Curso Experto Bíblico · Día 7
Usar bien la palabra de verdad: introducción a la hermenéutica bíblica
Escuela Bíblica Cielo Efata · Dr. (h. c.) Alejandro Sirit
Introducción
En los días cinco y seis abrimos las dos grandes puertas de las lenguas bíblicas: el hebreo y el griego. Aprendimos las letras, leímos los primeros versículos de Génesis y de Juan, y conocimos más de veinticinco palabras fundamentales. Pero conocer las palabras no basta. Una persona puede saber el significado de cada palabra de un pasaje y, sin embargo, entender el pasaje al revés. Por eso hoy entramos en una de las materias más importantes de toda esta escuela: la hermenéutica, es decir, el arte y la ciencia de interpretar correctamente la Escritura.
Esta lección es práctica. No vamos a hablar de teorías abstractas, sino de reglas que puedes aplicar mañana mismo en tu lectura, en tu enseñanza y en tu predicación. Y vamos a ver ejemplos concretos de pasajes que muchas veces se interpretan mal, para que aprendas a reconocer el error y a corregirlo con amor.
La lección tiene diez partes. Primero, definiremos qué es la hermenéutica a partir de la misma Biblia. Segundo, veremos por qué es necesaria. Tercero, hablaremos de la condición espiritual del intérprete. Cuarto, estudiaremos el principio del sentido literal, gramatical e histórico. Quinto, el principio del contexto. Sexto, el principio de que la Escritura se interpreta con la Escritura. Séptimo, el principio de Cristo como centro de toda la Escritura. Octavo, el principio de los géneros literarios. Noveno, la diferencia entre interpretación y aplicación, y entre lo que la Biblia describe y lo que manda. Y décimo, un método sencillo en tres pasos para estudiar cualquier pasaje. Al final, el repaso y la oración.
Primera parte. ¿Qué es la hermenéutica?
La palabra hermenéutica viene del griego. El verbo hermenéuo, ge dos mil cincuenta y nueve, significa según el diccionario de Strong traducir, interpretar. Aparece en el Nuevo Testamento cuando los evangelistas traducen una palabra hebrea o aramea, como cuando Juan explica que Siloé significa enviado, o que Cefas quiere decir Pedro.
Pero hay un pasaje donde aparece una forma intensiva de este verbo, que nos da la mejor definición de lo que es la hermenéutica. Es el relato del camino a Emaús. Dos discípulos caminaban tristes, el día de la resurrección, porque no entendían lo que había sucedido. Y el Señor resucitado se acercó a ellos sin que lo reconocieran. Escucha lo que hizo.
«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículo veintisiete.
Les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían. Declarar es diermenéuo, ge mil trescientos veintinueve, que el diccionario de Strong define como explicar completamente. Es el verbo de la hermenéutica, con un prefijo que lo intensifica: explicar de punta a punta, a fondo. El Señor Jesús fue el primer gran maestro de hermenéutica cristiana. Tomó las Escrituras de Moisés y de todos los profetas y les explicó cómo hablaban de él.
Y mira el efecto que tuvo esa interpretación en el corazón de los discípulos.
«Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículo treinta y dos.
¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? Esta es la meta de la hermenéutica: no solo una mente informada, sino un corazón que arde. La buena interpretación no enfría; enciende. Si alguna vez la hermenéutica te parece una materia seca, recuerda el camino a Emaús.
Hay otro pasaje que define nuestra tarea, y es el que da título a esta lección. Pablo escribe a Timoteo, un joven pastor, con estas palabras.
«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.» Así dice segunda de Timoteo, capítulo dos, versículo quince.
Que usa bien la palabra de verdad. Usar bien traduce un solo verbo griego, orthotoméo, ge tres mil setecientos dieciocho, que el diccionario de Strong explica como hacer un corte recto, y figuradamente exponer correctamente. Se compone de orthós, recto, y una raíz que significa cortar. Algunos piensan en el agricultor que traza un surco recto, otros en el constructor que corta las piedras a medida, otros en quien traza un camino derecho. En cualquier caso, la imagen es la de alguien que trabaja con precisión, sin desviarse. Y Pablo dice que el obrero que maneja así la Palabra no tiene de qué avergonzarse delante de Dios. Por lo tanto, también hay una manera de manejar la Palabra de la que uno sí tendría que avergonzarse: torcerla, cortarla mal, sacarla de su línea.
Segunda parte. ¿Por qué necesitamos la hermenéutica?
Alguien podría decir: si la Biblia es clara, ¿para qué necesitamos reglas para interpretarla? ¿No basta con leerla? La respuesta tiene dos lados.
Por un lado, es verdad que la Biblia es clara en todo lo necesario para la salvación y para la vida cristiana. Los reformadores llamaron a esto la claridad de la Escritura, y es una verdad preciosa. Un niño puede entender que Dios lo ama, que es pecador y que Cristo murió por él. El salmista dice que la palabra de Dios hace sabio al sencillo.
«La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo.» Así dice Salmos, capítulo diecinueve, versículo siete.
Por otro lado, la misma Escritura reconoce que hay en ella cosas difíciles, y que algunos las tuercen. Escucha a Pedro, hablando de las cartas de Pablo.
«Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición.» Así dice segunda de Pedro, capítulo tres, versículos quince al dieciséis.
Fíjate en tres cosas. Primera: Pedro, apóstol, reconoce que en las cartas de Pablo hay algunas cosas difíciles de entender. No todo en la Biblia es igualmente fácil. Segunda: hay gente que tuerce esos pasajes. Torcer es strebloo, ge cuatro mil setecientos sesenta y uno, que el diccionario de Strong define como retorcer, y especialmente torturar en el potro. Es la imagen de alguien que estira y retuerce el texto hasta que dice lo que él quiere, como un torturador que arranca una confesión falsa. Tercera: los que hacen eso son los indoctos e inconstantes, y lo hacen para su propia perdición. No es un error inofensivo.
Además, hay una distancia real entre nosotros y los autores bíblicos. Escribieron hace entre dos mil y tres mil quinientos años, en otras lenguas, en otra cultura, con otras costumbres, en otra geografía. Cuando Jesús habla de echar vino nuevo en odres viejos, o cuando Rut se acuesta a los pies de Booz en la era, o cuando Pablo habla del velo de las mujeres en Corinto, necesitamos entender algo del mundo en que esas palabras se dijeron. La hermenéutica nos ayuda a cruzar ese puente sin traer nuestras ideas al texto y sin dejar el texto en el pasado.
Por último, la experiencia muestra que casi todas las desviaciones de la fe a lo largo de la historia comenzaron con una mala interpretación de pasajes bíblicos. Muchas de las creencias que se apartan del evangelio citan versículos de la Biblia; el problema no es que no usen la Biblia, sino que la interpretan mal. Por eso la hermenéutica no es un lujo de los académicos: es una protección para la iglesia.
