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Curso Experto Bíblico · Día 6

La lengua del evangelio: introducción al griego del Nuevo Testamento

Escuela Bíblica Cielo Efata · Dr. (h. c.) Alejandro Sirit

Introducción

Ayer abrimos la puerta del hebreo, la lengua en que Dios habló a los padres por los profetas. Recorrimos las veintidós letras del alefato, leímos el primer versículo de Génesis y aprendimos el shemá. Hoy abrimos la segunda gran puerta: el griego, la lengua en que el Espíritu Santo inspiró los veintisiete libros del Nuevo Testamento. Es la lengua de los evangelios, de las cartas de Pablo, de Pedro, de Santiago, de Juan y de Judas, y del Apocalipsis. Es la lengua en que se escribió por primera vez el nombre de Jesús unido a la palabra Cristo, y en la que se anunció por escrito que el Verbo fue hecho carne.

Igual que ayer, esta lección está pensada para el oído. No escribiremos letras griegas, sino que las nombraremos, describiremos cómo suenan y las relacionaremos con letras que ya conoces, porque muchas de nuestras letras vienen de ellas. Te pido de nuevo papel y lápiz, y un corazón dispuesto.

La lección tiene diez partes. Primero, veremos cómo preparó Dios el mundo para que el evangelio se escribiera en griego. Segundo, conoceremos qué clase de griego es el del Nuevo Testamento. Tercero, recorreremos las veinticuatro letras del alfabeto griego. Cuarto, hablaremos de los espíritus, los acentos y la forma antigua de escribir. Quinto, aprenderemos cuatro rasgos de la gramática griega que cambian la manera de leer. Sexto, leeremos juntos, palabra por palabra, el primer versículo del evangelio de Juan. Séptimo, aprenderemos quince palabras griegas fundamentales, con sus números Strong verificados. Octavo, veremos cómo el pensamiento hebreo vive dentro del griego del Nuevo Testamento. Noveno, aprenderemos a no cometer los errores más comunes al usar el griego. Y décimo, sacaremos las consecuencias para tu vida. Después vendrán el repaso y la oración.

Primera parte. El cumplimiento del tiempo

Pablo escribe a los gálatas una frase que encierra toda una filosofía de la historia.

«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.» Así dice Gálatas, capítulo cuatro, versículos cuatro al cinco.

Cuando vino el cumplimiento del tiempo. Dios no envió a su Hijo en cualquier momento, sino cuando el tiempo estuvo maduro, cumplido. Y entre las cosas que Dios había preparado en la historia para la venida de Cristo y la expansión del evangelio, una de las más importantes fue la lengua.

Recuerda lo que vimos en el día uno sobre Daniel. En el capítulo ocho de su libro, Daniel vio un macho cabrío que venía del occidente con un cuerno notable entre sus ojos, y que derribó al carnero de dos cuernos. El ángel Gabriel le explicó la visión.

«El macho cabrío es el rey de Grecia, y el cuerno grande que tenía entre sus ojos es el rey primero.» Así dice Daniel, capítulo ocho, versículo veintiuno.

El rey de Grecia. La historia conoce el cumplimiento de esta profecía: en el siglo cuarto antes de Cristo, Alejandro, rey de Macedonia, conquistó en muy pocos años el imperio persa, desde Egipto hasta la India. Murió joven, y su reino se dividió entre sus generales, como Daniel había anunciado en el versículo veintidós. Pero sus conquistas dejaron algo que duró siglos: la lengua griega se extendió por todo el oriente como lengua común del comercio, de la administración y de la cultura. Cuando, más tarde, Roma conquistó esas mismas tierras, no impuso el latín en el oriente; el griego siguió siendo la lengua común.

De esta manera, en tiempos del Señor Jesús, un judío de Galilea, un comerciante de Corinto, un oficial romano de Cesarea, un esclavo de Colosas y un filósofo de Atenas podían entenderse en una misma lengua. Recuerda que sobre la cruz se escribió el título en tres lenguas.

«Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín.» Así dice Juan, capítulo diecinueve, versículos diecinueve al veinte.

En hebreo, en griego y en latín. El hebreo, entendido aquí por muchos estudiosos como la lengua del pueblo judío de aquel tiempo, que incluía el arameo; el griego, la lengua común del mundo; y el latín, la lengua del poder romano. Juan, que escribió su evangelio en griego, nos conserva este detalle: el título del Rey de los judíos pudo leerse en las lenguas de todo el mundo conocido.

Hay otro elemento de la preparación de Dios que ya conocimos: la traducción del Antiguo Testamento al griego, la Septuaginta, hecha en Alejandría desde el siglo tercero antes de Cristo. Cuando los apóstoles salieron a predicar, muchos judíos de la dispersión y muchos gentiles temerosos de Dios ya conocían las Escrituras de Israel en griego. El vocabulario de esa traducción, con palabras como ley, pacto, gloria, justicia y Cristo, ya estaba preparado para el evangelio.

Por eso el libro de los Hechos puede narrar algo tan extraordinario como lo que sucedió en Pentecostés y lo que vino después. El evangelio salió de Jerusalén y llegó en una sola generación hasta Roma, pasando por Antioquía, Éfeso, Filipos, Tesalónica, Atenas y Corinto. Las cartas de Pablo, escritas en griego, podían leerse en todas esas ciudades. Dios había preparado el camino.

Segunda parte. ¿Qué griego es el del Nuevo Testamento?

El griego tiene una larga historia. Hubo un griego antiguo, el de los poemas de Homero, muchos siglos antes de Cristo. Hubo un griego clásico, el de los grandes escritores de Atenas, en el siglo quinto y cuarto antes de Cristo. Y, a partir de Alejandro, se formó una lengua común, sencilla y extendida, que los estudiosos llaman griego koiné. Koiné significa precisamente común, y viene de la misma raíz que la palabra koinonía, comunión, que encontrarás en el Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento está escrito en ese griego común. Durante un tiempo, algunos estudiosos pensaron que su griego era una lengua especial, distinta de todas, casi una lengua del Espíritu Santo, porque no se parecía al griego clásico de los grandes autores. Pero a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte se descubrieron en Egipto miles de papiros con cartas personales, contratos, recibos e invitaciones de la vida diaria, escritos en ese mismo griego koiné. Y se vio que el griego del Nuevo Testamento era, en lo esencial, la lengua viva del pueblo de su tiempo.

Esto tiene una enseñanza hermosa. Dios no escribió su revelación en una lengua de eruditos, reservada a unos pocos, sino en la lengua del mercado, del hogar y del camino. El evangelio es para todos, y por eso se escribió en la lengua de todos. No en vano Pablo dice que Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios.

Pero eso no significa que el griego del Nuevo Testamento sea pobre o vulgar. Dentro del griego común hay distintos niveles. Lucas y el autor de Hebreos escriben con un griego más elegante y cuidado. Marcos escribe con un estilo directo, vivo, lleno de la palabra luego. Juan escribe con un vocabulario sencillo, pero con una profundidad que no se agota. Pablo escribe con fuerza, con frases largas que a veces se desbordan de emoción. Cada autor conserva su estilo, y el Espíritu Santo inspiró a cada uno de ellos sin borrar su personalidad, como vimos en el día dos.

