Estudio · Marcos 7:31–37
Publicado el 15 de septiembre de 2026. Revisado el 3 de octubre de 2026.
EstudioPara todo creyente, grupos pequeños y el devocional diario.
Método V.E.R.D.A.D.«Lo que no encuentras en la Biblia, no esperes, no abandones, no busques a nadie: la misma Escritura te contesta.»
Abrir la Escritura en el lector compañero
EL TEXTO MANDA, Y EL MÉTODO NO ABRE EL OÍDO
Marcos 7:31–37, después de 7:1–30, para que el milagro no se abra en el aire
Estudio de Alejandro Sirit, Editorial Cielo Efata, 2026. Las citas bíblicas siguen la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960, en cursiva. Cuando el griego aclara el sentido, se lee el Textus Receptus y se da en la misma oración el número de Strong, la palabra griega, su transliteración y su significado. Este estudio no enseña una técnica para abrir oídos. Enseña que el Señor manda, y que el método no abre.
© 2026 Alejandro Sirit. Todos los derechos reservados. Texto bíblico tomado de la versión Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
PÓRTICO
No hay, en Marcos 7:31–37, un eslogan esperando marca, ni una sílaba que el lector pueda activar, ni un procedimiento de siete pasos que la casa haya heredado para repetir sobre los cerrados. Hay un hombre. Es sordo. Es tartamudo. No se presenta. Lo traen. El lugar es la región de Decápolis, después de Tiro y de Sidón, al otro lado del lago respecto de la disputa que el capítulo acaba de sostener sobre lo puro y lo impuro, y después de una mujer griega, sirofenicia, cuya palabra el Señor ha oído. Jesús no lo sana de lejos ni lo exhibe. Lo toma aparte de la gente, le mete los dedos en los oídos, escupe, le toca la lengua, levanta los ojos al cielo, gime, y le dice una palabra que Marcos no disuelve en el griego de la calle antes de haberla dejado sonar. Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34., es decir: Sé abierto. Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien (Marcos 7:33–35). El efecto no espera intervalo. El oído precede a la lengua. El que habla es el Señor, y el que es hablado no ha negociado la sílaba.
ἐφφαθάArameo: sé abierto. Imperativo pasivo. Marcos 7:34. (ephphatha, Strong 2188, sé abierto) queda en el evangelio como la dejó la boca del Señor, en la lengua en que la dijo, y Marcos, que escribe en griego, no la explica antes de transliterarla. La deja, y luego vierte. Es decir: Sé abierto. La glosa es διανοίχθητιAoristo pasivo: sé abierto de parte a parte. (dianoichthēti), imperativo de (dianoigō, Strong 1272, abrir de par en par, abrir por completo). No es una información entregada a quien ya oía. Es una orden para que lo cerrado se abra. El género de la palabra es el del que manda, no el de la descripción, y no es una técnica que el oyente deba aprender para aplicársela a otro oído. El sujeto del verbo, en la escena, es Jesús. El sordo es tomado. Por consiguiente, este libro no puede abrir con el nombre de una editorial ni con una fonética que baste leer en voz alta. Abre con saliva, con dedos, con un gemido y con un imperativo sobre un hombre que no pedía por sí mismo, porque lo trajeron y rogaron que el Señor le pusiera la mano encima. El dueño no es la marca. El dueño es el párrafo entero, y el versículo de la palabra vive del itinerario, del acarreo, del apartar, del mandato de callar que no guardan, y del veredicto verdadero dicho por bocas que publican más cuanto más se les manda que no lo digan.