Tercera parte. El intérprete: su corazón antes que su método
Antes de hablar de reglas, hablemos del intérprete. La Biblia enseña que la comprensión de las cosas de Dios no depende solo de la inteligencia, sino también de la condición espiritual de quien lee. Escucha a Pablo.
«Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.» Así dice primera de Corintios, capítulo dos, versículo catorce.
El hombre natural, es decir, el que no tiene el Espíritu de Dios, puede leer la Biblia, analizar su gramática y conocer su historia, pero no percibe las cosas del Espíritu, porque le son locura. Necesita que el Espíritu Santo abra su entendimiento. Por eso la oración es parte del método hermenéutico. Recuerda la oración del salmo ciento diecinueve que aprendimos en el día cinco: abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.
Y escucha lo que el Señor resucitado hizo con los once, después de Emaús.
«Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras;» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículo cuarenta y cinco.
Les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras. El que inspiró la Escritura es el único que puede abrir el entendimiento para comprenderla. Los teólogos llaman a esta obra del Espíritu iluminación. No es una nueva revelación, ni añade nada al texto; es la luz que el Espíritu da para ver lo que ya está escrito.
Pero cuidado con un error muy común: pensar que, como el Espíritu ilumina, no hace falta estudiar. El mismo Pablo que habló de la obra del Espíritu le dijo a Timoteo: procura con diligencia presentarte a Dios aprobado. La palabra procura indica esfuerzo, empeño. El Espíritu Santo no premia la pereza. Ilumina al que ora y estudia, no al que ora para no estudiar.
Además del Espíritu, el intérprete necesita otras disposiciones. Necesita humildad, para dejar que el texto lo corrija a él, y no al revés. Necesita disposición a obedecer, porque el Señor dijo que el que quiera hacer la voluntad de Dios conocerá si la doctrina es de Dios, en Juan siete, diecisiete. Y necesita paciencia, porque algunos pasajes no se abren en la primera lectura.
Un ejemplo bíblico de buenos intérpretes es el de los judíos de Berea. Escucha.
«Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.» Así dice Hechos, capítulo diecisiete, versículo once.
Recibieron la palabra con toda solicitud, es decir, con gusto y disposición; y escudriñaban cada día las Escrituras, para ver si estas cosas eran así. Fíjate en el equilibrio: no fueron incrédulos que rechazaban todo, ni crédulos que aceptaban todo. Recibieron con gusto, pero comprobaron con la Escritura. Y esto lo hicieron con la enseñanza de un apóstol, Pablo. Si los de Berea comprobaban con la Escritura lo que enseñaba Pablo, cuánto más debemos comprobar nosotros lo que enseña cualquier maestro de hoy, incluido el que te habla en esta lección.
Y un ejemplo del Antiguo Testamento es Esdras, del que ya hablamos varias veces en esta escuela. Escucha cómo describe la Escritura su vida.
«Porque Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos.» Así dice Esdras, capítulo siete, versículo diez.
Había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos. Inquirir es darásh, hache mil ochocientos setenta y cinco, que el diccionario de Strong explica como pisar, frecuentar, y de allí buscar, consultar, investigar. Es la palabra de la que los maestros judíos sacaron más tarde el término midrash, interpretación. Fíjate en el orden de Esdras: primero preparó su corazón; luego inquirió, es decir, estudió; luego cumplió, es decir, obedeció; y solo después enseñó. Ese es el orden del buen intérprete: corazón, estudio, obediencia, enseñanza. Muchos invierten el orden y quieren enseñar lo que no han estudiado ni obedecido.
Cuarta parte. Primer principio: el sentido literal, gramatical e histórico
El primer gran principio de la hermenéutica bíblica es buscar el sentido que el autor quiso comunicar a sus primeros lectores, a través de las palabras que usó, según las reglas normales de su lengua y en su situación histórica. A esto se le llama el método gramático histórico, o el sentido literal.
Aquí la palabra literal no significa literalista, es decir, que todo deba tomarse al pie de la letra, sin figuras. Significa que debemos tomar el texto según su sentido natural, el que el autor quiso darle, incluyendo las figuras de lenguaje cuando el autor las usa. Cuando el Señor dice yo soy la puerta, el sentido literal no es que sea una puerta de madera, sino que es el único acceso a la salvación; esa es la intención del autor, y eso es lo literal. En cambio, cuando el texto dice que Jesús resucitó al tercer día, el sentido literal es que su cuerpo salió realmente de la tumba, porque así lo presenta el autor, como un hecho histórico.
Este principio se opone a otra manera de leer que fue muy común en algunas épocas de la historia: la lectura alegórica, que busca en cada detalle del texto un sentido espiritual oculto, distinto del que el autor quiso decir. Por ejemplo, hubo intérpretes que, al leer la parábola del buen samaritano, decían que el hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó era Adán, que los ladrones eran los demonios, que el samaritano era Cristo, que el mesón era la iglesia, que los dos denarios eran dos ordenanzas, y que el mesonero era un apóstol. Todo eso puede sonar edificante, pero no es lo que el Señor quiso enseñar. Escucha cómo termina la parábola.
«¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? El dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.» Así dice Lucas, capítulo diez, versículos treinta y seis al treinta y siete.
El Señor contó la parábola para responder a la pregunta ¿quién es mi prójimo?, y la conclusión la da él mismo: ve, y haz tú lo mismo. El sentido de la parábola es el amor práctico al necesitado, sin fronteras. Cuando el intérprete inventa significados para cada detalle, termina diciendo lo que él quiere, y el texto pierde su autoridad. Si cada uno puede hacer decir al texto lo que imagina, entonces el texto ya no nos corrige: nosotros lo controlamos a él.
El sentido gramatical significa que debemos prestar atención a las palabras, a su significado en su época, a los tiempos de los verbos, a los conectores como porque, por tanto, pero, para que. Y aquí te sirve todo lo que aprendiste en los días cinco y seis. Un ejemplo muy sencillo. En Romanos doce, uno, Pablo dice: así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios. La pequeña expresión así que, que en otras traducciones aparece como por tanto o por consiguiente, une todo lo que viene después con todo lo que Pablo escribió antes, en los once primeros capítulos. Los ruegos prácticos de los capítulos doce al dieciséis se apoyan en las verdades de los capítulos uno al once. Si saltas esa palabra, separas la obediencia de la gracia. Un maestro de la Biblia solía decir que, cuando encuentras un por tanto, debes preguntar para qué está allí.
El sentido histórico significa que debemos conocer la situación en que se escribió el texto: quién lo escribió, a quién, cuándo, por qué, en qué circunstancias. Por ejemplo, cuando Pablo escribe a los filipenses que se gocen en el Señor siempre, es importante saber que lo escribe preso, como él mismo dice en el capítulo uno. No es el consejo de un hombre cómodo, sino el testimonio de un prisionero que encontró su gozo en Cristo. Eso cambia por completo la manera en que lees esa exhortación.