Además, el griego del Nuevo Testamento tiene un sabor hebreo, porque sus autores conocían a fondo el Antiguo Testamento y pensaban con sus categorías. A eso dedicaremos la octava parte.

Tercera parte. Las veinticuatro letras del alfabeto griego

El alfabeto griego tiene veinticuatro letras. Muchas te resultarán familiares, porque nuestro alfabeto latino viene de él, y porque muchas palabras científicas usan letras griegas. Los griegos tomaron sus letras de los fenicios, que escribían con un alfabeto emparentado con el hebreo, y por eso varias letras griegas se parecen a las hebreas en el nombre y en el orden: alef y alfa, bet y beta, guímel y gamma, dálet y delta. Pero los griegos hicieron una innovación decisiva: usaron algunas letras para escribir vocales. Así, el griego se escribe con consonantes y vocales, como el español, y se lee de izquierda a derecha.

Vamos a recorrer las letras, agrupadas de seis en seis, para que sea más fácil memorizarlas. Te diré el nombre y el sonido aproximado en la pronunciación que se usa comúnmente para estudiar el griego bíblico.

Primer grupo. Alfa, que suena a. Beta, que suena be. Gamma, que suena como la ge de gato. Delta, que suena de; su mayúscula es un triángulo, y por eso llamamos delta a la desembocadura de un río en forma de triángulo. Épsilon, que es una e breve; su nombre significa e sencilla. Y zeta, que suena como una ds o una ese sonora.

Segundo grupo. Eta, que es una e larga. Theta, que en la pronunciación de estudio suena como la zeta española de la palabra zapato; se escribe como un círculo con una raya en medio, y es la primera letra de la palabra Theós, Dios. Iota, que suena i; es la letra más pequeña del alfabeto griego, y su nombre ha pasado al español: cuando decimos que algo no cambió ni una jota o ni un ápice, estamos usando el eco de las palabras del Señor. En el sermón del monte, el evangelio en griego usa precisamente la palabra iota para referirse a la iod hebrea. Kappa, que suena ca. Lambda, que suena ele. Y mi, que suena eme.

Tercer grupo. Ni, que suena ene. Xi, que suena ks, como en la palabra taxi. Ómicron, que es una o breve; su nombre significa o pequeña. Pi, que suena pe. Ro, que suena erre, y que cuando va al principio de una palabra lleva una aspiración; por eso palabras como retórica o reuma, que vienen del griego, se escribían antes con una hache después de la erre. Y sigma, que suena ese, y que tiene una forma especial cuando va al final de una palabra, igual que vimos en algunas letras hebreas.

Cuarto grupo. Tau, que suena te. Ípsilon, que es una u francesa o una i, y de la que viene nuestra i griega; su nombre significa u sencilla. Fi, que suena efe. Ji, que suena como nuestra jota; es la primera letra de la palabra Jristós, Cristo, y por eso se ha usado desde la antigüedad, junto con la ro, como abreviatura del nombre de Cristo. Psi, que suena ps, como en psicología. Y omega, que es una o larga; su nombre significa o grande. Es la última letra del alfabeto.

Repite conmigo los nombres, por grupos. Alfa, beta, gamma, delta, épsilon, zeta. Eta, theta, iota, kappa, lambda, mi. Ni, xi, ómicron, pi, ro, sigma. Tau, ípsilon, fi, ji, psi, omega. Otra vez, un poco más rápido: alfa, beta, gamma, delta, épsilon, zeta, eta, theta, iota, kappa, lambda, mi, ni, xi, ómicron, pi, ro, sigma, tau, ípsilon, fi, ji, psi, omega.

Ahora entiendes mejor por qué el Señor resucitado se presenta en el Apocalipsis con estas palabras.

«Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.» Así dice Apocalipsis, capítulo uno, versículo ocho.

Yo soy el Alfa y la Omega, la primera y la última letra del alfabeto griego. Juan escribe a iglesias de habla griega, y el Señor usa las letras que ellos conocían desde niños para decirles que él es el principio y el fin de todo. Y fíjate en la frase que sigue: el que es y que era y que ha de venir. Muchos estudiosos ven aquí un eco del nombre que Dios reveló a Moisés, yo soy el que soy, que estudiamos ayer. El Dios del Sinaí y el Señor del Apocalipsis son el mismo.

Escucha cómo se repite esta declaración al final del libro.

«Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último.» Así dice Apocalipsis, capítulo veintidós, versículo trece.

Y escucha cómo el profeta Isaías, siete siglos antes, oyó a Dios decir lo mismo con otras palabras.

«Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios.» Así dice Isaías, capítulo cuarenta y cuatro, versículo seis.

Lo que Dios dice de sí mismo en Isaías, el primero y el postrero, fuera de mí no hay Dios, el Señor Jesús lo dice de sí mismo en el Apocalipsis. Esta es una de las bases bíblicas más claras de la deidad de Cristo, y la descubres con solo conocer las letras del alfabeto.

Un dato curioso sobre los primeros cristianos. En los primeros siglos, los creyentes usaron a veces como símbolo el dibujo de un pez. La razón es que la palabra griega para pez, ijzús, ge dos mil cuatrocientos ochenta y seis, se escribe con cinco letras que son las iniciales de una confesión de fe: Iesús Jristós Zeú Hyiós Sotér, que significa Jesús Cristo, de Dios Hijo, Salvador. No es una enseñanza de la Escritura, sino un recuerdo histórico de cómo aquellos hermanos usaron su lengua para confesar a Cristo. Y las cinco palabras de esa confesión son todas palabras del Nuevo Testamento: Iesús, ge dos mil cuatrocientos veinticuatro; Jristós, ge cinco mil quinientos cuarenta y siete; Theós, ge dos mil trescientos dieciséis; hyiós, ge cinco mil doscientos siete; y sotér, ge cuatro mil novecientos noventa.

Cuarta parte. Espíritus, acentos y la forma antigua de escribir

En las ediciones modernas del Nuevo Testamento griego, verás encima de algunas letras unos pequeños signos. Hay dos clases.

La primera son los espíritus, que se ponen sobre la vocal inicial de una palabra. El espíritu suave indica que la palabra empieza sin aspiración. El espíritu áspero indica que se pronuncia con una aspiración, como una hache aspirada. Por ejemplo, la palabra hyiós, hijo, empieza con espíritu áspero, y por eso decimos hyiós y no yiós. De allí vienen muchas haches en palabras españolas de origen griego, como hipótesis, historia o hemorragia.

La segunda son los acentos, que indican la sílaba tónica. Hay tres en la escritura tradicional: agudo, grave y circunflejo. Para el estudiante que empieza, basta saber que marcan dónde se carga la voz.