El cuerpo está en el centro, y no se adelgaza hasta dejar solo una idea de sordera espiritual que ya no necesite orejas. Dos calificativos, no uno. (kōphos, Strong 2974, sordo, y en otros lugares también el que no habla) y (mogilalos, Strong 3424, el que habla con dificultad, tartamudo). La Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. dice un sordo y tartamudo. El canal está sellado por ambos extremos. No entra la voz. No sale la palabra, o no sale derecha. Por eso el toque no es decorativo. Los dedos entran en las orejas. La saliva toca la lengua. El Señor se acerca hasta la ligadura, y la ligadura tiene nombre de cadena, no de vocabulario insuficiente. Cuando se desata, el verbo es el de soltar lo que estaba atado. El fruto no es el volumen. Es hablar bien. Quien invierta el orden, y hable de la Escritura sin haber sido abierto para oírla, contradice la gramática del milagro, aunque pronuncie la sílaba con exactitud. La Escritura sola norma, y no es normada por el merchandising de la palabra, ni por el milagro leído como parte clínico, ni por la fonética que se conforma con vocalizar. Lo que este párrafo tiene es un Verbo que gime y abre, y un mandato posterior que la muchedumbre no obedece.
LO QUE SE QUIERE HACER CON LA SÍLABA
Hay una incredulidad que nunca oyó que un sordo fue abierto, y hay otra, más grave en la casa, que convierte EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. en marca. Un lema se repite y una orden se oye, y no son la misma cosa. El lema sirve al que lo cita. La orden manda sobre el que la recibe. Si el nombre de una casa no abre un pasaje, es un ídolo con arameo, aunque el arameo esté bien transliterado y el sello sea exacto. Marcos no escribió un souvenir. Escribió un milagro, y escribió también el versículo que la lectura piadosa suele saltar porque estropea el final feliz. Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban (Marcos 7:36). El secreto no es pudor, ni duda del Señor acerca de sí mismo. Es orden. El milagro no se predica en el lugar de la cruz. El oído se abre para oír, y lo que este evangelio va a poner delante del oído abierto, poco después, es que el Hijo del Hombre debe padecer muchas cosas, y ser desechado, y ser muerto, y resucitar. El siglo prefiere el versículo treinta y siete sin el treinta y seis, el aplauso sin el mandato, un Cristo de Decápolis que hace oír y hablar y no camina a Jerusalén. La gente que trajo al sordo obra misericordia en el acarreo, y es la misma región de bocas que no puede callar. Se puede decir verdad sobre Jesús y desobedecerle en la misma respiración. Bien lo ha hecho todo: hace a los sordos oír, y a los mudos hablar (Marcos 7:37). El veredicto es verdadero. La obediencia no lo es. Esta casa, si nace de algo, nace de la orden, no del aplauso.
Hay, en el otro flanco, la fonética que basta con leer en voz alta, y la técnica que recoge los gestos y los ofrece como método. Se dice que basta vocalizar el párrafo, o que basta repetir los dedos, la saliva, la mirada al cielo y la sílaba, y que el oído se abrirá porque el procedimiento se ha ejecutado. El sordo de Marcos estaba en presencia del Verbo encarnado y aún necesitaba que el Señor le metiera los dedos, y no se abrió porque un discípulo hubiera aprendido una secuencia. La lectura sin el gemido de Cristo es pronunciación. El inventario de los gestos, arrancado del que los hace, es teatro. ἐστέναξεν, de (stenazō, Strong 4727, gemir, suspirar con peso), está en el texto antes de la orden, y Marcos no lo explica ni lo disculpa. Lo registra. Un Cristo que abre sin gemir es un Cristo que este párrafo no conoce. Una casa que quiere la apertura sin el gemido quiere el imperativo sin el cielo al que los ojos subieron, y sin el cuerpo sellado, y sin el mandato de callar. Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios (Romanos 10:17). Un oído cerrado no se cura con más contenido ni con una sílaba mejor articulada. Se abre por el que gime y dice. Quien convierta este libro en curso de arameo, o el arameo en talismán, ha hurtado el milagro. La palabra no es un diccionario. Es un mandato del Señor.
PARA QUÉ SE ABRE
El oído se abre para oír la Palabra, y la lengua se desata para hablar bien, no para recitar la marca y no para pregonar la señal en el lugar del madero. El Espíritu no mejora el yo ni le enseña una técnica de apertura. Convence. El pecado que este párrafo desnuda no es, primero, un déficit de oído que se resuelva con método, sino la sordera a la Palabra, la lengua atada o suelta en lo que no es recto, el tratar el milagro como espectáculo, el convertir la orden en lema, y el hablar de Escritura sin haber sido abierto. El que recorra Marcos 7 entero y no confiese que ha estado cerrado, o que ha publicado lo que el Señor mandó callar, o que ha usado la sílaba como sello, ha coleccionado un vocablo y no ha sido desnudado. Por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). La sordera de este capítulo y la ligadura de la lengua no son una especie aparte de hombres, los que no oyen el culto y los que hablan demasiado. Salen del mismo destierro, y el Señor no las trata con una conferencia. Las toca, gime y manda.