Quinta parte. Segundo principio: el contexto
Si tuviera que resumir toda la hermenéutica en una sola palabra, esa palabra sería contexto. Un viejo dicho de los maestros de la Biblia lo expresa así: un texto fuera de contexto es un pretexto. Es decir, cuando arrancas un versículo de su lugar, puedes usarlo como excusa para decir cualquier cosa.
El contexto tiene varios círculos, como las ondas que se forman cuando cae una piedra en el agua. El primer círculo es el contexto inmediato: los versículos que están antes y después. El segundo es el contexto del párrafo y del capítulo. El tercero es el contexto del libro entero: su propósito, su tema, su estructura. El cuarto es el contexto del autor: lo que el mismo autor dice en otros libros. Y el quinto es el contexto de toda la Escritura. Vamos a ver ejemplos de cómo el contexto corrige malas interpretaciones.
Primer ejemplo: un versículo muy amado de Filipenses.
«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.» Así dice Filipenses, capítulo cuatro, versículo trece.
Muchas veces se usa este versículo como si significara que el creyente puede lograr cualquier cosa que se proponga: ganar un partido, conseguir un negocio, alcanzar cualquier meta personal. Pero escucha los versículos anteriores.
«No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.» Así dice Filipenses, capítulo cuatro, versículos once al doce.
Ahora el versículo trece se entiende de otra manera. Pablo está hablando de contentamiento. Ha aprendido a vivir con poco y con mucho, a tener hambre y a estar saciado. Y todo lo puede en Cristo, es decir, puede soportar cualquier situación, la abundancia y la escasez, porque Cristo lo fortalece. Lo puedo todo no es una promesa de éxito, sino una promesa de fuerza para estar contento en cualquier circunstancia, incluso en la cárcel. Y esto, lejos de empobrecer el versículo, lo hace más precioso. Es la fuerza que necesitas cuando las cosas no salen como quieres.
Segundo ejemplo: una promesa muy citada sobre la presencia del Señor.
«Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» Así dice Mateo, capítulo dieciocho, versículo veinte.
Este versículo se cita muchas veces para decir que, aunque una reunión de oración sea pequeña, el Señor está allí. Y es verdad que el Señor está con los suyos, como él mismo promete en otros lugares, por ejemplo al final de este mismo evangelio: he aquí yo estoy con vosotros todos los días. Pero el contexto inmediato de este versículo trata de otra cosa. Escucha los versículos anteriores.
«Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.» Así dice Mateo, capítulo dieciocho, versículos quince al diecisiete.
Y después dice el Señor:
«De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.» Así dice Mateo, capítulo dieciocho, versículos dieciocho al diecinueve.
El pasaje trata de la disciplina en la iglesia: cómo tratar al hermano que peca, con uno o dos testigos, y finalmente delante de la iglesia. Los dos o tres del versículo veinte son, en el contexto, los dos o tres testigos del versículo dieciséis, que a su vez recuerdan la ley de Deuteronomio diecinueve, quince. El Señor promete su presencia y su autoridad a la iglesia que actúa en su nombre en estos casos difíciles. Usar el versículo como promesa general para cualquier reunión no es una herejía, porque la presencia del Señor con los suyos se enseña en otros lugares; pero no es lo que este pasaje enseña en primer lugar. El buen intérprete aprende a distinguir entre lo que una verdad es en general y lo que un pasaje concreto enseña.
Tercer ejemplo: un versículo de Isaías que se cita como método de estudio.
«Porque mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá;» Así dice Isaías, capítulo veintiocho, versículo diez.
Muchas veces se cita esta frase como si fuera un método inspirado de estudio bíblico: mandamiento tras mandamiento, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá. Pero escucha el contexto. En los versículos anteriores, Isaías describe a los sacerdotes y profetas de Efraín borrachos, que se burlan del profeta. Y el versículo nueve dice: ¿a quién se enseñará ciencia, o a quién se hará entender doctrina? ¿A los destetados? ¿a los arrancados de los pechos? Muchos estudiosos entienden que el versículo diez reproduce, en tono de burla, lo que esos borrachos decían de la enseñanza del profeta: que era como hablar a niños pequeños, repitiendo sílabas. Y el versículo trece dice que, por haber despreciado así la palabra, la palabra de Jehová les sería precisamente eso, mandamiento tras mandamiento, línea sobre línea, para que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados. Escucha.
«La palabra, pues, de Jehová les será mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá; hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados, enlazados y presos.» Así dice Isaías, capítulo veintiocho, versículo trece.
Es decir, el versículo no es una recomendación de método, sino una descripción de juicio sobre los que se burlan de la Palabra. Esto no quiere decir que estudiar con paciencia y orden sea malo; al contrario, es bueno, y lo enseñan otros pasajes. Pero no debemos apoyar una buena idea en un versículo que dice otra cosa. Cuando lo hacemos, enseñamos a otros a usar la Biblia de manera descuidada.
Cuarto ejemplo, sobre el contexto del libro. El libro de Job contiene muchos discursos de los amigos de Job. Algunas de sus frases suenan muy piadosas. Pero al final del libro, Dios dice a Elifaz que está airado contra él y sus dos compañeros, porque no hablaron de él lo recto, como su siervo Job. Escucha.
«Y aconteció que después que habló Jehová estas palabras a Job, Jehová dijo a Elifaz temanita: Mi ira se encendió contra ti y tus dos compañeros; porque no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job.» Así dice Job, capítulo cuarenta y dos, versículo siete.
Esto significa que no todo lo que está escrito en la Biblia es una enseñanza de Dios, aunque todo lo que está escrito sea inspirado. La Biblia registra fielmente lo que dijeron los amigos de Job, y el registro es inspirado; pero el contenido de sus discursos debe evaluarse a la luz del libro entero, que muestra que se equivocaron en su manera de aplicar la verdad a Job. Lo mismo sucede con las palabras de la serpiente en Génesis tres, o con las de los enemigos de Dios en los salmos. La inspiración garantiza que lo escrito es un registro verdadero, no que cada persona citada dijo la verdad. Por eso, antes de citar un versículo como enseñanza, pregunta siempre: ¿quién está hablando aquí, y qué opina el libro de lo que dice?
Sexta parte. Tercer principio: la Escritura se interpreta con la Escritura
El tercer principio es uno de los más importantes de la Reforma, y está basado en la verdad que estudiamos en el día dos: toda la Escritura es inspirada por el mismo Espíritu. Si el autor último de toda la Biblia es uno solo, Dios, entonces la Biblia no puede contradecirse, y el mejor intérprete de la Biblia es la misma Biblia. Por eso, cuando un pasaje es difícil, buscamos otros pasajes del mismo autor y de toda la Escritura que traten el mismo tema.
De este principio se derivan dos reglas prácticas.
