Estudio · 1 Corintios 1–2
Publicado el 23 de septiembre de 2026. Revisado el 3 de octubre de 2026.
EstudioPara todo creyente, grupos pequeños y el devocional diario.
Método V.E.R.D.A.D.«No solo se lee: se profundiza.»
Abrir la Escritura en el lector compañero
1 CORINTIOS 1:10–2:5, Y LA PRUEBA DE 2 CORINTIOS 10–13
Libro de Editorial Cielo Efata. Las citas castellanas siguen la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960, en cursiva y con referencia. El griego del Nuevo Testamento se lee en el Textus Receptus, y no se le pone a una variante crítica el número de un versículo que la versión no tradujo. V.E.R.D.A.D.Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento, Decisión. El método de esta casa. es marca del autor y de la casa. La Escritura sola es norma que norma y no es normada.
© 2026 Alejandro Sirit. Todos los derechos reservados. Texto bíblico tomado de la versión Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
PÓRTICO
No hay, en el tramo que va de 1 Corintios 1:10 a 2:5, un manual de oratoria sagrada esperando que el predicador lo copie, ni un curso de cadencias para que el púlpito brille, ni una licencia para la tosquedad que se declara fiel porque no preparó. Hay una carta. El apóstol escribe a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, y con ellos a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre del Señor. El lugar no es un aula. Es un istmo de comercio, de púlpitos paganos y de partidos que ya han aprendido a poner nombres de hombres sobre el único Nombre. El cuerpo que llega no es el de un orador que viene a medirse con la ciudad. Es el de un enviado que tiembla, no porque ignore el oficio de la palabra, sino porque conoce su peligro: una frase puede despojar al madero. Por consiguiente, este libro no abre con un inventario de figuras. Abre con el ruego que el texto pone primero, y no consiente que el lector salte al diecisiete para recoger una tesis de estilo antes de haber oído por qué hay que rogar.
Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. (1 Corintios 1:10) El (parakalô, Strong 3870, rogar, exhortar, llamar al lado) no es el preámbulo cortés que el orador de Corinto usaría para ganarse la sala antes de la exhibición. Es ruego, y el ruego se apoya en un nombre, el de nuestro Señor Jesucristo, no en el prestigio del que escribe ni en el gusto de los que oyen. El contenido del ruego es que hablen todos una misma cosa, que no haya entre ellos (schísmata, de σχίσμα, Strong 4978, división, rasgadura, cisma), y que estén unidos en una misma mente y en un mismo parecer. La unidad que se pide no es la de un estilo común ni la de un orador de consenso. Es la de una mente y un parecer que el nombre del Señor ya ha debido gobernar. Quien lea el capítulo como si Pablo abriera un debate de escuelas ha cambiado de género. Quien lo reciba como está escrito aprenderá que la primera herida de Corinto no es la falta de elocuencia, sino la rasgadura, y que el remedio que el apóstol pide no es un discurso más brillante, sino el mismo hablar bajo el mismo Señor.
El versículo once dice de dónde le vino la noticia, y no la presenta como un rumor que el apóstol disfruta. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. (1 Corintios 1:11) Hay informantes nombrados por la casa a la que pertenecen, los de Cloé, y hay un nombre para el mal: ἔριδες, contiendas. El hermano mío del vocativo no suaviza el cargo. Lo sitúa dentro de la familia que el ruego acaba de llamar a una misma cosa. La contienda, por tanto, no es el condimento de una iglesia viva ni la prueba de que hay pensamiento. Es la razón por la cual la carta no puede empezar por un elogio del hablar. Empieza por el nombre, y enseguida por la herida. El que hoy abre 1 Corintios buscando técnicas de comunicación y pasa de largo el once ha empezado el libro por el hambre del orador y no por la información que el apóstol recibió. La casa de Cloé no le mandó un informe de estilo. Le mandó el dato de las contiendas.
Luego, y no antes, el versículo doce pone en la boca de ellos las frases que han partido a la iglesia, y las pone para que se oigan como se dijeron. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. (1 Corintios 1:12) Cuatro lemas, y el cuarto no queda absuelto por llevar el nombre mejor. Cuando «yo de Cristo» funciona como bandera de partido, frente a los otros tres, Cristo ha sido reducido a una escuela más, y el que se gloría de no ser de Pablo ni de Apolos ni de Cefas se gloría todavía en el yo que elige bando. Apolos, en otro lugar del canon, es varón elocuente y poderoso en las Escrituras, y el libro de los Hechos no lo condena por serlo. Esta carta, cuando llegue al capítulo tercero, tampoco lo condenará por la elocuencia. Condenará la medida que hace de los servidores unos señores. Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? (1 Corintios 3:4) El doce, leído donde está, ya muestra la carnalidad antes de que el tres la nombre: cada uno dice yo soy de. El predicador no compite con esa medida. Si compitiera, añadiría un quinto lema, el de su propia excelencia, y la rasgadura tendría un nombre más.
Las tres preguntas del versículo trece no son adorno de orador. Son el estrado al que el lector es arrastrado, y no se le permite oír desde la grada. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? (1 Corintios 1:13) La primera pregunta niega que el cuerpo del Señor se reparta según los lemas. La segunda pone la cruz donde los partidos no pueden ponerla: Pablo no fue crucificado por ellos, y por eso Pablo no puede ser el nombre en que se funda la fe. La tercera ata el bautismo al nombre, y el nombre que el bautismo confiesa no es el del que mojó. Ahora bien, estas preguntas ya son forma, y conviene decirlo sin convertir la forma en el asunto. El apóstol sabe preguntar. No pregunta para lucir la diatriba. Pregunta para que la contienda se vea absurda delante del Crucificado y delante del bautismo. La retórica, en este versículo, no se sienta en el trono. Sirve a dos hechos que Corinto estaba olvidando: uno solo fue clavado por ellos, y en un solo nombre fueron lavados. Quien admire las tres preguntas y no se detenga en la cruz que la segunda nombra ha hecho de Pablo exactamente lo que Pablo pregunta si fue.
Los versículos catorce al dieciséis sitúan el bautismo, y lo sitúan con una gratitud que el siglo oye mal si la oye como desprecio del agua. Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo, para que ninguno diga que fuisteis bautizados en mi nombre. También bauticé a la familia de Estéfanas; de los demás, no sé si he bautizado a algún otro. (1 Corintios 1:14–16) Hay nombres, y no son figuras de un ejemplo escolar: Crispo, Gayo, la casa de Estéfanas. Hay un propósito explícito del gracias: para que ninguno diga que el bautismo fue en el nombre de Pablo. Hay, además, una memoria que no finge completitud. El apóstol corrige el recuerdo —también la familia de Estéfanas— y deja dicho que de los demás no sabe si bautizó a algún otro. Esa cláusula no es biografía que el lector pueda novelar, ni un desdén por el mandato del Señor, ni la prueba de que el agua es secundaria porque el orador es lo primero. Es el cuidado de un hombre que no quiere que su mano se vuelva bandera. El bautismo permanece. Lo que se impide es el partido del bautizador. Por consiguiente, el que use estos versículos para posponer el agua, o para tratarla como trámite que no toca la fe, ha leído el gracias y no ha leído el para qué. El para qué es el nombre. El nombre no es Pablo.
EL ENVÍO Y LA PALABRA DE LA CRUZ
Solo entonces puede oírse el diecisiete sin que se lo convierta en consigna de anti-retórica o en permiso para no bautizar. Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. (1 Corintios 1:17) El envío tiene un sujeto, Cristo, y un contraste que el texto no suaviza: no a bautizar, sino a predicar el evangelio. El bautismo no se anula, porque los versículos anteriores acaban de tratarlo como algo tan real que su nombre puede ser usurpado. Se sitúa. El oficio primero del enviado, en esta cláusula, es anunciar. Y el modo del anuncio queda atado a una negación y a un fin. οὐκ σοφίᾳ (ouk en sophía lógou, de , Strong 4678, sabiduría, y , Strong 3056, palabra, discurso): no con sabiduría de palabras, no con la sabiduría del discurso. El ἵνα que sigue no es un consejo de buen gusto. Es la razón por la cual esa sabiduría queda prohibida en el envío: ἵνα κενωθῇ σταυρὸς Χριστοῦ, para que no se vacíe la cruz de Cristo. (kenóo, Strong 2758, vaciar, despojar) es el verbo que en otra carta nombra el descenso del Hijo. Él no retuvo el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó, tomando forma de siervo, hasta la muerte de cruz. La kénosisEl despojo de Filipenses 2:7. No dejó de ser Dios: tomó forma de siervo. del Hijo no es renuncia a la deidad. Es tomar forma de siervo. El mismo verbo, vuelto aquí contra el predicador, dice una amenaza distinta y no hay que confundirla: una frase puede hacer con el Gólgota lo que el Hijo no hizo consigo al despojarse, porque el Hijo, al despojarse, llenó la obediencia, y la frase sofística puede dejar el madero sin lo que el madero es. Por tanto, la sabiduría de palabras no es un exceso de cultura inocente. Es un modo de volver vana la cruz. El predicador no ha sido enviado a competir con los púlpitos de Corinto. Ha sido enviado a predicar de tal manera que el madero no quede despojado.
El dieciocho explica el diecisiete, y el γάργάρ (gár) — porque no se corta. Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. (1 Corintios 1:18) , la palabra de la cruz, el discurso cuyo contenido es el (staurós, Strong 4716, cruz, madero), no es un lema de madera piadosa ni un adorno de viernes. Es la predicación misma, y esa predicación parte al género humano en dos públicos sin conceder un tercero. (mōría, Strong 3472, locura, necedad) para los que se están perdiendo. Θεοῦ (dýnamis Theoû, , Strong 1411, poder) para los que se están salvando, y Pablo se incluye: esto es, a nosotros. La misma palabra es las dos cosas. No cambia de contenido para no avergonzar al oyente. Cambia el oído, y el cambio del oído no lo administra el orador. Dios lo ha puesto. Ahora bien, el poder no es un efecto que se añade cuando la predicación es hábil. Es la palabra de la cruz oída como poder de Dios por los que se salvan. El que pida una tercera versión, elegante para el griego y acreditada para el que pide señal, ha pedido otro evangelio, aunque lo pida con reverencia. La retórica que ofrezca una cruz más presentable ha cambiado de público. No hay, en el versículo, un auditorio al que se le deba un Gólgota que ya no sea locura para el que se pierde.