Ahora bien, debes saber algo importante que se relaciona con lo que estudiamos en el día cuatro. Los manuscritos antiguos del Nuevo Testamento no tenían estos signos. Se escribían en letras mayúsculas, que los estudiosos llaman unciales, sin espacios entre las palabras, y casi sin puntuación. Imagina un texto en español escrito así: todo en mayúsculas, todas las palabras pegadas, sin comas ni puntos. Eso era lo normal. Los acentos y espíritus se fueron incorporando con el tiempo, y a partir del siglo noveno aproximadamente se generalizó otra forma de escritura, en letras minúsculas unidas, más rápida y económica, que los estudiosos llaman minúscula o cursiva. La gran mayoría de los manuscritos del Nuevo Testamento que conservamos están escritos en esta letra minúscula, y forman la base del texto mayoritario y del Textus Receptus.

¿Por qué te cuento esto? Porque te ayuda a entender que la división de palabras, la puntuación y, en algunos casos, ciertos detalles de acentuación son decisiones de los editores, tomadas con cuidado a partir del sentido y de la tradición de lectura. No cambian las letras del texto, pero a veces afectan la manera de leerlo. Lo mismo vimos en el hebreo con las vocales de los masoretas. El estudiante sabio respeta esas decisiones, y a la vez sabe distinguirlas de las letras mismas del texto inspirado.

Quinta parte. Cuatro rasgos que cambian tu manera de leer

No vamos a aprender hoy gramática griega completa; eso requiere muchos meses. Pero hay cuatro rasgos que todo estudiante debe conocer, porque iluminan pasajes enteros.

El primer rasgo: los casos. En español, sabemos quién hace qué por el orden de las palabras: en la frase el perro muerde al hombre, sabemos quién muerde porque va primero. En griego no es así. El griego indica la función de cada palabra cambiando su terminación, y a esas terminaciones se les llama casos. Hay un caso para el sujeto, otro para el complemento directo, otro para la posesión, otro para el complemento indirecto, y un caso para llamar a alguien. Por eso el griego puede mover las palabras con mucha libertad, poniendo primero la que quiere destacar, sin perder el sentido. Y eso nos permite ver el énfasis del autor. Cuando una palabra aparece al principio de la frase, sin necesidad gramatical, muchas veces es porque el autor quiere destacarla. Lo veremos enseguida en Juan uno, uno.

El segundo rasgo: el artículo. El griego tiene un artículo definido, ho, ge tres mil quinientos ochenta y ocho, equivalente a nuestro el, la, lo, pero no tiene artículo indefinido, un o una. El uso o la ausencia del artículo puede ser importante para entender un pasaje, y es precisamente uno de los puntos que debemos estudiar con cuidado en Juan uno, uno.

El tercer rasgo: el tiempo y el aspecto de los verbos. Los verbos griegos no solo indican cuándo ocurre una acción, sino también cómo se presenta la acción: si como algo que está en curso o se repite, si como un hecho completo visto en su totalidad, o si como algo que sucedió en el pasado y cuyo resultado permanece. Este último es el tiempo que los gramáticos llaman perfecto, y es muy importante en el Nuevo Testamento. Un ejemplo hermoso: cuando el Señor Jesús, en la cruz, dijo consumado es, en griego es una sola palabra, tetélestai, que está en tiempo perfecto. No significa solo se terminó, sino ha quedado completamente terminado y permanece terminado. Escucha.

«Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.» Así dice Juan, capítulo diecinueve, versículo treinta.

Otro ejemplo: cuando el Señor fue tentado en el desierto, respondió tres veces escrito está. En griego es gégraptai, también en tiempo perfecto: ha sido escrito y permanece escrito. La Escritura, una vez escrita, sigue diciendo lo que dice. Recuerda lo que estudiamos en el día dos.

«Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» Así dice Mateo, capítulo cuatro, versículo cuatro.

El cuarto rasgo: la riqueza de su vocabulario para matices que en español se confunden. El griego tiene, por ejemplo, varias palabras que en español traducimos amor; varias que traducimos palabra; varias que traducimos otro, vida, tiempo o conocer. Conocer estas distinciones, con prudencia, enriquece la lectura, como veremos en el vocabulario. Pero también en esto debemos ser cuidadosos, porque a veces los autores usan esas palabras como sinónimos, y no debemos forzar diferencias donde el texto no las marca.

Sexta parte. Leyendo juntos el primer versículo de Juan

Ayer leímos el primer versículo de la Biblia en hebreo. Hoy vamos a leer el primer versículo del evangelio de Juan en griego. Y como Juan comienza su evangelio con las mismas palabras de Génesis, las dos lecturas se unen. Escucha primero el versículo en tu Reina Valera.

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.» Así dice Juan, capítulo uno, versículo uno.

En griego, este versículo tiene diecisiete palabras, organizadas en tres frases. Vamos a escucharlas despacio.

La primera frase es: en arjé en ho lógos. En el principio era el Verbo.

En es una preposición que significa en. Arjé, ge setecientos cuarenta y seis, significa principio, comienzo, y también origen y autoridad. Es la misma palabra que la Septuaginta usó en Génesis uno, uno, para traducir bereshít. Juan comienza su evangelio exactamente como comienza la Biblia. Pero fíjate en la diferencia. Génesis dice: en el principio creó Dios. Juan dice: en el principio era el Verbo. Génesis nos lleva al momento de la creación; Juan nos lleva más atrás, a lo que ya existía cuando la creación comenzó.

Luego viene en, que aquí no es la preposición, sino el verbo era, ge dos mil doscientos cincuenta y ocho, una forma del verbo ser. Y es un detalle precioso: Juan no dice que en el principio el Verbo comenzó a ser, o fue hecho, sino que era. Cuando todo comenzó, el Verbo ya era. Compara con el versículo tres, donde Juan usa otro verbo para las cosas creadas: todas las cosas por él fueron hechas. Ese verbo es gínomai, ge mil noventa y seis, que significa llegar a ser, ser hecho. Las cosas llegaron a ser; el Verbo era. Juan distingue cuidadosamente entre el Creador eterno y la creación que tuvo principio. Y en el versículo catorce, cuando habla de la encarnación, usará de nuevo gínomai: el Verbo fue hecho carne, es decir, llegó a ser carne. El que era desde siempre llegó a ser lo que no era, sin dejar de ser lo que era.

Y finalmente ho lógos, el Verbo. Ho es el artículo, el. Lógos, ge tres mil cincuenta y seis, significa palabra, y también razón, mensaje, discurso. El diccionario de Strong lo define como algo dicho, incluido el pensamiento que expresa. La Reina Valera lo traduce aquí con la palabra Verbo, con mayúscula, siguiendo una larga tradición de las traducciones antiguas. Para los lectores judíos de Juan, la palabra traía a la memoria la palabra de Dios que crea, como en Génesis, y dijo Dios, y fue; o como en el salmo treinta y tres, seis: por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos. Y Juan nos revela que esa Palabra creadora no es solo un poder de Dios, sino una persona.

La segunda frase es: kai ho lógos en pros ton theón. Y el Verbo era con Dios.

Kai es la conjunción y. Ho lógos en, el Verbo era, como antes. Y luego pros ton theón. Pros, ge cuatro mil trescientos catorce, es una preposición que, con este caso, indica dirección hacia, y en contextos como este, relación cara a cara, compañía. Ton theón es Dios, con el artículo. El Verbo estaba con Dios, en relación personal con él. Esta frase enseña que el Verbo es distinto de Dios el Padre: no es el Padre con otro nombre, sino que está con el Padre. Es una relación eterna de comunión.

