el día tres. Es una estructura hermosa, que muestra que Dios es un Dios de orden.
Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Espíritu es rúaj, hache siete mil trescientos siete, que el diccionario de Strong explica como viento, aliento, y por semejanza espíritu. Aquí aparece el Espíritu de Dios, activo en la creación. Y como vimos en el día ocho, el Verbo también estaba allí: todas las cosas por él fueron hechas. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, obrando juntos desde la primera página de la Biblia.
¿Cómo deben entenderse los seis días de la creación? Aquí debo ser honesto y prudente. Los creyentes que aceptan la plena autoridad de la Escritura no siempre han coincidido en este punto. Muchos, siguiendo el sentido más natural del texto, entienden que son días de veinticuatro horas, señalando que el texto dice y fue la tarde y la mañana, y que el cuarto mandamiento, en Éxodo veinte, once, compara la semana de trabajo del hombre con los seis días de la creación. Otros, igualmente fieles a la Escritura, han propuesto otras lecturas. Lo que la Biblia afirma con total claridad, y lo que todo creyente debe confesar, es esto: Dios creó todo de la nada, por su palabra, con orden y propósito; el hombre fue creado directamente por Dios, a su imagen; y todo lo que Dios hizo era bueno en gran manera. En esto no puede haber concesión, porque todo el evangelio depende de ello.
Ahora escucha la creación del hombre.
«Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.» Así dice Génesis, capítulo uno, versículos veintiséis al veintisiete.
Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Imagen es tsélem, hache seis mil setecientos cincuenta y cuatro, que el diccionario de Strong explica como semejanza, y de allí una figura representativa. Y semejanza es demút, hache mil ochocientos veintitrés, que explica como parecido, modelo, forma. Muchos estudiosos piensan que las dos palabras se usan aquí casi como sinónimos, para reforzar la idea. ¿Qué significa que el hombre fue creado a imagen de Dios? La Biblia no da una definición técnica, pero el contexto nos da pistas. Inmediatamente después, Dios le da al hombre dominio sobre la creación: el hombre es el representante de Dios en la tierra, como la imagen de un rey colocada en una provincia representaba su autoridad. Además, el hombre puede relacionarse con Dios, hablar con él, conocerlo, amarlo, obedecerlo; tiene razón, conciencia moral y capacidad de comunión.
Y fíjate que el versículo veintisiete dice: varón y hembra los creó. El hombre y la mujer son igualmente imagen de Dios. Esto establece la dignidad de todo ser humano, sin importar su sexo, su raza, su edad o su condición. Por eso la Biblia condena el homicidio en Génesis nueve, seis, precisamente porque el hombre fue hecho a imagen de Dios. Y por eso Santiago dice que no debemos maldecir a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.
El capítulo dos vuelve sobre la creación del hombre, con más detalle. Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Hay un juego de palabras en hebreo: el hombre se llama adám, hache ciento veinte, que el diccionario de Strong explica como rojizo, es decir, un ser humano; y la tierra se llama adamá, hache ciento veintisiete, que explica como suelo, por su color rojizo. El hombre fue tomado de la tierra, y por eso es humilde; pero recibió el aliento de Dios, y por eso es glorioso. Ser viviente es néfesh, hache cinco mil trescientos quince, que el diccionario de Strong explica como una criatura que respira, vitalidad, y se usa en sentido muy amplio. El hombre no tiene simplemente una néfesh; es una néfesh viviente, una persona entera.
Y el capítulo dos termina con la institución del matrimonio. Dios dice: no es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él. Forma a la mujer de la costilla del hombre, y la trae al hombre. Escucha.
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.» Así dice Génesis, capítulo dos, versículo veinticuatro.
Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. El Señor Jesús cita este versículo en Mateo diecinueve para enseñar el diseño de Dios para el matrimonio: un hombre y una mujer, unidos para toda la vida. Y Pablo lo cita en Efesios cinco, y dice que grande es este misterio, pero que él lo dice respecto de Cristo y de la iglesia. Desde Génesis dos, el matrimonio fue diseñado como una imagen del amor de Cristo por su pueblo.
Al terminar la creación, Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Bueno es tob, hache dos mil ochocientos noventa y seis, que el diccionario de Strong explica como bueno, en el sentido más amplio. El mundo salió de las manos de Dios bueno, sin muerte, sin dolor, sin pecado. El mal no forma parte del diseño original de Dios. Y esta verdad prepara el escenario para el capítulo tres.
Tercera parte. La caída y la primera promesa
El capítulo tres es uno de los más importantes de toda la Biblia. Sin él, no entenderíamos por qué el mundo está como está, ni por qué necesitamos un Salvador. Escucha cómo comienza.
«Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» Así dice Génesis, capítulo tres, versículo uno.
La serpiente aparece en escena, y su primera palabra es una pregunta que siembra duda sobre la palabra de Dios: ¿conque Dios os ha dicho? Serpiente es najásh, hache cinco mil ciento setenta y cinco, que el diccionario de Strong explica como una serpiente, por su silbido. El resto de la Escritura nos revela quién estaba detrás de la serpiente. Apocalipsis doce, nueve, habla de la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero. Y el Señor Jesús dijo que el diablo ha sido homicida desde el principio, y padre de mentira, en Juan ocho, cuarenta y cuatro.
Fíjate en la estrategia de la tentación, porque sigue siendo la misma hoy. Primero, la serpiente pone en duda la palabra de Dios: ¿conque Dios os ha dicho? Segundo, exagera la prohibición, como si Dios hubiera prohibido todos los árboles, cuando solo había prohibido uno. Tercero, niega abiertamente la palabra de Dios: no moriréis. Cuarto, calumnia el carácter de Dios, sugiriendo que Dios es egoísta y les oculta algo bueno: sabe Dios que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios. Duda, exageración, negación y calumnia. Toda tentación, en el fondo, es una invitación a desconfiar de la bondad de Dios y de la verdad de su palabra.