El arrepentimiento es dejar el souvenir y la fonética y el método, no cambiar de técnica de apertura con un vocabulario más piadoso. Arrepentíos, y creed en el evangelio (Marcos 1:15). El arrepentimiento que no cree es ética de oído atento. La fe que no se arrepiente es un asenso que todavía quiere el Jesús de la muchedumbre, el que bien lo ha hecho todo y no manda callar. La fe no es el músculo que abre el tímpano. Es recibir al que gime y dice. El sordo no fabrica fe en el párrafo. Es traído, apartado, tocado, hablado. La fe, si el texto la muestra antes de la orden, es la de los que ruegan que le ponga la mano encima, y el milagro mismo es decreto, no premio de una decisión que Marcos no escribió en la boca del que no podía hablar bien. El oído abierto entra en agua, porque el Señor mandó bautizar, y porque la lengua desatada no se desata para el pregón sino para confesar. Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo (Romanos 6:4). El que sale del agua no sale taumaturgo. Sale unido al que gime, abre y camina hacia el padecer, y no permitirá que el milagro sustituya al madero. La conversión es vuelco. Cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero (1 Tesalonicenses 1:9). Los ídolos de esta herida se llaman marca, souvenir, espectáculo, fonética, método, y el Jesús de Decápolis sin el viernes que el evangelio todavía no ha narrado en este capítulo pero hacia el cual ya camina. Permanecer es oír mañana el párrafo entero, no la sílaba suelta. Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos (Juan 8:31). La lengua desatada habla bien. No habla más. Habla recto. Permanecer, en este libro, es no volver a convertir EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. en marca, no volver a predicar el milagro en lugar de la cruz, y no volver a creer que el método abre el oído.
SI AÚN NO CREES
No sigas como turista de un vocablo. Un sordo abierto no es, en Marcos, la prueba de que hay técnicas, sino la prueba de que el Señor gime y manda, y que al momento el oído se abre. El que habla en la Decápolis es Jesús. Los datos del milagro no salvan, porque el que salva es el Señor, y saber qué significa la sílaba, si te quedas en el saber, solo te deja más sin excusa el día en que tu oído sea hallado cerrado delante del mismo que dijo sé abierto. El volumen que esta casa dedica a la Escritura abierta nombra quién es el Padre, quién es el Hijo, quién es el Espíritu y qué es el Libro, y enseña a leer sin hurtar el párrafo. Este libro presupone esa puerta y no la sustituye, porque no ha venido a reimprimir la confesión, sino a devolver el imperativo a la boca del Señor y a quitarlo de la mano del método. Arrepentíos, y creed en el evangelio (Marcos 1:15). Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo (Romanos 10:9). Esa boca no origina al Resucitado. Se rinde a Él, y solo puede rendirse si el oído ha sido abierto para oír lo que confiesa. Arrepiéntete, pues, y cree, y pide el agua, y confiesa el Nombre, y busca una iglesia que oiga la orden y no la convierta en lema, que no te venda un milagro de escenario ni te deje en la fonética. Este libro no sustituye el oído ni el cuerpo de Cristo, ni abre lo que el Señor no abra, ni te absuelve de callar donde él mandó callar.