La tercera frase es: kai theós en ho lógos. Y el Verbo era Dios.

Aquí está una de las frases más estudiadas de toda la Biblia. Fíjate en el orden de las palabras en griego: y Dios era el Verbo. La palabra theós, ge dos mil trescientos dieciséis, va primero, y va sin artículo. ¿Por qué entonces traducimos y el Verbo era Dios y no y Dios era el Verbo? Porque en griego, como vimos, el orden de las palabras no decide la función; la decide el artículo. El sujeto de la frase es el que lleva artículo, ho lógos, el Verbo. Y theós es lo que se dice del sujeto, lo que los gramáticos llaman predicado.

¿Por qué Juan puso theós primero? Recuerda lo que dijimos sobre el énfasis: en griego, lo que va al principio de la frase suele ser lo destacado. Juan quiere subrayar qué era el Verbo: era Dios. Y ¿por qué no le puso artículo? Los gramáticos explican que, si Juan hubiera escrito ho theós en ho lógos, con artículo en las dos palabras, la frase podría entenderse como si Dios y el Verbo fueran exactamente intercambiables, como si toda la Deidad, incluido el Padre, fuera el Verbo; y eso contradiría la frase anterior, que acaba de decir que el Verbo estaba con Dios. Al poner theós sin artículo y al principio, Juan afirma que el Verbo tiene plenamente la naturaleza de Dios, que es Dios en todo lo que Dios es, sin confundirlo con la persona del Padre.

Hay quienes enseñan que esta frase debería traducirse y el Verbo era un dios, como si el Verbo fuera un ser divino de segunda categoría, creado por Dios. Esa traducción no se sostiene. Primero, porque el mismo evangelio usa theós sin artículo para referirse al Dios verdadero en otros lugares del mismo capítulo, como en el versículo seis, un hombre enviado de Dios, y en el versículo dieciocho, a Dios nadie le vio jamás; nadie traduce allí un dios. Segundo, porque el versículo tres dice que todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho; si el Verbo hubiera sido hecho, se habría hecho a sí mismo, lo cual es absurdo. Y tercero, porque toda la Escritura enseña que hay un solo Dios verdadero, como confiesa el shemá que aprendimos ayer; no hay lugar en la fe bíblica para dioses menores. El Verbo no es un dios: es Dios.

El evangelio de Juan termina, de hecho, como empieza. Escucha la confesión de Tomás, después de la resurrección.

«Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!» Así dice Juan, capítulo veinte, versículo veintiocho.

¡Señor mío, y Dios mío! Y el Señor no lo corrigió; lo aceptó y bendijo a los que creerían sin haber visto. El evangelio que comenzó diciendo el Verbo era Dios termina con un discípulo que lo adora como Dios.

Ahora escucha el versículo entero en griego, despacio: en arjé en ho lógos, kai ho lógos en pros ton theón, kai theós en ho lógos. Repítelo conmigo dos veces. En arjé en ho lógos, kai ho lógos en pros ton theón, kai theós en ho lógos. En arjé en ho lógos, kai ho lógos en pros ton theón, kai theós en ho lógos.

Y escucha también el versículo catorce, que es la cumbre del prólogo.

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.» Así dice Juan, capítulo uno, versículo catorce.

Y aquel Verbo fue hecho carne. Carne es sarx, ge cuatro mil quinientos sesenta y uno, la palabra que designa la naturaleza humana real, con su fragilidad. El Verbo eterno no tomó solo la apariencia de un hombre: llegó a ser verdadero hombre. Y habitó entre nosotros. Habitar es skenóo, ge cuatro mil seiscientos treinta y siete, que según el diccionario de Strong significa poner una tienda, acampar. Literalmente: puso su tienda entre nosotros. Un lector que conocía el Antiguo Testamento pensaba enseguida en el tabernáculo, la tienda donde Dios habitaba en medio de Israel en el desierto, y donde se manifestaba su gloria. Por eso Juan añade: y vimos su gloria, dóxa, ge mil trescientos noventa y uno, la misma palabra que la Septuaginta usa para la gloria de Jehová que llenó el tabernáculo. Lo que ayer estudiamos como kabód, el peso de la presencia de Dios, Juan lo vio en el rostro de Jesús. Gloria como del unigénito del Padre: unigénito es monogenés, ge tres mil cuatrocientos treinta y nueve, que significa único, único en su clase. Lleno de gracia, járis, ge cinco mil cuatrocientos ochenta y cinco, y de verdad, alétheia, ge doscientos veinticinco. Recuerda lo que vimos ayer sobre Éxodo treinta y cuatro, seis: grande en misericordia y verdad, jésed y eméth. Lo que Dios proclamó de sí mismo a Moisés en el Sinaí, Juan lo vio encarnado.

Mira cómo una sola frase griega, leída con atención, une el tabernáculo, el Sinaí, la gloria de Dios y la encarnación. Esto es lo que te ofrece el estudio de las lenguas bíblicas: no curiosidades, sino conexiones que el Espíritu Santo puso en el texto.

Séptima parte. Quince palabras griegas que todo estudiante debe conocer

Ya hemos conocido varias en el prólogo de Juan. Ahora vamos a aprender quince palabras fundamentales del Nuevo Testamento, con sus números Strong verificados. Anótalas junto a las doce palabras hebreas de ayer.

La primera es euangélion, ge dos mil noventa y ocho, evangelio. Se compone de eu, que significa bien, y ángelos, mensajero, y de allí anuncio. Significa buena noticia. En el mundo griego se usaba para anunciar una victoria o un acontecimiento feliz. En el Nuevo Testamento es la buena noticia de lo que Dios ha hecho en Cristo. Escucha a Pablo.

«Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.» Así dice Romanos, capítulo uno, versículo dieciséis.

La segunda es járis, ge cinco mil cuatrocientos ochenta y cinco, gracia. Es el favor inmerecido de Dios. El diccionario de Strong la relaciona con lo que produce gozo y agrado. Es la palabra que resume el evangelio.

«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.» Así dice Efesios, capítulo dos, versículos ocho al nueve.

La tercera es pístis, ge cuatro mil ciento dos, fe. Significa confianza, convicción, y también fidelidad. Es la mano vacía que recibe la gracia. De la misma raíz viene el verbo pistéuo, creer, que Juan usa casi cien veces en su evangelio, y nunca usa el sustantivo fe; para Juan, la fe es algo que se hace: creer.

La cuarta es agápe, ge veintiséis, amor. Es la palabra que el Nuevo Testamento usa para el amor de Dios y para el amor que Dios produce en los creyentes: un amor que busca el bien del otro, que se entrega. Juan dice que Dios es amor, y allí usa esta palabra.

«El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.» Así dice primera de Juan, capítulo cuatro, versículos ocho al diez.

La quinta es philéo, ge cinco mil trescientos sesenta y ocho, amar con afecto de amigo, querer. Es otra palabra para el amor, y de ella viene filadelfia, amor fraternal. Más adelante, en la novena parte, hablaremos del diálogo entre el Señor y Pedro en Juan veintiuno, donde aparecen agápe y philéo, y de cómo estudiarlo con prudencia.