El diecinueve trae la Escritura dentro de la Escritura, y no como adorno de cita erudita. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, Y desecharé el entendimiento de los entendidos. (1 Corintios 1:19) El apóstol cita el oráculo en la forma en que la carta lo da, y el profeta, en su lugar, había dicho que perecería la sabiduría de los sabios y se desvanecería la inteligencia de los entendidos. Por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos. (Isaías 29:14) No se confunden las dos frases castellanas, porque la carta no transcribe el versículo del profeta como si la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. hubiera puesto en Corinto el párrafo entero de Isaías. Se oye el acto de citar: está escrito, y lo escrito destruye y desecha. Dios no complementa la del siglo. La destruye como vía para conocerle y para gloriarse. El predicador que usa el Antiguo Testamento para ganar una disputa, del modo en que el sofista usaba a un poeta antiguo, hace lo contrario de lo que este versículo hace. Aquí la cita cierra la boca del sabio. No la adorna.
Las preguntas del veinte no son retórica de feria. Son el vacío que queda cuando esa destrucción ya ha ocurrido. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? (1 Corintios 1:20) Tres oficios del discurso —el sabio, el escriba, el συζητητής de este siglo, el disputador— quedan sin lugar donde apoyarse, y la última pregunta nombra el verbo divino: ἐμώρανενἐμώρανεν (emṓranen), de μωραίνω — volver necio, enloquecer, ha enloquecido, ha vuelto lo que el siglo llamaba sabiduría. El siglo no es un clima cultural que el apóstol describe para lucirse de haberlo conocido. Es el αἰών cuyo disputador ya no tiene respuesta delante de la cruz. Por consiguiente, conocer las formas del siglo —la pregunta, la ironía, el catálogo, el discurso que se llama loco para no dejar al soberbio en su palco— no es lo mismo que entregarles el púlpito. Pablo usa la pregunta. La pregunta sirve al veredicto: Dios ha enloquecido la sabiduría del mundo. El que copie las tres preguntas para sonar paulino, y no predique el veredicto, ha quedado él mismo en el lugar del disputador.
El veintiuno es decreto, no plan de reserva. Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. (1 Corintios 1:21) Hay una sabiduría de Dios en la cual, y no contra la cual, el mundo no conoció a Dios mediante la suya. El fracaso de la no es un accidente pedagógico que una homilía más clara vendría a corregir como si el problema hubiera sido la pedagogía. Es veredicto. Luego el beneplácito: εὐδόκησεν Θεός, agradó a Dios. El modo de salvar no es lo que quedó cuando la sabiduría no funcionó. Es lo que agradó. Y el medio se nombra con una precisión que no hay que ensanchar: διὰ μωρίας κηρύγματος (dià tês mōrías toû kērýgmatos, κήρυγμα, Strong 2782, proclamación, pregón), por la locura de la predicación, no por la locura de cualquier discurso raro, ni por la tosquedad celebrada como si el descuido fuera el pregón. El κήρυγμα que el mundo llama locura es el anuncio de un Crucificado. Agradó a Dios salvar así a los que creen. El versículo es, por tanto, el sepulcro de la pretensión de que la sabiduría humana, dejada a su vía, conociera a Dios para salvación. Romanos deja al hombre sin excusa, porque lo que se conoce de Dios se muestra, y no lo glorificaron; este versículo añade que esa vía no salvó. Las dos frases no se funden en un solo argumento para ahorrar lectura. Se leen cada una en su carta, y juntas impiden que el predicador ofrezca a Corinto un camino de salvación que Dios no agradó usar.
Los versículos veintidós al veinticuatro nombran las dos demandas y el único pregón, y no ofrecen una síntesis elegante. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. (1 Corintios 1:22–24) La demanda judía, en este párrafo, es σημεῖον, señal que acredite. La demanda griega es , sabiduría que no avergüence. ἡμεῖς δὲ κηρύσσομενἡμεῖς δὲ κηρύσσομεν (hēmeîs dè kērýssomen) — nosotros predicamos: nosotros, en cambio, predicamos. El objeto no es un tema religioso ni un clima de misterio. Es Χριστὸν ἐσταυρωμένονΧριστὸν ἐσταυρωμένον (Christòn estaurōménon), de σταυρόω — crucificar (Strong G4717) (Christòn estaurōménon, de σταυρόω, Strong 4717, crucificar), a Cristo crucificado, participio perfecto: el que fue clavado y permanece predicado como tal, no un Cristo al que la cruz le habría ocurrido de paso camino a un trono que el orador prefiere anunciar. (skándalon, Strong 4625, tropiezo, trampa, ocasión de caída) para los judíos. Locura para los gentiles. Y luego el para quién, que no es un tercer público de gustos más finos, sino los llamados, judíos y griegos por igual: para ellos Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. La Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. no inserta un verbo que el griego deja en la predicación del nombre: Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios. No se añade un discurso de poder a un Cristo de madera. El Crucificado es ambas cosas para el llamado. La vocación eficaz no anula la predicación. La hace oír como poder. El contraste, por tanto, no es étnico en última instancia, aunque el texto nombre judíos y griegos. Es de demanda. Se pide señal o se busca sabiduría. El κήρυγμα no satisface ninguna de las dos como se piden. Satisface a τοῖς κλητοῖς (toîs klētoîs, κλητός, Strong 2822, llamado). La iglesia de Corinto quería las dos cosas: un Mesías que se acreditara y un discurso que no avergonzara. El apóstol pone en medio al que es tropiezo y locura, y, para los llamados, poder y sabiduría. No hay vía intermedia más presentable.
El veinticinco recoge el contraste en un comparativo que humilla la medida humana sin convertir a Dios en necio ni en débil. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. (1 Corintios 1:25) τὸ μωρὸν Θεοῦ, lo necio de Dios, y τὸ ἀσθενὲς Θεοῦ, lo débil de Dios, nombran la cruz vista desde el siglo, no una deficiencia en el ser divino. El comparativo es la doctrina: más sabio que los hombres, más fuerte que los hombres. Lo que el siglo llama insensatez, en Dios, supera la sabiduría con la que el siglo pretendía juzgarlo. Lo que el siglo llama debilidad, en Dios, supera la fuerza con la que el siglo pretendía acreditarlo. Por consiguiente, el predicador que se avergüenza de ese comparativo y lo sustituye por un Cristo que ya no parezca insensato ni débil ha dejado de predicar el versículo, aunque conserve el tono religioso. Y el predicador que, al revés, se gloría de su propia insensatez y de su propia torpeza, como si el veinticinco elogiara al hombre rudo y no a lo que es de Dios en la cruz, ha puesto al siervo donde el texto puso a Dios. Lo insensato de Dios no es el descuido del mensajero. Lo débil de Dios no es el fracaso de un orador. Son el modo en que el poder y la sabiduría divinos se dieron a conocer, más sabios y más fuertes que la medida que los desprecia.
LA VOCACIÓN, EL PROPÓSITO Y EL TEMBLOR
El veintiséis baja la tesis a la iglesia que tiene la carta en la mano, y le manda mirar. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. (1 Corintios 1:26) βλέπετεβλέπετε (blépete) — mirad, mirad. No es una invitación a despreciar el estudio ni a celebrar que falten sabios, poderosos y nobles, como si la ausencia fuera una virtud que la iglesia pudiera ofrecer a Dios. Es la prueba social del decreto del veintiuno. La vocación de ellos, la κλῆσις que los juntó, no se reclutó en el censo de los que Corinto ya admiraba. No sois muchos. El texto no dice no sois ninguno. Dice que no son muchos los sabios según la carne, ni muchos los poderosos, ni muchos los de noble cuna. La excepción, si la hay, no gobierna el párrafo, y la mayoría no es un argumento de jactancia al revés. El hermano que mira y concluye «somos los rudos, luego somos los elegidos por ser rudos» ya está dejando de mirar la vocación para mirarse. La vocación es de Dios. El censo es el espejo en el que esa vocación se ve, no el mérito que la produjo.
Los versículos veintisiete y veintiocho dicen el escoger, y lo dicen tres veces para que no se oiga una sola vez como accidente. Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es. (1 Corintios 1:27–28) (exeléxato, de ἐκλέγομαι, Strong 1586, escoger, elegir para sí), aoristo: escogió. Lo necio, para avergonzar a los sabios. Lo débil, para avergonzar a lo fuerte. Lo vil y lo menospreciado, y τὰ ὄντα, lo que no es, para καταργήσῃ, deshacer, dejar sin efecto lo que es. El fin de cada miembro no es que lo necio permanezca necio para siempre como programa de la iglesia, ni que lo débil se niegue a la claridad, ni que lo que no es se gloríe de no ser. El fin es avergonzar y deshacer, es decir, quitarle a lo que el mundo llama sabio, fuerte y existente el derecho de presentarse delante de Dios como si su medida hubiera conocido y hubiera salvado. Dios escoge así. El aoristo no espera a que lo necio se vuelva respetable para entonces decidirse. Ahora bien, la vergüenza que el texto busca es la de los sabios según la carne, no el espectáculo de una iglesia que cultiva la ignorancia para sentirse bíblica. Confundir el instrumento de la elección con el objeto de la alabanza es volver a la jactancia por la puerta de atrás, y esa puerta se nombra en el versículo que sigue.
A fin de que nadie se jacte en su presencia. (1 Corintios 1:29) El ἵνα gobierna la elección. ἵνα μὴ καυχήσηται πᾶσα σὰρξ ἐνώπιον τοῦ Θεοῦἵνα μὴ καυχήσηται πᾶσα σὰρξ ἐνώπιον τοῦ Θεοῦ (hína mē kauchḗsētai pâsa sàrx enṓpion toû Theoû) — para que no se jacte toda carne delante de Dios: para que no se jacte toda carne delante de Dios. (kaucháomai, Strong 2744, gloriarse, jactarse) es el verbo que el párrafo quiere dejar sin sujeto legítimo en la carne. Toda carne. No solo la carne elocuente. También la carne que se jacta de no ser elocuente, de no haber estudiado, de haber temblado de un modo que ya cuenta como mérito, de haber despreciado al hermano que habló con claridad. El fin no es un voto de incompetencia. Es la exclusión de la jactancia en la presencia de Dios. Por consiguiente, una iglesia que se gloría en su oratoria ha vuelto a poner en pie lo que Dios deshizo, y una iglesia que se gloría en su rudeza, como si la ignorancia fuera la cruz, ha hecho de lo necio otro motivo de jactancia. Las dos son la misma silla. El veintinueve no absuelve a ninguna de las dos. Las deja sin derecho delante de Dios, que es el único delante de quien la jactancia importa.