Y la mujer vio que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos, y codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Muchos maestros han notado que estas tres atracciones corresponden a lo que Juan describe en su primera carta: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, en primera de Juan dos, dieciséis. Es una observación útil, aunque no hay que forzarla.
Las consecuencias fueron inmediatas. Sus ojos fueron abiertos, pero no para ver como Dios, sino para ver su propia vergüenza. Se escondieron de Dios. Y cuando Dios los llamó, el hombre culpó a la mujer, y a Dios que se la había dado, y la mujer culpó a la serpiente. La culpa, el miedo, la vergüenza y la acusación entraron en el mundo, y siguen con nosotros. La relación con Dios se rompió, la relación entre el hombre y la mujer se dañó, y la relación con la creación quedó bajo maldición: espinos y cardos, dolor en el parto, el sudor del rostro, y finalmente la muerte. Polvo eres, y al polvo volverás.
Pablo explica en Romanos cinco, doce, las consecuencias de este acontecimiento para toda la humanidad: por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Y el mismo Pablo, en ese capítulo, compara a Adán con Cristo: así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos. Aquí está la importancia de que Adán sea un personaje histórico. Si Adán no existió, la comparación de Pablo pierde su fundamento.
Pero en medio del juicio, aparece la primera promesa del evangelio. Dios habla a la serpiente, y le dice esto.
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Así dice Génesis, capítulo tres, versículo quince.
Este versículo ha sido llamado por los antiguos el protoevangelio, es decir, el primer anuncio del evangelio. Fíjate en lo que dice. Habrá enemistad entre la serpiente y la mujer, y entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer. Simiente es zéra, hache dos mil doscientos treinta y tres, que el diccionario de Strong explica como semilla, y figuradamente fruto, descendencia. Y luego el texto pasa del plural al singular: esta, o él, te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. Es decir, un descendiente de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente, aunque él mismo será herido en el talón. Herir es shuf, hache siete mil setecientos setenta y nueve, que el diccionario de Strong explica como abrir la boca, morder, y figuradamente abrumar. Talón o calcañar es aqév, hache seis mil ciento diecinueve, que explica como talón, y de allí huella.
Una herida en la cabeza es mortal; una herida en el talón es dolorosa, pero no definitiva. Los cristianos, desde los primeros siglos, han visto aquí el anuncio de la victoria de Cristo sobre Satanás en la cruz. Cristo fue herido, pero resucitó; Satanás fue vencido de manera definitiva. Pablo parece aludir a este versículo en Romanos dieciséis, veinte: el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. Y Gálatas cuatro, cuatro, dice que cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer. Es notable que se hable de la simiente de la mujer, y no del hombre, como era lo habitual en las genealogías. Muchos intérpretes ven en este detalle una anticipación del nacimiento virginal de Cristo; es una lectura antigua y hermosa, aunque el versículo, por sí solo, no lo afirma de manera explícita.
Y el capítulo termina con otro signo de gracia. Antes de expulsarlos del jardín, Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió, en el versículo veintiuno. Las hojas de higuera que ellos habían cosido no bastaban para cubrir su vergüenza. Dios mismo los vistió. Y para que hubiera pieles, un animal tuvo que morir. Muchos maestros ven aquí la primera sombra del sacrificio: para cubrir el pecado del hombre, Dios proveyó una vestidura por medio de una muerte. El texto no lo explica, y conviene no exagerar; pero el tema de la vestidura que Dios provee recorre toda la Escritura, hasta el profeta que dice: me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, en Isaías sesenta y uno, diez.
Cuarta parte. El avance del pecado y el diluvio
Los capítulos cuatro al once muestran cómo el pecado se extiende como una mancha de aceite. En el capítulo cuatro, Caín mata a su hermano Abel. El primer hijo de Adán es el primer homicida. Dios aceptó la ofrenda de Abel y no la de Caín, y Hebreos once, cuatro, explica la diferencia: por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín. La diferencia no estaba solo en lo que ofrecieron, sino en la fe con que lo ofrecieron. Y Dios advirtió a Caín: el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él. Caín no escuchó. Luego vienen los descendientes de Caín, que desarrollan ciudades, música y herramientas, pero también violencia, como Lamec, que se jacta de haber matado a un hombre.
Frente a esa línea, aparece otra línea: la de Set, el hijo que Dios dio a Adán y Eva en lugar de Abel. Y el capítulo cuatro termina con una frase preciosa: entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová. En medio de la violencia, había un pueblo que adoraba.
El capítulo cinco presenta la genealogía de Adán hasta Noé. Es una lista que puede parecer aburrida, pero tiene un estribillo solemne: y murió. Vivió tantos años, engendró hijos e hijas, y murió. La palabra de Dios se cumplió: el día que de él comieres, ciertamente morirás. Pero en medio de la lista aparece una excepción: Enoc. Escucha.
«Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.» Así dice Génesis, capítulo cinco, versículo veinticuatro.
Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios. En medio del estribillo de la muerte, un hombre que caminó con Dios y no vio muerte. Es una pequeña ventana de esperanza: la muerte no tiene la última palabra. Hebreos once dice que antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.
En el capítulo seis, la maldad llega a su punto máximo. Escucha.
«Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón.» Así dice Génesis, capítulo seis, versículos cinco al seis.
Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Fíjate en la acumulación de palabras: todo designio, solamente el mal, de continuo. Es uno de los diagnósticos más severos de la condición humana en toda la Escritura. Y le dolió en su corazón. Dios no es indiferente al pecado; le duele. La expresión se arrepintió Jehová es un antropomorfismo, como vimos en el día siete: no significa que Dios cometiera un error, sino que expresa su dolor santo ante el pecado y el cambio en su trato con la humanidad.
Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová. Gracia es jen, hache dos mil quinientos ochenta, que el diccionario de Strong explica como gracia, favor, y también belleza. Es la primera vez que aparece la palabra gracia en la Biblia. Fíjate en el orden: no dice que Noé era justo y por eso halló gracia, sino que halló gracia, y en el versículo siguiente dice que era varón justo. La gracia de Dios precede a la justicia del hombre. Ojos es áyin, hache cinco mil ochocientos sesenta y nueve, que el diccionario de Strong explica como un ojo, y por analogía una fuente.
Dios mandó a Noé construir un arca, y envió el diluvio sobre la tierra. El Señor Jesús habló del diluvio como un acontecimiento histórico, y lo usó como advertencia sobre su segunda venida: como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre, en Mateo veinticuatro. Y Pedro ve en el arca una figura de la salvación: ocho personas fueron salvadas por agua, en primera de Pedro tres, veinte. El arca tenía una sola puerta, y Dios mismo cerró la puerta. Todos los que estaban dentro se salvaron; todos los que estaban fuera perecieron. Es una imagen solemne de Cristo, el único refugio frente al juicio.
Después del diluvio, Dios hizo un pacto con Noé. Es la primera vez que aparece en la Biblia la palabra pacto en un contexto formal, aunque la idea ya estaba presente antes. Pacto es berít, hache mil doscientos ochenta y cinco, que el diccionario de Strong explica como un convenio, un acuerdo, y añade que se llamaba así porque se hacía pasando entre trozos de carne, como veremos con Abraham. Dios prometió no volver a destruir la tierra con un diluvio, y puso su arco en las nubes como señal. Es un pacto de preservación: Dios sostendrá el mundo para que su plan de redención pueda cumplirse.
Pero el pecado no desapareció con el diluvio. Noé mismo se embriagó, y uno de sus hijos lo deshonró. Y en el capítulo once, la humanidad unida construye la torre de Babel. Escucha lo que decían.
«Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.» Así dice Génesis, capítulo once, versículo cuatro.
Hagámonos un nombre. Nombre es shem, hache ocho mil treinta y cuatro, que el diccionario de Strong explica como una designación, como marca de identidad, y de allí honor, autoridad, carácter. Es la esencia del orgullo humano: construir una civilización sin Dios, para nuestra propia gloria. Dios descendió, confundió su lengua y los dispersó. Fíjate en el contraste con el capítulo siguiente: los hombres quisieron hacerse un nombre, y fracasaron; a Abraham, Dios le dirá: engrandeceré tu nombre. Lo que el hombre no puede conseguir por orgullo, Dios lo da por gracia. Y el día de Pentecostés, en Hechos dos, Dios hará lo contrario de Babel: hombres de muchas lenguas oirán las maravillas de Dios en su propia lengua, unidos no por una torre, sino por el Espíritu.
Quinta parte. Abraham, el padre de la fe
Con el capítulo doce, la historia cambia de foco. De la humanidad entera, Génesis pasa a un hombre. Escucha el llamamiento de Abram.
«Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.» Así dice Génesis, capítulo doce, versículos uno al tres.
Este pasaje es uno de los ejes de toda la Biblia. Dios llama a un hombre de Ur de los caldeos, una ciudad que adoraba a los ídolos, como dice Josué veinticuatro, dos, y le hace siete promesas: haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre, serás bendición, bendeciré a los que te bendijeren, a los que te maldijeren maldeciré, y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. Bendecir es barák, hache mil doscientos ochenta y ocho, que el diccionario de Strong explica como arrodillarse, y de allí bendecir. Muchos maestros han señalado que, en hebreo, la raíz de bendecir aparece cinco veces en estos tres versículos, y que en los capítulos anteriores la maldición se había pronunciado también varias veces, sobre la serpiente, sobre la tierra y sobre Caín. La historia de la maldición comienza a convertirse en la historia de la bendición.
Y la última promesa es la más amplia: en ti serán benditas todas las familias de la tierra. Dios no escogió a Abraham para olvidarse de las demás naciones, sino para bendecirlas por medio de él. Pablo cita este versículo en Gálatas tres, ocho, y lo llama el evangelio anunciado de antemano a Abraham. La bendición prometida llega a todas las naciones por medio de Cristo, el descendiente de Abraham.
La vida de Abraham es una escuela de fe, con victorias y caídas. Obedeció y salió sin saber a dónde iba. Pero también, por miedo, mintió dos veces diciendo que su mujer era su hermana. Esperó veinticinco años el hijo prometido, y en medio de la espera, por impaciencia, tuvo un hijo con Agar. La Biblia no idealiza a sus héroes; los presenta tal como eran, para que veamos que la fidelidad de Dios es mayor que la fidelidad del hombre.
Antes de llegar al capítulo quince, hay un episodio breve pero muy importante en el capítulo catorce. Abram rescata a su sobrino Lot, que había sido llevado cautivo por unos reyes, y al volver de la batalla sale a su encuentro un personaje misterioso: Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que saca pan y vino y bendice a Abram. Y Abram le da los diezmos de todo. Melquisedec aparece y desaparece en tres versículos, sin genealogía, sin que se mencione su nacimiento ni su muerte. Siglos después, el salmo ciento diez anuncia que el Mesías sería sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Y la carta a los Hebreos, en el capítulo siete, explica que Melquisedec es hecho semejante al Hijo de Dios: su nombre significa rey de justicia, y Salem significa paz, de modo que es rey de justicia y rey de paz. Aquí sí tenemos un tipo señalado expresamente por el Nuevo Testamento. El sacerdocio de Cristo no depende de la tribu de Leví, sino de un orden más antiguo y más alto, que no tiene fin. Los estudiosos discuten quién era históricamente Melquisedec, y conviene no especular más allá del texto; lo que importa es lo que Hebreos enseña: que en él Dios dejó una sombra del sacerdote eterno que había de venir.
