Curso Experto Bíblico · Día 5
La lengua que Dios eligió primero: introducción al hebreo bíblico y al alefato
Escuela Bíblica Cielo Efata · Dr. (h. c.) Alejandro Sirit
Introducción
En los cuatro primeros días hemos recorrido el camino que la Palabra de Dios hizo hasta llegar a tus manos: la puerta del sabio, la revelación y la inspiración, el canon de los libros sagrados y la transmisión fiel del texto a lo largo de los siglos. Hoy entramos por primera vez en una de las dos grandes lenguas en que el Espíritu Santo inspiró la Escritura: el hebreo. No pretendo que al terminar esta lección leas con soltura el texto masorético. Lo que quiero es abrirte la puerta, enseñarte a escuchar las veintidós letras, mostrarte cómo piensa esta lengua y darte las primeras llaves para que, cuando en una Biblia de estudio o en una concordancia veas una palabra hebrea con su número Strong, no te parezca un muro, sino una ventana.
Esta lección está pensada para ser escuchada. Por eso no vamos a escribir letras hebreas, sino a nombrarlas, a describir su forma y a pronunciarlas despacio. Te recomiendo que tengas cerca papel y lápiz, y que, si tienes una Biblia con el alfabeto hebreo, como las que lo traen en el salmo ciento diecinueve, la abras allí, porque iremos con calma.
La lección tiene diez partes. Primero, veremos por qué estudiar hebreo y qué nos dice la misma Escritura sobre las lenguas. Segundo, conoceremos un poco la historia de esta lengua. Tercero, aprenderemos sus rasgos principales: se escribe de derecha a izquierda, tiene solo consonantes en su forma original y está construida sobre raíces. Cuarto, recorreremos una por una las veintidós letras del alefato. Quinto, conoceremos las cinco formas finales. Sexto, hablaremos de las vocales que añadieron los masoretas. Séptimo, estudiaremos los poemas acrósticos de la Biblia, y en especial el salmo ciento diecinueve. Octavo, leeremos juntos, palabra por palabra, el primer versículo de Génesis. Noveno, aprenderemos una docena de palabras hebreas fundamentales, con sus números Strong verificados. Y décimo, sacaremos las consecuencias para tu vida y tu estudio. Al final haremos el repaso y oraremos juntos.
Primera parte. ¿Por qué estudiar hebreo?
Comencemos con una pregunta honesta: si ya tenemos la Reina Valera, que es una traducción fiel, ¿para qué necesita un creyente estudiar hebreo? La respuesta no es que la traducción sea mala, sino que toda traducción, por buena que sea, tiene que elegir. Cuando una palabra hebrea tiene varios matices, el traductor debe escoger una palabra española, y a veces ninguna palabra española recoge todo lo que la hebrea dice. Conocer el hebreo, aunque sea un poco, te permite asomarte a esos matices, entender por qué la Reina Valera traduce una misma palabra de distintas maneras en distintos lugares y apreciar la belleza del texto que el Espíritu Santo inspiró.
Hay una segunda razón. La Escritura misma da importancia a las lenguas en que Dios habló. Recuerda lo que el Señor Jesús dijo sobre la letra más pequeña.
«Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.» Así dice Mateo, capítulo cinco, versículo dieciocho.
La jota es la iod, la letra más pequeña del alefato hebreo, que conocerás hoy. La tilde es uno de esos pequeños trazos que distinguen unas letras de otras. Cuando el Señor quiso expresar la exactitud absoluta de la ley de Dios, no habló de ideas generales: habló de letras hebreas. Esa frase supone que el Señor conocía el texto hebreo hasta el detalle de sus trazos, y que lo consideraba palabra de Dios hasta en sus letras.
Una tercera razón: el Nuevo Testamento está lleno de pensamiento hebreo. Aunque se escribió en griego, sus autores, con la excepción probable de Lucas, eran judíos que pensaban con categorías del Antiguo Testamento. Palabras como gracia, verdad, justicia, paz, gloria o carne, en el Nuevo Testamento, llevan dentro el peso de sus equivalentes hebreos. Quien conoce un poco el hebreo lee mejor también el griego.
Y una cuarta razón, que es la más importante: el amor. Cuando amas a alguien, quieres conocer su voz. Dios eligió hablar primero en esta lengua a Abraham, a Moisés, a David, a Isaías. Escucharla, aunque sea de lejos, es acercarnos a la manera en que Dios habló a los padres por los profetas, como dice la carta a los Hebreos.
«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;» Así dice Hebreos, capítulo uno, versículos uno al dos.
Una advertencia antes de seguir. Estudiar hebreo no es para hacernos sentir superiores a los hermanos que no lo conocen, ni para corregir la Biblia desde el púlpito con aire de experto. Pablo nos advierte que el conocimiento envanece, pero el amor edifica. Estudiamos hebreo para entender mejor, obedecer mejor y servir mejor; nunca para enorgullecernos. Y debemos tener mucho cuidado con un error frecuente: el de quien aprende un poco de hebreo y empieza a sacar significados ocultos de cada letra, como si cada trazo escondiera un mensaje secreto. Eso no es estudio, es imaginación. A lo largo de esta lección te mostraré dónde termina lo que sabemos y dónde empieza la especulación, para que aprendas a no cruzar esa línea.
Segunda parte. Un poco de historia de la lengua hebrea
El hebreo pertenece a una familia de lenguas que los estudiosos llaman semíticas, por Sem, el hijo de Noé, de quien descendieron muchos de los pueblos que las hablaban. En esa familia están también el arameo, el arábigo, el acadio de Asiria y Babilonia, el ugarítico y otras lenguas antiguas del Oriente. Todas comparten ciertos rasgos: se construyen sobre raíces de consonantes, se escribían sin vocales, y tienen sonidos guturales que se producen en la garganta y que el español no tiene.
La Escritura misma llama a esta lengua de distintas maneras. Isaías habla de la lengua de Canaán, en el capítulo diecinueve, versículo dieciocho. En el segundo libro de los Reyes, cuando los mensajeros de Senaquerib hablaban al pueblo desde el muro de Jerusalén, los oficiales de Ezequías les pidieron que hablaran en arameo y no en lengua de Judá, para que el pueblo no entendiera. Escucha.
«Entonces dijo Eliaquim hijo de Hilcías, y Sebna y Joa, al Rabsaces: Te rogamos que hables a tus siervos en arameo, porque nosotros lo entendemos, y no hables con nosotros en lengua de Judá a oídos del pueblo que está sobre el muro.» Así dice segundo de Reyes, capítulo dieciocho, versículo veintiséis.
Este pasaje es muy interesante, porque nos dice que en tiempos de Ezequías, unos setecientos años antes de Cristo, el arameo era la lengua de la diplomacia internacional, que entendían los oficiales cultos, mientras que el pueblo común hablaba la lengua de Judá, es decir, el hebreo.
Con el tiempo esa situación cambió. Después del destierro en Babilonia, el arameo se fue convirtiendo en la lengua hablada de muchos judíos, aunque el hebreo siguió siendo la lengua de la Escritura y del culto. Por eso algunas partes del Antiguo Testamento están escritas en arameo: buena parte de Daniel, desde el capítulo dos, versículo cuatro, hasta el final del capítulo siete; varios pasajes de Esdras, que son copias de cartas oficiales; un versículo de Jeremías, el capítulo diez, versículo once; y dos palabras en Génesis treinta y uno, cuarenta y siete, el nombre arameo que Labán dio al majano de piedras. Todo lo demás está en hebreo.
Y recuerda lo que vimos en la lección anterior, cuando Esdras leyó la ley al pueblo. Escucha otra vez.
«Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura.» Así dice Nehemías, capítulo ocho, versículo ocho.
Leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura. Muchos estudiosos piensan que aquí se alude, entre otras cosas, a la necesidad de explicar el texto hebreo a un pueblo que, después de setenta años de destierro, ya no lo dominaba del todo. Es lo que tú y yo hacemos hoy en esta escuela: leer el texto de Dios claramente y poner el sentido.
