Curso Experto Bíblico · Día 8
El Verbo hecho carne: exégesis del prólogo del evangelio de Juan
Escuela Bíblica Cielo Efata · Dr. (h. c.) Alejandro Sirit
Introducción
En el día seis leímos en griego el primer versículo del evangelio de Juan, y en el día siete aprendimos los principios para interpretar bien la Escritura: observar, interpretar y aplicar; el sentido literal, gramatical e histórico; el contexto; la Escritura interpretada con la Escritura; y Cristo como centro. Hoy vamos a poner todo eso en práctica en uno de los pasajes más profundos de toda la Biblia: el prólogo del evangelio de Juan, los primeros dieciocho versículos del capítulo uno.
Este pasaje ha sido llamado la cumbre de la revelación. En dieciocho versículos, Juan nos lleva desde la eternidad antes de la creación hasta el pesebre de Belén, y desde el pesebre hasta el seno del Padre. Nos dice quién es Jesús antes de contarnos lo que hizo. Y lo hace con palabras sencillas, que un niño puede leer, pero tan profundas que ningún sabio ha llegado a agotarlas.
La palabra exégesis, que usamos en el título, viene precisamente del último versículo de este pasaje. Allí Juan dice que el Hijo unigénito ha dado a conocer al Padre. Dar a conocer es exegéomai, ge mil ochocientos treinta y cuatro, que el diccionario de Strong explica como sacar afuera en voz alta, relatar, desplegar. Jesucristo es la exégesis de Dios: el que despliega delante de nosotros quién es el Padre. Y nuestra tarea hoy es hacer, con humildad, una pequeña exégesis de este texto: desplegar lo que ya está en él.
Vamos a dividir el prólogo en seis secciones. Primera: el Verbo en la eternidad, versículos uno y dos. Segunda: el Verbo en la creación, versículos tres al cinco. Tercera: el testigo, Juan el Bautista, versículos seis al ocho. Cuarta: el Verbo que vino al mundo, versículos nueve al trece. Quinta: el Verbo hecho carne, versículo catorce. Y sexta: la gracia y la revelación del Padre, versículos quince al dieciocho. Al final, haremos el repaso y oraremos.
Antes de empezar, algo sobre el autor y el propósito. La tradición más antigua de la iglesia atribuye este evangelio al apóstol Juan, hijo de Zebedeo, el discípulo a quien Jesús amaba, que se recostó junto al pecho del Señor en la última cena. El mismo evangelio, en el capítulo veintiuno, dice que ese discípulo es el que da testimonio de estas cosas y las escribió. Y el propósito del libro está declarado con toda claridad cerca del final. Escucha.
«Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.» Así dice Juan, capítulo veinte, versículos treinta al treinta y uno.
Este es el contexto del libro entero, el tercer círculo del que hablamos en el día siete. Todo el evangelio, y por lo tanto también el prólogo, fue escrito para que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengamos vida en su nombre. Cuando estudiamos el prólogo, no estamos haciendo solo un ejercicio intelectual; estamos leyendo una invitación a creer.
Primera sección. El Verbo en la eternidad
Escucha los dos primeros versículos.
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.» Así dice Juan, capítulo uno, versículos uno al dos.
Observemos primero. Hay tres frases en el versículo uno, y las tres tienen el mismo sujeto: el Verbo. En el principio era el Verbo. Y el Verbo era con Dios. Y el Verbo era Dios. Luego el versículo dos resume: este era en el principio con Dios. Fíjate en la repetición del verbo era, y en la repetición de las palabras principio, Verbo y Dios. Cuando un texto repite así, está subrayando.
En el principio. Cualquier lector que conociera las Escrituras de Israel reconocería de inmediato estas palabras. Son las primeras palabras de la Biblia, Génesis uno, uno: en el principio creó Dios los cielos y la tierra. En hebreo, como vimos en el día cinco, es bereshít, de la raíz reshít, hache siete mil doscientos veinticinco, que el diccionario de Strong explica como lo primero, en lugar, tiempo, orden o rango. En la traducción griega antigua del Antiguo Testamento, Génesis comienza con las mismas dos palabras que Juan: en arjé. Juan nos lleva deliberadamente al principio de la creación. Pero hay una diferencia muy importante. Génesis dice que en el principio Dios creó. Juan dice que en el principio el Verbo era. No dice que en el principio el Verbo comenzó a existir, ni que fue creado, sino que ya era. Cuando todo lo creado comenzó, el Verbo ya existía. Arjé, ge setecientos cuarenta y seis, que el diccionario de Strong explica como un comienzo, y también como el que es principal, el jefe. Antes de que hubiera un primer momento del tiempo, el Verbo ya era.
Y aquí la gramática nos ayuda, como aprendimos. El verbo era, en griego en, es el tiempo imperfecto del verbo eimí, ge mil quinientos diez, ser, existir, que describe una acción continua en el pasado. No dice que el Verbo llegó a ser, sino que estaba siendo, de manera continua. Más adelante, en el versículo tres, Juan usará otro verbo para las cosas creadas: egéneto, del verbo gínomai, ge mil noventa y seis, llegar a ser, empezar a existir. El contraste es deliberado: el Verbo era; las cosas llegaron a ser. Y en el versículo catorce Juan usará ese mismo verbo de llegar a ser para el Verbo, en un sentido asombroso: el Verbo llegó a ser carne. Lo eterno entró en el tiempo.
El Verbo. La palabra griega es lógos, ge tres mil cincuenta y seis, que el diccionario de Strong explica como algo dicho, incluyendo el pensamiento; también razón, motivo; y añade que, con el artículo en el evangelio de Juan, designa la expresión divina, es decir, Cristo. ¿Por qué llama Juan a Jesús el Verbo, la Palabra? Los estudiosos han propuesto varias razones, y conviene ser prudentes. Lo que podemos afirmar con seguridad, desde la misma Escritura, es lo siguiente. En el Antiguo Testamento, la palabra de Dios es poderosa y creadora. En Génesis uno, Dios dijo, y fue hecho. El salmo treinta y tres lo resume así.
«Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, Y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.» Así dice Salmos, capítulo treinta y tres, versículo seis.
Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos. En hebreo, palabra es dabár, hache mil seiscientos noventa y siete, que el diccionario de Strong explica como una palabra, y por extensión un asunto o cosa. Además, la palabra de Jehová venía a los profetas para revelar a Dios. Así que, en la Biblia, la palabra de Dios es Dios mismo actuando para crear y Dios mismo hablando para revelarse. Y Juan nos dice que esa palabra es una persona, que estaba con Dios y que era Dios. Algunos estudiosos señalan además que el término lógos era conocido por los pensadores griegos de la época, para quienes significaba la razón que ordena el universo. Es posible que Juan lo usara sabiendo que también ellos lo entenderían, para decirles: eso que buscáis tiene nombre y rostro. Pero el fondo principal de Juan, según su propio uso de las Escrituras, es el Antiguo Testamento.