El capítulo quince contiene uno de los versículos más importantes de toda la Escritura. Dios llevó a Abram afuera y le dijo: mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Así será tu descendencia. Escucha la respuesta de Abram.
«Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.» Así dice Génesis, capítulo quince, versículo seis.
Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia. Creyó es amán, hache quinientos treinta y nueve, que el diccionario de Strong explica como propiamente edificar o sostener, y figuradamente estar firme, ser fiel, confiar, creer. De esta raíz viene nuestra palabra amén. Creer, en hebreo, es apoyarse en algo firme, descansar todo el peso sobre Dios y su palabra. Contado es jasháv, hache dos mil ochocientos tres, que el diccionario de Strong explica como tejer, y de allí pensar, considerar, valorar, computar. Y justicia es tsedaká, hache seis mil seiscientos sesenta y seis, que explica como rectitud, justicia, virtud.
Dios contó la fe de Abram como justicia. No es que la fe fuera una obra meritoria; es que Dios, por gracia, acreditó justicia a Abram cuando este confió en su promesa. Pablo construye sobre este versículo toda su enseñanza de la justificación por la fe, en Romanos cuatro y en Gálatas tres. Y nota algo importante: esto sucedió antes de la circuncisión de Abraham, que llega en el capítulo diecisiete, y cuatrocientos treinta años antes de la ley, como dice Gálatas tres, diecisiete. La justificación por la fe no es una doctrina nueva del Nuevo Testamento; está en Génesis.
En el mismo capítulo quince, Dios hace un pacto con Abram de una manera que hoy nos parece extraña. Abram parte varios animales por la mitad y pone las mitades una frente a otra. En aquella cultura, quienes hacían un pacto pasaban entre los animales partidos, como diciendo: que me suceda lo mismo si no cumplo. Pero esa noche, mientras Abram dormía, solo pasó entre las mitades un horno humeando y una antorcha de fuego, una manifestación de Dios. Abram no pasó. Dios se comprometió solo, unilateralmente. El cumplimiento del pacto depende de Dios, no de Abram. Es una imagen poderosa de la gracia.
Y llegamos al capítulo veintidós, la prueba más grande de Abraham. Dios le pide que ofrezca a Isaac, su hijo, su único, el que ama, en el monte Moriah. Abraham obedece. Por el camino, Isaac pregunta: he aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y Abraham responde con una frase profética.
«Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos.» Así dice Génesis, capítulo veintidós, versículo ocho.
Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. En el último momento, el ángel de Jehová detiene la mano de Abraham, y Dios provee un carnero trabado en un zarzal. Y Abraham llama el nombre de aquel lugar Jehová proveerá, que en hebreo es Jehová yiré, del verbo raá, hache siete mil doscientos, que el diccionario de Strong explica como ver, en numerosas aplicaciones. Dios ve de antemano, y por eso provee. Hebreos once dice que Abraham pensaba que Dios era poderoso para levantar aun de entre los muertos a su hijo. Y muchos intérpretes señalan que, según segunda de Crónicas tres, uno, el templo de Salomón se construyó en el monte Moriah. En ese mismo lugar se ofrecerían los sacrificios durante siglos, y en esa región, Dios no detuvo su mano, sino que entregó a su propio Hijo, el Cordero que él mismo proveyó.
Sexta parte. Isaac y Jacob
Isaac es el hijo de la promesa, nacido cuando sus padres ya eran ancianos, como prueba de que nada hay difícil para Dios. Su vida ocupa menos espacio en Génesis que la de su padre o la de su hijo, y muchas veces aparece como un hombre tranquilo, que repite los pasos de su padre: cava de nuevo los pozos que Abraham había cavado. Pero hay un capítulo hermoso en su historia: el capítulo veinticuatro, en el que Abraham envía a su siervo a buscar esposa para Isaac. El siervo ora, Dios lo guía hasta Rebeca, y ella acepta ir a casarse con un hombre al que no ha visto. Muchos maestros han visto en este relato una ilustración del Espíritu Santo que busca una esposa para el Hijo, la iglesia, que lo ama sin haberlo visto, como dice Pedro. Es una ilustración edificante, pero recordemos lo aprendido en el día siete: el texto no la presenta como tipo, así que la usamos como ilustración, no como doctrina.
Isaac y Rebeca tuvieron gemelos: Esaú y Jacob. Antes de que nacieran, Dios dijo a Rebeca: el mayor servirá al menor. Pablo cita este pasaje en Romanos nueve para enseñar que la elección de Dios no depende de las obras, sino del que llama. Jacob no era mejor que Esaú; de hecho, su nombre se relaciona con la palabra talón, porque nació agarrado al talón de su hermano, y el nombre llegó a asociarse con la idea de suplantar, de engañar. Y su vida lo confirma: compró la primogenitura de Esaú por un plato de guiso, y engañó a su padre ciego para robar la bendición.
Pero Dios no abandonó a Jacob. Huyendo de su hermano, Jacob durmió en Betel con una piedra por almohada, y soñó con una escalera que llegaba al cielo, con ángeles que subían y descendían, y Dios en lo alto, que le repetía las promesas de Abraham. Escucha.
«He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho.» Así dice Génesis, capítulo veintiocho, versículo quince.
He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres. Dios hizo esta promesa a un hombre que huía por su propio pecado. Así es la gracia. Y como vimos en el día ocho, el Señor Jesús aplicó esta escena a sí mismo cuando dijo a Natanael que vería el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y descender sobre el Hijo del Hombre. Cristo es la escalera.