La primera regla es que los pasajes claros interpretan a los oscuros, y no al revés. No se debe construir una doctrina sobre un versículo difícil y luego forzar los versículos claros para que encajen con ella. Por ejemplo, en primera de Corintios quince, veintinueve, Pablo menciona a los que se bautizan por los muertos. Es un versículo difícil, y los estudiosos han propuesto muchas explicaciones. Lo que no podemos hacer es construir sobre él una práctica que contradiga lo que la Escritura enseña con claridad en muchos pasajes: que cada persona debe arrepentirse y creer personalmente, y que después de la muerte viene el juicio, como dice Hebreos nueve, veintisiete.
La segunda regla se llama la analogía de la fe. Significa que toda interpretación de un pasaje debe estar de acuerdo con el conjunto de lo que la Escritura enseña. Pablo usa una expresión relacionada cuando habla de la profecía en Romanos doce, seis: conforme a la medida de la fe. Si una interpretación de un pasaje contradice una verdad enseñada claramente en toda la Biblia, esa interpretación es equivocada, por más ingeniosa que sea.
Un ejemplo de cómo funciona esto es la relación entre Pablo y Santiago sobre la fe y las obras. Escucha a Pablo.
«Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.» Así dice Romanos, capítulo tres, versículo veintiocho.
Y ahora escucha a Santiago.
«Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.» Así dice Santiago, capítulo dos, versículo veinticuatro.
A primera vista parecen contradecirse. Pero cuando lees cada pasaje en su contexto, ves que no hablan de lo mismo. Pablo está respondiendo a la pregunta de cómo un pecador es declarado justo delante de Dios, y responde: por la fe, sin las obras de la ley. Santiago está respondiendo a otra pregunta: cómo se demuestra que una fe es verdadera, y responde: por las obras. Santiago habla de una fe que solo dice creer, como la de los demonios, que creen y tiemblan, en el versículo diecinueve. Pablo habla de la fe verdadera, que justifica. Y el mismo Pablo enseña que esa fe produce obras, como dice en Efesios dos, diez, inmediatamente después de decir que somos salvos por gracia por medio de la fe: somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras. Los dos apóstoles están de acuerdo: somos justificados solo por la fe, pero la fe que justifica nunca está sola. La Escritura interpretada con la Escritura resuelve lo que parecía una contradicción.
Séptima parte. Cuarto principio: Cristo, centro de toda la Escritura
El cuarto principio nos lo enseñó el mismo Señor. Ya lo vimos en el camino a Emaús, y lo repite poco después, con los once.
«Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.» Así dice Lucas, capítulo veinticuatro, versículo cuarenta y cuatro.
Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Las tres partes de la Biblia hebrea, como vimos en el día tres, hablan de Cristo. Y en otra ocasión, discutiendo con los que lo rechazaban, el Señor dijo esto.
«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Así dice Juan, capítulo cinco, versículos treinta y nueve al cuarenta.
Escudriñad las Escrituras; o como lo entienden muchos, vosotros escudriñáis las Escrituras, porque os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida. Esta es una advertencia solemne: se puede estudiar la Biblia con mucho cuidado y, sin embargo, no venir a Cristo. Los que discutían con el Señor eran estudiosos de las Escrituras, pero no veían a aquel de quien ellas hablaban.
¿Qué significa este principio en la práctica? No significa que tengamos que encontrar a Cristo de manera forzada en cada versículo, por ejemplo convirtiendo cada clavo del tabernáculo en una alegoría de la cruz. Eso sería volver al error de la alegoría. Significa que toda la Escritura forma una sola historia, la historia de la redención, que se dirige hacia Cristo y que se cumple en Cristo. Hay varios caminos legítimos para ver a Cristo en el Antiguo Testamento.
El primer camino son las profecías directas, como Isaías cincuenta y tres, Miqueas cinco, dos, sobre Belén, o el salmo veintidós.
El segundo camino son los tipos, es decir, personas, instituciones o acontecimientos del Antiguo Testamento que la misma Escritura presenta como figuras de Cristo. La palabra tipo viene del griego týpos, ge cinco mil ciento setenta y nueve, que el diccionario de Strong explica como el golpe de un sello o un molde, y de allí figura, modelo. Pablo dice que Adán es figura, týpos, del que había de venir, en Romanos cinco, catorce. El Señor mismo dice que como Jonás estuvo tres días en el vientre del gran pez, así estaría él en el corazón de la tierra; y que como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre. La carta a los Hebreos explica que el sacerdocio y los sacrificios de la ley eran sombra de lo que había de venir. La regla segura es esta: reconocemos como tipos los que el Nuevo Testamento señala, y somos muy prudentes con los demás.
El tercer camino son los temas que recorren toda la Biblia y que culminan en Cristo: el templo, el sacrificio, el rey, el profeta, el sacerdote, el pacto, el cordero, el pastor, la simiente. Desde la promesa de Génesis tres, quince, de que la simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente, hasta el Cordero en el trono del Apocalipsis, toda la Escritura avanza hacia Cristo.
Este principio nos protege de dos errores opuestos. Por un lado, del error de leer el Antiguo Testamento como un libro de moralejas, en el que David es solo un ejemplo de valentía y José solo un ejemplo de pureza, sin relación con la obra de Dios en Cristo. Y por otro lado, del error de olvidar que, aunque el Antiguo Testamento apunta a Cristo, cada pasaje tiene su propio sentido en su propio contexto, que debemos respetar.
Octava parte. Quinto principio: los géneros literarios y las figuras de lenguaje
La Biblia no es un solo tipo de libro. Es una biblioteca que contiene narraciones históricas, leyes, poesía, proverbios, profecías, evangelios, cartas y literatura apocalíptica. Cada uno de estos géneros tiene sus propias reglas, y el buen intérprete aprende a leer cada uno según su naturaleza. No se lee un salmo como se lee una ley, ni un proverbio como se lee una promesa, ni una parábola como se lee una crónica.
Empecemos por la poesía hebrea. Su rasgo principal no es la rima, sino el paralelismo: la segunda línea de un verso repite, contrasta o completa la idea de la primera. Escucha un ejemplo del salmo diecinueve.
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» Así dice Salmos, capítulo diecinueve, versículo uno.
Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. La segunda línea dice lo mismo que la primera con otras palabras. Esto se llama paralelismo sinónimo. Saber esto evita errores: no hay que buscar una diferencia teológica entre los cielos y el firmamento, porque el poeta está repitiendo la idea para darle fuerza. Otras veces la segunda línea contrasta con la primera, como en muchos proverbios: el hijo sabio alegra al padre, pero el hijo necio es tristeza de su madre. Esto se llama paralelismo antitético.
Ahora pasemos a los proverbios. La palabra hebrea para proverbio es mashál, hache cuatro mil novecientos doce, que el diccionario de Strong explica como un dicho conciso, de sentido figurado, y también una parábola. Un proverbio es una verdad general sobre cómo funciona la vida en el mundo de Dios, no una promesa absoluta para cada caso. Escucha dos proverbios seguidos.
«Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad, Para que no seas tú también como él. Responde al necio como merece su necedad, Para que no se estime sabio en su propia opinión.» Así dice Proverbios, capítulo veintiséis, versículos cuatro al cinco.
Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad; responde al necio como merece su necedad. ¿Se contradice la Biblia? No. El autor puso estos dos proverbios juntos a propósito, para enseñar que la sabiduría consiste en discernir cuál se aplica en cada situación. A veces no conviene discutir con el necio, porque terminas pareciéndote a él. Otras veces sí conviene responderle, para que no se crea sabio. Los proverbios no son fórmulas mecánicas, sino sabiduría que se aplica con discernimiento.
Esto es importante con un proverbio muy citado: instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él, en Proverbios veintidós, seis. Es una verdad general preciosa, y los padres hacen bien en confiar en ella. Pero no es una garantía mecánica de que todo hijo bien criado seguirá al Señor, como si la conversión dependiera solo de la crianza. Leerlo como promesa absoluta ha llenado de culpa a muchos padres fieles cuyos hijos se apartaron. El género literario nos libra de esa carga injusta.
Pasemos a las parábolas. La palabra griega es parabolé, ge tres mil ochocientos cincuenta, que el diccionario de Strong explica como una comparación, una ilustración, y también un proverbio. Literalmente es algo puesto al lado de otra cosa para compararla. La regla principal para interpretar una parábola es buscar su punto central, normalmente uno, a veces dos o tres, y no buscar un significado para cada detalle. Cuando el Señor mismo explica una parábola, como la del sembrador, seguimos su explicación. Cuando no la explica, buscamos la pregunta o la situación que provocó la parábola, que muchas veces está en el contexto. Por ejemplo, las tres parábolas de Lucas quince, la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo, responden a la murmuración de los fariseos y los escribas, que decían: este a los pecadores recibe, y con ellos come. El punto central es el gozo de Dios cuando un pecador se arrepiente, y la actitud del hermano mayor es el retrato de los que murmuraban.
Y hablemos ahora de las figuras de lenguaje. La Biblia está llena de ellas, como cualquier literatura humana rica. Un estudioso inglés del siglo diecinueve, Ethelbert Bullinger, catalogó más de doscientas figuras distintas en la Escritura. No necesitas aprender todas, pero sí reconocer las más comunes. La metáfora dice que una cosa es otra: yo soy la vid verdadera. El símil compara con como: todos nosotros nos descarriamos como ovejas. La hipérbole exagera para dar fuerza: si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti. El Señor no estaba mandando mutilarse, sino enseñando la seriedad radical con que hay que tratar el pecado. Y el antropomorfismo describe a Dios con rasgos humanos: los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, el brazo de Jehová, Dios se arrepintió. Dios es espíritu, como dice Juan cuatro, veinticuatro, y estas expresiones nos comunican verdades reales sobre él en un lenguaje que podemos entender.
Aquí también la Biblia tiene su propio vocabulario para el lenguaje difícil. La palabra hebrea jidá, hache dos mil cuatrocientos veinte, que el diccionario de Strong explica como un enigma, una pregunta difícil, un dicho oscuro, es la que se usa para los enigmas de Sansón y para las preguntas difíciles que la reina de Sabá trajo a Salomón. Dios mismo dijo que a Moisés le hablaba cara a cara, claramente, y no por figuras, en Números doce, ocho, donde la palabra figuras traduce esta misma raíz. Es decir, la Biblia misma distingue entre lenguaje claro y lenguaje figurado, y espera que nosotros también lo hagamos.
Por último, dos palabras sobre la profecía y el lenguaje apocalíptico. La profecía bíblica usa muchas imágenes: el sol que se oscurece, las estrellas que caen, los montes que se derriten. El intérprete debe preguntarse en cada caso si el autor habla de manera literal o figurada, comparando con el uso de esas mismas imágenes en otras partes de la Escritura. Y debe hacerlo con humildad, porque en los temas proféticos los creyentes fieles y estudiosos no siempre han llegado a las mismas conclusiones. Lo que todos los creyentes fieles confiesan es lo que es claro: Cristo volverá en persona, visible y gloriosamente, los muertos resucitarán, y habrá un juicio final. En los detalles, conviene firmeza en lo claro y humildad en lo difícil.
Novena parte. Interpretación y aplicación; descripción y mandato
Llegamos a dos distinciones que ahorran mucha confusión.
La primera distinción es entre interpretación y aplicación. Un principio clásico de la hermenéutica dice así: un solo sentido, muchas aplicaciones. Un pasaje tiene un sentido, el que el autor quiso darle, y ese sentido no cambia con el tiempo ni con el lector. Pero ese único sentido puede aplicarse de muchas maneras a distintas personas y situaciones. Por ejemplo, Pablo manda a los efesios: el que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. El sentido es claro: el creyente debe dejar de robar y trabajar honradamente para ayudar a otros. La aplicación puede variar: para un empleado, significará no robar tiempo a su empresa; para un comerciante, no engañar en el precio; para un estudiante, no copiar el trabajo de otro. El sentido es uno; las aplicaciones son muchas. El error está en saltar directamente a la aplicación sin entender primero el sentido, porque entonces aplicamos lo que el texto no dice.
La segunda distinción es entre los textos que describen y los textos que mandan. La Biblia narra muchas cosas que sucedieron, sin que por eso las apruebe ni las establezca como norma. Que Abraham, Jacob y David tuvieran varias mujeres está descrito; no está mandado, y el diseño de Dios para el matrimonio se enseña en Génesis dos, veinticuatro, que el Señor Jesús cita en Mateo diecinueve: los dos serán una sola carne. Que Jefté hiciera un voto terrible está descrito, y el libro de Jueces lo presenta dentro de un tiempo de desorden en que cada uno hacía lo que bien le parecía. Que Gedeón pusiera un vellón para pedir una señal está descrito; no está mandado como método para conocer la voluntad de Dios.
Lo mismo sucede en el libro de los Hechos, que narra la historia de la iglesia primitiva. No todo lo que hicieron los primeros creyentes es un mandato para todas las épocas. Por ejemplo, en Hechos uno, los apóstoles echaron suertes para elegir al sucesor de Judas. Eso está descrito, pero en ninguna parte se manda a la iglesia elegir así a sus líderes; de hecho, las cartas pastorales dan requisitos de carácter para elegir ancianos. La regla prudente es esta: una doctrina o una práctica normativa debe apoyarse en un texto que enseña o manda, y la narración la ilustra y la confirma, pero no la establece por sí sola. Cuando un relato y una enseñanza clara coinciden, el relato tiene mucho peso como ejemplo; cuando un relato está solo, hay que ser prudentes antes de convertirlo en regla para todos.