Y el Verbo era con Dios. La preposición con traduce el griego prós, ge cuatro mil trescientos catorce, que el diccionario de Strong explica como una preposición de dirección, hacia. Con el acusativo, como aquí, indica movimiento o relación hacia alguien. Algunos estudiosos subrayan que prós aquí sugiere no solo cercanía, sino comunión, una relación cara a cara. Hay que ser prudentes para no cargar demasiado una preposición, pero lo que es seguro es que el texto distingue al Verbo de Dios Padre: estaba con él. No son una sola persona. Hay comunión eterna entre ellos. Y el mismo Señor Jesús lo confirma en su oración de Juan diecisiete, cinco: glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
Y el Verbo era Dios. Esta es la afirmación más alta. En griego, el orden de las palabras es: y Dios era el Verbo, kai theós en ho lógos. La palabra Dios va primero, para darle énfasis, y no lleva artículo. En el día seis explicamos que, en griego, cuando el predicado va antes del verbo sin artículo, eso no lo convierte en un dios cualquiera, sino que describe la naturaleza del sujeto. Juan no dice que el Verbo era el Padre; eso lo habría expresado con artículo, y entonces habría confundido a las personas. Tampoco dice que era un dios, un ser divino de segunda categoría; esa idea es ajena a todo el evangelio. Dice que el Verbo era Dios en su naturaleza, plenamente divino. Algunas creencias que niegan la divinidad de Cristo traducen esta frase como un dios. Pero esa traducción no es la que exige la gramática griega, y contradice el resto del evangelio, donde Tomás confiesa a Jesús resucitado: ¡Señor mío, y Dios mío!, y el Señor acepta esa confesión, en Juan veinte, veintiocho.
Este era en el principio con Dios. El versículo dos repite y une las dos primeras afirmaciones. La eternidad del Verbo y su comunión con Dios no son ideas separadas: siempre ha sido así. Nunca hubo un momento en que el Verbo no estuviera con el Padre. Y aquí la Escritura interpretada con la Escritura nos lleva a la doctrina que la iglesia confesó con base en textos como este: un solo Dios en tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, iguales en naturaleza y distintas como personas. Juan uno, uno y dos, es uno de sus fundamentos más claros.
Segunda sección. El Verbo en la creación
Escucha los versículos tres al cinco.
«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.» Así dice Juan, capítulo uno, versículos tres al cinco.
Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. Fíjate en la forma del versículo tres. Primero lo afirma en positivo, todas las cosas por él fueron hechas; luego lo repite en negativo, sin él nada fue hecho. Es una manera hebrea de dar énfasis, parecida al paralelismo que vimos en el día siete. El resultado es una afirmación absoluta: no hay nada creado que no haya sido hecho por medio del Verbo. Y esto tiene una consecuencia lógica: si todo lo que fue hecho fue hecho por él, entonces él mismo no fue hecho. Él está del lado del Creador, no del lado de las criaturas.
Los demás apóstoles enseñan lo mismo. Pablo escribe a los colosenses, hablando de Cristo: porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; todo fue creado por medio de él y para él. Y el autor de Hebreos dice que por medio del Hijo Dios hizo el universo. La Escritura interpreta a la Escritura, y la enseñanza es unánime.
Esto tiene una aplicación hermosa. El mismo que hizo las estrellas, los océanos y cada célula de tu cuerpo es el que vino a salvarte. Cuando miras la creación, estás mirando la obra de las manos de Cristo. Y cuando le confías tu vida, la estás confiando a quien la hizo.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La palabra vida es zoé, ge dos mil doscientos veintidós, que el diccionario de Strong explica sencillamente como vida, literal o figurada. En el evangelio de Juan esta palabra aparece muchas veces, casi siempre unida a la idea de vida eterna. El Verbo no solo dio la vida a las criaturas al crearlas; él mismo es la fuente de la vida. Más adelante, el Señor dirá: yo soy la resurrección y la vida, y yo soy el camino, y la verdad, y la vida.
Y esa vida era la luz de los hombres. La palabra luz es fos, ge cinco mil cuatrocientos cincuenta y siete, que el diccionario de Strong explica como luminosidad, en el sentido más amplio, natural o artificial, literal o figurado. De nuevo Juan nos lleva a Génesis uno: lo primero que Dios dijo fue sea la luz. En hebreo, luz es or, hache doscientos dieciséis, que el diccionario de Strong explica como iluminación o luminaria, en todo sentido, incluyendo felicidad. La luz que dio al mundo la primera mañana es una imagen de la luz que Cristo da al alma. Más adelante, el Señor dirá: yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida, en Juan ocho, doce.
La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. Fíjate en el tiempo del verbo resplandece: está en presente. Juan no dice que la luz resplandeció una vez, sino que sigue resplandeciendo. Tinieblas es skotía, ge cuatro mil seiscientos cincuenta y tres, que el diccionario de Strong explica como penumbra, oscuridad, literal o figurada. En el evangelio de Juan, las tinieblas representan el mundo que se opone a Dios, el pecado, la ignorancia y la muerte.
Y las tinieblas no prevalecieron contra ella. El verbo es katalambáno, ge dos mil seiscientos treinta y ocho, que el diccionario de Strong explica como tomar con avidez, apoderarse, poseer, literal o figuradamente. Este verbo puede tener dos sentidos: comprender, en el sentido de captar con la mente, o vencer, en el sentido de apoderarse de algo para dominarlo. Las traducciones antiguas lo traducían muchas veces como comprendieron, y la Reina Valera de mil novecientos sesenta lo traduce como prevalecieron contra ella. Los estudiosos discuten cuál es el sentido principal, y es posible que Juan haya escogido esta palabra precisamente porque admite los dos. En cualquier caso, la verdad es gloriosa: las tinieblas no entendieron la luz, y tampoco pudieron apagarla. Ni el pecado del mundo, ni la oposición de los hombres, ni siquiera la cruz pudieron extinguirla. La luz siempre gana.
Tercera sección. El testigo
Escucha los versículos seis al ocho.
«Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.» Así dice Juan, capítulo uno, versículos seis al ocho.
De repente, el texto cambia de tono. Después de hablar de la eternidad y de la creación, Juan nos baja a la historia concreta: hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Aquí se trata de Juan el Bautista, no del apóstol que escribe el evangelio. Fíjate en el contraste entre el Verbo y este hombre. Del Verbo se dijo que era; de Juan se dice que hubo, que llegó a ser, con el mismo verbo gínomai que se usó para las cosas creadas. El Verbo es eterno; Juan es un hombre que apareció en un momento de la historia. El Verbo es la luz; Juan no era la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz.