LO PURO, LO INMUNDO, Y EL OÍDO QUE EL CAPÍTULO YA HABÍA PEDIDO
El milagro no se abre en el aire, y por eso el libro no empieza en el versículo treinta y uno como si los treinta anteriores fueran relleno. Se juntaron a Jesús los fariseos y algunos de los escribas que habían venido de Jerusalén, y vieron a algunos de los discípulos comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, y los condenaban. El narrador explica que los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen, y que volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Explica también que hay otras muchas cosas que tomaron para guardar: los lavamientos de los vasos, de los jarros, de los utensilios de metal y de los lechos. La pregunta que entonces le hacen no es una pregunta de misericordia por un sordo. Es una acusación. ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas? (Marcos 7:5). El capítulo empieza, pues, en una disputa sobre lo que entra por la boca y sobre quién tiene autoridad para decir qué contamina. Esa disputa no es el milagro, pero sin ella el milagro se lee como un prodigio suelto, y el prodigio suelto es exactamente lo que el versículo treinta y seis prohibirá pregonar.
Jesús les responde con Isaías, y los llama hipócritas. Este pueblo de labios me honra, Mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres (Marcos 7:6–7). El honor de los labios, con el corazón lejos, es ya una enfermedad de la boca que el milagro del tartamudo no va a canonizar. Se puede honrar con la boca y estar lejos. Se puede enseñar como doctrina lo que es mandamiento de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres (Marcos 7:8). Les dice también que bien invalidan el mandamiento de Dios para guardar su tradición. Moisés dijo que se honre al padre y a la madre, y que el que maldiga al padre o a la madre muera irremisiblemente. Ellos dicen que basta si un hombre dice al padre o a la madre que es Corbán, esto es, ofrenda, todo aquello con que pudiera ayudarles, y no le dejan hacer más por su padre o por su madre, invalidando la palabra de Dios con la tradición que han transmitido. El Corbán de este párrafo es una consagración de boca que deja al padre y a la madre sin la ayuda que el mandamiento exige. La boca declara algo dado a Dios para no hacer lo que Dios mandó hacia los padres. Esa es la misma familia del hurto que luego tomará una orden del Señor y la volverá sello de casa, consagrando la sílaba y dejando sin cumplir el mandato de callar, o consagrando el método y dejando sin oír el texto. El capítulo ya ha mostrado una boca religiosa que invalida la palabra. El milagro, cuando llegue, no va a celebrar esa boca. Va a desatar otra, y va a mandarle a la gente que no convierta la obra en pregón.
Llamando a sí a toda la multitud, les dijo que le oyesen todos y entendiesen. Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre. Si alguno tiene oídos para oír, oiga (Marcos 7:15–16). La frase sobre los oídos no es un estribillo vacío. Está dicha en este capítulo, antes de que traigan a un hombre que no tiene oídos abiertos. El Señor pide oídos a una multitud que discute lavamientos, y poco después se apartará con uno que no puede oír la petición. La contaminación, dice, no viene de lo que entra de fuera. Viene de lo que sale del hombre. En casa, apartados de la multitud, los discípulos le preguntan sobre la parábola, y él les dice si también ellos están así sin entendimiento, y si no entienden que todo lo de fuera que entra en el hombre no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina. La Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. vierte que esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. Luego nombra lo que sí contamina, porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre. El oído que este capítulo pide no es el oído que colecciona tradiciones de lavatorio. Es el oído que entiende de dónde sale lo que contamina, y que no honra a Dios con labios mientras el corazón está lejos. Cuando, más abajo, se abra un oído y se desate una lengua, el fruto pedido no será cualquier palabra. Será hablar bien, no la maledicencia, no la soberbia, no el engaño que el corazón ya sabe producir. El milagro no contradice el discurso de lo puro. Lo cumple en un cuerpo. Lo que entra de fuera no es la contaminación que los fariseos vigilan en las manos. Lo que el Señor va a meter en los oídos no es inmundicia. Es su dedo, y lo que va a tocar en la lengua no es un lavatorio de plaza. Es saliva, y luego una orden. La pureza que el capítulo defiende no se guarda evitando el cuerpo del Señor. Se pierde cuando la tradición invalida el mandamiento, y se recibe cuando él abre.