Jacob pasó veinte años en casa de su tío Labán, y allí el engañador fue engañado. Labán le dio a Lea en lugar de Raquel, y le cambió el salario diez veces. Dios usó esos años para formar a Jacob. Y cuando volvía a su tierra, con miedo de encontrarse con Esaú, Jacob tuvo una experiencia que cambió su vida. Escucha.
«Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.» Así dice Génesis, capítulo treinta y dos, versículos veinticuatro al veintiocho.
Un varón luchó con Jacob hasta que rayaba el alba. Al final del relato, Jacob dice: vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma. El varón le tocó el muslo y Jacob quedó cojo; pero Jacob no lo soltaba: no te dejaré, si no me bendices. Y el varón le cambió el nombre: no se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel. Israel, hache tres mil cuatrocientos setenta y ocho, que el diccionario de Strong explica como un nombre simbólico de Jacob, y también de su descendencia. El texto mismo explica el nombre: porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. Jacob ganó perdiendo: salió cojo, pero bendecido. Muchas veces Dios tiene que quebrantarnos para bendecirnos. El que antes se apoyaba en su astucia, ahora tenía que apoyarse en un bastón; y al final de su vida, Hebreos once, veintiuno, dice que Jacob adoró apoyado sobre el extremo de su bordón.
Jacob tuvo doce hijos, que serían los padres de las doce tribus de Israel. Pero su familia estaba llena de problemas: rivalidad entre sus esposas, favoritismo, violencia, inmoralidad. Y de esa familia rota saldría la historia más hermosa de Génesis.
Séptima parte. José: Dios lo encaminó a bien
Los últimos catorce capítulos de Génesis cuentan la historia de José, el hijo favorito de Jacob. Es una de las narraciones más bellas de toda la literatura. José recibe de su padre una túnica de diversos colores, tiene sueños en los que sus hermanos se inclinan ante él, y sus hermanos lo odian. Lo venden como esclavo a unos mercaderes que lo llevan a Egipto, y engañan a su padre con la túnica manchada de sangre. Fíjate en la ironía: Jacob, que engañó a su padre con las ropas de Esaú y con un cabrito, es engañado por sus hijos con la ropa de José y con la sangre de un cabrito. Lo que sembramos, cosechamos.
En Egipto, José sirve en casa de Potifar, y Dios lo prospera. La esposa de Potifar intenta seducirlo, y él responde: ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios? José entendió que todo pecado es, ante todo, contra Dios. Por su fidelidad, termina en la cárcel. Allí también Dios está con él. Interpreta los sueños del copero y del panadero del faraón, y años después, interpreta los sueños del faraón: siete años de abundancia y siete años de hambre. El faraón lo pone sobre toda la tierra de Egipto. A los treinta años, el esclavo se ha convertido en el segundo hombre del imperio más poderoso de la tierra.
Durante el hambre, los hermanos de José bajan a Egipto a comprar alimento, y se inclinan ante él sin reconocerlo, cumpliendo sus sueños. José los pone a prueba, para ver si han cambiado. Y han cambiado: Judá, el mismo que había propuesto venderlo, ahora se ofrece como esclavo en lugar de su hermano Benjamín. Es uno de los momentos más conmovedores de la Biblia. José no puede contenerse, llora a gritos, y se da a conocer a sus hermanos.
Y al final del libro, después de la muerte de Jacob, los hermanos temen que José se vengue. Escucha la respuesta de José, que es la clave de todo el libro.
«Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.» Así dice Génesis, capítulo cincuenta, versículos diecinueve al veinte.
Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien. En hebreo, el verbo es el mismo en las dos frases: jasháv, el mismo verbo que vimos en Génesis quince, seis, donde la fe le fue contada a Abraham por justicia. Vosotros jasháv mal; Dios jasháv bien. Es decir, los hermanos hicieron sus planes, con mala intención, y Dios, al mismo tiempo y por medio de los mismos hechos, tenía su propio plan, con buena intención. Esta es la doctrina de la providencia: Dios gobierna todas las cosas, incluso las malas acciones de los hombres, para cumplir sus propósitos buenos, sin dejar de ser santo y sin quitar a los hombres su responsabilidad. Los hermanos fueron culpables; Dios fue soberano. Las dos cosas son verdad.
Y esto nos lleva, una vez más, a la cruz. Pedro predicó en Pentecostés que Jesús fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, y que sus oyentes lo prendieron y mataron por manos de inicuos, en Hechos dos, veintitrés. Lo que los hombres hicieron con mala intención, Dios lo encaminó a bien, para mantener en vida a mucho pueblo. Y Pablo dice en Romanos ocho, veintiocho, que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien. La historia de José es la ilustración narrativa de ese versículo.
Génesis no termina con José. Antes de morir, Jacob bendice a sus doce hijos en el capítulo cuarenta y nueve, y a Judá le dice algo extraordinario. Escucha.
«No será quitado el cetro de Judá, Ni el legislador de entre sus pies, Hasta que venga Siloh; Y a él se congregarán los pueblos.» Así dice Génesis, capítulo cuarenta y nueve, versículo diez.
No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos. Cetro es shévet, hache siete mil seiscientos veintiséis, que el diccionario de Strong explica como una vara, para castigar, escribir, pelear o gobernar, y figuradamente una tribu. Es el símbolo del rey. Y Siloh, hache siete mil ochocientos ochenta y seis, que el diccionario de Strong presenta como un epíteto del Mesías. Aquí debo ser honesto: el significado exacto de la palabra Siloh es uno de los puntos más discutidos del Antiguo Testamento, y los estudiosos han propuesto varias lecturas, como el pacífico, o aquel a quien pertenece. Pero tanto la tradición judía antigua como la tradición cristiana entendieron este versículo como una profecía mesiánica: de la tribu de Judá saldría un rey, al que se congregarían los pueblos. Y así fue: David era de Judá, y el Hijo de David, Jesucristo, es llamado en Apocalipsis cinco, cinco, el León de la tribu de Judá.