La palabra testimonio es una de las palabras clave de este evangelio. El verbo es martyréo, ge tres mil ciento cuarenta, que el diccionario de Strong explica como ser testigo, testificar, literal o figuradamente. De esta palabra griega viene nuestra palabra mártir, porque muchos de los primeros testigos de Cristo sellaron su testimonio con su sangre. El evangelio de Juan presenta una especie de juicio, en el que varios testigos declaran a favor de Jesús: Juan el Bautista, las obras que hace, el Padre, las Escrituras, el Espíritu Santo, los discípulos. Y el lector es como un jurado que tiene que decidir.
¿Por qué insiste tanto el evangelista en que Juan el Bautista no era la luz? Probablemente porque algunos, en aquella época, tenían a Juan el Bautista en una estima excesiva. El libro de los Hechos, en el capítulo diecinueve, menciona en Éfeso a unos discípulos que solo conocían el bautismo de Juan. El evangelista pone las cosas en su lugar con amor y con firmeza: Juan fue un gran hombre, enviado por Dios, pero su grandeza consistió en señalar a otro. El mismo Bautista lo dirá más adelante, en el capítulo tres: es necesario que él crezca, pero que yo mengue.
Aquí tenemos una aplicación directa para todo predicador, maestro y creyente. Nuestra tarea es la de Juan: no somos la luz; somos testigos de la luz. El éxito de un testigo no se mide por cuánta gente lo mira a él, sino por cuánta gente mira hacia donde él señala. Y fíjate en el propósito: a fin de que todos creyesen por él. El testimonio de Juan tenía una meta evangelística: que todos creyeran en la luz.
Cuarta sección. El Verbo vino al mundo
Escucha los versículos nueve al trece.
«Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.» Así dice Juan, capítulo uno, versículos nueve al trece.
Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. El versículo nueve presenta una dificultad gramatical que los estudiosos han discutido mucho. La frase que viene a este mundo puede referirse a la luz o a todo hombre. Es decir, puede entenderse como la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía al mundo, o como la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene al mundo. Ambas lecturas son posibles en griego. La Reina Valera de mil novecientos sesenta escoge la primera, que encaja muy bien con el contexto, porque los versículos siguientes hablan precisamente de la venida del Verbo al mundo. Lo seguro, sea cual sea la lectura, es que Cristo es la luz verdadera, la luz auténtica, en contraste con todas las luces parciales o falsas.
¿Qué significa que alumbra a todo hombre? No significa que todo hombre sea salvo automáticamente, porque los versículos siguientes dicen que muchos no lo recibieron. Muchos intérpretes entienden que la luz de Cristo alcanza de alguna manera a todos los hombres, ya sea en la conciencia y la creación, como enseña Pablo en Romanos uno y dos, o en el sentido de que la luz del evangelio se ofrece a todos, sin distinción de pueblo. Otros entienden que, al venir, la luz expone a cada hombre, mostrando lo que es. Aquí conviene firmeza en lo claro: Cristo es la única luz verdadera; y humildad en el detalle de cómo alumbra a cada uno.
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. La palabra mundo es kósmos, ge dos mil ochocientos ochenta y nueve, que el diccionario de Strong explica como un arreglo ordenado, un adorno, y por extensión el mundo, en sentido amplio o estrecho, incluyendo a sus habitantes, y en sentido literal o moral. En el evangelio de Juan, el mundo tiene varios sentidos: a veces es la creación, a veces la humanidad que Dios ama, como en Juan tres, dieciséis, y a veces la humanidad organizada en contra de Dios. Aquí aparecen varios sentidos juntos: el Creador vino a su creación, y la humanidad que él hizo no lo reconoció. Es una de las frases más tristes de la Biblia. Imagina a un artista que entra en una galería llena de sus propias obras, y nadie lo reconoce.
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Aquí hay un detalle del griego que se pierde un poco en la traducción. La primera vez, lo suyo está en género neutro: vino a lo que le pertenecía, a su propia casa, a su tierra. La segunda vez, los suyos está en masculino: su propio pueblo. Se refiere a Israel, el pueblo que Dios había escogido, al que había dado las Escrituras, los pactos y las promesas. El Mesías vino a su propia casa, y su propia familia le cerró la puerta. Esto no significa que ningún israelita lo recibiera, porque todos los apóstoles y los primeros discípulos eran israelitas; significa que, como pueblo, en su conjunto y por medio de sus líderes, lo rechazaron. Y Pablo, en Romanos once, enseña que ese rechazo no es definitivo ni total, y que Dios sigue teniendo un propósito para Israel.
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Aquí llega la gran buena noticia del prólogo. Después del rechazo, viene el pero, el mas. Fíjate en cómo se describe a los salvados: los que le recibieron, y los que creen en su nombre. Recibir es lambáno, ge dos mil novecientos ochenta y tres, tomar, recibir. Recibir a Cristo y creer en su nombre son dos maneras de decir lo mismo. Creer en su nombre significa confiar en él tal como él es, en todo lo que su nombre representa: su persona, su autoridad y su obra.
Y a esos les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. La palabra potestad es exousía, ge mil ochocientos cuarenta y nueve, que el diccionario de Strong explica como privilegio, y también fuerza, capacidad, derecho, autoridad delegada. No es solo una posibilidad, sino un derecho legítimo, otorgado por Dios. Hijos es téknon, ge cinco mil cuarenta y tres, que el diccionario de Strong explica como un niño, en cuanto engendrado. Juan casi siempre usa esta palabra para los creyentes, y reserva otra palabra, huiós, hijo, para el Señor Jesús. Cristo es el Hijo en un sentido único y eterno; nosotros somos hechos hijos por gracia. Es importante que aquí el texto dice ser hechos, con el mismo verbo de llegar a ser. Nadie nace hijo de Dios por naturaleza en este sentido; llega a serlo por recibir a Cristo. Todos los seres humanos son criaturas de Dios, pero no todos son hijos de Dios en el sentido de este versículo.
Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. El versículo trece explica cómo ocurre ese nuevo nacimiento, y lo hace primero con tres negaciones. No de sangre: no por la descendencia física, no por pertenecer a un linaje, ni siquiera al linaje de Abraham. No de voluntad de carne: no por el deseo o el esfuerzo humano natural. No de voluntad de varón: no por la decisión de un hombre, ni de un padre que quiera que su hijo sea creyente, ni de un líder religioso. Voluntad es thélema, ge dos mil trescientos siete, que el diccionario de Strong explica como una determinación, una decisión, propósito. Y después viene la afirmación: sino de Dios. El verbo engendrar es gennáo, ge mil ochenta, que el diccionario de Strong explica como procrear, y figuradamente regenerar.
Esto anticipa la conversación del Señor con Nicodemo en el capítulo tres: el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. El nuevo nacimiento es una obra de Dios. Y fíjate en la relación entre el versículo doce y el trece. En el doce, los que creen reciben el derecho de ser hechos hijos. En el trece, la fuente de ese nacimiento es Dios. La Escritura enseña las dos verdades juntas: el hombre es llamado a recibir y a creer, y la salvación es enteramente obra de Dios. El creyente nunca puede decir que se hizo hijo de Dios a sí mismo; solo puede dar gracias porque Dios lo engendró.