Y hay una tercera distinción importante: entre lo que estaba dirigido a Israel bajo el antiguo pacto y lo que se aplica a la iglesia bajo el nuevo pacto. Las leyes ceremoniales sobre sacrificios, alimentos y fiestas fueron cumplidas en Cristo, como enseña la carta a los Hebreos y como dice Pablo en Colosenses dos: todo eso es sombra de lo que ha de venir, pero el cuerpo es de Cristo. No por eso dejan de ser Palabra de Dios para nosotros: nos enseñan la santidad de Dios, la gravedad del pecado y la necesidad de un sacrificio perfecto. Pablo dice en Romanos quince, cuatro, que las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron.
Décima parte. Un método en tres pasos: observar, interpretar, aplicar
Vamos a cerrar con un método sencillo, que puedes usar con cualquier pasaje de la Biblia. Tiene tres pasos, y cada paso responde a una pregunta.
El primer paso es observar, y responde a la pregunta: ¿qué dice el texto? Aquí lees el pasaje varias veces, despacio, preferiblemente en voz alta. Te haces las preguntas del periodista: quién, qué, cuándo, dónde, por qué, cómo. Te fijas en las palabras que se repiten, en los conectores, en los mandatos, en las promesas, en las advertencias, en los contrastes. Todavía no interpretas; solo miras con atención. La palabra hebrea bin, hache novecientos noventa y cinco, que el diccionario de Strong explica como separar mentalmente, distinguir, y de allí entender, describe bien este paso: distinguir con cuidado lo que hay en el texto. La mayoría de los errores de interpretación vienen de no haber observado bien.
El segundo paso es interpretar, y responde a la pregunta: ¿qué significa el texto? Aquí aplicas los principios que hemos visto: el sentido literal, gramatical e histórico; el contexto en todos sus círculos; la Escritura interpretada con la Escritura; Cristo como centro; el género literario. Preguntas: ¿qué quiso decir el autor a sus primeros lectores? Y te ayudas con herramientas: una concordancia, un diccionario de Strong, un buen comentario, mapas. Pero recuerda que los comentarios son ayudas, no autoridades; los lees como los de Berea leían a Pablo, comprobando con la Escritura. Hay otra palabra hebrea que describe este paso, sakál, hache siete mil novecientos diecinueve, que el diccionario de Strong explica como ser prudente, entendido, actuar con sabiduría. Es la palabra que se usa en Daniel doce, tres: los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento.
El tercer paso es aplicar, y responde a la pregunta: ¿qué significa este texto para mí, para nosotros, hoy? Aquí buscas el principio permanente del pasaje y lo llevas a tu vida: un pecado que confesar, una promesa que creer, un mandato que obedecer, un ejemplo que seguir o evitar, una verdad sobre Dios que adorar. Santiago advierte que no basta con oír la Palabra: sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos, en Santiago uno, veintidós. La hermenéutica que no termina en obediencia termina en engaño.
Hagamos un pequeño ejercicio con un pasaje breve, para que veas el método en acción. Tomemos el salmo uno, versículos uno y dos.
«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche.» Así dice Salmos, capítulo uno, versículos uno al dos.
Observamos: hay una bienaventuranza, bienaventurado el varón. Hay una progresión de tres verbos: anduvo, estuvo, se sentó; y de tres grupos: malos, pecadores, escarnecedores. Hay un contraste introducido por la palabra sino. Y hay una actividad: meditar de día y de noche en la ley de Jehová.
Interpretamos: el salmo describe a la persona feliz ante Dios. La progresión de andar, estar y sentarse muestra cómo el pecado avanza poco a poco, desde escuchar el consejo de los malos hasta instalarse entre los que se burlan de Dios. El justo no se define solo por lo que evita, sino por lo que ama: su delicia está en la ley de Jehová. Ley aquí es la palabra torá, que como vimos en días anteriores significa instrucción, la enseñanza de Dios. Y meditar, en hebreo, tiene el sentido de murmurar, repetir en voz baja; es la lectura que se rumia. El salmo uno es la puerta de todo el libro de los Salmos, y pinta en primer lugar el retrato del justo perfecto, que solo Cristo cumplió plenamente.
Aplicamos: ¿de dónde vienen los consejos que escucho? ¿Qué cosas estoy empezando a tolerar, aunque sea de pie, de paso? ¿Es la Palabra de Dios mi delicia, o una obligación? ¿Tengo un tiempo, de día y de noche, para rumiarla? Y en Cristo, que cumplió este salmo, encuentro el perdón por no haberlo cumplido y la fuerza para empezar a vivirlo.
Un principio más: la revelación progresiva.
Antes de terminar, quiero añadir un principio que une todo lo anterior: la revelación progresiva. Dios no reveló toda su verdad de una sola vez, sino poco a poco, a lo largo de muchos siglos, como la luz del amanecer que va creciendo hasta el mediodía. Escucha cómo comienza la carta a los Hebreos.
«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;» Así dice Hebreos, capítulo uno, versículos uno al dos.
Muchas veces y de muchas maneras habló Dios a los padres por los profetas; en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. Fíjate que el autor no dice que lo que Dios dijo antes fuera falso o equivocado. Lo que Dios habló por los profetas era verdadero, pero parcial; en el Hijo, la revelación llega a su plenitud. La revelación progresiva no va de lo falso a lo verdadero, sino de lo verdadero incompleto a lo verdadero completo, de la semilla al árbol.
Un ejemplo claro es la doctrina de la Trinidad. En el Antiguo Testamento, Dios se revela con fuerza como uno solo, frente a los dioses de las naciones: oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es, en Deuteronomio seis, cuatro. Ya hay indicios de pluralidad dentro de esa unidad, como el hagamos de Génesis uno, veintiséis, o el Espíritu de Dios que se movía sobre las aguas, o el ángel de Jehová que habla como Dios mismo. Pero la plena revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo llega en el Nuevo Testamento, en el bautismo del Señor, en sus enseñanzas del aposento alto y en el mandato de bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El Nuevo Testamento no contradice al Antiguo; lo ilumina.
Otro ejemplo es la esperanza de la resurrección. En los libros más antiguos aparece de manera más velada; Job ya confiesa: yo sé que mi Redentor vive, y que en mi carne he de ver a Dios. Daniel la anuncia con más claridad: muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados. Y en el Nuevo Testamento, con la resurrección de Cristo, la luz llega al mediodía, como veremos en el día diez, cuando estudiemos primera de Corintios quince.
¿Qué consecuencias prácticas tiene este principio para el intérprete? La primera es que debemos leer el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, porque el Nuevo es su interpretación autorizada. El Señor y los apóstoles nos enseñan cómo leer a Moisés y a los profetas. Un antiguo dicho lo resume así: el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, y el Antiguo queda revelado en el Nuevo.