En tiempos del Señor Jesús, el pueblo hablaba arameo de manera habitual, y el Nuevo Testamento conserva algunas de sus palabras en esa lengua: talita cumi, efata, Abba, Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? Recuerda que nuestra escuela se llama Cielo Efata, y efata es precisamente una palabra aramea que el Señor pronunció al sanar a un sordo: sé abierto. Pero el hebreo seguía vivo en la sinagoga, donde se leía la ley y los profetas cada sábado, como vimos en Nazaret.
Una nota sobre la escritura. Las letras hebreas antiguas tenían una forma distinta de las que vemos hoy en las Biblias hebreas. La forma antigua, que los estudiosos llaman paleohebrea, se parecía a la escritura fenicia. La forma que conocemos hoy, de letras más cuadradas, se llama escritura cuadrada o asiria, y es la que se generalizó después del destierro. Muchos estudiosos piensan que la jota y la tilde de las que habló el Señor se refieren a esta escritura cuadrada, en la que la iod es efectivamente la letra más pequeña.
Tercera parte. Tres rasgos que cambian tu manera de leer
Antes de conocer las letras, debes saber tres cosas sobre cómo funciona esta lengua, porque son muy distintas del español.
El primer rasgo: el hebreo se escribe de derecha a izquierda. Un libro hebreo comienza por lo que para nosotros sería la última página, y cada línea empieza a la derecha y termina a la izquierda. Si alguna vez abres una Biblia hebrea, no te asustes: lo que ves al revés es, para el hebreo, perfectamente natural.
El segundo rasgo: el hebreo bíblico se escribió originalmente solo con consonantes. Las vocales no se escribían; el lector las ponía al leer, porque conocía la lengua. Es algo parecido a cuando tú lees un mensaje abreviado en el teléfono: si alguien te escribe solo las consonantes de una frase conocida, tú la entiendes porque conoces el idioma. Así leían los israelitas. Algunas letras, como la alef, la he, la vav y la iod, servían a veces para indicar ciertas vocales, especialmente al final de las palabras, pero no había un sistema completo de vocales. Ese sistema lo añadieron los masoretas siglos después de Cristo, como vimos ayer, con puntos y rayitas debajo, encima y dentro de las letras, sin tocar las consonantes.
El tercer rasgo, y el más importante para el estudiante de la Biblia: el hebreo está construido sobre raíces. La mayoría de las palabras hebreas salen de una raíz de tres consonantes, que lleva una idea básica. A esa raíz se le añaden vocales, prefijos y sufijos para formar verbos, sustantivos y adjetivos relacionados. Te doy un ejemplo con una raíz que ya conoces de la lección anterior. La raíz formada por las letras kaf, tav y bet, que suenan ka, ta, ba, lleva la idea de escribir. De ella sale el verbo katáb, hache tres mil setecientos ochenta y nueve, que significa escribir y en su sentido primitivo grabar. De la misma raíz salen palabras como escrito y escritura. Así funciona toda la lengua.
Otro ejemplo hermoso es la raíz de la palabra que la Reina Valera traduce bendecir: barák, hache mil doscientos ochenta y ocho. El diccionario de Strong anota que su sentido primitivo es arrodillarse, y de allí bendecir. La relación entre las dos ideas se explica de distintas maneras, y no es necesario forzarla; pero es hermoso pensar, sin afirmar más de lo que sabemos, que la misma raíz hebrea está asociada al gesto de doblar la rodilla y al acto de bendecir.
¿Por qué importa esto? Porque cuando conoces la raíz de una palabra, puedes ver conexiones entre pasajes que en español parecen no tener relación. Pero aquí va una advertencia importante, que los estudiosos llaman la falacia de la raíz: el significado de una palabra no se determina solo por su raíz, sino por cómo se usa en su contexto. Igual que en español la palabra embarazada no tiene nada que ver con estar avergonzada aunque se parezca a embarazoso, en hebreo una palabra puede haber tomado un sentido propio, distinto de su raíz. La raíz ilumina, pero el contexto decide. Esta regla te protegerá de muchos errores.
Cuarta parte. Las veintidós letras del alefato
El alfabeto hebreo se llama alefato, por el nombre de su primera letra, alef, de la misma manera que la palabra alfabeto viene de las dos primeras letras griegas, alfa y beta. Tiene veintidós letras, todas consonantes. Vamos a recorrerlas una por una. De cada letra te diré su nombre, cómo suena, cómo se ve, y, cuando sea seguro, el significado de su nombre. Debo ser honesto contigo: en algunas letras, el significado del nombre es claro porque coincide con una palabra hebrea conocida; en otras, el significado es discutido entre los estudiosos, y en esos casos te lo diré con claridad. No te daré interpretaciones místicas de las letras, porque la Escritura no las enseña.
Para ayudarte a memorizar, vamos a apoyarnos en el salmo ciento diecinueve, que está dividido en veintidós estrofas de ocho versículos, una por cada letra del alefato, en orden. En muchas ediciones de la Reina Valera, encima de cada estrofa aparece el nombre de la letra hebrea. En el texto hebreo, cada uno de los ocho versículos de una estrofa comienza con esa letra. Al presentar cada letra, te leeré un versículo de su estrofa.
La primera letra es alef. En la escritura cuadrada se parece a una equis inclinada con dos pequeños trazos. Es una consonante muda, o mejor dicho, representa un pequeño golpe de la garganta que el español no escribe, como el que hacemos sin darnos cuenta al decir oh, oh. Sobre ella se pone la vocal que corresponda, y así suena a, e, i, o, u según el caso. El nombre alef coincide con la palabra hebrea élef, hache quinientos cuatro, que según el diccionario de Strong significa familia y también, en otro sentido, buey o vaca, como animal domado. Los estudiosos piensan que la forma más antigua de esta letra era el dibujo de una cabeza de buey con sus cuernos; si le das la vuelta a nuestra letra A mayúscula, que desciende de ella, verás todavía los dos cuernos. La estrofa alef del salmo comienza así.
«Bienaventurados los perfectos de camino, Los que andan en la ley de Jehová.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo uno.
La segunda letra es bet. Su forma es como un cuadrado abierto por el lado izquierdo, con una línea de base que sobresale un poco hacia la derecha. Suena como nuestra be, y en ciertas posiciones se suaviza y suena como una ve labial. Su nombre coincide con la palabra hebrea báyit, hache mil cuatro, que significa casa. Y es muy fácil de recordar, porque su forma parece una casa abierta hacia adelante. Es la primera letra de la Biblia hebrea, porque Génesis empieza con la palabra bereshít, en el principio. La estrofa bet trae uno de los versículos más amados.
«En mi corazón he guardado tus dichos, Para no pecar contra ti.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo once.
La tercera letra es guímel. Suena como la ge de gato, nunca como la de gente. Su forma se parece a una pierna con un pie que avanza hacia la izquierda. Muchos estudiosos relacionan su nombre con la palabra camello, que en hebreo es gamál; es una relación probable, pero no segura. La estrofa guímel comienza así.
«Haz bien a tu siervo; que viva, Y guarde tu palabra. Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículos diecisiete al dieciocho.
Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. Esa oración debería estar en tus labios cada vez que abres la Escritura, y también hoy, al estudiar su lengua.
La cuarta letra es dálet. Suena como nuestra de. Su forma es como un siete invertido, o como una escuadra con el ángulo arriba a la derecha. Su nombre se relaciona con la palabra hebrea délet, hache mil ochocientos diecisiete, que significa puerta, y se piensa que su forma antigua representaba una puerta o la hoja de una puerta. La estrofa dálet comienza con un clamor.
«Abatida hasta el polvo está mi alma; Vivifícame según tu palabra.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo veinticinco.