Quinta sección. El Verbo hecho carne
Llegamos al corazón del prólogo. Escucha el versículo catorce.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.» Así dice Juan, capítulo uno, versículo catorce.
Y aquel Verbo fue hecho carne. Esta frase habría escandalizado a muchos en el mundo antiguo. Para muchos pensadores griegos, la carne y la materia eran algo inferior, una prisión del espíritu. Para ellos, era impensable que lo divino tomara un cuerpo. Y para el pueblo de Israel, que confesaba a un solo Dios, santo y trascendente, también era asombroso pensar que el Dios eterno pudiera tomar carne humana. Pero Juan lo dice sin rodeos: el Verbo, que era Dios, llegó a ser carne.
La palabra carne es sarx, ge cuatro mil quinientos sesenta y uno, que el diccionario de Strong explica como carne, el cuerpo, la naturaleza humana con sus debilidades, un ser humano como tal. Juan no dice que el Verbo tomó la apariencia de un hombre, ni que habitó en un hombre, sino que llegó a ser carne. Esto excluye dos errores que aparecieron muy temprano en la historia. El primero sostenía que Cristo solo parecía tener un cuerpo, pero que en realidad era un espíritu. Contra esa creencia, Juan escribe en su primera carta que todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios, en primera de Juan cuatro, dos. El segundo error sostenía que el Verbo dejó de ser Dios al hacerse hombre, o que se mezcló con la humanidad formando algo distinto. Contra eso, el mismo prólogo dice que vimos su gloria, la gloria del Unigénito del Padre. Llegó a ser lo que no era, hombre verdadero, sin dejar de ser lo que era, Dios verdadero.
Esta es la doctrina de la encarnación. La iglesia, meditando en textos como este, confesó que en Cristo hay dos naturalezas, divina y humana, plenas y verdaderas, unidas en una sola persona, sin confusión y sin separación. Es un misterio que supera nuestra comprensión, pero no nuestra fe. Pablo lo llama el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, en primera de Timoteo tres, dieciséis.
Y habitó entre nosotros. Aquí está una de las palabras más hermosas de todo el Nuevo Testamento. El verbo es skenóo, ge cuatro mil seiscientos treinta y siete, que el diccionario de Strong explica como plantar una tienda, acampar, y especialmente residir, como Dios lo hizo en el tabernáculo antiguo, símbolo de protección y comunión. Literalmente, el Verbo puso su tienda entre nosotros.
Cualquier lector que conociera el Antiguo Testamento pensaría inmediatamente en el tabernáculo del desierto. En hebreo, tabernáculo es mishkán, hache cuatro mil novecientos ocho, que el diccionario de Strong explica como una residencia, y específicamente el tabernáculo. Viene del verbo shakán, hache siete mil novecientos treinta y uno, que el diccionario de Strong explica como residir, permanecer. Dios dijo a Moisés: harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos, en Éxodo veinticinco, ocho. El tabernáculo era una tienda en medio del campamento de Israel, donde Dios manifestaba su presencia. Y Juan nos dice que en Jesús, Dios vino a acampar en medio de nosotros, no en una tienda de pieles y madera, sino en una tienda de carne humana. Muchos estudiosos señalan también una coincidencia notable de sonido entre la palabra griega skené, tienda, y la palabra hebrea shakán; aunque no conviene construir una doctrina sobre un parecido de sonido, el trasfondo del tabernáculo está claramente presente en el texto, porque el versículo sigue hablando de la gloria.
Y vimos su gloria. En el tabernáculo, cuando Moisés lo terminó, la gloria de Jehová llenó el tabernáculo, como dice Éxodo cuarenta, treinta y cuatro. Escucha.
«Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo.» Así dice Éxodo, capítulo cuarenta, versículo treinta y cuatro.
En hebreo, gloria es kabód, hache tres mil quinientos diecinueve, que el diccionario de Strong explica como propiamente peso, y figuradamente esplendor, abundancia. La gloria de Dios es el peso de su presencia, su majestad visible. En griego, gloria es dóxa, ge mil trescientos noventa y uno, que el diccionario de Strong explica como gloria, en cuanto muy aparente, en sentido amplio. Juan dice: vimos su gloria. El verbo está en primera persona del plural: nosotros, los testigos, la vimos. ¿Dónde la vieron? En las señales que Jesús hizo, como en las bodas de Caná, donde el evangelio dice que manifestó su gloria, en Juan dos, once. En el monte de la transfiguración, que Juan presenció. Y de manera paradójica, en la cruz, que en este evangelio es la hora de la glorificación del Hijo. El Señor dijo, cuando se acercaba su muerte: ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado, en Juan doce, veintitrés.
Gloria como del unigénito del Padre. La palabra unigénito es monogenés, ge tres mil cuatrocientos treinta y nueve, que el diccionario de Strong explica como único nacido, es decir, único. Esta palabra se usa en el Nuevo Testamento para el hijo único de la viuda de Naín, para la hija única de Jairo, y para Isaac, de quien Hebreos once dice que Abraham ofrecía a su unigénito. Isaac no era literalmente el único hijo de Abraham, porque también estaba Ismael; pero era el hijo único en un sentido especial, el hijo de la promesa. Así también, cuando la Escritura llama a Cristo el Unigénito, subraya que es Hijo de una manera única, sin igual. Los creyentes somos hechos hijos por gracia, como vimos en el versículo doce; Cristo es el Hijo por naturaleza, desde la eternidad. No hubo un tiempo en que el Hijo no fuera Hijo, porque, como dice el versículo uno, en el principio ya era.
Lleno de gracia y de verdad. Esta expresión tiene un trasfondo profundo en el Antiguo Testamento. Cuando Moisés pidió a Dios: te ruego que me muestres tu gloria, Dios pasó delante de él y proclamó su nombre. Escucha.
«Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;» Así dice Éxodo, capítulo treinta y cuatro, versículo seis.
Grande en misericordia y verdad. En hebreo, misericordia es jésed, hache dos mil seiscientos diecisiete, que el diccionario de Strong explica como bondad, y también piedad. Es el amor fiel de Dios hacia su pueblo, el amor del pacto. Y verdad es emét, hache quinientos setenta y uno, que el diccionario de Strong explica como estabilidad, y figuradamente certeza, verdad, fidelidad. Muchos estudiosos ven en la expresión de Juan, lleno de gracia y de verdad, un eco de esta revelación de Éxodo: la gloria que Moisés pidió ver, y que solo vio de espaldas, ahora se ha visto plenamente en el rostro de Jesucristo. En griego, gracia es járis, ge cinco mil cuatrocientos ochenta y cinco, que el diccionario de Strong explica como gracia, aquello que agrada, y especialmente la influencia divina en el corazón y su reflejo en la vida. Y verdad es alétheia, ge doscientos veinticinco, verdad.