LA MUJER QUE HABLA, Y EL HOMBRE QUE TODAVÍA NO PUEDE
Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón, y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese, pero no pudo esconderse. El secreto ya está en el capítulo antes del milagro del sordo. Entra en una casa y no quiere que nadie lo sepa, y no puede esconderse. Una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies. La mujer era griega, y sirofenicia de nación, y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos (Marcos 7:27). Ella respondió: Sí, Señor; pero aun los perrillos debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos (Marcos 7:28). Entonces le dijo: Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija (Marcos 7:29). Cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama. El texto ata la salida del demonio a la palabra de ella, por esta palabra, y la palabra de ella no es una fórmula aprendida en un taller. Es la respuesta que recibe el lugar que el Señor acaba de nombrar, el de los perrillos debajo de la mesa, y no lo discute para sentarse en el lugar de los hijos antes de tiempo. Dice que sí, Señor, y que aun así hay migajas. El Señor oye esa palabra y manda ir. No va a la casa. No toca a la hija en este párrafo. La madre llega y halla a la hija en la cama, libre del demonio. El poder no depende de un método de contacto, porque aquí no hay contacto con la niña, y el mismo capítulo, unos versículos después, va a usar el contacto con el sordo. Las dos escenas juntas impiden extraer una técnica única. A ella le basta la palabra que él oye. A él, que no puede ofrecer una palabra derecha, le hará falta el dedo, la saliva y el imperativo. El Señor no está atado al gesto. El gesto está atado al Señor.
Conviene no saltar esta mujer para llegar antes al arameo, porque el orden del capítulo es el orden de la lectura. Primero una disputa en que los labios honran y el corazón está lejos. Luego una palabra de una gentil que el Señor recibe, dicha por una boca que sí puede hablar y que se postra. Luego un hombre a quien hay que traer porque el oído no le entra la voz y la lengua no le sale bien. La mujer oyó de él, y por eso vino. El sordo no puede oír de él de ese modo, y por eso lo traen. El capítulo pone juntas la fe que habla y la miseria que no puede hablar, y no enseña que el milagro espere siempre la misma frase. Enseña que el Señor es el que oye la palabra de ella y el que va a abrir la boca de él. Quien haga de la sirofenicia un método de insistencia, y de EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. un método de contacto, habrá fabricado dos técnicas donde el texto tiene un solo Señor. La casa en que no quiso que nadie lo supiese, y el mandato posterior de no decirlo a nadie, pertenecen al mismo recato. Él no busca el pregón. La mujer va a su casa y halla a la hija. No se narra que ella organizara una divulgación. El párrafo siguiente narrará una divulgación que él no quiso. La diferencia está en el texto, y hay que dejarla donde está.
SALE DE TIRO, PASA POR SIDÓN, Y LLEGA ADONDE LO TRAEN
Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis (Marcos 7:31). El itinerario no es acotación de mapa para una solapa, y este libro no le añade aldeas que el versículo no nombra. Jesús sale de la región de Tiro, viene por Sidón, pasa por la región de Decápolis, y el mar de Galilea queda en la ruta que Marcos traza. El sujeto de los verbos de camino es él. Nadie lo convoca con un programa. Él se pone en camino, y el milagro ocurre donde él ha decidido estar. La Decápolis es la región que el versículo nombra, ciudades de aquel lado, y el texto no da la nación del sordo como dio la de la mujer. No se le inventa aquí una patria. Se dice lo que se dice. Lo traen en esa región, después de que una gentil ha sido oída, y después de que el Señor ha cruzado por Sidón. El oído que se va a abrir no se abre en el patio de la disputa de Jerusalén, aunque la disputa sea el contexto que impide leer el milagro en el aire. Se abre en el camino que él ha tomado. Isaías había dicho que los oídos de los sordos se abrirían y que cantaría la lengua del mudo, y la versión griega de esa promesa usa para la lengua el mismo vocablo que Marcos usa aquí para el tartamudo. Marcos no interrumpe la escena para citar el capítulo. Deja que el lector que conoce la Escritura oiga el cumplimiento en el vocablo y en la obra. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo (Isaías 35:5–6). El milagro no es un parte clínico que se pueda pasar de largo. Es la promesa tomada en las manos del que acaba de discutir con quienes enseñan como doctrinas mandamientos de hombres, y que ahora, fuera de ese círculo, abre un oído.
Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima (Marcos 7:32). El sordo es objeto de un acarreo. No pide. No confiesa. No se pone de pie en la escena para negociar. Lo traen. La petición es mínima y táctil. No piden un discurso, ni una explicación del arameo, ni un puesto en el cortejo. Ruegan que le ponga la mano encima. En este evangelio, traer a alguien a Jesús ya ha sido acto de otros, como cuando llevan al paralítico, y la fe que el texto puede reconocer antes de la orden es la de los que acarrean y ruegan, no un músculo en el tímpano del que no oye. Poner en la boca del sordo una decisión que Marcos no escribió es fabricar un sujeto para no tener que recibir un don. El don se recibe. No se activa. Los dos calificativos se quedan juntos, porque el siglo quisiera partirlos y quedarse con una sordera espiritual elegante, sin la vergüenza de la lengua que no habla bien. El texto no parte. Sordo y tartamudo. Lo que no entra y lo que no sale se presentan al mismo tiempo, y la petición no pide dos milagros. Pide la mano. El Señor hará más de lo que piden, y no hará menos que el cuerpo.
APARTE, LOS DEDOS, LA SALIVA, EL CIELO, EL GEMIDO, Y LA ORDEN
Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34., es decir: Sé abierto (Marcos 7:33–34). Hay que oír los verbos en el orden en que caen, porque el método los roba precisamente cuando los numera como pasos que cualquiera puede repetir, y la prosa los guarda cuando no los suelta del que los hace. Lo toma aparte de la gente. El sordo no es exhibido. La muchedumbre que luego no sabrá callar es apartada antes de la obra, y el milagro ocurre a solas, no en el teatro. Si alguien quisiera aprender aquí un espectáculo, ya habría desobedecido el modo antes de desobedecer el mandato. Lo que es aparte no es una técnica de intimidad pastoral que el texto enseñe a copiar. Es el recato del Señor, el mismo que entró en una casa en la región de Tiro y no quiso que nadie lo supiese. Él aparta. El sordo es apartado. La gente no dirige la escena.
Metió los dedos en las orejas de él. El toque es invasivo, no decorativo. No se señala el oído desde lejos como quien diagnostica. Se meten los dedos. El oído cerrado es tratado como oído, no como metáfora que ya no tenga carne. Escupiendo, tocó su lengua. La saliva no es un gesto sacerdotal limpio, guardado a distancia para no mezclarse con el cuerpo. El Señor escupe y toca la lengua atada. Quien se avergüence de esta línea ya ha empezado a preferir un Cristo de escenario, higiénico, que no se acerque a la ligadura. El texto no se avergüenza. La lengua recibe contacto antes de que la palabra le sea devuelta, y el contacto no sustituye la palabra. La prepara el que va a hablar, no el paciente que va a recitar. No hay en este versículo una doctrina de la saliva como materia que obre por sí misma. Hay un Señor que usa lo que el versículo dice que usa, sobre este hombre, en este momento. Copiar el esputo sin el Señor es magia. Negar el esputo para quedar con una idea es otro hurto. Las dos fugas dejan el versículo.
Levantando los ojos al cielo, gimió. Los ojos suben. El milagro no es magia autónoma, encerrada en los dedos como si los dedos tuvieran oficio propio. El Hijo mira al cielo. El gemido queda registrado porque el evangelista no lo traduce a una explicación. no es un adorno emotivo que se recuerda una vez pasado el efecto, para humanizar el relato. Está delante de la orden. Es el peso en el Señor, el suspiro de quien carga el cerrojo ajeno y no lo trata como un caso interesante. Un suspiro no es una técnica de respiración que el ministrante deba imitar para que el cielo responda. Es lo que Jesús hizo, y Marcos lo oyó, y lo escribió, y no lo ofreció como ensayo. Quien quite el gemido para quedarse con el imperativo eficaz ha querido el poder sin el costo. Quien se quede en el gemido y no oiga la orden ha querido la emoción sin el mandato. El texto tiene las dos cosas, en este orden, y luego la palabra.