La quinta letra es he. Es una aspiración suave, como la hache de algunos acentos que se pronuncia ligeramente, o como la jota española muy suave. Su forma se parece a la dálet, pero con un pequeño trazo vertical a la izquierda que no toca el techo. El significado de su nombre es discutido; algunos lo relacionan con una exclamación, y otros con una ventana, pero no hay certeza, y así te lo digo. Lo que sí sabemos es que la he es muy importante en la gramática: al comienzo de una palabra suele ser el artículo, el, la, los, las. La estrofa he trae esta oración.
«Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, Y lo guardaré hasta el fin.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo treinta y tres.
La sexta letra es vav. Su forma es un trazo vertical sencillo con una pequeña cabeza arriba. En el hebreo bíblico suena probablemente como una u semiconsonante, parecida a la u de huevo, y en la pronunciación moderna como ve. El nombre vav coincide con la palabra que en Éxodo se usa para los ganchos o capiteles de las columnas del tabernáculo, y por eso se suele explicar como clavo o gancho. Es una de las letras más frecuentes de la Biblia, porque al comienzo de una palabra significa y. Cuando lees en Génesis y dijo Dios, y fue la luz, y vio Dios, cada y es una vav. Por eso la narración hebrea tiene ese ritmo continuo, encadenado, que la Reina Valera conserva con sus muchas y. La estrofa vav comienza así.
«Venga a mí tu misericordia, oh Jehová; Tu salvación, conforme a tu dicho.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo cuarenta y uno.
La séptima letra es záyin. Suena como una ese sonora, como la zeta de algunos idiomas o como el zumbido de una abeja. Su forma es parecida a la vav, pero con la cabeza más ancha, como un clavo con una tapa. El significado de su nombre es discutido; algunos lo relacionan con un arma, pero no es seguro. La estrofa záyin dice.
«Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, En la cual me has hecho esperar. Ella es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículos cuarenta y nueve al cincuenta.
La octava letra es jet. Es un sonido gutural fuerte, que sale de la garganta, parecido a nuestra jota. Su forma es como una dálet con una pata a la izquierda que llega hasta el techo, como un arco o una puerta completa. El sentido de su nombre es incierto; algunos piensan en un cerco o una valla. La estrofa jet contiene esta resolución.
«Mi porción es Jehová; He dicho que guardaré tus palabras.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo cincuenta y siete.
La novena letra es tet. Suena como una te enfática, que en la pronunciación moderna es igual a la te. Su forma es redonda, como un recipiente que se cierra sobre sí mismo con un pequeño trazo hacia adentro en la parte de arriba. El sentido de su nombre es discutido. Es la primera letra de la palabra tob, hache dos mil ochocientos noventa y seis, que significa bueno, y precisamente la estrofa tet del salmo comienza con esa palabra.
«Bien has hecho con tu siervo, Oh Jehová, conforme a tu palabra.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo sesenta y cinco.
Y también contiene una de las confesiones más profundas de todo el salmo.
«Bueno me es haber sido humillado, Para que aprenda tus estatutos.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo setenta y uno.
La décima letra es iod. Es la más pequeña de todas, como una coma suspendida en lo alto de la línea. Suena como nuestra i griega en la palabra yo. Es la jota de la que habló el Señor en el sermón del monte. Su nombre se relaciona con la palabra hebrea yad, que significa mano. Es la primera letra del nombre de Dios que la Reina Valera traduce Jehová. La estrofa iod comienza recordando que fueron las manos de Dios las que nos hicieron.
«Tus manos me hicieron y me formaron; Hazme entender, y aprenderé tus mandamientos.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo setenta y tres.
La undécima letra es kaf. Suena como nuestra ca, y en ciertas posiciones se suaviza y suena como nuestra jota. Su forma es como una bet redondeada, abierta hacia la izquierda. Su nombre coincide con la palabra hebrea kaf, que significa palma de la mano. La estrofa kaf comienza con un alma que desfallece esperando.
«Desfallece mi alma por tu salvación, Mas espero en tu palabra.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ochenta y uno.
La duodécima letra es lámed. Suena como nuestra ele. Es la letra más alta del alefato, porque su trazo sube por encima de la línea, como un cayado o una aguijada. Precisamente su nombre se suele relacionar con la palabra aguijada, la vara puntiaguda con que se guiaba a los bueyes, y con la raíz que significa aprender y enseñar, lamád. La estrofa lámed comienza con una de las declaraciones más firmes de la Biblia sobre la permanencia de la Palabra.
«Para siempre, oh Jehová, Permanece tu palabra en los cielos.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ochenta y nueve.
La decimotercera letra es mem. Suena como nuestra eme. Su nombre se relaciona con la palabra mayim, que significa aguas, y su forma antigua era una línea ondulada, como las olas. La estrofa mem comienza con un amor apasionado.
«¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo noventa y siete.
La decimocuarta letra es nun. Suena como nuestra ene. Su forma es como una vav con un pie que va hacia la izquierda. En arameo, nun significa pez, y por eso se suele explicar así. La estrofa nun contiene el versículo que quizás más hemos memorizado de todo el salmo.
«Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento cinco.
La decimoquinta letra es sámej. Suena como nuestra ese. Su forma es redonda y cerrada, como un círculo. Su nombre se relaciona con la raíz que significa sostener o apoyar. La estrofa sámej dice.
«Mi escondedero y mi escudo eres tú; En tu palabra he esperado.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento catorce.
La decimosexta letra es áyin. Es un sonido gutural muy profundo, que en la pronunciación moderna suele quedar mudo, como la alef. Su forma se parece a una i griega mayúscula con un brazo izquierdo más largo. Su nombre coincide con la palabra hebrea áyin, que significa ojo, y también fuente o manantial. La estrofa áyin dice.
«Juicio y justicia he hecho; No me abandones a mis opresores.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento veintiuno.
La decimoséptima letra es pe. Suena como nuestra pe, y en ciertas posiciones se suaviza y suena como efe. Su nombre se relaciona con la palabra hebrea pe, que significa boca. La estrofa pe contiene un versículo precioso sobre la luz que da la Palabra.
«La exposición de tus palabras alumbra; Hace entender a los simples.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento treinta.
La decimoctava letra es tsade. Suena como ts, como en la palabra tsetsé. El sentido de su nombre es discutido. Es la primera letra de la palabra tsadík, hache seis mil seiscientos sesenta y dos, que significa justo, y la estrofa tsade del salmo comienza justamente con esa palabra.
«Justo eres tú, oh Jehová, Y rectos tus juicios.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento treinta y siete.
La decimonovena letra es qof. Es una ca más profunda, pronunciada en el fondo de la boca; en la pronunciación moderna suena igual que la ca. Su forma tiene un trazo que baja por debajo de la línea. El sentido de su nombre es discutido. La estrofa qof comienza con un clamor de todo corazón.
«Clamé con todo mi corazón; respóndeme, Jehová, Y guardaré tus estatutos.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento cuarenta y cinco.
La vigésima letra es resh. Suena como una erre suave, en la pronunciación moderna parecida a la erre francesa. Su forma se parece a la dálet, pero redondeada en la esquina. Su nombre se relaciona con la palabra rosh, hache siete mil doscientos dieciocho, que significa cabeza, principio, lo primero. Y, en efecto, la estrofa resh contiene esta declaración.
«La suma de tu palabra es verdad, Y eterno es todo juicio de tu justicia.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento sesenta.
La suma de tu palabra es verdad, o, como dice el hebreo literalmente, la cabeza de tu palabra es verdad. Aquí se usa la palabra rosh. Algunos lo entienden como el principio, y otros como el total o la suma, que es como la Reina Valera lo tradujo. En cualquier caso, toda la Palabra de Dios, desde la cabeza hasta el final, es verdad.
La vigesimoprimera letra es shin, y también sin. Es la misma letra con dos sonidos: con un punto a la derecha suena sh, como cuando pedimos silencio; con un punto a la izquierda suena como una ese. Su forma tiene tres brazos que suben desde una base, como una corona de tres puntas. Su nombre se relaciona con la palabra shen, que significa diente. La estrofa shin contiene esta declaración de paz.
«Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento sesenta y cinco.
La vigesimosegunda y última letra es tav. Suena como nuestra te. Su nombre coincide con la palabra hebrea tav, que significa marca o señal, y su forma antigua era una pequeña cruz o una equis, como una marca. La palabra tav aparece en Ezequiel nueve, cuatro, cuando Dios manda poner una señal en la frente de los que gimen por las abominaciones de Jerusalén; allí señal traduce precisamente esa palabra. No hace falta añadir nada más a lo que el texto dice; basta saber que la última letra del alefato era una marca. La estrofa tav cierra el salmo con una oración humilde.
«Yo anduve errante como oveja extraviada; busca a tu siervo, Porque no me he olvidado de tus mandamientos.» Así dice Salmos, capítulo ciento diecinueve, versículo ciento setenta y seis.
Mira cómo termina el salmo más largo de la Biblia, el gran himno a la Palabra de Dios: no con un grito de triunfo, sino con una confesión. Yo anduve errante como oveja extraviada; busca a tu siervo. Quien más ama la Palabra es quien mejor conoce su propia necesidad de ser buscado por el Pastor.
Repaso rápido del alefato. Vamos a decir juntos los nombres de las veintidós letras, despacio. Repite conmigo: alef, bet, guímel, dálet, he, vav, záyin, jet, tet, iod, kaf, lámed, mem, nun, sámej, áyin, pe, tsade, qof, resh, shin, tav. Otra vez, un poco más rápido: alef, bet, guímel, dálet, he, vav, záyin, jet, tet, iod, kaf, lámed, mem, nun, sámej, áyin, pe, tsade, qof, resh, shin, tav. Te recomiendo repetirlos así cada día de esta semana, al despertar y antes de dormir, hasta que te salgan solos. Al principio te parecerá difícil, pero en pocos días los dirás como dices las vocales.
Un consejo práctico para memorizarlos: agrúpalos de cuatro en cuatro. Alef, bet, guímel, dálet. He, vav, záyin, jet. Tet, iod, kaf, lámed. Mem, nun, sámej, áyin. Pe, tsade, qof, resh. Y, al final, shin y tav. Cinco grupos de cuatro y una pareja final.
Quinta parte. Las cinco formas finales
Cinco letras del alefato cambian de forma cuando aparecen al final de una palabra. Son la kaf, la mem, la nun, la pe y la tsade. En la mayoría de los casos, la forma final se caracteriza porque el trazo que en la forma normal se dobla hacia la izquierda, en la forma final se alarga hacia abajo, por debajo de la línea. La mem final, en cambio, se cierra como un cuadrado.
Los estudiantes hebreos han memorizado estas cinco letras durante siglos con una sola palabra inventada que reúne sus sonidos. Tú puedes recordarlas así: kaf, mem, nun, pe, tsade. Las formas finales no cambian el sonido de la letra; solo cambian su forma. Son una ayuda para el lector, porque en un texto sin espacios claros o sin vocales, ver una forma final le indica que allí termina una palabra.
Un ejemplo que oyes muchas veces: la palabra shalóm, hache siete mil novecientos sesenta y cinco, que significa paz, termina en mem, y por eso se escribe con la mem final, cerrada como una caja. Y la palabra amén, hache quinientos cuarenta y tres, termina en nun, y se escribe con la nun final, que es un trazo largo que baja.
Sexta parte. Las vocales de los masoretas
Ya dijimos que el hebreo bíblico se escribió originalmente con consonantes. Cuando la lengua dejó de hablarse de manera cotidiana, se corría el peligro de que la pronunciación tradicional se perdiera. Por eso los masoretas, entre los siglos sexto y décimo después de Cristo aproximadamente, desarrollaron un sistema de puntos y rayas para indicar las vocales sin tocar las consonantes. El sistema que se impuso es el de la escuela de Tiberias, junto al mar de Galilea, el mismo de los grandes códices de los que hablamos ayer.
Estos signos se llaman en conjunto nikúd, que significa puntuación. La mayoría se escriben debajo de las letras; uno se escribe encima, a la izquierda; y uno se escribe dentro de la vav. No vamos a aprender aquí la forma de cada signo, porque eso se hace con los ojos y no con el oído. Pero sí debes saber algunas cosas.
Primera. Los signos vocálicos indican sonidos que corresponden más o menos a nuestras cinco vocales, a, e, i, o, u, con distinciones de cantidad y de cualidad que la pronunciación moderna ya no hace.
Segunda. Hay un signo muy frecuente, de dos puntos verticales debajo de la letra, que se llama shevá. A veces indica una vocal muy breve, casi imperceptible, como una e rápida, y a veces indica que no hay vocal. Cuando oyes bereshít, la primera e es una shevá: se pronuncia muy rápida.
Tercera. Hay un punto dentro de algunas letras que se llama daguésh. En unas letras indica que la consonante se duplica, como cuando decimos dos eles; en otras, indica que la letra se pronuncia dura y no suave. Por ejemplo, la bet con daguésh suena be, y sin daguésh suena ve. Por eso a veces oirás bet y a veces vet.
Cuarta. Además de las vocales, los masoretas añadieron acentos, que marcan la sílaba tónica, dividen el versículo en partes y servían para la cantilación, es decir, para la manera de cantar el texto en la sinagoga. El acento más importante divide cada versículo en dos mitades, y se llama atnaj. Los acentos son una ayuda preciosa para entender cómo los antiguos lectores agrupaban las palabras de cada versículo.
Y quinta, que ya conoces: los masoretas no cambiaron ni una consonante. Cuando creían que una palabra debía leerse de otro modo, la dejaban escrita como estaba y anotaban al margen cómo se leía. Ese es el ketiv y el qeré, lo escrito y lo leído, que estudiamos ayer.
El nombre de Dios.
Aquí debemos detenernos en algo muy delicado: el nombre propio de Dios. En el texto hebreo aparece más de seis mil ochocientas veces un nombre de cuatro letras: iod, he, vav, he. Los estudiosos lo llaman tetragrámaton, que significa cuatro letras. Es el nombre que Dios reveló a Moisés junto a la zarza, y que está relacionado con el verbo ser.
«Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos.» Así dice Éxodo, capítulo tres, versículos catorce al quince.
Con el tiempo, por reverencia y por temor de tomar el nombre de Dios en vano, los lectores judíos dejaron de pronunciarlo y, al llegar a él, leían en su lugar Adonái, que significa mi Señor. Los masoretas, coherentes con su práctica del qeré, pusieron a las cuatro consonantes las vocales de la palabra que se leía. De esa combinación de consonantes y vocales, leída literalmente por lectores cristianos siglos después, salió la forma Jehová, que usa la Reina Valera. El diccionario de Strong la registra así: Yehováh, hache tres mil sesenta y ocho. Los estudiosos discuten cuál era la pronunciación original, y muchos proponen una forma distinta, pero la verdad es que no lo sabemos con certeza, porque las vocales originales no se escribieron. Lo que sí sabemos es lo que el nombre significa, porque Dios mismo lo explicó: yo soy el que soy. El Dios que existe por sí mismo, que no depende de nadie, que no cambia, y que es fiel a su pacto.
La Reina Valera traduce este nombre como Jehová, mientras que muchas otras traducciones ponen el Señor, a veces en mayúsculas. Cuando leas Jehová en tu Biblia, sabes que allí, en el hebreo, está el nombre propio de Dios. Cuando leas Señor, generalmente estás ante la palabra Adonái. Y cuando leas Dios, generalmente estás ante la palabra Elohím, hache cuatrocientos treinta, de la que hablaremos enseguida.