Fíjate en el equilibrio: gracia y verdad. No solo gracia, como si Dios pasara por alto el pecado; no solo verdad, como si Dios solo juzgara. En Jesús, la gracia y la verdad están juntas, en plenitud. Él dijo a la mujer sorprendida en adulterio: ni yo te condeno; vete, y no peques más. Ni yo te condeno: eso es gracia. No peques más: eso es verdad. La iglesia que quiere parecerse a Cristo debe estar llena de las dos.
Sexta sección. La gracia y la revelación del Padre
Escucha los versículos quince al dieciocho.
«Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.» Así dice Juan, capítulo uno, versículos quince al dieciocho.
En el versículo quince vuelve a aparecer Juan el Bautista, y dice algo que suena como una adivinanza: el que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Juan el Bautista nació unos meses antes que Jesús, como sabemos por Lucas uno, y comenzó su ministerio antes que él. En ese sentido, Jesús venía después. Pero Jesús es antes que Juan en rango, y era primero que él en existencia, porque, como dijo el versículo uno, en el principio era el Verbo. El testimonio de Juan el Bautista confirma la eternidad del Verbo.
Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Plenitud es pléroma, ge cuatro mil ciento treinta y ocho, que el diccionario de Strong explica como lo que llena, el contenido, la abundancia, y también lo que está lleno. Cristo está lleno de gracia y de verdad, como dijo el versículo catorce, y de esa plenitud todos los creyentes recibimos. Y recibimos gracia sobre gracia. La preposición griega que se traduce sobre es antí, que normalmente significa en lugar de. Por eso muchos estudiosos entienden la expresión como gracia en lugar de gracia: una gracia que sucede a otra, como las olas del mar que llegan una tras otra sin agotarse. Otros la entienden en relación con el versículo siguiente: la gracia del nuevo pacto en lugar de la gracia del antiguo. Ambas ideas son verdaderas a la luz de la Escritura, y en ambos casos la imagen es de una abundancia inagotable. Nunca llegarás al fondo de la gracia de Cristo.
Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. Este versículo no enfrenta a Moisés con Cristo como si la ley fuera mala. Pablo dice que la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. La ley también fue un regalo de Dios. Pero la ley fue dada por medio de un siervo, Moisés; la gracia y la verdad vinieron, o literalmente llegaron a ser, por medio de Jesucristo, el Hijo. La ley mostraba la santidad de Dios y el pecado del hombre, pero no podía dar vida. Cristo trae la realidad plena de lo que la ley anunciaba. Fíjate también que aquí, en el versículo diecisiete, aparece por primera vez en el prólogo el nombre humano de Jesucristo. Hasta ahora se le llamó el Verbo, la luz, el Unigénito. Ahora Juan dice su nombre: Jesucristo. El Verbo eterno tiene nombre, historia y rostro.
A Dios nadie le vio jamás. Esta afirmación parece chocar con algunos pasajes del Antiguo Testamento en que se dice que alguien vio a Dios, como Jacob en Peniel o Isaías en el templo. Pero la misma Escritura explica que nadie ha visto a Dios en su esencia y en su gloria plena. Dios dijo a Moisés: no podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá, en Éxodo treinta y tres, veinte. Lo que los patriarcas y los profetas vieron fueron manifestaciones de Dios, adaptadas a su capacidad. Muchos intérpretes, desde los primeros siglos, entendieron que en varias de esas manifestaciones, como las del ángel de Jehová, era el mismo Verbo quien se mostraba antes de su encarnación. Es una interpretación antigua y respetable, aunque conviene presentarla con prudencia, caso por caso.
El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer. Aquí conviene una nota sobre el texto griego, como aprendimos en el día seis. El Texto Recibido, que sigue la gran mayoría de los manuscritos griegos y que es la base de la Reina Valera, dice ho monogenés huiós, el unigénito Hijo. Algunos manuscritos antiguos dicen en cambio monogenés theós, el unigénito Dios, o Dios unigénito, y algunas traducciones modernas siguen esa lectura. Es interesante notar que ninguna de las dos lecturas niega la divinidad de Cristo, que ya quedó afirmada en el versículo uno. Nosotros seguimos el Texto Recibido, que dice el unigénito Hijo, y que encaja de manera natural con la mención del Padre en la misma frase. Hijo es huiós, ge cinco mil doscientos siete, y Padre es patér, ge tres mil novecientos sesenta y dos.
Que está en el seno del Padre. Seno es kólpos, ge dos mil ochocientos cincuenta y nueve, que el diccionario de Strong explica como el pecho, el regazo. Es la imagen de la intimidad más profunda. En la cultura de la época, en una comida, el invitado más cercano se reclinaba junto al pecho del anfitrión. El mismo evangelio usa esta palabra para describir al discípulo amado, que estaba recostado al lado de Jesús en la última cena, en Juan trece, veintitrés. Así como el discípulo amado estaba en el seno de Jesús, Jesús está en el seno del Padre. Y fíjate en el tiempo: está, en presente. Aun mientras caminaba por Galilea, el Hijo no dejó de estar en comunión íntima con el Padre.
Él le ha dado a conocer. Aquí está el verbo exegéomai, del que hablamos al principio: desplegar, explicar, narrar. Jesús es la exégesis de Dios. Si quieres saber cómo es Dios, mira a Jesús. Cuando Felipe le dijo al Señor: muéstranos el Padre, y nos basta, el Señor respondió: el que me ha visto a mí, ha visto al Padre, en Juan catorce, nueve. La compasión de Jesús hacia los enfermos es la compasión del Padre. Su santidad frente al pecado es la santidad del Padre. Su paciencia con los discípulos es la paciencia del Padre. Y su amor en la cruz es el amor del Padre, que de tal manera amó al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito.
Una mirada de conjunto: la estructura del prólogo.
Ahora que hemos recorrido el prólogo versículo por versículo, conviene mirarlo de lejos, como quien sube a un monte para ver todo el valle. Muchos estudiosos han observado que el prólogo tiene una estructura cuidadosa, en la que las ideas del principio vuelven al final, como en un espejo. Al principio, el Verbo está con Dios; al final, el Hijo está en el seno del Padre. Al principio, se habla de la creación por medio del Verbo; al final, de la gracia y la verdad por medio de Jesucristo. En medio, aparece dos veces el testimonio de Juan el Bautista. Y en el centro, según varios estudiosos, está la promesa de los versículos doce y trece: a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
Hay que ser prudentes con estas propuestas de estructura, porque los estudiosos no coinciden en todos los detalles, y no conviene forzar el texto para que encaje en un esquema. Pero la observación general es útil, y tiene una aplicación preciosa. El prólogo empieza en el seno de Dios y termina en el seno de Dios. El Verbo salió del Padre, vino al mundo, puso su tienda entre nosotros, y volvió al Padre, como el mismo Señor dirá en Juan dieciséis, veintiocho: salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. Y en el camino de ida y vuelta, abrió una puerta para que nosotros, que estábamos en tinieblas, llegáramos a ser hijos de Dios. El movimiento del prólogo es el movimiento de todo el evangelio: Dios viene a nosotros para llevarnos a él.