Le dijo: EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34., es decir, sé abierto. La palabra se dice a él, no a la muchedumbre. El séptimo momento, si alguien cuenta los verbos, no se pronuncia para el público. Se pronuncia sobre el cerrado. ἐφφαθάArameo: sé abierto. Imperativo pasivo. Marcos 7:34. es imperativo. διανοίχθητιAoristo pasivo: sé abierto de parte a parte. es imperativo. La glosa de Marcos no cambia el género. Lo fija. Sé abierto. Abierto de par en par. No dice «te informo de que podrías abrirte», ni «he aquí una palabra que, si la repites, te abrirás». Dice ábrete, en la voz del que tiene autoridad para que lo dicho ocurra. El que habla es Jesús de Nazaret. El que habla es el Hijo, y la casa no separa su boca de la del que en el principio dijo que fuera la luz, porque el Verbo era Dios y todas las cosas por él fueron hechas. No se entrega aquí la boca del Creador al lector para que el lector diga sé abierto sobre lo que se le antoje, como si el proverbio de la lengua o el fiat del Génesis se hubieran delegado. Se entrega un mandato que él dijo, una vez, a este hombre, y que Marcos guardó para que el oído de la iglesia sepa quién abre. La semántica queda clavada. Abrir no es informar. Abrir es desatar lo que estaba cerrado, por orden del Señor, no por método del discípulo.
No se alega contra este imperativo una variante de sentido. No hay un rollo del evangelio que lo convierta en sugerencia, ni una glosa de Marcos que lo vuelva descripción. Marcos traduce, y la traducción es otro imperativo, no una nota de pie de página que suavice. El texto manda. El método no abre el oído. Si alguien extiende la mano para aprender la secuencia, los dedos, la saliva, la mirada, el gemido fingido y la sílaba, y cree que con eso el oído del prójimo o el suyo propio quedará abierto, ha cambiado el sujeto del milagro. El sujeto es Jesús. El sordo es tomado. La sílaba en otra boca, sin el Señor, es ruido con arameo. La sílaba en la boca del Señor es decreto, y el decreto no se alquila.
AL MOMENTO, EL OÍDO, LA LIGADURA, Y EL HABLAR BIEN
Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien (Marcos 7:35). El al momento impide el intervalo en que el método querría insertar una cooperación, una visualización, una repetición del enfermo. Fueron abiertos. El verbo está en pasiva. No dice que él abriera sus oídos. Dice que fueron abiertos, y el contexto acaba de decir quién habló. Se desató la ligadura de su lengua. (desmos, Strong 1199, atadura, cadena, lo que sujeta a un preso) es el nombre de lo que tenía la lengua, no una falta de vocabulario ni un bloqueo que se resuelva con más contenido. ἐλύθη es el aoristo de soltar, el verbo de dejar libre lo que estaba atado. El siglo llama bloqueo a lo que Marcos llama ligadura, y con el cambio de nombre se cambia el remedio. Al bloqueo se le ofrece técnica. A la ligadura se le ofrece quien puede soltar presos. La lengua de este hombre no necesitaba, primero, un diccionario. Necesitaba que le soltaran la cadena. Cuando habla, habla bien. (orthōs, Strong 3723, rectamente, con rectitud, bien) no mide el volumen. Mide la rectitud. No dice que hablaba mucho. Dice que hablaba bien. El fruto de la apertura no es el ruido. Es la palabra derecha.
El orden de los tres resultados es ya doctrina, y no se puede invertir sin contradecir el milagro. Primero los oídos. Después la ligadura de la lengua desatada. Después el hablar bien. El oído precede a la lengua. Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios (Romanos 10:17). Esa frase no se pega aquí como adorno de otra epístola. Se oye en acto. Una boca abierta que nunca recibió un oído abierto no es el fruto de esta señal. Es el orden al revés, el honor de los labios con el corazón lejos, que el mismo capítulo ya condenó en la cita de Isaías, o la maledicencia que sale del corazón y contamina. El que mide el milagro por cuánto se dice después, y no por si se dice bien, ha cambiado el fruto. Ya no pide rectitud. Pide ruido. Y el ruido es precisamente lo que el versículo siguiente va a tener que mandar callar, porque la gente hablará más cuanto más se le prohíba, y ese más no es el del que fue abierto. Es otra boca.