El treinta responde a la silla vacía con una persona, no con un estilo sustituto. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención. (1 Corintios 1:30) αὐτοῦαὐτοῦ (autou) — de él, de Él, por Dios. El estar en Cristo Jesús no es el logro del partido que dijo «yo de Cristo» en el versículo doce, ni el premio de los que hablaron peor que los rétores. Es de Dios. Y Cristo nos ha sido hecho, por Dios, cuatro cosas que Corinto buscaba o necesitaba sin saber buscarlas donde estaban. Sabiduría: la que el griego perseguía en el discurso está dada en el Crucificado, no en un periodo. Justificación: la justicia que el hombre no alcanza por la ni por la señal. Santificación: el apartamiento que no se fabrica con un tono más serio. Redención: el rescate, (apolýtrōsis, Strong 629, redención, liberación mediante rescate), que no se negocia con elocuencia. , (dikaiosýnē, Strong 1343, justicia, justificación), (hagiasmós, Strong 38, santificación). No las fabricamos. No las añadimos como palco después de haber impresionado. Son lo que Cristo ha sido hecho para los suyos. El que predique el treinta como si la sabiduría de Cristo fuera la licencia para no hablar claro, o como si la justificación dispensara de decir el texto, no ha oído que Cristo ha sido hecho sabiduría. Ha oído solo la mitad que le sirve para no trabajar la frase que sirve a la cruz.
El treinta y uno cierra el arco con el profeta, y cierra contra toda jactancia que haya cambiado de objeto sin cambiar de dueño. Para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor. (1 Corintios 1:31) La carta da la cita en esa forma breve. El profeta, en su lugar, había negado tres alabanzas y había puesto el conocimiento de Jehová en el sitio de las tres. Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio, y justicia en la tierra: porque estas cosas quiero, dice Jehová. (Jeremías 9:23–24) No se igualan las frases para ahorrar el trabajo de leer las dos. Se oye que el apóstol aplica al Señor —y el Señor, en esta carta, es el Cristo que acaba de ser predicado crucificado— la prohibición de gloriarse en la sabiduría, en la valentía y en la riqueza, y el mandato de gloriarse en Él. El versículo no dice: el que se gloría, gloríese en su sencillez. No dice: gloríese en no haber usado palabras persuasivas, como si el no usarlas fuera el Señor. Dice en el Señor. El Señor es el lugar de la jactancia. No el método, no la cruz usada como estética, no el desprecio del hermano que estudió, no el temblor exhibido. Por tanto, cuando este libro llegue a la debilidad del capítulo segundo, tendrá que leerla como lugar donde la demostración cabe, no como nuevo objeto de gloria. El treinta y uno ya lo ha prohibido antes de que el temblor se narre.
El capítulo segundo no abre otro tema. Abre la consecuencia del envío en la llegada del apóstol. Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. (1 Corintios 2:1) El Textus Receptus, y con él la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella., dice testimonio, , no el misterio que otros testigos leen en este versículo. Esta casa no cambia la palabra de la versión que ha declarado seguir para que el versículo suene más hondo. El testimonio de Dios es ya suficientemente hondo, porque es testimonio acerca de Dios y de Dios, y el modo de anunciarlo fue sin ὑπεροχὴν ἢ σοφίας, sin excelencia de palabra o de sabiduría. La excelencia negada no es la claridad. Es la superioridad del discurso que se pone delante del testimonio para que el testimonio dependa de ella. Pablo llegó. No llegó como el que viene a ganar el istmo. Llegó a anunciar, y el anuncio no se apoyó en la excelencia que Corinto sabía medir.
Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. (1 Corintios 2:2) La proposición es de señorío, no de ignorancia fingida. ἔκρινα, decidí, me propuse: hay un juicio del apóstol sobre su propio saber en medio de ellos. ἔκρινα εἰδέναι τι ὑμῖν Ἰησοῦν Χριστὸν τοῦτον ἐσταυρωμένον. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. El apóstol no dice que olvidó la Escritura, ni que dejó de conocer las formas, ni que llegó a Corinto sin pensamiento. Dice que se propuso no saber, entre ellos, otra cosa como contenido y como centro. El saber queda bajo el Crucificado. Todo lo que se sepa y no quepa en ese propósito —la diatriba que no llega al no, el periodo que se recuerda cuando el texto ya se olvidó, la ironía que entretiene, el catálogo que exhibe al que lo recita— deja de ser paulino aunque sea hábil. Y todo lo que se sepa y sirva a ese propósito no queda prohibido por el versículo. La proposición no es un voto de vacío mental. Es un voto de centro. El que oye el dos y concluye que estudiar es traicionar la cruz ha oído la negación y no ha oído el objeto de la proposición. El objeto es una persona clavada. Hace falta saberla, y saberla crucificada, y no saber otra cosa en el lugar de ella.
El tres dice el modo en que esa proposición habitó el cuerpo, y no hay que convertirlo en estética de fracaso. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor. (1 Corintios 2:3) (asthéneia, Strong 769, debilidad, flaqueza), φόβος y τρόμος, temor y temblor, mucho. El apóstol no se describe como el orador que no dio la talla y por eso, a falta de recurso, se refugió en la doctrina. Se describe como el que estuvo así, y el así es el lugar donde la predicación del dos ocurrió. Tiembla el que conoce el peligro, no el que ignora el oficio. El peligro, ya dicho en el diecisiete, es vaciar la cruz. El que no tiembla ante ese peligro, y llega a Corinto seguro de su periodo, puede tener la excelencia que el uno negó y no tener el envío. El que tiembla y, por temblar, se niega a decir el texto con la claridad que el texto pide, tampoco ha entendido el tres: el temblor acompañó la predicación, no la sustituyó. La debilidad del apóstol no es la estética de un orador fracasado. Es la condición en la que el testimonio fue anunciado, para que nadie pudiera fundar la fe en el vigor del mensajero.
El cuatro distingue, con una nitidez que el siglo piadoso borra, dónde no estuvo la palabra y dónde estuvo. Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder. (1 Corintios 2:4) Ni el ni el κήρυγμα. La negación recae sobre πειθοῖς ἀνθρωπίνης σοφίας λόγοις, palabras persuasivas de humana sabiduría, la persuasión que tiene por sabiduría al hombre y por instrumento la palabra que se basta. El sino no deja un silencio. Deja (apódeixis, Strong 585, demostración, exhibición que muestra) del Espíritu y de poder. La demostración no es el periodo de los rétores, ni la cadencia que el oyente tararea cuando ya no puede repetir el versículo, ni el aparato que lima la cruz hasta hacerla aceptable al que pedía sabiduría. Es la evidencia que el Espíritu da de que lo predicado es poder de Dios, y ese poder, por el dieciocho, es el de la palabra de la cruz. Por consiguiente, el púlpito que brilla más que el pasaje, y la máquina que compone una homilía correcta en la cual el Gólgota queda presentable, son corintios aunque citen a Pablo mientras lo hacen. No han pasado del lado del sino. Siguen del lado de las palabras persuasivas de humana sabiduría, aunque la sabiduría se vista de piedad y de herramienta. Y el descuido que se justifica diciendo que Pablo no fue persuasivo, y que por tanto no hay que trabajar la frase, ha leído la negación como si fuera la totalidad del versículo. El versículo tiene un sino. La predicación fue con demostración. Hizo falta una palabra y una predicación. Lo que no hizo falta, y lo que daña, es que esa palabra se fundara en la sabiduría humana persuasiva.
El cinco dice el fin de todo el tramo, y el fin es el suelo de la fe. Para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1 Corintios 2:5) ἵνα πίστις ὑμῶν ᾖ σοφίᾳ ἀνθρώπων ἀλλ’ δυνάμει Θεοῦ. La fe no es el producto de las palabras persuasivas. Es el asentimiento que el Espíritu demuestra, y su fundamento no es el orador. Si la fe queda fundada en el hombre que habló, el hombre se ha vuelto señor, aunque haya citado la cruz en el camino. Si la fe queda fundada en el poder de Dios, el orador puede haber temblado, puede haber hablado sin excelencia, puede incluso haber hablado con la claridad que sirve, y en ningún caso es el suelo. Este es el criterio con el que se medirá todo lo que sigue en la carta y, más tarde, la prueba de la segunda carta. Lo que no sirve a que la fe se funde en el poder de Dios no es forma santa. Es competencia. Lo que sirve a ese fin, aunque tenga forma —pregunta, repetición, ironía, argumento—, no queda condenado por tenerla. Queda juzgado por su señor. El señor es el Crucificado, y el poder es el de Dios, no el del periodo.
EL CONTRAHECHO
Hay una incredulidad pagana, la del que nunca oyó que la cruz es locura, y hay otra, más grave en la casa, la del que ya oyó 1 Corintios 1:10–2:5 y convierte a Pablo en sofista bautizado o en rudo de oficio. El contrahecho tiene dos rostros y un solo ídolo: la forma que se pone delante del versículo, sea para adorarla o para declarar sagrado el no tenerla. Los dos rostros salen de Corinto por puertas distintas y llegan al mismo hurto, porque los dos fundan algo en el hombre —el brillo o la tosquedad— cuando el cinco acaba de decir que la fe no se funda en la sabiduría de los hombres.
El primer rostro es el de la excelencia de palabras. Ama el partido, aunque ya no diga «yo de Apolos» con esas sílabas, porque dice «yo del que predica bien», «yo del que conmueve», «yo del canal donde la frase es más limpia que el texto». El púlpito contemporáneo de máquina —el guion que brilla más que el pasaje, la cadencia que se recuerda cuando el versículo se olvida, la inteligencia artificial que lima la cruz hasta dejarla presentable al oyente que no quiere tropiezo— es corintio aunque cite al apóstol. El diecisiete ya lo había advertido: la de palabras puede vaciar el Gólgota. El que usa este libro para inflar estilo camina como el sofista, y no podrá decir que el tramo no le mostró el vacío. El que tacha la frase que brilla más que el pasaje camina tras el que se propuso no saber sino a un Crucificado. Ahora bien, tachar no es empobrecer por consigna. Es quitar lo que se sienta en el trono. Si después de tachar no queda el texto, no hubo fidelidad. Hubo otro modo de vaciar, el del que corta y no predica.