La segunda consecuencia es que debemos respetar el lugar de cada pasaje en la historia de la redención. Abraham no sabía todo lo que sabemos nosotros sobre Cristo, aunque el Señor dijo que Abraham se gozó de que había de ver su día, y lo vio, y se gozó. Cuando leemos la vida de Abraham, no debemos ponerle en la boca palabras del apóstol Pablo, pero sí podemos ver, con Pablo, que su fe fue contada por justicia, y que en eso es padre de todos los creyentes.
La tercera consecuencia es que la revelación terminó en Cristo y en el testimonio de sus apóstoles. El autor de Hebreos dice que en estos postreros días Dios nos ha hablado por el Hijo, y Judas habla de la fe que ha sido una vez dada a los santos, en el versículo tres de su carta. Una vez, es decir, de una vez para siempre. Por eso no esperamos nuevas revelaciones que añadan doctrinas a la Escritura. El Espíritu Santo sigue iluminando, consolando y guiando a la iglesia, pero lo hace por medio de la Palabra ya dada, y nunca en contra de ella. Cualquier enseñanza que pretenda completar o corregir la revelación de Cristo y de sus apóstoles debe ser rechazada, por más espiritual que parezca. La regla de los de Berea sigue siendo la regla: escudriñar las Escrituras para ver si estas cosas son así.
Y aquí cabe una palabra sobre la justicia y el juicio de Dios en la Escritura. La palabra hebrea mishpát, hache cuatro mil novecientos cuarenta y uno, que el diccionario de Strong explica como un veredicto, una sentencia, y de allí justicia, derecho, costumbre, recorre toda la Biblia. Los mismos juicios de Dios que en el Antiguo Testamento se ven en la historia de Israel y de las naciones, en el Nuevo Testamento se concentran en la cruz, donde Cristo llevó el juicio de los suyos, y en el día final, cuando él juzgará al mundo con justicia. La revelación progresiva no suaviza la justicia de Dios ni endurece su amor; muestra que en Cristo se cumple lo que anuncia el salmo ochenta y cinco: la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron. En la cruz, Dios no dejó de ser justo para poder ser misericordioso, sino que fue justo y, al mismo tiempo, el que justifica al que es de la fe de Jesús, como enseña Pablo en Romanos tres, veintiséis. Por eso, cuando leas los juicios del Antiguo Testamento, no los separes de la cruz; y cuando leas la gracia del Nuevo Testamento, no la separes de la justicia de Dios. Leer así, con toda la Escritura delante, es la marca del intérprete maduro.
Antes del repaso, unos errores frecuentes.
Para terminar, quiero nombrar tres errores frecuentes que debemos evitar, ya que los hemos visto de pasada.
El primer error es la eiségesis, que es lo contrario de la exégesis. Exégesis significa sacar del texto lo que el texto dice; eiségesis significa meter en el texto lo que uno ya pensaba. Todos tenemos esta tentación, porque todos llegamos al texto con ideas previas. El remedio no es fingir que no tenemos ideas, sino dejar que el texto las corrija.
El segundo error es usar versículos sueltos como municiones, sin mirar su contexto, para probar lo que ya decidimos creer. Es posible armar casi cualquier doctrina juntando frases sueltas de la Biblia. El remedio es leer libros enteros, capítulos enteros, y comprobar cada versículo en su lugar.
El tercer error es la interpretación privada, en el sentido de que cada uno decide lo que significa el texto según su gusto. Escucha a Pedro.
«entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.» Así dice segunda de Pedro, capítulo uno, versículos veinte al veintiuno.
La palabra interpretación aquí es epílysis, ge mil novecientos cincuenta y cinco, que el diccionario de Strong explica como explicación, interpretación, de un verbo que significa soltar, desatar. Los estudiosos discuten si Pedro habla del origen de la profecía, es decir, que los profetas no inventaron su mensaje, o de su interpretación por parte de los lectores. El versículo veintiuno parece apoyar lo primero: la profecía no vino por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. Pero en ambos casos la consecuencia es la misma: como la Escritura no nació de la voluntad privada de nadie, tampoco puede quedar a merced del capricho privado de nadie. La interpretamos dentro de la comunión de los santos, comprobando con toda la Escritura, aprendiendo de los que nos precedieron, y sometiéndonos al sentido que Dios le dio.
Repaso
Ahora vamos a repasar lo aprendido. Te haré catorce preguntas. Intenta responder cada una en voz alta antes de escuchar la respuesta.
Primera pregunta. ¿Qué es la hermenéutica? Respuesta: el arte y la ciencia de interpretar correctamente la Escritura. La palabra viene del verbo griego hermenéuo, interpretar, y su forma intensiva diermenéuo describe lo que hizo el Señor en el camino a Emaús.
Segunda pregunta. ¿Qué significa usar bien la palabra de verdad, en segunda de Timoteo dos, quince? Respuesta: el verbo orthotoméo significa hacer un corte recto, es decir, exponer la Palabra con precisión, sin desviarse.
Tercera pregunta. ¿Qué palabra usa Pedro para los que tuercen las Escrituras, y qué imagen evoca? Respuesta: strebloo, retorcer, como en el potro de tortura, haciendo que el texto diga lo que no dice.
Cuarta pregunta. ¿Qué es la iluminación, y elimina la necesidad de estudiar? Respuesta: es la obra del Espíritu Santo que abre el entendimiento para comprender lo que ya está escrito. No elimina el estudio; el Espíritu ilumina al que ora y estudia con diligencia.
Quinta pregunta. ¿Cuál es el orden de Esdras siete, diez? Respuesta: preparar el corazón, inquirir la ley, cumplirla, y enseñarla.
Sexta pregunta. ¿Qué es el sentido literal, gramatical e histórico? Respuesta: el sentido que el autor quiso comunicar a sus primeros lectores, según las reglas normales de su lengua y su situación histórica, incluyendo las figuras cuando el autor las usa.
Séptima pregunta. ¿Qué enseña el contexto de Filipenses cuatro, trece? Respuesta: que Pablo habla de contentamiento; Cristo le da fuerza para estar contento en la abundancia y en la escasez.
Octava pregunta. ¿Qué significa que la Escritura se interpreta con la Escritura? Respuesta: que, como toda la Biblia tiene un solo autor divino, no se contradice, y los pasajes claros interpretan a los oscuros.
Novena pregunta. ¿Cómo se armonizan Pablo y Santiago sobre la fe y las obras? Respuesta: Pablo explica cómo el pecador es justificado, solo por la fe; Santiago explica cómo se demuestra que la fe es verdadera, por las obras. La fe que justifica nunca está sola.
Décima pregunta. ¿Qué es un tipo, y cuál es la regla segura para reconocerlos? Respuesta: una persona, institución o acontecimiento que prefigura a Cristo; la palabra viene de týpos, sello o molde. La regla segura es reconocer los que el Nuevo Testamento señala y ser prudentes con los demás.
Undécima pregunta. ¿Qué es el paralelismo? Respuesta: el rasgo principal de la poesía hebrea, en que la segunda línea repite, contrasta o completa la idea de la primera.