Fíjate en el detalle: Judá, el que vendió a su hermano y luego se ofreció en lugar de otro hermano, es el que recibe la promesa del reino. Y el Rey que vendría de su tribu se ofrecería en lugar de todos sus hermanos.
Génesis termina con estas palabras: y murió José a la edad de ciento diez años; y lo embalsamaron, y fue puesto en un ataúd en Egipto. El libro que comenzó con la vida termina con un ataúd. Es como si Génesis nos dijera: la historia no ha terminado. Pero hay esperanza en ese ataúd. José, antes de morir, hizo jurar a los hijos de Israel que llevarían sus huesos a la tierra prometida, porque creía que Dios cumpliría su promesa. Hebreos once, veintidós, lo menciona como un acto de fe. El libro termina con un ataúd, pero con un ataúd que espera la resurrección y el cumplimiento de la promesa.
Octava parte. Cristo en Génesis
Ahora, siguiendo el principio del día siete, que Cristo es el centro de toda la Escritura, recojamos lo que hemos visto. Génesis no menciona el nombre de Jesús, pero apunta hacia él de muchas maneras.
Cristo es el Verbo por quien todo fue creado en el capítulo uno, como enseña Juan. Cristo es el postrer Adán, que obedeció donde el primero desobedeció, como enseña Pablo en Romanos cinco y en primera de Corintios quince. Cristo es la simiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, en Génesis tres, quince. Cristo es el verdadero Abel, cuya sangre habla mejor que la de Abel, según Hebreos doce, veinticuatro. Cristo es el arca en la que somos salvados del juicio. Cristo es la simiente de Abraham en quien son benditas todas las naciones, según Gálatas tres, dieciséis. Cristo es el sacerdote según el orden de Melquisedec, el misterioso rey de Salem que sale al encuentro de Abraham con pan y vino en el capítulo catorce, según Hebreos siete. Cristo es el Hijo amado que fue ofrecido en el monte, y el Cordero que Dios proveyó. Cristo es la escalera de Betel. Cristo es, en muchos aspectos, el verdadero José: amado por su padre, rechazado por sus hermanos, vendido por piezas de plata, humillado y luego exaltado, que perdona a los que lo vendieron y salva a muchos del hambre. Y Cristo es el León de la tribu de Judá, al que se congregarán los pueblos.
Como aprendimos en el día siete, hay que distinguir entre los tipos que el Nuevo Testamento señala expresamente y las semejanzas que observamos nosotros. La comparación de Cristo con José, por ejemplo, no está presentada como tipo explícito en el Nuevo Testamento, aunque Esteban recorre la historia de José en Hechos siete, mostrando cómo los patriarcas rechazaron al que Dios había enviado para salvarlos. Por eso la presentamos como una semejanza hermosa y edificante, no como doctrina. Pero el conjunto es claro: Génesis prepara el camino para Cristo.
Génesis y Apocalipsis: el principio y el fin.
Antes del repaso, quiero mostrarte algo que te ayudará a ver la unidad de toda la Biblia. El primer libro y el último libro de la Escritura se responden el uno al otro, como dos columnas de un mismo arco. Lo que comienza en Génesis se completa en Apocalipsis. Muchos maestros han señalado estos contrastes, y basta con leer los dos libros para comprobarlos.
En Génesis uno, Dios crea los cielos y la tierra. En Apocalipsis veintiuno, Juan ve un cielo nuevo y una tierra nueva. Escucha.
«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.» Así dice Apocalipsis, capítulo veintiuno, versículo uno.
En Génesis, Dios separa la luz de las tinieblas y crea el sol para que señoree en el día. En Apocalipsis, la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Allí no habrá noche.
En Génesis dos, hay un río que sale del Edén para regar el huerto. En Apocalipsis veintidós, hay un río limpio de agua de vida, que sale del trono de Dios y del Cordero.
En Génesis dos, está el árbol de la vida en medio del huerto. En Génesis tres, el hombre es expulsado, y querubines con una espada encendida guardan el camino del árbol de la vida. En Apocalipsis veintidós, el árbol de la vida aparece de nuevo, a uno y otro lado del río, y sus hojas son para la sanidad de las naciones. El camino que estaba cerrado ha sido abierto por el Cordero.
En Génesis tres, entra la maldición. En Apocalipsis veintidós, tres, dice: y no habrá más maldición. Escucha.
«Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.» Así dice Apocalipsis, capítulo veintidós, versículos tres al cuatro.
En Génesis tres, el hombre se esconde del rostro de Dios. En Apocalipsis veintidós, verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. La comunión rota en el huerto será restaurada para siempre.
En Génesis tres, entra la muerte, y el dolor, y el llanto. En Apocalipsis veintiuno, cuatro, Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.
En Génesis tres, la serpiente engaña a la humanidad. En Apocalipsis veinte, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, es atada y finalmente lanzada al lago de fuego. La promesa de Génesis tres, quince, alcanza su cumplimiento final.
En Génesis dos, Dios une al primer hombre y a la primera mujer en matrimonio. En Apocalipsis diecinueve y veintiuno, se celebran las bodas del Cordero, y la ciudad santa desciende del cielo, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
Y en Génesis once, la humanidad unida en rebelión construye una ciudad, Babel, para hacerse un nombre, y es dispersada. En Apocalipsis, Babilonia, la gran ciudad del orgullo humano, cae; y la ciudad de Dios, la nueva Jerusalén, desciende del cielo, con gente de todo linaje, lengua, pueblo y nación, que llevan el nombre de Dios.