El segundo rostro es el rudo que se justifica, y este libro no lo tratará con más ternura que al sofista, porque el veintinueve no le dejó una silla. Todavía no se ha llegado a la frase de la segunda carta en la que el apóstol se llama tosco en la palabra; cuando se llegue, se verá que distingue. Aquí basta el daño que ya hace el que usa 2:1–4 como coartada antes de haberlos leído. Oye «no con excelencia» y concluye que la excelencia prohibida es toda frase trabajada. Oye «temor y temblor» y concluye que preparar es falta de fe. Oye «no palabras persuasivas» y concluye que persuadir es mundano, aunque el mismo apóstol, en otras cartas, argumente hasta cerrar la boca, ruegue por un esclavo sin sofisma y mande predicar a tiempo y fuera de tiempo. El desprecio que el texto autoriza cae sobre la sabiduría que compite con la cruz, no sobre la claridad que la sirve. El que usa la tosquedad como perfume de púlpito se parece a quien declara sagrado el estilo, o sagrada la falta de estilo, y se queda con ella. Ambos hurtos dejan al oyente sin el Crucificado: uno se lleva la cadencia, el otro se lleva el vacío.
Hay, además, la conversación que nunca llega al no del evangelio, y que se recomienda como la forma propia de este siglo porque «hoy hay que ser conversacional». El truco es vaciar la forma de su carga. La pregunta de Romanos no está para entretener al interlocutor invisible ni para que el predicador parezca cercano. ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. (Romanos 6:1–2) μὴ γένοιτομὴ γένοιτο (mē génoito), de γίνομαι — llegar a ser, con la negación que la versión vierte en ninguna manera (Strong G1096) (mē génoito, de γίνομαι, Strong 1096, llegar a ser, con la negación que la versión vierte en ninguna manera). El lector es arrastrado al estrado. No se le permite oír desde la grada, como tampoco se le permitió en las tres preguntas del trece. La conversación que no llega a ese no, que no nombra el pecado, que no cierra la boca del que quiere permanecer en él para que la gracia abunde, no es paulina. Es corintia, aunque hable en voz baja y llame a eso humildad. El interlocutor de la diatriba, cuando el apóstol la usa, no está para que el sermón tenga ritmo. Está para que el pecador no se quede de espectador. Copiar la pregunta sin la teología —sin el pecador sin excusa y sin el justificado por fe— es teatro. Negarse a la pregunta porque se teme toda forma es pereza. Las dos dejan la gracia sin el no que la guarda de ser licencia.
LA PRUEBA EN LA SEGUNDA CARTA
La primera carta dio la regla. La segunda, en los capítulos diez al trece, la prueba cuando otros se glorían, y este libro no los lee como un tratado distinto de oratoria, sino como el mismo conflicto vuelto a la persona del apóstol. El orden es el de la carta. No se salta al aguijón para tener una frase de consuelo antes de haber oído la guerra, ni se usa el catálogo de azotes como autobiografía de anaquel. Se oye lo que el texto hace con la gloria.
Yo Pablo os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo, yo que estando presente ciertamente soy humilde entre vosotros, mas ausente soy osado para con vosotros. (2 Corintios 10:1) El mismo hombre que en la primera carta dijo haber estado con debilidad, temor y temblor escribe ahora en primera persona. Ruega por la mansedumbre y la ternura de Cristo, no por la fiereza de un orador que viene a recuperar el escenario. Reconoce el juicio que hacen de él: humilde, incluso bajo, cuando está presente; osado cuando escribe ausente. No niega la contrastación para fabricarse una presencia imponente que el texto no le da. Ruega para no tener que usar, cuando llegue, la osadía con que está dispuesto a proceder contra algunos que los tienen por gente que anda según la carne. Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. (2 Corintios 10:3–5) La guerra es real, y no es carnal. Las armas no son las de la que compite, ni las del insulto que se cree valor, ni las de la máquina que gana una sala. Son poderosas en Dios para destruir fortalezas. El argumento que se derriba no es el argumento en cuanto sirve a la verdad. Es el λογισμός, el razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios. Llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo es el fin de esa guerra, y ese fin se parece al propósito del capítulo dos de la primera carta: que no se sepa otra cosa sino al Crucificado. El pensamiento no queda libre para ser brillante a costa de la obediencia. Queda cautivo. El predicador que llama guerra espiritual a su cadencia, y no derriba la altivez sino que la viste, ha cambiado las armas. El que llama mansedumbre a no confrontar el otro Jesús ha dejado el ruego del versículo uno sin el cuatro y el cinco.
Ellos miran la apariencia. El texto lo dice sin pedir permiso al siglo, que también mira la apariencia y llama a eso discernimiento. Miráis las cosas según la apariencia. Si alguno está persuadido en sí mismo que es de Cristo, esto también piense por sí mismo, que como él es de Cristo, así también nosotros somos de Cristo. (2 Corintios 10:7) La persuasión de ser de Cristo, cuando es persuasión de sí mismo y medida de apariencia, reproduce el partido del capítulo uno. El apóstol no cede el ser de Cristo a los que tienen mejor presencia. Y cuando habla de gloriarse, ata la gloria a una autoridad que el Señor dio para edificación y no para destrucción. Luego cita el dicho que corre entre ellos, y no lo corrige con un retrato más favorecedor. Porque a la verdad, dicen, las cartas son duras y fuertes; mas la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable. (2 Corintios 10:10) Óigase con cuidado. Los adversarios conceden fuerza a las cartas y niegan la presencia y la palabra hablada. Llaman a la palabra ἐξουθενημένος, menospreciable. Pablo no responde: os equivocáis, porque en realidad mi elocución es de rétor. Responde que tal persona tenga en cuenta que como son en la palabra por cartas, ausentes, lo serán también en hechos, presentes. La debilidad de la presencia no es un rumor que el apóstol necesita desmentir para salvar el ministerio. Es el dato que ellos usan, y que él no convierte en refutación de vanidad. El apóstol débil no es un orador que fracasó en el escenario y por eso se refugió en la pluma. Es el siervo cuya palabra no se mide por la presencia que Corinto admira, y cuya carta no es un truco de ausencia. La misma autoridad edifica presente y ausente, y no se avergüenza de gloriarse en ella cuando la gloria es la que el Señor dio, no la que el cuerpo no pudo exhibir.
La medida de la gloria queda fijada antes de que empiece el discurso que él mismo llamará locura. Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos. Pero nosotros no nos gloriaremos desmedidamente, sino conforme a la regla que Dios nos ha dado por medida, para llegar también hasta vosotros. (2 Corintios 10:12–13) Ellos se miden por sí mismos. Esa es la sabiduría de palabras aplicada al currículum: el canon es el espejo propio. El apóstol se niega a esa aritmética. La regla, el κανών, es de Dios, y dentro de esa regla está el haber llegado a ellos con el evangelio, no el haber entrado en obra ajena para gloriarse en lo ya preparado. Luego la misma cita que cerró el capítulo uno de la primera carta vuelve a cerrar la medida. Mas el que se gloría, gloríese en el Señor; porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba. (2 Corintios 10:17–18) La aprobación no es el aplauso de Corinto ni la comparación del gremio. Es el alabar de Dios. El que se alaba a sí mismo, aunque se alabe de ser rudo o de ser pulido, no queda aprobado por el volumen de su desprecio o de su brillo. Queda fuera de la cláusula. Por tanto, el capítulo diez no es el prólogo incómodo que se tolera para llegar al doce. Es la doctrina de la gloria, sin la cual el discurso del loco se leería como queja o como hazaña.
El capítulo once pide que le toleren un poco de locura, y dice por qué la pide. No es un número. Es celo. Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo. Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. (2 Corintios 11:2–3) El temor del apóstol, otra vez, no es temor de quedar mal en el escenario. Es temor de que los sentidos se extravíen de la fidelidad sencilla a Cristo, como Eva ante la astucia. El versículo cuatro nombra el extravío con tres sustituciones que la casa debe oír juntas. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis. (2 Corintios 11:4) Otro Jesús, otro espíritu, otro evangelio, y la iglesia lo tolera bien. El Jesús que impresiona, el que se acredita con presencia y no con cruz, el que no avergüenza al griego ni tropieza al que pide señal, es ese otro, aunque use el mismo nombre. La tolerancia que Corinto tiene para el intruso elocuente, y la que no tiene para el apóstol de presencia débil, es la inversión del discernimiento. No disciernen el contenido. Disciernen la forma que les halaga. El apóstol no compite con ese Jesús ofreciéndoles un Pablo más presentable. Les recuerda a cuál Jesús predicó, y tiembla de que lo hayan dejado.
Entonces viene la frase que el rudo de oficio cita sin el versículo anterior y sin el siguiente. Y y pienso que en nada he sido inferior a aquellos grandes apóstoles. Pues aunque sea tosco en la palabra, no lo soy en el conocimiento; en todo y por todo os lo hemos demostrado. (2 Corintios 11:5–6) ἰδιώτης λόγῳ (idiṓtēs tô lógō, ἰδιώτης, Strong 2399, lego, particular, el que no es del oficio, tosco en aquello que se nombra): tosco en la palabra. La cláusula no se detiene. No lo soy en el conocimiento. Y el conocimiento no quedó en una afirmación: en todo y por todo os lo hemos demostrado. Pablo distingue, y la distinción es la que este libro no permitirá borrar. Desprecia la que compite con la cruz y que acompaña al otro Jesús. No desprecia el conocimiento, ni dice que la tosquedad sea el conocimiento, ni ofrece la torpeza como demostración. La demostración, aquí como en 1 Corintios 2:4, es de otra índole que el oficio de rétor: es haber dado a conocer, de hecho, lo que sabe. El que usa el seis para justificar el descuido no ha leído el seis. Ha leído la primera mitad y ha tirado el conocimiento y la demostración. El que usa el seis para avergonzarse de toda falta de pulimento, como si el apóstol se estuviera disculpando por no haber sido Isócrates, tampoco ha leído. El apóstol acepta el cargo de tosco en la palabra, en el sentido en que los grandes —los que se tienen por superiores— lo miden, y niega que ese cargo alcance al conocimiento. La rudeza de la elocución, si es la que el texto confiesa, no es pecado. La rudeza que se alaba, y que se pone en el lugar del conocimiento y de la cruz, sí es jactancia. No se la predique como si fuera el Gólgota.