Existe también una forma abreviada del nombre, Yah, hache tres mil cincuenta, que aparece especialmente en los salmos y que tú pronuncias cada vez que dices aleluya. Aleluya es una palabra hebrea compuesta: halelú, que es un imperativo plural del verbo halál, hache mil novecientos ochenta y cuatro, alabar, y Yah, el nombre abreviado de Dios. Aleluya significa, por lo tanto, alabad a Yah, alabad a Jehová. Cuando la Reina Valera traduce alabad a Jehová en los salmos, muchas veces está traduciendo precisamente esa palabra. Escucha el último salmo.
«Todo lo que respira alabe a JAH. Aleluya» Así dice Salmos, capítulo ciento cincuenta, versículo seis.
Séptima parte. Los poemas acrósticos
Ya hemos visto que el salmo ciento diecinueve está organizado según el alefato. A este tipo de poema se le llama acróstico alfabético: cada verso, o cada grupo de versos, comienza con una letra distinta, siguiendo el orden del alfabeto. En la traducción española este orden se pierde, porque las palabras cambian de lugar, pero en el hebreo es evidente. Conocer este dato te permite ver la arquitectura de varios pasajes de la Escritura.
Hay varios acrósticos alfabéticos en el Antiguo Testamento. Entre los más claros están los salmos veinticinco, treinta y cuatro, ciento once, ciento doce y ciento cuarenta y cinco, además del ciento diecinueve. Los salmos nueve y diez, juntos, forman también un acróstico, aunque incompleto. Fuera del libro de los Salmos, el poema de la mujer virtuosa en Proverbios treinta y uno, desde el versículo diez hasta el final, es un acróstico perfecto de veintidós versos. Y el libro de Lamentaciones es casi entero acróstico: los capítulos uno, dos y cuatro tienen veintidós versículos cada uno, uno por letra; el capítulo tres tiene sesenta y seis versículos, tres para cada letra; y el capítulo cinco tiene veintidós versículos, pero sin orden alfabético.
¿Por qué escribirían así los autores inspirados? La Escritura no lo explica, y por eso hay que ser prudentes. Pero hay razones razonables que los estudiosos señalan: el acróstico ayuda a la memoria, porque el que conoce el orden de las letras puede recordar el orden de los versos; y transmite una idea de totalidad, como si se dijera todo, de la a a la zeta. Es significativo que el libro de Lamentaciones, que llora la destrucción de Jerusalén, esté ordenado con tanto cuidado: en medio del caos, el dolor se expresa con orden. Y en el corazón de ese libro, en el capítulo tres, que es el más elaborado de todos, están estas palabras.
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.» Así dice Lamentaciones, capítulo tres, versículos veintidós al veintitrés.
En el hebreo, estos dos versículos pertenecen a la estrofa de la letra jet, la octava letra; y los tres versículos de esa estrofa comienzan con jet. Grande es tu fidelidad. Aquí fidelidad traduce emunáh, de la misma raíz que la palabra amén. Y misericordias traduce jésed, hache dos mil seiscientos diecisiete, una de las palabras más ricas del Antiguo Testamento, que habla del amor fiel de Dios a su pacto y que estudiaremos en el vocabulario.
El salmo treinta y cuatro es también un acróstico, y contiene un versículo que el apóstol Juan relaciona con la cruz. Escucha.
«El guarda todos sus huesos; Ni uno de ellos será quebrantado.» Así dice Salmos, capítulo treinta y cuatro, versículo veinte.
Y escucha cómo Juan, al narrar que los soldados no quebraron las piernas del Señor, dice que eso sucedió para que se cumpliera la Escritura.
«Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo.» Así dice Juan, capítulo diecinueve, versículo treinta y seis.
Muchos estudiosos relacionan esta cita también con la ley del cordero de la pascua, al que no se le debía quebrar hueso, en Éxodo doce, cuarenta y seis. El justo del salmo y el cordero de la pascua se encuentran en Cristo.
Una lección para tu vida: Dios no es un Dios de desorden, y su Palabra tampoco lo es. Los poetas inspirados de Israel ordenaron sus cantos, sus lamentos y sus oraciones con cuidado y belleza. Si el Espíritu Santo inspiró poemas tan ordenados, nosotros, al estudiar la Biblia, debemos hacerlo también con orden y cuidado.
Octava parte. Leyendo juntos el primer versículo de la Biblia
Ha llegado el momento más emocionante de la lección. Vamos a leer juntos, palabra por palabra, el primer versículo de la Biblia en hebreo. Primero escúchalo en tu Reina Valera.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» Así dice Génesis, capítulo uno, versículo uno.
En hebreo, este versículo tiene siete palabras. Vamos a escucharlas y entenderlas una por una.
La primera palabra es bereshít. Se compone de la letra bet, que aquí es una preposición que significa en, y de reshít, hache siete mil doscientos veinticinco, que significa principio, lo primero. Reshít viene de la misma raíz que rosh, cabeza, la palabra de la letra resh. Bereshít: en el principio. Es también el nombre hebreo del libro de Génesis, porque los libros de la ley se llamaban por su primera palabra o por una de las primeras.
La segunda palabra es bará, hache mil doscientos cincuenta y cuatro, que significa crear. Este verbo tiene algo muy especial: en la Escritura, en su forma básica, solo tiene a Dios como sujeto. Los hombres hacen, fabrican, forman; pero solo Dios bará, crea. El diccionario de Strong lo anota así: crear, en sentido absoluto. Es una de esas palabras que, cuando las conoces, cambian tu manera de leer el capítulo. Mira cuántas veces aparece el verbo crear en el capítulo uno: en el versículo uno, para los cielos y la tierra; en el veintiuno, para los grandes monstruos marinos y los seres vivientes del mar; y en el veintisiete, tres veces, para el hombre. Escucha.
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.» Así dice Génesis, capítulo uno, versículo veintisiete.
Tres veces crear en un solo versículo. El texto subraya que el hombre no es un producto más de la tierra: es una creación directa de Dios, a su imagen.
La tercera palabra es Elohím, hache cuatrocientos treinta. Es la palabra general para Dios en hebreo. Tiene una forma plural, aunque cuando se refiere al Dios verdadero se construye con el verbo en singular, como aquí: bará Elohím, creó Dios, no crearon. Los estudiosos explican este plural de distintas maneras; muchos lo llaman plural de majestad o de plenitud. El creyente, al leer en el mismo capítulo, en el versículo veintiséis, hagamos al hombre a nuestra imagen, y al recibir la revelación completa del Nuevo Testamento, encuentra en estos textos una armonía preciosa con la verdad de un solo Dios en tres personas; pero debemos ser honestos y decir que la doctrina de la Trinidad no se apoya en la gramática de la palabra Elohím, sino en el conjunto de la revelación bíblica, que estudiaremos en su lugar.
La cuarta palabra es et, hache ochocientos cincuenta y tres. Es una pequeñita palabra que no se traduce. Sirve en hebreo para señalar el complemento directo, es decir, para indicar qué es lo que Dios creó. Se escribe con dos letras: alef, la primera del alefato, y tav, la última. Algunos han querido ver en esto un mensaje oculto, relacionándolo con el Alfa y la Omega del Apocalipsis. Debo decirte con claridad que eso es especulación: esta partícula aparece miles de veces en el Antiguo Testamento, con cualquier tipo de complemento, incluso con cosas malas, y su función es simplemente gramatical. Cristo es el Alfa y la Omega porque él mismo lo declaró en el Apocalipsis, no porque haya una partícula hebrea con esas letras. Este es un buen ejemplo de la línea que no debemos cruzar.
La quinta palabra es hashamáyim. La he del principio es el artículo, los, y shamáyim, hache ocho mil sesenta y cuatro, significa cielos. Su forma es dual o plural, y por eso la Reina Valera traduce los cielos, en plural.
La sexta palabra es veét. La vav del principio es la conjunción y, y et es de nuevo la partícula que señala el complemento.
Y la séptima palabra es haárets. La he es otra vez el artículo, la, y érets, hache setecientos setenta y seis, significa tierra. Es la misma palabra que se usa para la tierra entera y también para un país o una región, como la tierra de Canaán. El contexto decide.