Duodécima pregunta. ¿Por qué Proverbios veintiséis, cuatro y cinco, no se contradicen? Respuesta: porque los proverbios son sabiduría que se aplica con discernimiento; el autor los puso juntos para enseñar a discernir cuál se aplica en cada caso.
Decimotercera pregunta. ¿Qué significa un solo sentido, muchas aplicaciones? Respuesta: que el sentido del texto es el que el autor quiso darle y no cambia, pero ese sentido puede aplicarse de muchas maneras a distintas personas y situaciones.
Decimocuarta pregunta. ¿Cuáles son los tres pasos del método de estudio? Respuesta: observar, qué dice el texto; interpretar, qué significa; y aplicar, qué significa para mí hoy.
Tarea para esta semana: escoge el salmo veintitrés y aplícale los tres pasos. Escribe primero todo lo que observas, luego lo que significa en su contexto, y por último tres aplicaciones concretas para tu vida.
Oración
Padre nuestro que estás en los cielos, gracias por habernos dado tu Palabra, inspirada por tu Espíritu, verdadera y suficiente. Perdónanos por las veces que la hemos leído con prisa, que la hemos torcido para que dijera lo que queríamos, o que la hemos usado para golpear a otros en lugar de dejar que nos corrigiera a nosotros. Señor Jesús, así como abriste las Escrituras a los discípulos en el camino a Emaús, ábrelas también para nosotros, y haz que nuestro corazón arda cuando nos hables por ellas. Espíritu Santo, abre nuestro entendimiento, danos humildad para someternos al texto, diligencia para estudiarlo, y obediencia para vivirlo. Haz de nosotros obreros que no tienen de qué avergonzarse, que usan bien la palabra de verdad, para tu gloria y para el bien de tu iglesia. En el nombre de Jesús. Amén.
En el próximo día, el día ocho, pondremos en práctica todo lo aprendido con una exégesis detallada del prólogo del evangelio de Juan, versículo por versículo.
Dr. (h. c.) Alejandro Sirit.
Complemento de la lección siete
Repaso de la lección
La séptima lección partió de una convicción sencilla: conocer las palabras no basta, hay que interpretarlas bien. Pablo manda a Timoteo usar bien la palabra de verdad, y el verbo que emplea, orthotoméo, ge tres mil setecientos dieciocho, describe a quien traza derecho o corta recto. Para lograrlo aprendimos un método de tres pasos, observar lo que dice el texto, interpretar lo que significa y aplicar lo que exige, y buscamos siempre el sentido literal, gramatical e histórico, es decir, lo que el autor quiso decir a sus primeros lectores según las palabras, la gramática y la historia.
Vimos luego que el contexto manda, tanto el inmediato como el del libro y el de toda la Biblia; por eso Filipenses cuatro, trece habla de contentamiento y no de lograr cualquier deseo. Además, la Escritura se interpreta con la Escritura: los pasajes claros iluminan a los oscuros, y la Biblia no se contradice, porque tiene un solo autor divino. Finalmente aprendimos que un texto tiene un solo sentido y muchas aplicaciones, que los tipos se reconocen con seguridad cuando el Nuevo Testamento los señala, y que Cristo es el centro de toda la Escritura.
Autoevaluación
Ahora vienen las preguntas de autoevaluación. Después de cada pregunta habrá un silencio breve. Detén el audio si lo necesitas, responde en voz alta con tus propias palabras, y luego escucha la respuesta.
Primera pregunta. ¿Qué imagen da la palabra orthotoméo sobre la tarea del intérprete?
Respuesta: la de trazar un camino recto o cortar derecho. El intérprete no tuerce el texto, sino que sigue su línea.
Segunda pregunta. Nombra los tres pasos del método, y di cuál es el error de saltarse el primero.
Respuesta: observar, interpretar y aplicar. Si se salta la observación, se interpreta lo que uno cree que el texto dice, y no lo que realmente dice.
Tercera pregunta. ¿Por qué Filipenses cuatro, trece se usa mal con frecuencia?
Respuesta: porque se arranca de su contexto. Pablo habla de estar contento en la abundancia y en la escasez; Cristo le da fuerza para eso, no para cumplir cualquier ambición.
Cuarta pregunta. ¿Qué hacían los de Berea, según Hechos diecisiete, once?
Respuesta: recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Comparaban la enseñanza con la Escritura.
Quinta pregunta. ¿Por qué Pablo y Santiago no se contradicen sobre la fe y las obras?
Respuesta: porque Pablo enseña cómo es justificado el pecador, solo por la fe, y Santiago enseña cómo se muestra que la fe es verdadera, por sus obras.
Sexta pregunta. ¿Cuál es la regla segura para reconocer un tipo de Cristo?
Respuesta: reconocer con seguridad los que el Nuevo Testamento mismo señala, y no inventar correspondencias que el texto no sostiene.
Séptima pregunta. ¿Qué significa que el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu?
Respuesta: que sin la obra del Espíritu Santo el corazón no recibe la verdad de Dios. Por eso la buena hermenéutica comienza con oración y humildad.
Octava pregunta. Explica con un ejemplo la frase un solo sentido, muchas aplicaciones.
Respuesta: el contentamiento de Filipenses cuatro tiene un solo sentido, pero se aplica al enfermo, al que perdió el trabajo y al que prospera, cada uno en su situación.
Para el púlpito
Bosquejo para predicar o enseñar. Título: El obrero que no tiene de qué avergonzarse. Texto: segunda de Timoteo, dos, quince.
«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.» Así dice segunda de Timoteo, capítulo dos, versículo quince.
La idea central es que Dios llama a los suyos a manejar su Palabra con diligencia y rectitud, delante de Él.
El sermón puede abrir con Pablo preso, escribiendo a su hijo en la fe mientras circulan palabras que carcomen como gangrena. En ese ambiente resuena el primer movimiento: procura con diligencia presentarte a Dios aprobado. El primer oyente de todo predicador es Dios mismo, y esa verdad desarma el deseo de agradar a los hombres.
El segundo movimiento presenta al creyente como obrero. La Biblia exige trabajo, porque hay que leer, observar, comparar y orar, y el predicador desafía con amor la pereza espiritual.
El tercer movimiento describe al obrero que traza bien la palabra de verdad, cortándola recto sin torcerla. Aquí conviene mostrar el daño de los versículos arrancados de su contexto, llamar al arrepentimiento a quien ha usado la Biblia para sus propios fines y presentar a Cristo como el centro que da sentido a toda la Escritura. Así el sermón concluye: el obrero aprobado no tiene de qué avergonzarse, porque su confianza no descansa en su ingenio, sino en la Palabra fiel.
Versículo para memorizar
El versículo de hoy es segunda de Timoteo, dos, quince.
«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.» Así dice segunda de Timoteo, capítulo dos, versículo quince.
Repítelo en voz alta hasta que lo digas sin mirar.
Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.