Lo que sigue en el capítulo no es un aparte de finanzas. Es la misma gloria, examinada en el dinero y en el disfraz. Pablo humillóse predicando de balde, despojó a otras iglesias recibiendo de ellas para servir a Corinto, y no fue carga. Guarda esa gloria en las regiones de Acaya no porque el salario sea impuro en sí; el texto no dice eso, y en otra parte sostiene que el que predica el evangelio viva de él cuando el caso es otro. La guarda porque en Corinto el no ser carga quita la ocasión a los que quieren gloriarse de ser semejantes a él en lo que no están dispuestos a padecer. Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras. (2 Corintios 11:13–15) El disfraz es de luz y de justicia. No es el disfraz de la torpeza. El peligro que el apóstol nombra no es un predicador rústico. Es un predicador que parece ángel, que parece ministro de justicia, que parece apóstol, y que es fraudulento. La teología de la apariencia, otra vez, queda sin excusa. El que solo teme al rudo y nunca teme al que brilla como luz ha aprendido el temor de Corinto, no el de Pablo. El fin de esos ministros será conforme a sus obras, no conforme a su recepción en la sala.
Luego el discurso que él mismo enmarca como locura, para que nadie lo lea como el currículum que por fin se decidió a publicar. Otra vez digo: Que nadie me tenga por loco; o de otra manera, recibidme como a loco, para que yo también me gloríe un poquito. Lo que hablo, no lo hablo según el Señor, sino como en locura, con esta confianza de gloriarme. (2 Corintios 11:16–17) La ironía es santa cuando derriba el orgullo, y aquí lo declara: no habla según el Señor en el modo de gloriarse, sino como en locura. Lo hace porque ellos toleran necios, toleran al que los esclaviza, al que los devora, al que toma lo suyo, al que se enaltece, al que los abofetea. Para vergüenza mía lo digo, para eso fuimos demasiado débiles. (2 Corintios 11:21) La vergüenza es no haberse portado como los que abusan. La debilidad, otra vez, es el reproche que él acepta con ironía, no el fracaso que intenta compensar con una lista de éxitos. Cuando compara, compara en la carne que ellos valoran —hebreos, israelitas, descendencia de Abraham— y luego, como loco, en el ministerio, y el ministerio que narra no es de periodos perfectos.
¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo.) Yo más; en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. (2 Corintios 11:23–28) El catálogo no se lee como inventario para imitar el sufrimiento ni como prueba de que el dolor es el evangelio. Se lee como antídoto del palco. El currículum del reino, en esta página, son las marcas, no las aulas. Cada línea es verificable en el género de la carta, y no se novelará aquí con viajes que el texto no cuenta. Están los cinco veces cuarenta menos uno, tres veces varas, una lapidación, tres naufragios, la noche y el día en alta mar, los peligros nombrados, el hambre y la desnudez. Encima está la preocupación por todas las iglesias, que no es un apéndice sentimental sino el peso diario. ¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar, y yo no me indigno? (2 Corintios 11:29) El apóstol no se gloría en la indiferencia del estoico. Se gloría, si es necesario gloriarse, en lo que es de su debilidad. Si es necesario gloriarse, me gloriaré en lo que es de mi debilidad. (2 Corintios 11:30) Y jura que no miente, por el Dios y Padre del Señor Jesús. El cierre de la lista no es una cima. Es una ventana y un canasto. En Damasco, el gobernador de la provincia del rey Aretas guardaba la ciudad de los damascenos para prenderme; y fui descolgado del muro en un canasto por una ventana, y escapé de sus manos. (2 Corintios 11:32–33) La huida en canasto es el último golpe a la apariencia. El que quería un apóstol de presencia entra aquí por una ventana, bajado por otros, fugitivo. No es una anécdota de valor pintoresco. Es locura santa contra el orgullo: el momento menos heroico, dicho a propósito, para que la gloria no encuentre dónde sentarse en el cuerpo del mensajero.
El capítulo doce sigue en el mismo arco y no lo abandona por la visión. Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor. Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. (2 Corintios 12:1–2) Habla en tercera persona del que fue arrebatado, y guarda la ignorancia dos veces: no sabe si en el cuerpo o fuera, Dios lo sabe. Fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar. De tal hombre se gloriará; de sí mismo, en nada, sino en las debilidades. Si quisiera gloriarse no sería insensato, porque diría la verdad; pero lo deja, para que nadie piense de él más de lo que ve u oye. El texto no invita a reconstruir el contenido de las palabras inefables, y este libro no lo hará. Lo que el texto dice es que la grandeza de las revelaciones fue precisamente el peligro de exaltación, y que contra ese peligro vino el clavo. Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera. (2 Corintios 12:7) El ἵνα del aguijón es pariente del ἵνα de 1 Corintios 1:29. Allí, para que nadie se jacte. Aquí, para que la grandeza no lo exalte. Dios elige lo débil en la iglesia de Corinto. Dios da un aguijón al que vio el tercer cielo. El fin se parece: que la carne no se gloríe. El texto no nombra la enfermedad ni el demon particular más allá de lo que dice —aguijón en la carne, mensajero de Satanás que abofetea— y no se le añadirá un diagnóstico. Tres veces rogó que lo quitara. No fue quitado. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. (2 Corintios 12:9) Aquí desemboca el discurso del loco, y no en el aplauso. ἀρκεῖ σοι ἡ χάρις μουἀρκεῖ σοι ἡ χάρις μου (arkei soi he charis mou) — bástate mi gracia. Te basta mi gracia. La se perfecciona en . Toda la retórica de los capítulos diez al doce, si es paulina, llega a esta sentencia y no a un escenario recuperado. El poder de Cristo reposa sobre la debilidad; no la usa como anécdota y luego la retira para que el orador brille. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2 Corintios 12:10) La fortaleza no es la negación de la debilidad. Es su lugar, cuando el poder que reposa es el de Cristo y no el del yo que aprendió a narrarse.
El resto del doce impide que el lector se quede en la frase bella del nueve y olvide la vergüenza del necio y el amor que gasta. Me he hecho un necio al gloriarme; vosotros me obligasteis a ello, pues yo debía ser alabado por vosotros; porque en nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aunque nada soy. (2 Corintios 12:11) Aunque nada soy. La cláusula no es falsa modestia de orador. Es la misma teología del uno veintiocho, lo que no es, dicha ahora en primera persona después de haber hablado de señales de apóstol hechas entre ellos en toda paciencia. No busca lo de ellos, sino a ellos. Gastará lo suyo y se gastará. Teme hallar contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias y desórdenes, y teme tener que llorar por los que no se arrepintieron de la inmundicia, la fornicación y la lascivia. El discurso del loco no terminó en un misticismo. Terminó en la iglesia concreta, con pecados nombrados, porque la cruz que no se vacía también juzga el cuerpo que la oye. El apóstol que tiembla en el capítulo dos de la primera carta es el mismo que puede tener que llorar en el doce de la segunda. No son dos personajes. Es un enviado.
El capítulo trece pide la prueba que ellos buscan, y la pone en Cristo, no en una mejora de la elocución. Pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí, el cual no es débil para con vosotros, sino que es poderoso en vosotros. Porque aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para con vosotros. (2 Corintios 13:3–4) El Señor fue crucificado en debilidad y vive por el poder de Dios. El siervo es débil en él y vivirá con él por ese poder para con ellos. La analogía no es teatro de imitación, en el cual el predicador representa debilidad para parecer cruciforme. Es participación y servicio. La debilidad del apóstol se lee con la del Señor sin igualar las personas: uno es el Crucificado que vive; el otro es el débil en él. El que haga de su torpeza una crucifixión ha robado el cuatro. El que haga de su elocuencia una resurrección anticipada, sin la cruz, ha robado el mismo versículo por el otro lado. Luego el examen no se dirige al estilo. Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?. (2 Corintios 13:5) La prueba de que Cristo habla en el ministro no es la presencia corporal que el diez llamó débil. Es si ellos están en la fe, si Cristo está en ellos. Y el apóstol ora para que no hagan lo malo, no para quedar él aprobado en apariencia, sino para que ellos hagan lo bueno aunque él parezca reprobado. Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros. (2 Corintios 13:11) El mismo sentir del trece once devuelve al ruego del uno diez de la primera carta. La paz no es el acuerdo de los partidos. Es el fruto de no vaciar la cruz, bajo el Dios de paz y de amor. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo cierran la carta. La demostración del Espíritu, que el capítulo dos de la primera carta puso en lugar de las palabras persuasivas, no es una técnica. Es la comunión del mismo Espíritu en la bendición final, y la fe que ese Espíritu demuestra no se funda en el hombre que dijo la bendición.
LAS FORMAS BAJO EL SEÑORÍO
Conviene decir, después de haber oído los dos tramos y no antes, qué hace el apóstol con la forma cuando la forma no se sienta en el trono, porque el silencio sobre esto dejaría al rudo en posesión del campo. Hay una retórica que este libro llama santa solo en cuanto sirve, y no es un inventario para copiar como adorno de seminario. Es la claridad que no compite, la repetición que no suelta el texto, el argumento que no deja al pecador en la grada y la ironía que derriba el orgullo y no entretiene. Es la pregunta que llega hasta el no de Romanos 6 y no se queda en conversación, y el indicativo que precede al imperativo, porque se predica un hecho y luego un mandato. ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6:1–2) El indicativo —hemos muerto— gobierna el imperativo —no reine el pecado—. Lo mismo se oye cuando la carta a los Efesios dice que son luz y por eso manda andar como hijos de luz. Se oye también cuando Gálatas dice que los que son de Cristo han crucificado la carne y por eso manda andar en el Espíritu. Invertir el orden es pedir la obra para merecer el hecho, y eso es legalismo. Omitir el mandato, una vez dicho el hecho, es el libertinaje que no quiere que la gracia llegue al no. La forma gramatical, en Pablo, es doctrina. No es vestido neutro que el predicador elige según el público.