La sexta es hamartía, ge doscientos sesenta y seis, pecado. El diccionario de Strong la define como pecado, y la raíz se relaciona con la idea de errar el blanco. Es interesante que la palabra hebrea más común para pecar, jatá, hache dos mil trescientos noventa y ocho, también significa según el mismo diccionario fallar, errar el blanco. En las dos lenguas, pecar es no alcanzar la meta para la que Dios nos creó: su gloria. Escucha.

«por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,» Así dice Romanos, capítulo tres, versículo veintitrés.

La séptima es metánoia, ge tres mil trescientos cuarenta y uno, arrepentimiento. Se compone de metá, que indica cambio, y una raíz relacionada con la mente. Es un cambio de mente que lleva a un cambio de dirección. El verbo metanoéo, ge tres mil trescientos cuarenta, es el que usaban Juan el Bautista y el Señor Jesús: arrepentíos.

«diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.» Así dice Marcos, capítulo uno, versículo quince.

La octava es dikaióo, ge mil trescientos cuarenta y cuatro, justificar. Es un término jurídico que significa declarar justo. Cuando Dios justifica al pecador que cree, no lo hace justo por sus obras, sino que lo declara justo por la obra de Cristo. Es la palabra central de la carta a los Romanos.

«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;» Así dice Romanos, capítulo cinco, versículo uno.

La novena es soteria, ge cuatro mil novecientos noventa y uno, salvación, que el diccionario de Strong define como rescate, liberación, seguridad. Del mismo grupo viene sotér, Salvador, que ya conocimos, y el verbo sódzo, ge cuatro mil novecientos ochenta y dos, salvar.

La décima es ekklesía, ge mil quinientos setenta y siete, iglesia. Se compone de ek, fuera, y una raíz que significa llamar: los llamados fuera. En el mundo griego designaba la asamblea de los ciudadanos convocados. En la Septuaginta se usa muchas veces para la congregación de Israel. En el Nuevo Testamento es el pueblo de Dios, la asamblea de los que Cristo llamó del mundo para sí. No es un edificio: es un pueblo.

La undécima es kýrios, ge dos mil novecientos sesenta y dos, Señor. Es muy importante, porque la Septuaginta usó esta palabra para traducir el nombre de Dios, el tetragrámaton que estudiamos ayer. Por eso, cuando los apóstoles confiesan que Jesús es el Señor, kýrios, están usando el mismo título con que la Biblia griega de su tiempo nombraba a Jehová. Escucha a Pablo citar a Joel.

«que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» Así dice Romanos, capítulo diez, versículo nueve.

Y cuatro versículos después, Pablo cita a Joel dos, treinta y dos, donde en hebreo dice todo aquel que invocare el nombre de Jehová, y lo aplica al Señor Jesús.

«porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.» Así dice Romanos, capítulo diez, versículo trece.

La duodécima es pneúma, ge cuatro mil ciento cincuenta y uno, espíritu. Igual que rúaj en hebreo, que estudiamos ayer, pneúma significa también viento y aliento. El Señor Jesús juega con esa doble idea en su conversación con Nicodemo.

«El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.» Así dice Juan, capítulo tres, versículo ocho.

Viento y Espíritu traducen la misma palabra, pneúma. El Espíritu es como el viento: no lo ves, pero ves sus efectos.

La decimotercera es dsoé, ge dos mil doscientos veintidós, vida. Es la vida en su sentido más pleno, y en Juan se usa para la vida eterna, la vida de Dios comunicada al creyente. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La decimocuarta es kósmos, ge dos mil ochocientos ochenta y nueve, mundo. El diccionario de Strong anota que su sentido básico es orden, arreglo, adorno; de allí viene nuestra palabra cosmético. En el Nuevo Testamento, kósmos puede significar el universo creado, la humanidad, o el sistema organizado de la humanidad en rebelión contra Dios. Por eso Juan puede decir que de tal manera amó Dios al mundo, y también que no améis al mundo. El contexto decide, como siempre.

Y la decimoquinta es anástasis, ge trescientos ochenta y seis, resurrección. Se compone de aná, de nuevo, hacia arriba, y una raíz que significa ponerse de pie. Literalmente: levantarse otra vez. Es la palabra sin la cual, como dice Pablo, nuestra fe sería vana. La estudiaremos a fondo en el día diez.

Repitamos las quince palabras: euangélion, buena noticia; járis, gracia; pístis, fe; agápe, amor que se entrega; philéo, amor de amigo; hamartía, pecado, errar el blanco; metánoia, cambio de mente; dikaióo, declarar justo; sotería, salvación; ekklesía, los llamados fuera; kýrios, Señor; pneúma, Espíritu, viento; dsoé, vida; kósmos, mundo; anástasis, resurrección.

Octava parte. El corazón hebreo dentro del griego

Ya dijimos que el Nuevo Testamento está escrito en griego, pero por hombres que pensaban como hebreos. Esto se nota de varias maneras, y conocerlas te ayuda a leer mejor.

Primero, en las palabras arameas y hebreas que los evangelistas conservaron sin traducir, o traducidas al lado. Son como joyas de la voz original del Señor y de la iglesia primitiva. Escucha algunas.

Cuando el Señor resucitó a la hija de Jairo, Marcos conserva sus palabras en arameo.

«Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.» Así dice Marcos, capítulo cinco, versículo cuarenta y uno.

Talita cumi: niña, a ti te digo, levántate. Y cuando sanó al sordo y tartamudo en la región de Decápolis, Marcos conserva otra palabra, la que da nombre a nuestra escuela.

«Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien.» Así dice Marcos, capítulo siete, versículos treinta y tres al treinta y cinco.

Efata, que quiere decir: sé abierto. Y al momento fueron abiertos sus oídos. Que esa sea nuestra oración en cada lección: Señor, abre nuestros oídos para oír tu Palabra.

En Getsemaní, Marcos conserva la palabra con que el Señor llamó a su Padre.

«Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.» Así dice Marcos, capítulo catorce, versículo treinta y seis.

Abba, ge cinco, es la palabra aramea para padre, usada en la intimidad de la familia. El diccionario de Strong anota que es un vocativo, la forma de llamar a alguien. Y Pablo nos enseña que, por el Espíritu de adopción, los creyentes también podemos llamar así a Dios.

«Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» Así dice Romanos, capítulo ocho, versículo quince.

Piensa en lo que esto significa. La misma palabra que el Hijo eterno usó en la noche más oscura de su vida, en Getsemaní, el Espíritu la pone en nuestros labios. No somos esclavos que temen; somos hijos que claman Abba, Padre.

Otras palabras conservadas son hosanna, ge cinco mil seiscientos catorce, que el diccionario de Strong explica como una exclamación que significa ¡oh, salva!, tomada del salmo ciento dieciocho, veinticinco, y que la multitud gritaba en la entrada triunfal; y maranatha, ge tres mil ciento treinta y cuatro, una expresión aramea que Pablo usa al final de primera de Corintios, y que se entiende como el Señor viene, o ven, Señor. Es la misma oración con que termina la Biblia: amén; sí, ven, Señor Jesús.