El prólogo como introducción a todo el evangelio.
Otra observación importante es que el prólogo anuncia los grandes temas que el resto del evangelio va a desarrollar. Es como la obertura de una gran obra musical, en la que se escuchan por primera vez las melodías que luego volverán una y otra vez. La vida: el evangelio fue escrito para que tengamos vida en su nombre, y el Señor dirá yo soy el pan de vida, yo soy la resurrección y la vida. La luz: yo soy la luz del mundo, dirá en el capítulo ocho, y en el capítulo nueve dará la vista a un ciego de nacimiento. Las tinieblas: Nicodemo viene de noche, y Judas sale de noche. El testimonio: Juan el Bautista, las obras, el Padre, las Escrituras, el Espíritu. El rechazo: los suyos no le recibieron, y el evangelio narra cómo los líderes lo rechazan hasta la cruz. La fe: creer aparece decenas de veces en este evangelio. El nuevo nacimiento: Nicodemo. La gloria: las señales, y la hora de la cruz. La verdad: yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Y la revelación del Padre: el que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
Por eso, cuando leas el resto del evangelio de Juan, vuelve una y otra vez al prólogo. Cada milagro, cada discurso, cada encuentro es una ilustración de lo que el prólogo anuncia. El prólogo es la llave que abre el libro.
El prólogo de Juan y el primer capítulo de Génesis.
Ya hemos visto de paso varias conexiones entre el prólogo de Juan y el relato de la creación. Ahora conviene reunirlas, porque es un ejemplo perfecto del principio que aprendimos en el día siete: la Escritura se interpreta con la Escritura. Juan escribió su prólogo con Génesis uno delante de los ojos, y el lector atento debe leer los dos juntos.
Primera conexión: las primeras palabras. Génesis comienza diciendo en el principio, y Juan comienza con las mismas palabras. Pero mientras Génesis cuenta lo que Dios hizo en el principio, Juan nos dice quién estaba ya allí cuando todo comenzó.
Segunda conexión: la palabra creadora. En Génesis uno, la frase y dijo Dios aparece una y otra vez, y cada vez que Dios habla, algo comienza a existir. Juan nos revela que esa palabra creadora no era solo un sonido, sino una persona: el Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas.
Tercera conexión: la luz y las tinieblas. En Génesis uno, versículos dos al cuatro, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, Dios dijo sea la luz, y separó la luz de las tinieblas. Escucha.
«Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.» Así dice Génesis, capítulo uno, versículos tres al cuatro.
Juan retoma estas mismas palabras: la luz en las tinieblas resplandece. Pero ahora no habla solo de la luz física del primer día, sino de la luz espiritual que vence las tinieblas del pecado. Pablo hace la misma conexión en segunda de Corintios cuatro, seis, que es uno de los versículos más hermosos sobre la conversión.
«Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.» Así dice segunda de Corintios, capítulo cuatro, versículo seis.
El mismo Dios que en la creación mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Fíjate en la palabra faz. Rostro, en griego, es prósopon, ge cuatro mil trescientos ochenta y tres, que el diccionario de Strong explica como el frente, el rostro, la apariencia, y por extensión la presencia, la persona. La gloria de Dios, que Moisés no pudo ver de frente, la vemos ahora en el rostro de Jesucristo. Cada conversión es una nueva creación, un nuevo sea la luz pronunciado por Dios sobre un corazón oscuro.
Cuarta conexión: la vida. En Génesis uno, Dios llena la tierra de seres vivientes, y en Génesis dos sopla aliento de vida en el hombre. Juan dice que en el Verbo estaba la vida. El que dio la vida física es el que da la vida eterna.
Quinta conexión: el hombre creado a imagen de Dios. En Génesis uno, veintiséis, Dios dice: hagamos al hombre a nuestra imagen. Y en el prólogo, el Verbo se hace hombre. El Creador del hombre se hizo hombre para restaurar en nosotros la imagen que el pecado había desfigurado. Pablo dirá que Cristo es la imagen del Dios invisible, en Colosenses uno, quince, y que los creyentes somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen.
Estas conexiones no son alegorías inventadas por el intérprete, sino ecos que el mismo autor puso en su texto, usando las mismas palabras de Génesis. Esa es la diferencia entre la buena interpretación y la alegoría: la buena interpretación descubre lo que el autor quiso decir; la alegoría inventa lo que el autor no dijo.
El prólogo y las grandes verdades de la fe.
Antes de pasar a las aplicaciones, conviene notar cuántas verdades centrales de la fe cristiana se encuentran en estos dieciocho versículos. Esto nos muestra que la doctrina cristiana no es una construcción posterior a la Biblia, sino que nace del texto mismo.
Encontramos la eternidad del Hijo: en el principio era el Verbo. Encontramos la distinción entre el Padre y el Hijo: el Verbo era con Dios. Encontramos la divinidad del Hijo: el Verbo era Dios. Encontramos la creación por medio del Hijo: todas las cosas por él fueron hechas. Encontramos la condición caída del mundo: las tinieblas, el mundo que no le conoció. Encontramos la encarnación: el Verbo fue hecho carne. Encontramos la verdadera humanidad de Cristo y su verdadera divinidad, unidas en una persona. Encontramos la salvación por la fe: a los que creen en su nombre. Encontramos el nuevo nacimiento como obra de Dios: engendrados de Dios. Encontramos la adopción: hijos de Dios. Encontramos la gracia: de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Encontramos la relación entre la ley y el evangelio: la ley por medio de Moisés, la gracia y la verdad por medio de Jesucristo. Y encontramos la revelación del Padre por medio del Hijo: él le ha dado a conocer.
Una pequeña observación más. Aunque el prólogo no menciona expresamente al Espíritu Santo, el resto del capítulo lo presenta enseguida: Juan el Bautista vio al Espíritu descender del cielo como paloma y permanecer sobre Jesús, en el versículo treinta y dos. Y el nuevo nacimiento del versículo trece será explicado en el capítulo tres como nacer del agua y del Espíritu. Así, ya en el primer capítulo del evangelio, aparecen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, obrando juntos en la salvación.
Algunos dicen que la doctrina de la Trinidad o la de la divinidad de Cristo fueron inventadas siglos después por concilios eclesiásticos. Pero aquí la tenemos, en un texto escrito por un apóstol que caminó con Jesús. Los concilios de la iglesia antigua no inventaron estas verdades; las defendieron y las formularon con palabras precisas frente a quienes las negaban, usando precisamente textos como este. La autoridad no está en los concilios, sino en la Escritura; y la Escritura habla con claridad.
Del prólogo al Cordero.