Ahora escucha el versículo entero en hebreo, despacio, palabra por palabra: bereshít, bará, Elohím, et, hashamáyim, veét, haárets. En el principio, creó Dios, los cielos, y la tierra. Repítelo conmigo dos veces: bereshít bará Elohím et hashamáyim veét haárets. Bereshít bará Elohím et hashamáyim veét haárets.
¡Has leído el primer versículo de la Biblia en la lengua en que Moisés lo escribió! Siete palabras que contienen toda una cosmovisión: hay un principio, no un ciclo eterno sin comienzo; hay un Dios que existía antes de ese principio; ese Dios crea por su propia voluntad, no por necesidad; y todo lo que existe, arriba y abajo, los cielos y la tierra, es obra suya. Muchas creencias de la antigüedad y de hoy niegan alguna de esas verdades: unas dicen que el mundo es eterno, otras que todo es divino, otras que todo surgió por azar. Este versículo responde a todas, sin nombrar a ninguna.
Y ahora mira cómo el apóstol Juan empieza su evangelio, con las mismas palabras, en el principio, que en griego son en arjé.
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.» Así dice Juan, capítulo uno, versículos uno al tres.
Juan, que conocía su Biblia hebrea, comenzó su evangelio con las primeras palabras de Génesis, para decirnos que aquel por quien Dios creó los cielos y la tierra es el Verbo, que en el principio era con Dios, y era Dios. Lo estudiaremos con detalle en el día ocho.
El segundo versículo.
Ya que estamos aquí, escuchemos también el versículo dos, porque contiene dos palabras hebreas que suenan como un eco.
«Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.» Así dice Génesis, capítulo uno, versículo dos.
Desordenada y vacía traduce dos palabras hebreas que riman: tohu, hache ocho mil cuatrocientos catorce, y bohu, hache novecientos veintidós. Tohu significa desolación, algo sin forma; bohu, vacío. Tohu vabohu. La tierra estaba sin forma y vacía. Y fíjate en el orden del resto del capítulo: en los primeros tres días, Dios da forma, separando la luz de las tinieblas, las aguas de arriba de las de abajo, y el mar de la tierra seca; y en los días cuatro, cinco y seis, Dios llena lo que había formado, con los astros, con las aves y los peces, y con los animales y el hombre. A lo que no tenía forma, Dios le dio forma; a lo que estaba vacío, Dios lo llenó. Muchos estudiosos han observado esta correspondencia, y está a la vista en el texto.
Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Espíritu traduce rúaj, hache siete mil trescientos siete, que significa también viento y aliento. La misma palabra que se usa para el viento que sopla y para el aliento que respira el hombre se usa para el Espíritu de Dios. Recuerda lo que vimos en el día dos: la Escritura es soplada por Dios. El aliento de Dios estuvo en la creación, y está en la Palabra.
Y en el versículo tres, la primera palabra de Dios en la Biblia: sea la luz. En hebreo son solo dos palabras: yehí or. Sea luz. Y la luz fue: vayehí or. Luz es or, hache doscientos dieciséis. El mismo Dios que dijo sea la luz es el que, como dice Pablo, resplandeció en nuestros corazones.
«Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.» Así dice segunda de Corintios, capítulo cuatro, versículo seis.
Novena parte. Doce palabras hebreas que todo estudiante debe conocer
Ahora vamos a aprender doce palabras hebreas fundamentales. De cada una te diré su pronunciación, su número Strong verificado, su significado y un pasaje donde aparece. Te recomiendo anotarlas en una libreta, con su número, para que las vayas reconociendo en tu estudio.
La primera es dabár, hache mil seiscientos noventa y siete. Significa palabra, y también asunto, cosa, hecho. Es muy interesante, porque en hebreo la palabra y el hecho están unidos: lo que Dios dice, sucede. Por eso, en los profetas, la expresión vino palabra de Jehová usa este término. Escucha a Isaías.
«así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.» Así dice Isaías, capítulo cincuenta y cinco, versículo once.
La segunda es Toráh, hache ocho mil cuatrocientos cincuenta y uno, que ya conocimos en el día tres. La Reina Valera la traduce ley, pero su sentido es más amplio: instrucción, enseñanza. Viene de una raíz que significa lanzar, señalar, y de allí enseñar, como quien señala el camino. La Toráh no es solo un código de mandamientos; es la enseñanza de Dios para que su pueblo viva. Por eso el salmista no la siente como una carga, sino como un deleite.
«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche.» Así dice Salmos, capítulo uno, versículos uno al dos.
La tercera es jésed, hache dos mil seiscientos diecisiete. La Reina Valera la traduce de varias maneras: misericordia, bondad, piedad, gracia, merced. Ninguna palabra española la recoge entera. Jésed es el amor leal, el amor que permanece fiel a un compromiso, especialmente al pacto. Es el amor que no se cansa. El salmo ciento treinta y seis repite veintiséis veces el mismo estribillo: porque para siempre es su misericordia. Cada vez, la palabra es jésed. Escucha el primer versículo.
«Alabad a Jehová, porque él es bueno, Porque para siempre es su misericordia.» Así dice Salmos, capítulo ciento treinta y seis, versículo uno.
La cuarta es eméth, hache quinientos setenta y uno. Significa verdad, y el diccionario de Strong anota que su sentido básico es estabilidad, firmeza, certeza. Viene de la misma raíz que amén. En hebreo, la verdad no es solo algo que se dice correctamente; es algo firme, en lo que te puedes apoyar sin que se hunda. Por eso Dios es llamado Dios de verdad. Y fíjate que jésed y eméth aparecen juntas muchas veces, como en la revelación del nombre de Dios a Moisés.
«Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;» Así dice Éxodo, capítulo treinta y cuatro, versículo seis.
Grande en misericordia y verdad: jésed y eméth. Y escucha cómo Juan, en su prólogo, dice que el Verbo hecho carne estaba lleno de gracia y de verdad. Muchos estudiosos ven en esas palabras un eco de este versículo de Éxodo. Lo que Dios proclamó de sí mismo a Moisés se vio en el rostro de Jesucristo.
La quinta es shalóm, hache siete mil novecientos sesenta y cinco. La traducimos paz, pero su sentido es mucho más amplio: bienestar, integridad, plenitud, estar completo, que nada falte. Shalóm no es solo ausencia de guerra; es la vida tal como Dios la diseñó, entera y en orden. Por eso la bendición sacerdotal termina con esta palabra.
«Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz.”» Así dice Números, capítulo seis, versículos veinticuatro al veintiséis.
La sexta es néfesh, hache cinco mil trescientos quince. La Reina Valera la traduce muchas veces alma, pero también vida, persona, ser, y en algunos lugares apetito o deseo. En el relato de la creación, cuando Dios sopla aliento de vida en la nariz del hombre, dice que fue el hombre un ser viviente: allí ser es néfesh.
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.» Así dice Génesis, capítulo dos, versículo siete.
En el pensamiento hebreo, el hombre no tiene una néfesh, sino que es una néfesh: un ser viviente completo. Esto nos ayuda a no leer la Biblia con ideas ajenas a ella sobre el alma como algo separado y opuesto al cuerpo; la Escritura enseña que el hombre tiene una parte material y una inmaterial, pero lo presenta siempre como un ser completo creado por Dios.
La séptima es leb, hache tres mil ochocientos veinte, el corazón. En hebreo, el corazón no es solo el lugar de los sentimientos, como en español; es el centro de la persona, donde se piensa, se decide y se siente. Cuando la Escritura dice que alguien dijo en su corazón, quiere decir que lo pensó. Por eso Proverbios manda guardar el corazón por encima de todo.
«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.» Así dice Proverbios, capítulo cuatro, versículo veintitrés.
La octava es qadósh, hache seis mil novecientos dieciocho, santo. Su idea básica es la de algo apartado, separado para Dios. Dios es santo porque es absolutamente distinto de todo lo creado, y absolutamente puro. Los serafines, en la visión de Isaías, lo dicen tres veces.
«Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.» Así dice Isaías, capítulo seis, versículo tres.
En hebreo, repetir una palabra es una manera de intensificarla. Una vez es santo; dos veces, muy santo; tres veces, que es lo que dicen los serafines, es la santidad en su grado más alto. Es la única cualidad de Dios que en el Antiguo Testamento se proclama así, tres veces.
La novena es kabód, hache tres mil quinientos diecinueve. Se traduce gloria, y el diccionario de Strong anota que su sentido propio es peso, y figuradamente esplendor, honra. La gloria de Dios es el peso de su presencia, su realidad abrumadora. Cuando la gloria de Jehová llenó el tabernáculo, Moisés no podía entrar. Es una palabra que nos enseña que Dios no es ligero: su presencia tiene peso.
«Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba.» Así dice Éxodo, capítulo cuarenta, versículos treinta y cuatro al treinta y cinco.
La décima es berít, hache mil doscientos ochenta y cinco, pacto. Es la palabra que define la relación de Dios con su pueblo a lo largo de toda la Biblia: el pacto con Noé, con Abraham, con Israel en el Sinaí, con David, y el nuevo pacto anunciado por Jeremías y sellado con la sangre de Cristo. Escucha la promesa del nuevo pacto.
«Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.» Así dice Jeremías, capítulo treinta y uno, versículo treinta y tres.
La undécima es mashíaj, hache cuatro mil ochocientos noventa y nueve, ungido. De esta palabra viene Mesías. En el Antiguo Testamento se usa para los sacerdotes, los reyes y, en ciertos pasajes, para el Rey prometido. En griego se tradujo Jristós, Cristo. Cada vez que dices Jesucristo estás diciendo, en el fondo, Jesús el Mesías, Jesús el Ungido. Escucha el salmo dos.
«Se levantarán los reyes de la tierra, Y príncipes consultarán unidos Contra Jehová y contra su ungido, diciendo:» Así dice Salmos, capítulo dos, versículo dos.
Y la duodécima es amén, hache quinientos cuarenta y tres. Ya la conoces, porque la decimos en cada oración. Viene de la misma raíz que eméth y emunáh: firmeza, fidelidad. Decir amén es decir así es, es firme, es verdad. En Isaías, Dios es llamado literalmente el Dios del amén, que la Reina Valera traduce Dios de verdad.
«El que se bendijere en la tierra, en el Dios de verdad se bendecirá; y el que jurare en la tierra, por el Dios de verdad jurará; porque las angustias primeras serán olvidadas, y serán cubiertas de mis ojos.» Así dice Isaías, capítulo sesenta y cinco, versículo dieciséis.
Y en el Apocalipsis, el Señor Jesús se presenta con ese nombre.
«Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto:» Así dice Apocalipsis, capítulo tres, versículo catorce.
El Amén, el testigo fiel y verdadero. Cristo es el amén de Dios, aquel en quien todas las promesas de Dios son sí y amén, como dice Pablo en segunda de Corintios uno, veinte.
Escuchemos de nuevo las doce palabras, para fijarlas: dabár, palabra; Toráh, instrucción; jésed, amor leal; eméth, verdad firme; shalóm, paz completa; néfesh, ser viviente; leb, corazón; qadósh, santo; kabód, gloria con peso; berít, pacto; mashíaj, ungido; amén, firme y verdadero.
El shemá, la gran confesión de Israel.
Antes de terminar el vocabulario, quiero que aprendas la frase hebrea más conocida de toda la Biblia, la que los israelitas piadosos repetían por la mañana y por la noche, y que el Señor Jesús citó como el primero de todos los mandamientos. Se llama shemá, por su primera palabra, que significa oye. Escúchala en tu Reina Valera.
«Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.» Así dice Deuteronomio, capítulo seis, versículos cuatro al cinco.
En hebreo, el versículo cuatro tiene seis palabras: shemá Yisraél, Adonái Elohéinu, Adonái ejád. Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Shemá viene del verbo shamá, hache ocho mil ochenta y cinco, que según el diccionario de Strong significa oír con inteligencia, y muchas veces con la idea de obedecer. En hebreo, oír de verdad es obedecer. Y ejád, hache doscientos cincuenta y nueve, significa uno, unido.
El Señor Jesús, cuando un escriba le preguntó cuál era el primer mandamiento, respondió precisamente con estas palabras.
«Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.» Así dice Marcos, capítulo doce, versículos veintinueve al treinta.
Repite conmigo, despacio: shemá Yisraél, Adonái Elohéinu, Adonái ejád. Que esta sea tu confesión cada mañana durante esta semana: oye, alma mía, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es; y lo amarás con todo tu corazón.
Décima parte. Consecuencias para tu estudio y tu vida
Primera consecuencia: humildad. Has visto hoy que detrás de cada palabra de tu Biblia en español hay una palabra hebrea con una riqueza que ninguna traducción agota. Eso no debe hacerte desconfiar de tu Reina Valera; debe hacerte leerla más despacio, con más reverencia, sabiendo que cada palabra es una puerta.
Segunda consecuencia: cuidado. Has visto también dónde termina el conocimiento y dónde empieza la especulación. En los significados de las letras, en la partícula et, en la raíz de las palabras, hemos separado lo que sabemos de lo que algunos imaginan. Lleva esa disciplina a todo tu estudio. Cuando alguien te enseñe un significado oculto de una letra hebrea que la Escritura no enseña, pregunta siempre: ¿dónde está escrito eso?
Tercera consecuencia: práctica. Una lengua no se aprende en un día. Te propongo una tarea para esta semana. Primero, repite el alefato cada mañana y cada noche hasta saberlo de memoria. Segundo, repite el primer versículo de Génesis en hebreo y su traducción. Tercero, aprende el shemá. Cuarto, cada vez que en tu lectura diaria encuentres una de las doce palabras que hemos estudiado, búscala en una concordancia con su número Strong y mira dónde más aparece. En pocas semanas habrás empezado a pensar con categorías bíblicas.
Cuarta consecuencia: adoración. El salmo ciento diecinueve, que hemos recorrido letra por letra, no es un tratado de gramática: es una oración. El salmista amaba la Palabra porque amaba al Dios de la Palabra. Que el estudio del hebreo no te lleve a enamorarte de una lengua, sino del Dios que eligió hablar en ella. Como dice la estrofa mem: ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación.
Un testimonio personal. Recuerdo la primera vez que leí en voz alta el primer versículo de Génesis en hebreo. No entendía todavía la gramática, ni conocía todas las letras, pero al pronunciar bereshít bará Elohím sentí algo parecido a lo que siente un hijo cuando oye por primera vez la voz de su padre en su lengua materna. Esas mismas palabras las oyó Moisés, las leyeron Esdras y los escribas, las escuchó el Señor Jesús en la sinagoga de Nazaret. Y hoy tú también las has pronunciado. No es un mérito nuestro: es un regalo de Dios, que preservó su Palabra hasta nosotros, como vimos ayer. Te animo a no dejar que este regalo quede en una sola lección.
Repaso de la lección
Primera pregunta. ¿Por qué el Señor Jesús habló de la jota y la tilde? Respuesta: para afirmar la exactitud absoluta de la ley de Dios, hasta en su letra más pequeña, la iod, y en sus trazos más pequeños.
Segunda pregunta. ¿Qué partes del Antiguo Testamento están escritas en arameo? Respuesta: buena parte de Daniel, desde el capítulo dos, versículo cuatro, hasta el capítulo siete; varios pasajes de Esdras; Jeremías diez, once; y dos palabras de Génesis treinta y uno, cuarenta y siete.
Tercera pregunta. ¿Cuáles son los tres rasgos principales del hebreo bíblico que estudiamos? Respuesta: se escribe de derecha a izquierda, se escribía originalmente solo con consonantes y está construido sobre raíces de tres consonantes.
Cuarta pregunta. ¿Qué es la falacia de la raíz? Respuesta: el error de pensar que el significado de una palabra se determina solo por su raíz, cuando en realidad lo decide su uso en el contexto.