Segundo, el pensamiento hebreo se nota en ciertas expresiones que el griego toma prestadas. Por ejemplo, la expresión hijo de, o hijos de, seguida de una cualidad, para indicar el carácter de alguien: hijos de luz, hijos de desobediencia, hijo de paz, hijos del trueno. En hebreo, ser hijo de algo significaba estar caracterizado por ello. Cuando el Señor llamó a Santiago y a Juan hijos del trueno, en Marcos tres, diecisiete, estaba describiendo su temperamento. Y cuando Pablo dice que antes éramos hijos de ira, en Efesios dos, tres, quiere decir que estábamos bajo la ira de Dios por naturaleza.

Otra expresión típica es respondiendo, dijo, aunque nadie haya preguntado nada; o y aconteció que, para empezar una narración. Son formas hebreas de narrar que la Reina Valera conserva fielmente.

Tercero, y lo más importante, el pensamiento hebreo se nota en el contenido de las palabras. Cuando el Nuevo Testamento usa palabras griegas como verdad, gloria, justicia, paz o carne, no siempre les da el sentido que tenían en los filósofos griegos, sino el que tenían sus equivalentes hebreos en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, para el filósofo griego, la verdad era algo intelectual, la correspondencia entre la idea y la realidad. Para el pensamiento bíblico, como vimos ayer con eméth, la verdad es además firmeza, fidelidad, algo en lo que uno puede apoyarse. Cuando el Señor dice yo soy el camino, y la verdad, y la vida, no solo dice que enseña ideas correctas; dice que él es la roca firme en la que se puede descansar.

Lo mismo sucede con la palabra paz, eiréne, ge mil quinientos quince. En griego común significaba sobre todo ausencia de guerra. Pero los apóstoles, que llevaban en el alma el shalóm hebreo, la usan con la plenitud de esa palabra: bienestar completo, reconciliación con Dios, integridad. Por eso Pablo saluda en todas sus cartas con gracia y paz: járis, el saludo griego transformado por el evangelio, y eiréne, el shalóm de los padres.

Esta es una regla de oro para el estudiante: para entender una palabra del Nuevo Testamento, no basta con buscar cómo la usaban los filósofos griegos; hay que preguntar cómo se usaba en el Antiguo Testamento, especialmente en su traducción griega, y cómo la usan los mismos autores del Nuevo Testamento. La Biblia se explica con la Biblia.

Novena parte. Errores comunes que debes evitar

El conocimiento de las lenguas bíblicas es una herramienta poderosa, pero mal usada puede producir errores graves. Quiero enseñarte a reconocer los más comunes, para que no caigas en ellos y para que sepas discernir cuando los oigas.

El primer error es leer palabras modernas dentro de palabras antiguas. Un ejemplo muy conocido: la palabra griega dýnamis, ge mil cuatrocientos once, significa poder, fuerza, y también milagro. De ella viene, muchos siglos después, la palabra dinamita. Algunos predicadores dicen que, cuando Pablo escribió que el evangelio es poder de Dios para salvación, quiso decir que el evangelio es la dinamita de Dios. Pero Pablo no conocía la dinamita, que se inventó en el siglo diecinueve. El sentido de la palabra no viene de lo que significó después, sino de lo que significaba cuando se escribió. El evangelio es el poder de Dios, y eso es mucho más que una explosión: es el poder que resucitó a Cristo de los muertos, como dice Pablo en Efesios uno.

El segundo error es lo que ayer llamamos la falacia de la raíz: pensar que una palabra siempre significa lo que significan sus partes. Por ejemplo, ekklesía, como vimos, viene de llamar fuera. Es verdad, y es hermoso; pero cuando el Nuevo Testamento la usa, no siempre está pensando en esa etimología, sino en la asamblea del pueblo de Dios. La etimología ilumina, pero el uso decide.

El tercer error es forzar diferencias entre sinónimos. Un caso clásico es el diálogo entre el Señor resucitado y Pedro, junto al mar de Tiberias. Escúchalo.

«Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.» Así dice Juan, capítulo veintiuno, versículos quince al diecisiete.

En el griego, en las dos primeras preguntas, el Señor usa el verbo agapáo, de la familia de agápe; y Pedro responde con philéo. En la tercera pregunta, el Señor usa philéo, y Pedro vuelve a responder con philéo. Muchos predicadores han explicado que el Señor preguntaba por un amor supremo, y que Pedro, humillado, solo se atrevía a ofrecer un amor de amigo, hasta que el Señor descendió a su nivel. Otros estudiosos, también serios, señalan que Juan usa estos dos verbos como sinónimos en otros lugares de su evangelio. Por ejemplo, dice que el Padre ama al Hijo usando agapáo en el capítulo tres, treinta y cinco, y usando philéo en el capítulo cinco, veinte. Además, en este mismo pasaje Juan varía otras palabras: apacienta y pastorea, corderos y ovejas, sabes y conoces. Por eso muchos piensan que la variación es de estilo. ¿Qué debe hacer el estudiante prudente? Reconocer que el texto tiene una enseñanza clara y segura, que no depende de esa distinción: Pedro, que había negado tres veces al Señor, es preguntado tres veces por su amor, y es restaurado tres veces a su ministerio. Pedro se entristeció, dice el texto, porque le preguntó la tercera vez; recordaba sus tres negaciones. Esa es la enseñanza firme. La distinción entre los verbos puede comentarse con humildad, como una posibilidad, pero no debe convertirse en el centro del mensaje.

El cuarto error es usar el griego para decir lo contrario de lo que dice una traducción fiel. Cuando oigas a alguien decir el griego realmente dice, y a continuación algo que contradice el sentido claro del pasaje en tu Reina Valera, ten cuidado. A veces es un aporte legítimo que aclara un matiz; pero muchas veces es una manera de introducir ideas que el texto no enseña. La Reina Valera fue traducida y revisada por personas que conocían bien las lenguas originales. Antes de aceptar que todas ellas se equivocaron, pide pruebas, consulta una concordancia, compara con otras traducciones fieles y, sobre todo, compara con el resto de la Escritura.

El quinto error es el orgullo. Lo dijimos ayer y lo repito hoy, porque es el más peligroso. Pablo, que conocía el griego y el hebreo mejor que nadie en su tiempo, escribió esto.

«En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo.» Así dice primera de Corintios, capítulo ocho, versículos uno al dos.

El conocimiento envanece, pero el amor edifica. Que nuestro estudio del griego nos haga más humildes, más amorosos y más útiles para los hermanos, y nunca más arrogantes.

Las pequeñas palabras que cuentan el evangelio.

Antes de sacar las consecuencias, quiero mostrarte que a veces las palabras más pequeñas del griego son las que encierran las verdades más grandes. Me refiero a las preposiciones, esas palabras cortas como en, con, por, para. En griego, varias preposiciones nos ayudan a entender la obra de Cristo en la cruz.

La primera es antí, ge cuatrocientos setenta y tres. El diccionario de Strong la define como opuesto, y de allí en lugar de. Indica sustitución: una cosa en lugar de otra. Escucha cómo el Señor Jesús describió el propósito de su venida.

«Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.» Así dice Marcos, capítulo diez, versículo cuarenta y cinco.