El prólogo termina en el versículo dieciocho, pero el capítulo continúa, y el contexto inmediato nos ayuda a entender hacia dónde va el evangelio. Justo después del prólogo, Juan el Bautista da su testimonio ante los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén. Ellos le preguntan si es el Cristo, si es Elías, si es el profeta, y él responde que no. Dice que es la voz de uno que clama en el desierto, citando a Isaías cuarenta. Y al día siguiente, cuando ve a Jesús venir hacia él, pronuncia una de las frases más importantes de toda la Biblia. Escucha.
«El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Así dice Juan, capítulo uno, versículo veintinueve.
He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Fíjate en el camino que recorre el primer capítulo de Juan. Comienza con el Verbo eterno, que era Dios, y llega al Cordero que quita el pecado. El que creó el mundo es el que vino a quitar el pecado del mundo. La gloria del Unigénito y la sangre del Cordero no son dos temas distintos, sino la misma historia. El Verbo se hizo carne precisamente para poder morir como Cordero.
Y aquí el Antiguo Testamento vuelve a iluminar el Nuevo. El cordero recuerda el cordero de la Pascua, cuya sangre en los dinteles libró a Israel de la muerte en Egipto. Recuerda los corderos que se ofrecían cada mañana y cada tarde en el templo. Recuerda al carnero que Dios proveyó en lugar de Isaac, cuando Abraham dijo: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. Y recuerda al siervo de Isaías cincuenta y tres, que como cordero fue llevado al matadero. Juan el Bautista, el último de los profetas del antiguo pacto, señala con el dedo a Jesús y dice: aquí está el cumplimiento de todo eso.
El capítulo sigue con el llamamiento de los primeros discípulos. Dos discípulos de Juan el Bautista oyen su testimonio y siguen a Jesús. Jesús se vuelve y les pregunta: ¿qué buscáis? Ellos le preguntan dónde mora, y él les responde: venid y ved. Esa invitación resume la actitud del evangelio entero. Juan no nos pide que creamos sin mirar; nos invita a venir y a ver, a examinar el testimonio, a mirar las señales, y a creer. Andrés encuentra a su hermano Simón y le dice: hemos hallado al Mesías. Felipe encuentra a Natanael y le dice: hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas. El testimonio pasa de uno a otro, como una antorcha encendida.
Y el capítulo termina con una promesa del Señor a Natanael: de aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre. Es una referencia clara a la escalera que Jacob vio en sueños en Betel, en Génesis veintiocho. Jesús mismo es la escalera, el único camino entre el cielo y la tierra. El que estaba en el seno del Padre bajó para abrirnos el cielo.
Aplicaciones del prólogo.
Ahora, siguiendo el método del día siete, pasemos de la interpretación a la aplicación. Un solo sentido, muchas aplicaciones. Te propongo cinco.
Primera aplicación: adora a Cristo como Dios. El prólogo no nos deja otra opción. El Verbo era Dios, creó todas las cosas, es la vida y la luz. No es solo un maestro, ni un profeta, ni un ejemplo moral. Si Juan uno es verdad, entonces Jesucristo merece toda nuestra adoración, nuestra obediencia y nuestro amor. Tomás lo entendió al final del evangelio: ¡Señor mío, y Dios mío!
Segunda aplicación: descansa en su humanidad. El Verbo se hizo carne. Conoció el cansancio junto al pozo de Sicar, lloró ante la tumba de Lázaro, tuvo sed en la cruz. El autor de Hebreos dice que no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades. Cuando sufras, recuerda que el Dios que adoras sabe lo que es tener un cuerpo que sufre.
Tercera aplicación: recíbelo. El prólogo presenta dos respuestas posibles: los suyos no le recibieron; a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. No hay una tercera opción neutral. Si nunca lo has recibido, hoy es el día. Si ya lo recibiste, da gracias porque fue Dios quien te engendró.
Cuarta aplicación: vive como hijo. Si eres hijo de Dios, tienes acceso al Padre, como el Hijo está en su seno. Puedes acercarte a él con confianza, llamarle Padre, y vivir sin miedo. Y al mismo tiempo, los hijos se parecen a su Padre: llenos de gracia y de verdad, como el Unigénito.
Quinta aplicación: sé testigo. Juan el Bautista no era la luz, sino testigo de la luz. Tú tampoco eres la luz, pero puedes señalarla. En tu casa, en tu trabajo, en tu barrio, alguien necesita saber que la luz verdadera vino al mundo, y que las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Repaso
Ahora vamos a repasar lo aprendido. Te haré catorce preguntas. Responde cada una en voz alta antes de escuchar la respuesta.
Primera pregunta. ¿De dónde viene la palabra exégesis, y cómo se aplica a Cristo? Respuesta: del verbo exegéomai, desplegar, explicar, que aparece en Juan uno, dieciocho. Cristo es la exégesis de Dios: el que da a conocer al Padre.
Segunda pregunta. ¿Cuál es el propósito declarado del evangelio de Juan? Respuesta: que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que creyendo tengamos vida en su nombre, según Juan veinte, treinta y uno.
Tercera pregunta. ¿Qué contraste hay entre el verbo era y el verbo fueron hechas? Respuesta: el Verbo era, existía de manera continua; las cosas llegaron a ser, comenzaron a existir. El Verbo es eterno; la creación tuvo principio.
Cuarta pregunta. ¿Qué significa la palabra lógos, y por qué la usa Juan? Respuesta: palabra, expresión, razón. En el Antiguo Testamento, la palabra de Dios crea y revela; Juan enseña que esa palabra es una persona divina.
Quinta pregunta. ¿Qué enseñan las tres frases del versículo uno? Respuesta: que el Verbo es eterno, que es distinto del Padre y en comunión con él, y que es plenamente Dios en su naturaleza.
Sexta pregunta. ¿Qué consecuencia tiene que todas las cosas fueron hechas por él? Respuesta: que el Verbo no es una criatura, sino el Creador.
Séptima pregunta. ¿Qué dos sentidos puede tener el verbo katalambáno en el versículo cinco? Respuesta: comprender y vencer. Las tinieblas no entendieron la luz y no pudieron apagarla.
Octava pregunta. ¿Qué papel tiene Juan el Bautista en el prólogo? Respuesta: es un testigo enviado por Dios; no era la luz, sino que vino a dar testimonio de la luz, para que todos creyesen.
Novena pregunta. ¿Cómo llega alguien a ser hijo de Dios según los versículos doce y trece? Respuesta: recibiendo a Cristo y creyendo en su nombre; y ese nacimiento no es de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
Décima pregunta. ¿Qué significa que el Verbo fue hecho carne? Respuesta: que llegó a ser hombre verdadero, con cuerpo y naturaleza humana, sin dejar de ser Dios verdadero.
Undécima pregunta. ¿Qué significa la palabra habitó, y qué trasfondo tiene? Respuesta: skenóo, poner la tienda, acampar; recuerda el tabernáculo, donde Dios habitaba en medio de Israel y donde se manifestaba su gloria.