El quiasmo, cuando está bajo ese señorío, predica, y no hace falta convertirlo en objeto de cátedra para que predique. En el canto de Filipenses el eje no es la exaltación que el orador de gloria quisiera poner de clímax. Es la muerte, y muerte de cruz. Lo más bajo es el centro, y el himno humilla al yo de la iglesia antes de cantar, porque el sentir que se manda es el del que no hizo nada por contienda ni por vanagloria. Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (Filipenses 2:8) Quien lee el canto como escalera por la que el yo sube a su mejor versión ha destrozado la arquitectura y, con ella, la doctrina. La retórica misma, en ese orden, dice lo que 1 Corintios dice con otras palabras: lo débil de Dios, lo que el siglo llama el fondo, es más fuerte que los hombres. El centro no se negocia para que el himno termine en una nota que Corinto aplauda.
El catálogo, del mismo modo, no exhibe carácter para que el moralista se admire de haberlo recitado. En Gálatas las obras de la carne y el fruto del Espíritu se contraponen, y los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. El catálogo grecorromano de vicios podía servir para pintar al hombre de bien. Pablo lo bautiza y lo lleva al reino: la lista no mejora el yo. Lo deja sin herencia, o lo marca como fruto del Espíritu, que no es el mismo sujeto que el esfuerzo de parecer virtuoso. En la primera carta a los Corintios, el capítulo trece no es un poema de boda puesto entre dos tratados de dones para aliviar el tono. Es el juicio de los dones: si no hay amor, la lengua, la profecía y el dar el cuerpo para ser quemado no son nada. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. (1 Corintios 13:2) La ciencia toda y la fe que mueve montes, sin (agápē, Strong 26, amor), no fundan nada. El catálogo juzga. No decora. Y el catálogo de azotes que se oyó en la segunda carta juzga de otro modo: no al don, sino a la gloria. En los dos casos la forma hace teología. El oyente que se lleva la lista y no el juicio se ha llevado Corinto.
La Escritura citada dentro de la Escritura, como ya se vio en Isaías dentro del diecinueve y en Jeremías dentro del treinta y uno, no es músculo de disputa. Romanos junta voces de salmos y de profeta para cerrar toda boca, y no para que el predicador gane una tarde. Gálatas oye la simiente en singular y la lleva a Cristo, sin anular la historia de la promesa. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. (1 Corintios 10:11) El tipo no cancela lo que aconteció. Lo escribe para amonestar, y la amonestación llega a los que tienen los fines de los siglos, no a un público abstracto de amantes de figuras. En la segunda carta, la letra y el Espíritu se distinguen para leer a Moisés sin el velo, en Cristo, no para desechar el canon ni para decir que el texto ya no corta. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos. (Hebreos 4:12) Aunque la carta a los Hebreos no lleve el nombre de Pablo, el criterio permanece en la casa: la forma que no deja que el texto corte es maquillaje, y la forma que se niega a servir es pereza. Quien arranca un versículo para vencer en una contienda hace lo contrario del collar que cierra la boca: usa la Escritura como los sofistas usaban a los poetas, de adorno y de arma, no de norma.
Hay también una retórica de frontera, y no es mal genio. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. (Gálatas 1:8–9) (anáthema, Strong 331, anatema, lo entregado a destrucción, maldición) repetido. El evangelio no se negocia, ni con un ángel ni con el otro Jesús que Corinto toleraba bien. La dureza de la frase es la dureza de la frontera, la misma que en la segunda carta teme el extravío de la serpiente. Y hay una retórica que no se cierra en el anatema sino en la alabanza, porque el argumento que ha oído no puede terminar en el orador. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!! Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea gloria por siglos. Amén. (Romanos 11:33, 36) La teología que no acaba en doxología aún no ha oído a Pablo, y la doxología no alaba el periodo. Alaba a Dios, cuya sabiduría no es la que el veinte declaró enloquecida, sino la profundidad que el hombre no sonda y que en la cruz se dio a conocer como lo insensato que es más sabio que los hombres.
La persuasión íntima cabe en el mismo apóstol sin vaciar el evangelio para ganar el caso. La carta a Filemón ruega por Onésimo, el hijo engendrado en las prisiones, y no lo hace con sabiduría de palabras que compre al amo a costa del Señor. Ruega en Cristo, ofrece pagar, pone el amor por delante de la potestad que podría mandar, y no convierte al esclavo en ocasión de lucirse. Esa carta basta para desmentir al que dice que Pablo, por tosco, no sabía persuadir, y basta también para desmentir al que dice que persuadir es siempre corintio. Depende de quién esté en el centro. Y la última carga no es un periodo perfecto. Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. (2 Timoteo 4:2) A tiempo y fuera de tiempo: la ocasión no manda. La palabra manda. La paciencia y la doctrina van juntas, para que la exhortación no sea ni prisa de sofista ni dejadez de rudo. El ethos del predicador, cuando la primera carta a los Tesalonicenses lo defiende, no se defiende con lisonja ni con avaricia cubierta. Se defiende con un Dios que prueba los corazones. Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo. (1 Tesalonicenses 2:5) La palabra lisonjera es una especie de la sabiduría de palabras. No sirve. La avaricia encubierta tampoco, y el capítulo once de la segunda carta ya mostró qué hace el apóstol cuando el dinero puede volverse gloria falsa. Todo esto es forma. Nada de esto es el trono.
PARA QUÉ SE HABLA
El oído se abre para oír un pregón que no se vacía; la lengua se desata para servir al Crucificado, no para competir con él. El Espíritu no mejora el yo del orador ni le presta una cadencia más admirable. Convence. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. (Juan 16:8) El pecado que estos capítulos desnudan no es, en primer lugar, un defecto de estilo, aunque el estilo haya sido el instrumento. Es la jactancia, el partido, la fe fundada en hombres, el vaciar la cruz con sabiduría de palabras, el descuido que se disfraza de piedad, el palco del que se gloría en el yo y no en las marcas, la tolerancia del otro Jesús, la medida de sí mismo por sí mismo. A fin de que nadie se jacte en su presencia. (1 Corintios 1:29) Puede ocurrir que alguien recorra 1 Corintios 1:10–2:5 y 2 Corintios 10–13 y no confiese que ha brillado más que el pasaje, que ha llamado fidelidad a la pereza o que ha usado la rudeza como si fuera la cruz. Ese ha coleccionado observaciones y no ha sido desnudado. Por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios. (Romanos 3:23) La destitución no se repara con un sermón mejor escrito ni con un sermón más pobre. Se confiesa.
El arrepentimiento, bajo este dueño, tiene verbo y tiene objeto. (metanoeîte, de μετανοέω, Strong 3340, cambiar de mente, arrepentíos). No es un clima de sensibilidad ante los excesos del púlpito ajeno. Es volverse: tachar la frase que brilla más que el texto, y dejar también de llamar unción al aplauso de los que celebran que nadie brilló, cuando el texto no fue dicho. Arrepentíos, y creed en el evangelio. (Marcos 1:15) El arrepentimiento que no cree es ética de púlpito, una mejora de modales que todavía no ha recibido al Crucificado. La fe que no se arrepiente es un asenso que todavía quiere el orador de Corinto, o el anti-orador, como suelo de la confianza. La fe, en el cinco, no es el producto de palabras persuasivas de humana sabiduría. Es el asentimiento que se funda en el poder de Dios, y ese poder es el de la palabra de la cruz. Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. (Romanos 3:24) La redención que el treinta dijo que Cristo nos ha sido hecha no se completa con un curso de comunicación. Se recibe.
El bautismo, que el diecisiete situó para que no hubiera partido, no se desprecia en el camino del que cree. El oído abierto entra en el agua porque el Señor lo mandó, y el que sale no sale como orador ni como rudo ejemplar. Sale sepultado con el Crucificado. Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida. (Romanos 6:4) El que se abre al diecisiete y no pide el agua, o el que pide el agua y vuelve a fundar la fe en su propia boca, ha oído a medias. El gracias de Pablo por haber bautizado a pocos no es el gracias del que evita el agua. Es el gracias del que no quiere que el agua lleve su nombre. El nombre en el que se baja es el del que fue crucificado, no el del que predicó.
La conversión es vuelco, no mejora del tono. (epistréphō, Strong 1994, volverse, convertirse). Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero. (1 Tesalonicenses 1:9) Los ídolos de esta herida tienen nombres, y nombrarlos no es hacer una lista para la pizarra sino confesar de quién se sirve todavía. Son el partido, el estilo, la máquina, la tosquedad sagrada y el palco de los que se tienen por grandes apóstoles. Son también el otro Jesús que impresiona, la conversación que nunca dice en ninguna manera, el canasto contado como anécdota heroica y el aguijón usado como prueba de que no hay que predicar con claridad. No hay tercera vía entre el sofista y el rudo. Los dos sirven a la forma. El que se vuelve, sirve al pregón.
Permanecer es el oficio del propósito cada vez que se abre la boca. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. (1 Corintios 2:2) Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos. (Juan 8:31) Permanecer, en este libro, es volver mañana al mismo tramo, del diez al cinco, y luego a la prueba de la segunda carta, y preguntar si el centro sigue siendo el Crucificado. Si al acabar el oyente recuerda el estilo y no a él, hubo sabiduría de Corinto. No hubo Pablo. Si recuerda la tosquedad celebrada y no a él, hubo la misma sabiduría con el signo cambiado. El orden no se negocia. Primero la convicción, que nombra la jactancia como pecado y no como gusto homilético. Luego el arrepentimiento, que deja el oráculo del estilo. Luego la fe, que se deja fundar en el poder de Dios. Luego el bautismo, que no hace partido. Luego la conversión, que se vuelve de los ídolos nombrados al Dios vivo. Luego la permanencia, que no colecciona el libro como un curso ya aprobado. El Espíritu aplica lo que el Hijo mereció. El Hijo es el que fue predicado crucificado y el que vive por el poder de Dios. El Padre es a quien agradó salvar por la locura del pregón. La Palabra es el medio, y no un talismán de elocuencia ni un talismán de silencio.