¿Qué nos enseña esto? Que la Biblia no es una colección desordenada de libros, sino una sola historia, con un principio, un desarrollo y un final, escrita por un solo Autor divino a través de muchos autores humanos. Lo que se perdió en el huerto se recupera, y aún más, en la ciudad. Y en el centro de esa historia, entre el primer huerto y la ciudad final, hay otro huerto: el huerto de Getsemaní, donde el postrer Adán dijo no se haga mi voluntad, sino la tuya; y un huerto junto al Calvario, donde había un sepulcro nuevo, del que el Señor resucitó al tercer día, como dice Juan diecinueve, cuarenta y uno. Donde el primer Adán cayó, el postrer Adán venció. Y esa victoria, la resurrección, será el tema de nuestro próximo día.
Una palabra práctica sobre cómo leer Génesis.
Para terminar esta parte, algunos consejos prácticos para tu lectura personal de Génesis. Primero, léelo como una historia, de corrido, sin detenerte demasiado en las genealogías la primera vez; luego vuelve a ellas, porque también son Palabra de Dios y tienen su propósito. Segundo, en cada historia pregúntate: ¿qué hace Dios aquí?, antes de preguntarte qué hace el personaje. Génesis es, ante todo, un libro sobre Dios. Tercero, no conviertas a los patriarcas en modelos perfectos ni en villanos: son pecadores alcanzados por la gracia, como tú y como yo. Cuarto, sigue el hilo de la promesa: la simiente, la tierra y la bendición, y fíjate cómo Dios la protege una y otra vez, aun cuando parece que todo se va a perder: cuando Sara es estéril, cuando Isaac está sobre el altar, cuando Esaú quiere matar a Jacob, cuando el hambre amenaza a toda la familia. Y quinto, termina cada lectura mirando a Cristo, en quien todas las promesas de Dios son sí, y en él amén, como dice segunda de Corintios uno, veinte.
Repaso
Ahora vamos a repasar lo aprendido. Te haré catorce preguntas. Responde cada una en voz alta antes de escuchar la respuesta.
Primera pregunta. ¿Qué significa el nombre Génesis? Respuesta: origen, principio. En hebreo, el libro se llama bereshít, en el principio.
Segunda pregunta. ¿Quién escribió Génesis, según el testimonio de la Escritura? Respuesta: Moisés, como lo atestigua el Señor Jesús cuando habla del libro de Moisés.
Tercera pregunta. ¿Cuál es la manera sencilla de recordar la estructura de Génesis? Respuesta: cuatro acontecimientos en los capítulos uno al once, la creación, la caída, el diluvio y Babel; y cuatro personas en los capítulos doce al cincuenta, Abraham, Isaac, Jacob y José.
Cuarta pregunta. ¿Qué palabra hebrea marca las secciones del libro? Respuesta: toledót, generaciones, orígenes, historia; aparece diez veces.
Quinta pregunta. ¿Qué tiene de especial el verbo bará? Respuesta: en la forma que aparece en Génesis uno, siempre tiene a Dios como sujeto. Solo Dios crea en ese sentido pleno.
Sexta pregunta. ¿Cómo responden los seis días al tohu va bohu del versículo dos? Respuesta: en los tres primeros días Dios da forma; en los tres siguientes, llena lo que formó.
Séptima pregunta. ¿Qué significa que el hombre fue creado a imagen de Dios? Respuesta: que es representante de Dios en la tierra, capaz de comunión con él, con razón y conciencia moral; y que todo ser humano, varón y hembra, tiene una dignidad dada por Dios.
Octava pregunta. ¿Cuáles son los cuatro pasos de la estrategia de la serpiente? Respuesta: duda, exageración, negación de la palabra de Dios, y calumnia de su carácter.
Novena pregunta. ¿Qué es el protoevangelio? Respuesta: Génesis tres, quince, el primer anuncio del evangelio: la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente, y la serpiente le herirá en el calcañar.
Décima pregunta. ¿Dónde aparece por primera vez la palabra gracia en la Biblia? Respuesta: en Génesis seis, ocho: Noé halló gracia ante los ojos de Jehová.
Undécima pregunta. ¿Qué enseña Génesis quince, seis? Respuesta: que Abraham creyó a Jehová y le fue contado por justicia. Es el fundamento de la doctrina de la justificación por la fe, como enseña Pablo.
Duodécima pregunta. ¿Qué significa Jehová yiré? Respuesta: Jehová proveerá, o Jehová verá. Dios ve de antemano, y provee el cordero.
Decimotercera pregunta. ¿Cuál es la clave del libro, según las palabras de José? Respuesta: vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien. Es la doctrina de la providencia.
Decimocuarta pregunta. ¿Qué promesa recibe Judá en Génesis cuarenta y nueve? Respuesta: que no será quitado el cetro de Judá hasta que venga Siloh, y a él se congregarán los pueblos; una profecía del Mesías, el León de la tribu de Judá.
Antes de la tarea, recuerda esto: Génesis no es solo un libro sobre el pasado. Es el relato de dónde venimos, de por qué el mundo está quebrado y de cómo Dios empezó a repararlo. Cada vez que veas la creación, recuerda al Creador. Cada vez que sientas el peso del pecado, recuerda la promesa de Génesis tres. Y cada vez que no entiendas lo que Dios está haciendo en tu vida, recuerda a José: Dios lo encaminó a bien.
Tarea para esta semana: lee Génesis completo, uno o dos capítulos cada día, con el mapa de los cuatro acontecimientos y las cuatro personas. Al final de cada capítulo, escribe en una frase lo que aprendiste sobre Dios.