Quinta pregunta. ¿Cuántas letras tiene el alefato y cuáles son? Respuesta: veintidós: alef, bet, guímel, dálet, he, vav, záyin, jet, tet, iod, kaf, lámed, mem, nun, sámej, áyin, pe, tsade, qof, resh, shin, tav.
Sexta pregunta. ¿Qué letras tienen forma final? Respuesta: kaf, mem, nun, pe y tsade.
Séptima pregunta. ¿Qué es el tetragrámaton y cómo lo traduce la Reina Valera? Respuesta: el nombre propio de Dios de cuatro letras, iod, he, vav, he, relacionado con el verbo ser; la Reina Valera lo traduce Jehová.
Octava pregunta. ¿Qué significa aleluya? Respuesta: alabad a Yah, es decir, alabad a Jehová.
Novena pregunta. Nombra tres pasajes acrósticos de la Biblia. Respuesta: el salmo ciento diecinueve, Proverbios treinta y uno, desde el versículo diez, y el libro de Lamentaciones, entre otros, como los salmos veinticinco, treinta y cuatro y ciento cuarenta y cinco.
Décima pregunta. ¿Cuál es el primer versículo de la Biblia en hebreo y qué significa cada palabra? Respuesta: bereshít bará Elohím et hashamáyim veét haárets: en el principio, creó, Dios, partícula del complemento, los cielos, y la tierra.
Undécima pregunta. ¿Qué tiene de especial el verbo bará? Respuesta: en su forma básica solo tiene a Dios como sujeto en la Escritura; significa crear.
Duodécima pregunta. ¿Qué significa jésed? Respuesta: el amor leal, fiel al pacto, que la Reina Valera traduce misericordia, bondad o piedad.
Decimotercera pregunta. ¿Cómo dice el shemá en hebreo y qué significa? Respuesta: shemá Yisraél, Adonái Elohéinu, Adonái ejád: oye, Israel, Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.
Decimocuarta pregunta. ¿Por qué no debemos sacar mensajes ocultos de la partícula et? Respuesta: porque es una partícula gramatical que aparece miles de veces con cualquier complemento; las verdades sobre Cristo se apoyan en lo que la Escritura enseña claramente, no en especulaciones sobre letras.
Oración final
Señor, Dios del principio, que creaste los cielos y la tierra con tu palabra, gracias porque quisiste hablar a los hombres en su propia lengua. Gracias por Moisés y los profetas, por los escribas y los masoretas, por cada letra que guardaste, desde la alef hasta la tav. Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. Líbrame de la soberbia del que sabe un poco, y de la imaginación del que busca secretos donde tú has hablado claramente. Que tu Palabra sea lámpara a mis pies y lumbrera a mi camino. Oye, alma mía: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Te amaré con todo mi corazón. En el nombre de Jesucristo, el Amén, el testigo fiel y verdadero, amén.
Mañana, en el día seis, abriremos la segunda gran lengua de la Escritura: el griego del Nuevo Testamento. Aprenderemos sus veinticuatro letras, veremos por qué Dios eligió esa lengua para el evangelio y leeremos juntos las primeras palabras del evangelio de Juan.
Dr. (h. c.) Alejandro Sirit.
Complemento de la lección cinco
Repaso de la lección
En la quinta jornada nos asomamos al hebreo, la lengua en que Dios habló a los padres por los profetas, y aprendimos que se escribe y se lee de derecha a izquierda. Su alefato tiene veintidós letras, alef, bet, guímel, dálet, he, vav, záyin, jet, tet, iod, kaf, lámed, mem, nun, sámej, áyin, pe, tsade, qof, resh, shin y tav, y las memorizamos en cinco grupos de cuatro con una pareja final. Cinco de ellas, kaf, mem, nun, pe y tsade, cambian de trazo, aunque no de sonido, cuando cierran una palabra.
Vimos además que el hebreo bíblico se escribió con consonantes, y que los masoretas añadieron después los signos de las vocales, el nikúd, para guardar la lectura tradicional. El Salmo ciento diecinueve nos mostró la belleza del alefato puesta al servicio de la alabanza, pues cada una de sus secciones de ocho versículos comienza con una letra, en orden, y todo el poema celebra la Palabra de Dios. Por último, guardamos las primeras palabras que nos acompañarán en el curso: bereshít, en el principio, hache siete mil doscientos veinticinco; Elohim, Dios, hache cuatrocientos treinta; shalóm, paz, hache siete mil novecientos sesenta y cinco; y amén, hache quinientos cuarenta y tres.
Autoevaluación
Ahora vienen las preguntas de autoevaluación. Después de cada pregunta habrá un silencio breve. Detén el audio si lo necesitas, responde en voz alta con tus propias palabras, y luego escucha la respuesta.
Primera pregunta. Di en orden las veintidós letras del alefato.
Respuesta: alef, bet, guímel, dálet; he, vav, záyin, jet; tet, iod, kaf, lámed; mem, nun, sámej, áyin; pe, tsade, qof, resh; shin y tav.
Segunda pregunta. ¿En qué dirección se lee el hebreo, y qué consecuencia práctica tiene para una Biblia hebrea?
Respuesta: de derecha a izquierda; por eso una Biblia hebrea se abre por lo que para nosotros sería la última página.
Tercera pregunta. ¿Cuáles son las cinco letras con forma final?
Respuesta: kaf, mem, nun, pe y tsade.
Cuarta pregunta. ¿Qué es el nikúd, y por qué no cambia la autoridad del texto?
Respuesta: son los signos vocálicos que añadieron los masoretas. Guardan la lectura tradicional sin alterar las consonantes que se copiaron desde antiguo.
Quinta pregunta. ¿Qué tiene de especial el Salmo ciento diecinueve?
Respuesta: es un poema alfabético de veintidós secciones; cada sección de ocho versículos empieza con la misma letra, en el orden del alefato. Todo el salmo celebra la Palabra de Dios.
Sexta pregunta. ¿Qué significan bereshít y shalóm?
Respuesta: bereshít significa en el principio, la primera palabra de la Biblia; shalóm significa paz, plenitud, bienestar completo.
Séptima pregunta. ¿Para qué estudia el creyente el hebreo, y cuál es el peligro?
Respuesta: para leer de cerca lo que Dios dijo y entenderlo mejor. El peligro es que el diccionario predique en lugar del texto, o que el saber envanezca. El hebreo sirve a la Palabra; no la reemplaza.
Para el púlpito
Bosquejo para predicar o enseñar. Título: Oye, Israel. Texto: Deuteronomio seis, cuatro y cinco.
«Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.» Así dice Deuteronomio, capítulo seis, versículos cuatro al cinco.
La idea central es que el Dios que es uno reclama un amor entero.
El sermón puede abrir con Moisés ante una generación que está a punto de entrar en la tierra, y con la primera palabra de su gran confesión: oye. Ese es el primer movimiento, porque la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios, de manera que nadie habla rectamente de Dios sin antes haberle escuchado.
El segundo movimiento proclama quién es el que habla: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es, y no hay otro. El predicador presenta al Dios vivo y verdadero que se dio a conocer a Moisés y que, en la plenitud de los tiempos, se reveló en su Hijo.
El tercer movimiento confronta al oyente con el mandamiento: amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Ninguno de nosotros ha amado así, y esa convicción de pecado conduce a Cristo, el único que amó al Padre perfectamente y que murió por quienes no lo amaron. Por consiguiente, el sermón concluye mostrando que el perdonado comienza a amar, y que repite estas palabras a sus hijos, en su casa y por el camino.
Versículo para memorizar
El texto de hoy es el shemá, Deuteronomio seis, cuatro y cinco.
«Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.» Así dice Deuteronomio, capítulo seis, versículos cuatro al cinco.
Repítelo en voz alta al acostarte y al levantarte, como manda el mismo capítulo.
Texto bíblico tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.