Si aún no crees, no sigas como turista de un curso de oratoria sagrada. Un apóstol que tiembla no es, en Corinto, la prueba de que el evangelio es débil, sino la prueba de que el poder es de Dios. El que habla en la palabra de la cruz es el Señor, predicado. Los datos de la retórica no te salvan, porque el que salva no es el inventario de figuras ni el desprecio del inventario, sino el Señor. El volumen que esta casa llama ÉfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. nombra quién es el Padre, quién es el Hijo, quién es el Espíritu y qué es el Libro. Este libro presupone esa puerta y no la reimprime, porque no ha venido a sustituir la enseñanza de la Trinidad y de la Escritura, sino a devolver la palabra al Crucificado y a quitarle el trono a la frase. Arrepentíos, y creed en el evangelio. (Marcos 1:15) Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. (Romanos 10:9) Arrepiéntete, cree, pide el agua, confiesa el Nombre. Busca una iglesia que no vacíe la cruz con sabiduría de palabras ni con el descuido que se disfraza de fidelidad, que no te entregue a otro Jesús porque habla mejor, ni te entregue a un silencio porque habla peor. Ningún libro de esta casa sustituye el oído ni el cuerpo de Cristo. Si el Espíritu te ha convencido, este es el lugar donde te detienes de rodillas. El resto del libro te esperará. Un oído abierto tiene oficio. Un oído aún cerrado no necesita un método de predicación: necesita a Cristo.
LABORATORIO V.E.R.D.A.D.Ver, Entorno, Revelación, Doctrina, Argumento, Decisión. El método de esta casa.
V — VER
Lo que la casa llama ver, en la cadena que no se baraja según el ánimo, es leer de un tirón 1 Corintios 1:10–2:5 y después 2 Corintios 10–13, en voz alta, sin subrayar primero el diecisiete ni el doce nueve como si fueran lemas extraíbles. En esa lectura el sujeto que ruega es Pablo, y el nombre en que ruega es el del Señor. El sujeto que envía a predicar es Cristo. El sujeto que destruye la sabiduría, que enloquece la del mundo, que agrada en salvar por la locura del pregón y que escoge lo necio y lo que no es, es Dios. El sujeto que predica a Cristo crucificado es el apóstol, con los que dicen nosotros. Los que piden señal y los que buscan sabiduría no son el público al que se le debe un ajuste del mensaje; son las demandas que el pregón no satisface en sus términos. Los llamados oyen poder y sabiduría en el mismo Cristo. En la segunda carta el sujeto ruega por la mansedumbre de Cristo, no milita según la carne, se niega a medirse por sí mismo, se gloría en el Señor y teme el otro Jesús. Confiesa ser tosco en la palabra y no en el conocimiento, se gloría como loco en las marcas y oye que le basta la gracia. Y pone la prueba de Cristo no en la elocución sino en si ellos están en la fe. Los verbos de medida, una vez visto el tramo, son vaciar, fundar, gloriarse, perfeccionarse, tolerar, disfrazarse. La unidad de estos capítulos no es un curso de figuras. Es una guerra por el pregón, para que la fe no se funde en el hombre.
E — ENTORNO
El entorno se oye cuando el ojo ya ha visto, y no antes, para que Corinto no sea una excusa pintoresca. La ciudad de la carta es ciudad de partidos y de oradores, y la segunda carta añade a los que se tienen por grandes, con cartas de recomendación que el capítulo tres ya había contrastado, con presencia que ellos juzgan imponente y con un Jesús que no es el predicado. El canon que este laboratorio no saquea, sino que oye cada escrito en su sitio, pone al lado otros textos. Están el canto de Filipenses, donde la cruz es el eje, y la diatriba de Romanos, donde la pregunta llega al no. Están también el anatema de Gálatas, donde el evangelio no se negocia y la carga de la segunda carta a Timoteo, donde se predica a tiempo y fuera de tiempo. El siglo pudo prestar formas de pregunta, de catálogo y de discurso irónico. No prestó el evangelio. El que importa la forma y deja el contenido ha hecho un trueque de feria. El que rechaza la forma y cree haber guardado el contenido puede haber guardado solo la pereza, si el contenido ya no se dice de modo que corte.
R — REVELACIÓN
La revelación, en este orden, no es una voz privada que mejora el párrafo. Es el párrafo oído en los vocablos que sostienen la doctrina, y con la regla de que si la glosa contradice al párrafo, gana el párrafo. es palabra y es discurso, y en el diecisiete la sabiduría de ese discurso puede vaciar. es sabiduría, y en estos capítulos es a menudo la que compite, no la que Cristo ha sido hecho para nosotros en el treinta. κήρυγμα es el pregón, no una charla. es lo que oyen los que se pierden, no un estilo que se adopta. es el tropiezo del Crucificado, no un tropiezo que el predicador añade con grosería. κενωθῇ es el peligro del vaciar. ἐσταυρωμένον es el perfecto del que fue crucificado y así se predica. es la demostración del Espíritu, no el periodo. ἰδιώτης λόγῳ es la tosquedad en la palabra que el apóstol puede confesar sin entregar el conocimiento. es gloriarse, y el lugar lícito es el Señor. En esta oración, 1 Corintios 1:17 significa que una forma puede despojar al Gólgota, y que la palabra del enviado se mide por si la cruz permanece llena. Si la glosa convierte a Pablo en manual de oratoria, o en patrono del que no estudia, gana el párrafo y pierde la glosa.
D — DOCTRINA
La doctrina que el tramo obliga a decir, sin sentido privado, es esta. Dios salva por la locura de la predicación, porque así le agradó, después de que el mundo no lo conoció mediante la sabiduría. El pecado que aquí se nombra es jactarse en hombres, partir a Cristo en lemas, fundar la fe en el orador y vaciar la cruz, y también el pecado de llamar cruz a la propia rudeza. Cristo es el Crucificado, poder y sabiduría de Dios para los llamados, y ha sido hecho para los suyos sabiduría, justificación, santificación y redención. El pueblo de la carta es una iglesia de contiendas a la que se ruega un mismo parecer en el nombre del Señor, no un público de estudiantes de retórica. La fe se funda en el poder de Dios. Hay forma que sirve. No hay forma que pueda sentarse en el trono. El apóstol débil no es un orador fracasado: es el siervo cuya flaqueza no roba el púlpito ni se sienta en él como mérito, porque el poder se perfecciona en la debilidad y la gracia basta.
A — ARGUMENTO
El argumento que este laboratorio no esquiva se responde con el párrafo, no con un golpe de voz. Si alguien dice que, estando el sermón bien escrito, el Espíritu sobra, el cinco responde que la fe no se funda en la sabiduría de los hombres, y el diecisiete responde que la sabiduría de palabras puede vaciar la cruz: un texto sin temblor puede tener periodos perfectos y madero despojado. Alguien dirá que Pablo era rudo y que, por tanto, el estilo es mundano. El seis de la segunda carta responde que tosco en la palabra no es lo mismo que vacío en el conocimiento. Y Filemón y Romanos y el canto de Filipenses desmienten la pereza sin necesidad de inventar un Pablo escolar que el texto no cuenta. Si alguien dice que la diatriba es un truco y que hoy hay que ser conversacional, Romanos 6 responde que la conversación que no llega a en ninguna manera no es el pregón. Si alguien dice que las figuras son adorno de seminario y nada más, Filipenses 2 responde que el orden mismo predica, y Gálatas 5 responde que el catálogo escatologiza, y 2 Corintios 11 responde que la lista de azotes es antídoto y no vanidad. Si alguien dice que la debilidad del apóstol prueba que el evangelio no convenció, el dieciocho responde que la palabra de la cruz es poder de Dios para los que se salvan, y el trece cuatro responde que el Crucificado en debilidad vive por el poder de Dios. La objeción que quiere un tercer público, ni tropiezo ni locura, no tiene versículo. Tiene el gusto de Corinto.
D — DECISIÓN
La decisión, sin la cual la cadena es un cadáver de observaciones justas, se fecha en el próximo texto que se ha de enseñar o de compartir, no en un propósito vago de ser más sobrio. Se tacha en él la frase que brilla más que el pasaje, y se tacha también la frase que celebra la propia pobreza de medios como si esa pobreza fuera Cristo. Se nombra la forma que se está usando —pregunta, repetición, relato, ironía, cita, ruego— y se pregunta, por escrito, si el centro sigue siendo Cristo crucificado. Se dice a un testigo, porque el estilo secreto y la tosquedad secreta aman no tener testigos. Si al acabar el que oye recuerda el periodo, o recuerda la dejadez, y no recuerda al Crucificado, hubo sabiduría de Corinto. No hubo envío. Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. (Santiago 1:22) El laboratorio no sustituye a la carta. Impide que el lector se vaya de Corinto con una opinión sobre la retórica y con la fe todavía fundada en el hombre.
CIERRE
La última palabra de estos capítulos no es un inventario de figuras puesto en orden, ni un elogio del temblor como si temblar fuera un estilo, ni una licencia para el descuido, ni una campaña contra los que hablan con limpieza. Es una doctrina del envío, de la cruz que una frase puede vaciar, de la fe que no se funda en el orador, y del apóstol cuya debilidad no es un fracaso de elocuencia sino el servicio de ese madero. Esa doctrina tiene que decirse con el mismo aliento con que Pablo la escribió a una iglesia que amaba oradores y que, a la vez, despreciaba la presencia del que le había llevado el evangelio, porque un cierre que solo repita que no hay que brillar ha entendido una polémica y no ha entendido al que habla. El que habla es un enviado. Lo que teme no es, primero, la torpeza, aunque la torpeza también pueda hurtar cuando se sienta en el trono. Es que la cruz de Cristo se haga vana. Por consiguiente, la última palabra de este libro no denuncia otra vez al sofista y al rudo como si denunciar fuera predicar. Dice lo que hay que creer para que la forma deje de sentarse donde solo el Crucificado se sienta, y luego pone la boca del lector bajo ese Señor, que es el único ante quien el periodo no manda y ante quien la dejadez tampoco manda.