Para dar su vida en rescate por muchos. Rescate es lýtron, ge tres mil ochenta y tres, que el diccionario de Strong define como algo con que se suelta, es decir, el precio de una liberación, como el que se pagaba para liberar a un esclavo o a un prisionero. Y por muchos, en griego, es antí pollón: en lugar de muchos. El Señor dio su vida como precio de rescate en lugar de muchos. Aquí, en una preposición de cuatro letras, está la doctrina de la sustitución: Cristo murió en nuestro lugar.

La segunda es hypér, ge cinco mil doscientos veintiocho. Con el caso que se usa en estos pasajes significa a favor de, por, en beneficio de, y en muchos contextos también en lugar de. Pablo la usa constantemente para hablar de la cruz. Escucha.

«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» Así dice segunda de Corintios, capítulo cinco, versículo veintiuno.

Por nosotros: hypér hemón. Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado a nuestro favor, en nuestro lugar, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. Y escucha a Pedro.

«Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;» Así dice primera de Pedro, capítulo tres, versículo dieciocho.

El justo por los injustos: díkaios hypér adíkon. Justo es díkaios, ge mil trescientos cuarenta y dos. El justo a favor de los injustos, en lugar de ellos. ¿Te das cuenta? No hace falta ser un gran erudito para ver el evangelio en el griego: está en sus palabras más pequeñas. Cristo murió antí, en lugar de, y hypér, a favor de, los pecadores.

La tercera es eis, ge mil quinientos diecinueve, que significa hacia, dentro de, para. Juan la usa muchas veces con el verbo creer: creer en él, literalmente creer hacia dentro de él. No es solo creer que algo es verdad, sino depositar la confianza en una persona, entrar en ella como en un refugio. Escucha el versículo más conocido de la Biblia.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.» Así dice Juan, capítulo tres, versículo dieciséis.

Todo aquel que en él cree: pistéuon eis autón. El que cree hacia él, el que se confía en él. La fe que salva no es una opinión sobre Cristo, sino un acto de entregarse a Cristo.

Décima parte. Consecuencias para tu vida y tu estudio

Primera consecuencia: gratitud por la providencia de Dios. Dios preparó durante siglos una lengua común para que el evangelio se escribiera y se extendiera por todo el mundo. El mismo Dios que movió reinos e imperios para que el Nuevo Testamento se escribiera en griego es el que gobierna tu vida. Nada en la historia está fuera de su mano.

Segunda consecuencia: confianza en la deidad de Cristo. Hoy has visto con tus propios oídos que el texto griego de Juan uno, uno, enseña que el Verbo era Dios, que estaba con Dios y que es eterno. Has visto que el Señor resucitado se llama a sí mismo el Alfa y la Omega, el primero y el último, como Jehová en Isaías. Has visto que los apóstoles lo llamaron kýrios, el título de Jehová en la Biblia griega. Estas verdades no dependen de una traducción; están en el texto que Dios inspiró.

Tercera consecuencia: práctica constante. Te propongo esta tarea para la semana. Primero, aprende el alfabeto griego de memoria, en cinco grupos, como lo hicimos hoy. Segundo, repite el primer versículo de Juan en griego cada día, hasta que lo digas sin pensar. Tercero, cada vez que en tu lectura diaria encuentres una de las quince palabras de hoy, búscala en una concordancia y escribe en tu libreta tres lugares más donde aparece. Y cuarto, junto con la lista de palabras hebreas de ayer, empieza a construir tu propio diccionario personal. Al final de esta escuela tendrás cientos de palabras, cada una con sus versículos.

Cuarta consecuencia: oración con Abba. Esta semana, cuando ores, llama a Dios Abba, Padre, sabiendo que esa palabra salió primero de los labios del Hijo en Getsemaní, y que el Espíritu Santo la pone en tu boca. No es una fórmula mágica, sino una realidad: si has creído en Cristo, eres hijo de Dios.

Un testimonio personal. Cuando empecé a estudiar el griego del Nuevo Testamento, la primera frase que aprendí de memoria fue precisamente Juan uno, uno. Recuerdo que la repetía mientras caminaba, y que un día, al decir kai theós en ho lógos, me detuve en medio de la calle, porque entendí de golpe que no estaba repitiendo una frase de un libro antiguo, sino confesando la verdad más grande del universo: que el Verbo, que estaba con Dios y era Dios, se hizo carne y puso su tienda entre nosotros, para salvarme. El griego no me dio una fe nueva; me dio ojos nuevos para ver la fe de siempre. Eso es lo que oro que suceda contigo.

Y te digo algo más. No necesitas llegar a dominar el griego para recibir este beneficio. Basta con que conozcas las letras, algunas palabras clave y el uso de una concordancia con números Strong, para que tu lectura de la Reina Valera se vuelva más rica y más segura. Muchos hermanos humildes, sin estudios formales, han llegado a conocer las palabras principales del Nuevo Testamento con paciencia y constancia, un poco cada día. Lo que hace falta no es un título, sino amor a la Palabra y perseverancia. Comienza hoy mismo, con lo poco o mucho que has aprendido en esta lección, y sin desanimarte por lo que todavía no sabes, y verás cómo el Señor recompensa a los que le buscan en su Palabra.

Repaso de la lección

Primera pregunta. ¿Qué profecía de Daniel se relaciona con la expansión del griego? Respuesta: la visión del macho cabrío, que el ángel explica como el rey de Grecia, en Daniel ocho, veintiuno; se cumplió con las conquistas de Alejandro, que extendieron el griego por el oriente.

Segunda pregunta. ¿Qué es el griego koiné? Respuesta: el griego común que se formó a partir de Alejandro y que se hablaba en todo el oriente; es la lengua del Nuevo Testamento.

Tercera pregunta. ¿Qué demostraron los papiros descubiertos en Egipto? Respuesta: que el griego del Nuevo Testamento es, en lo esencial, la lengua viva del pueblo de su tiempo.

Cuarta pregunta. ¿Cuántas letras tiene el alfabeto griego y cuáles son? Respuesta: veinticuatro: alfa, beta, gamma, delta, épsilon, zeta, eta, theta, iota, kappa, lambda, mi, ni, xi, ómicron, pi, ro, sigma, tau, ípsilon, fi, ji, psi, omega.

Quinta pregunta. ¿Qué significa que el Señor diga yo soy el Alfa y la Omega? Respuesta: que él es el principio y el fin, la primera y la última letra; es lo mismo que Jehová dice de sí mismo en Isaías cuarenta y cuatro, seis.

Sexta pregunta. ¿Cómo se escribían los manuscritos antiguos del Nuevo Testamento? Respuesta: en letras mayúsculas o unciales, sin espacios entre palabras y casi sin puntuación; más tarde, en letra minúscula.

Séptima pregunta. ¿Qué es el tiempo perfecto y en qué palabras de la cruz aparece? Respuesta: el tiempo que presenta una acción pasada cuyo resultado permanece; aparece en tetélestai, consumado es.

Octava pregunta. ¿Cómo dice Juan uno, uno, en griego? Respuesta: en arjé en ho lógos, kai ho lógos en pros ton theón, kai theós en ho lógos.