Duodécima pregunta. ¿Qué significa unigénito? Respuesta: monogenés, único, sin igual. Cristo es Hijo de manera única y eterna; nosotros somos hechos hijos por gracia.
Decimotercera pregunta. ¿Qué eco del Antiguo Testamento hay en la expresión lleno de gracia y de verdad? Respuesta: la revelación del nombre de Dios a Moisés en Éxodo treinta y cuatro, seis: grande en misericordia y verdad, jésed y emét.
Decimocuarta pregunta. ¿Qué dice el Texto Recibido en el versículo dieciocho? Respuesta: el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.
Antes de la tarea, una palabra de ánimo. Quizá algunas de las explicaciones gramaticales de esta lección te parecieron difíciles. No te desanimes. No necesitas recordar cada palabra griega para disfrutar de este pasaje. Lo importante es que hayas visto con más claridad quién es Jesús: el Verbo eterno, el Creador, la luz, el Unigénito lleno de gracia y de verdad, que puso su tienda entre nosotros y nos dio a conocer al Padre. Las herramientas son para servir a esa visión, y no al revés. Vuelve a escuchar esta lección más adelante, y verás que cada vez entiendes un poco más.
Tarea para esta semana: lee el prólogo de Juan en voz alta cada día. Después, elige un capítulo del resto del evangelio y busca en él al menos tres temas que el prólogo anuncia.
Oración
Padre eterno, te damos gracias porque no nos dejaste en tinieblas, sino que enviaste a tu Hijo, la luz verdadera, al mundo. Señor Jesucristo, Verbo eterno, que estabas en el principio con el Padre, y que eres Dios, te adoramos. Todas las cosas fueron hechas por ti, y nosotros también. Gracias porque te hiciste carne, pusiste tu tienda entre nosotros, y nos mostraste tu gloria, llena de gracia y de verdad. Perdónanos por las veces que no te hemos recibido como mereces. Hoy te recibimos de nuevo, creemos en tu nombre, y te damos gracias porque nos diste el derecho de ser hijos de Dios. Espíritu Santo, haz que vivamos como hijos, llenos de gracia y de verdad, y haznos testigos fieles de la luz. En el nombre de Jesús. Amén.
En el próximo día, el día nueve, haremos un recorrido panorámico por el libro de Génesis, el libro de los principios, para ver cómo todo lo que Dios hace en la historia comienza allí.
Dr. (h. c.) Alejandro Sirit.
Complemento de la lección ocho
Repaso de la lección
La octava lección comenzó con una palabra que da nombre a nuestra disciplina. Exégesis viene del verbo exegéomai, desplegar o dar a conocer, y Juan uno, dieciocho dice que el unigénito Hijo ha dado a conocer al Padre; por eso podemos decir que Cristo es la exégesis de Dios. Recordamos también el propósito del evangelio, escrito para que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengamos vida en su nombre.
Recorrimos luego el prólogo. En el principio era el Verbo, y aquel verbo era describe una existencia continua; todas las cosas fueron hechas por Él, de modo que el Verbo es eterno y Creador, no criatura. La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecieron contra ella, mientras Juan el Bautista aparece no como la luz, sino como testigo de la luz. A los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, nacidos no de sangre ni de voluntad humana, sino de Dios. Y en el corazón del pasaje oímos que aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, con el verbo skenóo, ge cuatro mil seiscientos treinta y siete, que evoca la tienda del tabernáculo, y que vimos su gloria, lleno de gracia y de verdad, en eco de Éxodo treinta y cuatro, seis.
Autoevaluación
Ahora vienen las preguntas de autoevaluación. Después de cada pregunta habrá un silencio breve. Detén el audio si lo necesitas, responde en voz alta con tus propias palabras, y luego escucha la respuesta.
Primera pregunta. ¿Por qué se puede decir que Cristo es la exégesis de Dios?
Respuesta: porque Juan uno, dieciocho usa el verbo exegéomai: el Hijo despliega y da a conocer al Padre, a quien nadie vio jamás.
Segunda pregunta. ¿Qué diferencia hay entre el Verbo que era y las cosas que fueron hechas?
Respuesta: el Verbo existía eternamente; las cosas comenzaron a existir. Uno es el Creador, lo otro es creación.
Tercera pregunta. ¿Cómo respondes a quien dice que el Verbo es un ser creado?
Respuesta: con el versículo tres: todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Si fuera creado, se habría hecho a sí mismo. Y el versículo uno dice que el Verbo era Dios.
Cuarta pregunta. ¿Qué enseña el versículo once sobre la respuesta del mundo a Cristo?
Respuesta: a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. El rechazo de Cristo revela la ceguera del corazón humano y nos llama a examinarnos.
Quinta pregunta. ¿Cómo llega alguien a ser hijo de Dios, según los versículos doce y trece?
Respuesta: recibiendo a Cristo y creyendo en su nombre; es un nacimiento que viene de Dios, no de la herencia, ni del esfuerzo, ni de la voluntad humana.
Sexta pregunta. ¿Qué trasfondo del Antiguo Testamento tiene la frase habitó entre nosotros?
Respuesta: el tabernáculo, donde Dios habitaba en medio de Israel y donde la gloria llenó el lugar, según Éxodo cuarenta.
Séptima pregunta. ¿Qué relación hay entre la ley dada por Moisés y la gracia y la verdad que vinieron por Jesucristo?
Respuesta: la ley fue dada por medio de Moisés como don de Dios; en Jesucristo vino la plenitud de la gracia y de la verdad que la ley anunciaba. De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.
Para el púlpito
Bosquejo para predicar o enseñar. Título: Vimos su gloria. Texto: Juan uno, catorce.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.» Así dice Juan, capítulo uno, versículo catorce.
La idea central es que el Dios eterno se hizo hombre verdadero para habitar con nosotros y mostrarnos su gloria, llena de gracia y de verdad.
El predicador puede evocar primero el desierto, el tabernáculo en medio del campamento y la nube de gloria que lo llenó. Desde allí brota el primer movimiento: el Verbo fue hecho carne. El Eterno entró en la historia sin dejar de ser Dios, y la humildad de la encarnación sobrecoge a quien la contempla.
El segundo movimiento anuncia que habitó entre nosotros. Puso su tienda en medio de un pueblo pecador, y esa cercanía, lejos de autorizar el pecado, nos llama a confesarlo y a no escondernos más.
El tercer movimiento proclama: vimos su gloria, una gloria llena de gracia que perdona y de verdad que no se rebaja. Por consiguiente, el predicador invita a recibir a Cristo y a creer en su nombre, para ser hecho hijo de Dios, y concluye recordando que los que le recibieron no quedaron iguales, sino que, como Juan, dieron testimonio de la luz.
Versículo para memorizar
El versículo de hoy es Juan uno, catorce.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.» Así dice Juan, capítulo uno, versículo catorce.
Repítelo en voz alta hasta que lo digas sin mirar.
Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.