Hay un envío, y en este párrafo no se presenta como un permiso para hablar bien ni como un permiso para hablar mal, sino como un límite. Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. (1 Corintios 1:17) El bautismo no se desprecia. Se sitúa, para que el nombre del bautizador no parta a los bautizados, y para que el oficio primero permanezca siendo el pregón. El modo del pregón queda atado a un fin: que el madero no quede despojado. El verbo que nombra ese despojo no se cita como adorno de escuela. Se oye como amenaza. Una frase puede vaciar lo que el Hijo, al tomar forma de siervo hasta la muerte de cruz, no vació de obediencia ni de verdad. Por tanto, la retórica que se pone delante del versículo no es un exceso de cultura. Es un modo de dejar la cruz sin lo que la cruz es. Y la anti-retórica que se pone delante del versículo, declarando que cualquier cuidado es sabiduría de palabras, es el otro modo del mismo vaciamiento, porque deja la cruz sin ser dicha. El predicador no compite con los púlpitos de Corinto. Llega a una ciudad de oradores y se propone no saber entre ellos cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. Esa proposición no es ignorancia fingida. Es señorío. El que sabe preguntar, ordenar un canto, enumerar, ironizar y rogar, y los usa, no ha dejado de saber. Ha dejado de ponerlos en el lugar del que fue clavado.
La palabra, cuando es paulina, no está en sabiduría humana persuasiva. Está en demostración del Espíritu y de poder. Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1 Corintios 2:4–5) no es la cadencia que sobrevive al olvido del texto. Es la evidencia que el Espíritu da de que lo predicado es poder de Dios, y ese poder es el de la palabra de la cruz, locura para los que se pierden y poder para los que se salvan. El fin de la frase es el suelo de la fe. Si la fe queda fundada en el orador, el orador se ha vuelto señor. Si queda fundada en el anti-orador, el anti-orador se ha vuelto señor con menos palabras y con la misma usurpación. Los partidos de Corinto no nacieron de que Apolos fuera elocuente. El texto no lo condena por serlo. Condena la medida que hace de la elocuencia un dueño, y condenaría igual la medida que hiciera de la ineptitud un dueño. No hay un tercer auditorio al que se le deba una cruz elegante, y no hay un cuarto auditorio al que se le deba una cruz mal dicha para que nadie nos acuse de elegancia. Los judíos piden señal. Los griegos buscan sabiduría. El enviado predica a Cristo crucificado, tropiezo y locura, y, para los llamados, poder y sabiduría de Dios.
La debilidad del apóstol no es la estética de un orador fracasado, y este cierre no la entregará a los que quieren un héroe del fracaso. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor. (1 Corintios 2:3) Tiembla el que conoce el peligro. Cuando, más tarde, los que se llaman grandes se glorían, el mismo hombre se niega a medirse por sí mismo, cede a hablar como loco, y se gloría en azotes, naufragios, desvelos y un canasto, no en periodos perfectos. El discurso no es un número para el anaquel. Es el antídoto de un palco. Desemboca donde el Señor le dice que le basta la gracia, y que el poder se perfecciona en la flaqueza. Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. (2 Corintios 12:9) Toda retórica que no llega ahí ha vuelto a Corinto, aunque el camino haya sido un catálogo de figuras bien nombradas. Y toda anti-retórica que se queda en la flaqueza sin oír la gracia y el poder ha vuelto también, porque ha hecho de la flaqueza su gloria en lugar del Señor. El cuerpo del apóstol se lee con el del Señor sin confundirlos: crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios; el siervo es débil en él y vive con él por ese poder. El siervo no imita la cruz como teatro. Sirve a la cruz que ya está llena, y consiente que su propia flaqueza no le robe el púlpito ni se siente en él como mérito. Pues aunque sea tosco en la palabra, no lo soy en el conocimiento. (2 Corintios 11:6) La frase separa. El desprecio cae sobre la sabiduría que vacía el madero y sobre el otro Jesús que esa sabiduría presenta. No cae sobre la frase que deja oír el conocimiento. El que usa la tosquedad como coartada no ha leído lo que este mismo apóstol escribe cuando persuade sin sofisma, cuando argumenta hasta cerrar la boca, cuando maldice el otro evangelio y cuando cierra la teología en alabanza.
Hay, pues, una claridad que la cruz no desprecia, y distinguirla de la sabiduría que compite es parte de la obediencia, no un lujo de letrados. La forma que no deja que el texto corte es maquillaje. La forma que se niega a servir es pereza. Las dos se parecen en el resultado: el oyente se lleva el estilo, o se lleva el vacío, y no se lleva al Crucificado. El oficio no consiste en no tener forma. Consiste en nombrar la que se usa y en preguntar si el centro sigue siendo el que fue crucificado. Si al acabar, el oyente recuerda el periodo y no a él, hubo sabiduría de palabras. Si recuerda que el predicador se ufanó de no tener periodo, hubo jactancia de lo necio, que el veintinueve ya había prohibido en la presencia de Dios. No hubo envío en ninguno de los dos casos. La persuasión no queda prohibida. Queda juzgada por su señor. Hay un preso que ruega por un esclavo y no vacía el evangelio para ganar el caso, y hay una última carga que no es un periodo perfecto: que se predique la palabra, a tiempo y fuera de tiempo, con paciencia y con doctrina. El que llama mundano a todo argumento, porque teme la forma, y el que llama unción a todo brillo, porque teme el texto, han salido los dos de Corinto por puertas distintas y han llegado al mismo hurto.
Ahora bien, la plenitud de la cruz no se mide por el aplauso de la ciudad ni por el silencio del que no preparó. Se mide por si la fe, al acabar, está fundada en el poder de Dios. El apóstol débil no es un orador que no dio la talla. Es el siervo de la cruz que la demostración del Espíritu no permite vaciar. Si todo esto es verdad, el arrepentimiento ya no es un gusto más sobrio ni una frase más dura contra el púlpito ajeno. Es un vuelco de la boca que se puede fechar. El Espíritu convence de un pecado concreto: haber fundado la fe en hombres, haber dejado que la frase brillara más que el pasaje y haber llamado fidelidad a la pereza. Es también haber usado la máquina para volver presentable lo que Dios quiso que fuera tropiezo, haberse gloriado en el palco cuando el apóstol se gloriaba en las marcas, y haberse gloriado en la rudeza como si la rudeza fuera el Señor. El arrepentimiento nombra esa jactancia delante de Dios y delante de un testigo, y no la reemplaza por el orgullo de haber detectado el estilo de otros. La fe que sigue no se fabrica con un periodo mejor ni con un periodo peor. Se deja fundar en el poder de Dios.
Hoy, y no en abstracto, se toma el próximo texto que se ha de enseñar o de compartir. Se tacha en él la frase que brilla más que el pasaje, y se tacha la frase que se jacta de no brillar. Se nombra la forma y se pregunta, por escrito, si el centro sigue siendo Cristo crucificado. Se dice a un testigo. Si el que oye se lleva el estilo o se lleva el vacío, el trabajo ha fracasado aunque la cadencia sea perfecta o aunque la dejadez sea sincera. El bautismo, para el que aún no ha bajado al agua, no es la unción de un orador ni el sello de un anti-orador. Es sepultura con el Crucificado, porque el enviado no fue mandado, primero, a bautizar para hacer partido, sino a predicar para que la cruz no se vacíe, y el que sale del agua no sale con una boca por señor. La permanencia es la proposición de cada vez que se abre la boca: no saber sino a Jesucristo, y a este crucificado, con el temor que conoce el peligro y con la claridad que no se niega a servir.
Al que enseña, el cargo es el mismo y no más blando. No se vacía la cruz con sabiduría de palabras ni con el descuido que se disfraza de piedad. No se enseña la figura como objeto. Se enseña como sierva, después de que el pasaje ha sido oído en su orden, del ruego por el mismo parecer hasta la fe fundada en el poder de Dios, y de la mansedumbre de Cristo hasta la gracia que basta y el Señor que vive. Si los oyentes salen más hábiles para hablar de quiasmo, de diatriba y de catálogo, y menos rendidos al Crucificado, el aula ha formado Corinto. Si salen más orgullosos de no haber aprendido nada, y menos rendidos al Crucificado, el aula ha formado el mismo Corinto por la puerta de la jactancia inversa. La doxología que cabe al final no alaba el periodo ni alaba el temblor. Alaba al Señor que se da a conocer en la palabra de la cruz, y al Espíritu cuya demostración funda la fe, y al Padre que agradó salvar por lo que el mundo llama locura. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. (1 Corintios 2:2) El que oye eso y todavía compite con el madero, sea con la excelencia o con el desprecio de la excelencia, no ha llegado al final de la proposición. Ha vuelto al principio de su propia elocuencia, aunque la llame silencio. Mas el que se gloría, gloríese en el Señor. (2 Corintios 10:17) El Señor es el lugar. La frase no lo es. La falta de frase no lo es. La cruz permanece llena cuando él permanece en el centro, y la fe permanece cristiana cuando no se funda en el hombre que habló, sino en el poder de Dios.
DECISIÓN PARA ESTA SEMANA
Confieso delante de Dios que he competido con otros siervos, que he dicho yo soy de este o de aquel, o que he confiado más en la forma de mi palabra que en la cruz. Esta semana leo 1 Corintios 1:10–2:5 cada mañana; antes de que termine la semana preparo el próximo texto que he de enseñar o compartir con la cruz en el centro y sin buscar aplauso, y busco a un hermano de otro grupo o ministerio para orar juntos. El domingo cuento a un hermano de mi iglesia, que pueda pedirme cuentas, qué partido dejé y con quién oré. Si aún no he creído ni he sido bautizado, esta semana me arrepiento, confieso a Cristo y pido el agua.
Alejandro Sirit · Editorial Cielo Efata · 2026
V.E.R.D.A.D. · la última letra
Santiago compara al que oye la Palabra y no la hace con un hombre que se mira al espejo y se va. Por eso este estudio no termina cuando se ha entendido el pasaje, sino cuando hay un paso concreto que sale de este texto, compartido con alguien de confianza que pueda preguntarte por él.
Escribe en el cuaderno qué te pide 1 Corintios 1–2. No un propósito general, sino lo que este texto concretamente manda.
Stg. 1:22Santiago 1:22: Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. · Lc. 8:15Lucas 8:15
¿Qué verbo de 1 Corintios 1–2 vas a obedecer, con qué acto, en qué fecha y ante qué testigo? Recorre las seis letras en RevelatiO o envíale tu D a tu testigo por WhatsApp.
¿Lo estudias en grupo? La guía del líder para 1 Corintios 1–2 ordena la reunión con el método V.E.R.D.A.D. y se imprime en una hoja.
Cuando hayas escrito y compartido tu paso, el siguiente estudio es Teología de la cruz. Escudriñar Teología de la cruz