Oración
Dios eterno, Creador de los cielos y de la tierra, te adoramos porque en el principio tú ya eras, y todo lo que existe salió de tu palabra. Gracias porque nos hiciste a tu imagen, y porque cuando caímos no nos abandonaste, sino que prometiste la simiente que aplastaría la cabeza de la serpiente. Gracias por Jesucristo, el Cordero que tú mismo proveíste, la simiente de Abraham en quien son benditas todas las familias de la tierra, el León de la tribu de Judá. Señor, danos la fe de Abraham, para creer tus promesas aunque tarden; quebranta nuestro orgullo como quebrantaste a Jacob, para bendecirnos; y enséñanos a ver, como José, que aun lo que otros piensan para mal, tú lo encaminas a bien. Espíritu Santo, abre nuestros ojos para ver a Cristo en cada página de tu Palabra. En el nombre de Jesús. Amén.
En el próximo día, el día diez, cerraremos esta primera serie con una lección de apologética: la resurrección de Jesucristo, estudiada a partir de primera de Corintios quince.
Dr. (h. c.) Alejandro Sirit.
Complemento de la lección nueve
Repaso de la lección
La novena lección abrió el libro de los orígenes. Génesis significa origen, y en hebreo el libro se llama bereshít, en el principio, hache siete mil doscientos veinticinco; fue escrito por Moisés, según el testimonio del Señor Jesús. Para recordarlo seguimos una pauta sencilla, cuatro acontecimientos en los capítulos uno al once, la creación, la caída, el diluvio y Babel, y cuatro personas en los capítulos doce al cincuenta, Abraham, Isaac, Jacob y José, mientras la palabra toledót, generaciones, va marcando sus secciones.
Vimos que solo Dios crea en el sentido pleno del verbo bará, hache mil doscientos cincuenta y cuatro; que en los tres primeros días da forma y en los tres siguientes llena lo que formó; y que el hombre, varón y hembra, fue creado a imagen de Dios. Luego escuchamos a la serpiente, que sembró duda, exageró el mandato, negó la palabra de Dios y calumnió su carácter, y oímos enseguida la primera promesa del evangelio en Génesis tres, quince. Más adelante, Abraham creyó a Jehová y le fue contado por justicia, fundamento de la justificación por la fe, y en el monte aprendió que Jehová proveerá, porque Dios ve de antemano y provee el cordero. Y todo el libro desemboca en la providencia que José confesó a sus hermanos: vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien.
Autoevaluación
Ahora vienen las preguntas de autoevaluación. Después de cada pregunta habrá un silencio breve. Detén el audio si lo necesitas, responde en voz alta con tus propias palabras, y luego escucha la respuesta.
Primera pregunta. Di los cuatro acontecimientos y las cuatro personas de Génesis.
Respuesta: creación, caída, diluvio y Babel; Abraham, Isaac, Jacob y José.
Segunda pregunta. ¿Qué nos enseña Génesis uno sobre el valor de toda persona humana?
Respuesta: que todo ser humano, varón y hembra, fue creado a imagen de Dios, y por eso tiene una dignidad que no depende de su utilidad, de su raza ni de su condición.
Tercera pregunta. ¿Cómo sigue usando la serpiente su estrategia hoy?
Respuesta: siembra duda sobre lo que Dios dijo, exagera sus mandatos para que parezcan duros, niega sus advertencias y calumnia su bondad. El antídoto es conocer bien la Palabra y creerla.
Cuarta pregunta. ¿Por qué Génesis tres, quince se llama protoevangelio, y cómo se cumple en Cristo?
Respuesta: porque es el primer anuncio del evangelio. La simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente y sería herida en el calcañar. Cristo, nacido de mujer, venció al diablo en la cruz, al precio de su propio sufrimiento.
Quinta pregunta. ¿Qué enseña Génesis quince, seis, y dónde lo usa el Nuevo Testamento?
Respuesta: que Abraham creyó a Jehová y le fue contado por justicia. Pablo lo usa en Romanos y en Gálatas para enseñar la justificación por la fe.
Sexta pregunta. ¿Qué cambió en Jacob en Peniel?
Respuesta: luchó con Dios, fue quebrantado y bendecido, y recibió un nombre nuevo: Israel. Dios bendice al que primero quebranta.
Séptima pregunta. ¿Qué consuelo da la historia de José al creyente que sufre injusticia?
Respuesta: que Dios gobierna aun lo que otros hacen para mal, y lo encamina a bien, para dar vida a mucho pueblo. Eso no excusa el pecado de los hermanos, pero muestra la soberanía de Dios.
Para el púlpito
Bosquejo para predicar o enseñar. Título: La primera promesa. Texto: Génesis tres, quince.
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Así dice Génesis, capítulo tres, versículo quince.
La idea central es que en la hora misma de la caída Dios anunció al Redentor que vencería a la serpiente.
El sermón puede comenzar en el huerto, con el hombre y la mujer escondidos entre los árboles y la voz de Jehová Dios que se pasea al aire del día. Ese es el primer movimiento: la caída fue verdadera. El hombre escuchó a la serpiente y desobedeció a Dios, y el pecado no es un tropiezo menor, sino rebelión, en la cual todos estamos en Adán.
El segundo movimiento descubre una enemistad puesta por Dios. El Señor no deja al hombre en amistad con el engañador, y la gracia empieza precisamente cuando Dios rompe nuestra alianza con el pecado.
El tercer movimiento anuncia una victoria alcanzada por medio de una herida: la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente, y ella le herirá en el calcañar. Allí el predicador conduce a la cruz, donde Cristo fue herido para vencer, y llama al arrepentimiento y a la fe en Él. El sermón concluye mirando al final de la Biblia, donde la serpiente antigua es vencida y Dios habita con su pueblo, y anima a la iglesia a permanecer firme en esa esperanza.
Versículo para memorizar
El versículo de hoy es Génesis tres, quince.
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.» Así dice Génesis, capítulo tres, versículo quince.
Repítelo en voz alta hasta que lo digas sin mirar.
Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.