Novena pregunta. ¿Por qué theós va sin artículo y al principio en la tercera frase? Respuesta: va al principio para darle énfasis, y sin artículo porque es el predicado: afirma que el Verbo tiene plenamente la naturaleza de Dios, sin confundirlo con la persona del Padre.

Décima pregunta. ¿Qué significa skenóo en Juan uno, catorce? Respuesta: poner una tienda, acampar; recuerda el tabernáculo donde habitaba la gloria de Dios.

Undécima pregunta. ¿Por qué es importante que los apóstoles llamaran a Jesús kýrios? Respuesta: porque la Septuaginta usó kýrios para traducir el nombre de Jehová, y Pablo aplica a Jesús textos que en el Antiguo Testamento hablan de Jehová.

Duodécima pregunta. ¿Qué significa Abba y dónde aparece? Respuesta: padre, en arameo, en la forma íntima de llamarlo; aparece en Getsemaní, en Marcos catorce, treinta y seis, y en Romanos ocho, quince, y Gálatas cuatro, seis.

Decimotercera pregunta. ¿Por qué es un error decir que dýnamis significa dinamita? Respuesta: porque la dinamita se inventó muchos siglos después; el sentido de una palabra se determina por su uso en su tiempo, no por palabras posteriores que derivan de ella.

Decimocuarta pregunta. ¿Cuál es la enseñanza firme de Juan veintiuno, quince al diecisiete? Respuesta: que Pedro, que negó tres veces al Señor, es preguntado tres veces por su amor y restaurado a su ministerio; la diferencia entre agapáo y philéo puede comentarse con humildad, pero no es el centro del pasaje.

Oración final

Abba, Padre, gracias porque en el cumplimiento del tiempo enviaste a tu Hijo, y preparaste los reinos y las lenguas para que su evangelio llegara hasta nosotros. Gracias por el Verbo que era en el principio, que estaba contigo y que era Dios, y que se hizo carne y puso su tienda entre nosotros. Abre nuestros oídos, como abriste los del sordo de Decápolis; efata, sé abierto. Líbranos del orgullo del conocimiento y llénanos del amor que edifica. Que cada palabra griega que aprendamos nos lleve a adorar más al Alfa y la Omega, el primero y el último, el que vive por los siglos de los siglos. Maranatha. Sí, ven, Señor Jesús. Amén.

Mañana, en el día siete, comenzaremos el estudio de la hermenéutica, el arte y la ciencia de interpretar la Biblia. Aprenderemos los principios que nos permitirán leer cualquier pasaje con fidelidad: el sentido literal, el contexto, la analogía de la fe y la regla de que la Escritura se interpreta con la Escritura.

Dr. (h. c.) Alejandro Sirit.

Complemento de la lección seis

Repaso de la lección

La sexta lección nos llevó al griego, la lengua en que el Espíritu Santo inspiró los veintisiete libros del Nuevo Testamento. Su alfabeto tiene veinticuatro letras, de alfa a omega, y no es casual que el Señor diga de sí mismo que es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Aprendimos que en el texto recibido las vocales iniciales llevan espíritus, suave o áspero, y que las palabras llevan acentos que guían la pronunciación.

Con esas herramientas guardamos seis palabras que sostienen el Nuevo Testamento: Lógos, palabra o Verbo, ge tres mil cincuenta y seis; theós, Dios, ge dos mil trescientos dieciséis; Christós, el Ungido, ge cinco mil quinientos cuarenta y siete; agápe, amor, ge veintiséis; pístis, fe, ge cuatro mil ciento dos; y cháris, gracia, ge cinco mil cuatrocientos ochenta y cinco. Luego leímos Juan uno, uno, en griego, y vimos que en una sola frase el apóstol enseña que el Verbo es eterno, distinto del Padre y plenamente Dios. Y cerramos con una advertencia necesaria: el idioma sirve a la Palabra, porque el conocimiento envanece, pero el amor edifica.

Autoevaluación

Ahora vienen las preguntas de autoevaluación. Después de cada pregunta habrá un silencio breve. Detén el audio si lo necesitas, responde en voz alta con tus propias palabras, y luego escucha la respuesta.

Primera pregunta. ¿Cuántas letras tiene el alfabeto griego, y cuáles son la primera y la última?

Respuesta: veinticuatro; la primera es alfa y la última omega.

Segunda pregunta. ¿Qué significa que el Señor se llame el Alfa y la Omega?

Respuesta: que Él es el principio y el fin, el primero y el último, como dice Isaías cuarenta y cuatro de Jehová. Es una afirmación de su eternidad y de su divinidad.

Tercera pregunta. ¿Qué son los espíritus en el griego del Nuevo Testamento?

Respuesta: signos sobre la vocal inicial de una palabra; el espíritu áspero indica un sonido aspirado al principio, y el suave indica que no hay aspiración.

Cuarta pregunta. Di las seis palabras clave de hoy con su significado.

Respuesta: Lógos, palabra o Verbo; theós, Dios; Christós, el Ungido; agápe, amor; pístis, fe; cháris, gracia.

Quinta pregunta. ¿Qué enseñan las tres frases de Juan uno, uno?

Respuesta: en el principio era el Verbo, su eternidad; el Verbo era con Dios, su comunión y distinción personal; y el Verbo era Dios, su plena divinidad.

Sexta pregunta. ¿Qué relación hay entre cháris y Efesios dos, ocho?

Respuesta: por gracia somos salvos por medio de la fe; la salvación es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe.

Séptima pregunta. ¿Por qué estaba escrito el título de la cruz en hebreo, en griego y en latín?

Respuesta: para que lo leyeran todos los que pasaban. El griego era la lengua común del mundo en que el evangelio fue anunciado.

Para el púlpito

Bosquejo para predicar o enseñar. Título: Por gracia, por medio de la fe. Texto: Efesios dos, ocho y nueve.

«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.» Así dice Efesios, capítulo dos, versículos ocho al nueve.

La idea central es que la salvación es enteramente obra de la gracia de Dios, recibida por la fe, para que toda la gloria sea suya.

El predicador puede comenzar recordando el cuadro que Pablo pinta al inicio del capítulo: hombres muertos en delitos y pecados, que andaban conforme a la corriente de este mundo. Sobre ese fondo oscuro brilla la primera verdad del sermón, que la fuente de la salvación es la gracia. Cháris es el favor inmerecido de Dios, y el pecador, que no merece nada, recibe lo que jamás podría ganar.

El segundo movimiento explica el medio. La fe, pístis, no es una obra que compra la salvación, sino la mano vacía que recibe a Cristo, y por eso el oyente es llamado a dejar de confiar en sí mismo.

El tercer movimiento revela el propósito: no por obras, para que nadie se gloríe. Aquí el predicador confronta el orgullo religioso, llama al arrepentimiento y conduce a la congregación a gloriarse solo en Cristo crucificado. El sermón termina con una invitación a recibir hoy ese don y a perseverar en la gracia que salva.

Versículo para memorizar

El versículo de hoy es Juan uno, uno.

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.» Así dice Juan, capítulo uno, versículo uno.

Repítelo en voz alta, y si puedes, di también en griego las palabras Lógos y theós en su lugar.

Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.