El canon no deja el verbo de abrir solo en el tímpano de Decápolis, y por eso la glosa de Marcos se oye otra vez cuando el Resucitado, en el camino, abre las Escrituras, y cuando abre el entendimiento para que las comprendan. ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? (Lucas 24:32). Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras (Lucas 24:45). El verbo es el mismo abrir de par en par. La orden, leída con el resto de la Escritura, atraviesa el texto. No se queda en una oreja del siglo primero para que el nuestro coleccione el vocablo. Por tanto, la obediencia del que ya tiene oídos no consiste en buscar una segunda Decápolis en un estrado para repetir los dedos. Consiste en traer bajo el mismo Señor el pasaje que se ha estado cerrando, y en hablar lo que se ha oído, bien, no más alto. El oído abierto oye el libro. La lengua desatada dice lo que el libro dice, derecho, sin la ligadura de la tradición que invalida el mandamiento, y sin la ligadura del pregón que sustituye la cruz.
LES MANDÓ QUE NO LO DIJESEN, Y LO DIVULGABAN MÁS
Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban (Marcos 7:36). Este es el versículo que decide si el milagro ha sido oído o solo ha sido disfrutado. El mandato es un no. No lo dijesen a nadie. La proporción es cruel para el que quiere un final de publicidad santa. Cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban. El más de la desobediencia crece con el más del mandato. No es que no hubieran entendido. Es que el mandato, reiterado, produce en ellos una divulgación reiterada. El milagro no autoriza la desobediencia. La misericordia del acarreo no se convierte en licencia para el pregón. El secreto mesiánico, en este evangelio, no es que Jesús no sepa quién es, ni que el narrador dude. Es orden. Este Mesías no se predica como taumaturgo suelto, el de los sordos y los mudos, separado del que ha de ser desechado y muerto. El oído se abre para eso, no para un festival de Decápolis. Quien predica la señal en el lugar de la cruz ha usado el apartar, los dedos y la saliva para desobedecer al que sanó, aunque cite el versículo treinta y cinco con lágrimas.
La lectura que salta el treinta y seis porque estropea el final feliz ya ha elegido el aplauso. Ha elegido el treinta y siete, que es verdadero, y ha dejado en el suelo el mandato, que es la voluntad del que acaba de abrir. Se puede recitar el cumplimiento de Isaías y desobedecer a Jesús en la misma respiración. Esa posibilidad no es una hipótesis de este libro. Es el versículo. Ellos se maravillan en gran manera, y dicen bien. Bien lo ha hecho todo: hace a los sordos oír, y a los mudos hablar (Marcos 7:37). El veredicto hace eco del bien de la obra de Dios y de la promesa en que los sordos oyen y la lengua del mudo canta. La doctrina de la frase es correcta. La boca que la dice está en el versículo anterior, que es el de la insubordinación. Por consiguiente, la doctrina correcta no es todavía obediencia. Se puede decir que él lo ha hecho todo bien y no hacer lo que él mandó. Se puede honrar con los labios la obra y tener el corazón en la divulgación. El capítulo había empezado con ese honor de labios. Termina con un honor verdadero en la frase y desobediente en el acto. El círculo no es casual para el que lee el capítulo de una vez. La tradición invalidaba el mandamiento de Dios con una palabra de ofrenda. La muchedumbre invalida el mandamiento de Jesús con una palabra de alabanza. Las dos bocas hablan de cosas santas. Las dos dejan de hacer lo dicho.
El texto manda. El método no abre el oído, y el método tampoco guarda el silencio. El que ha aprendido a repetir EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. para que algo se abra, y luego publica la señal como prueba de que el método funciona, ha desobedecido dos veces. Primero, porque puso el método donde solo el Señor abre. Después, porque dijo lo que el Señor mandó no decir, y lo dijo más cuanto más el texto se lo prohíbe, si es que llega a leer el treinta y seis. Hay iglesias que viven del treinta y siete. Se maravillan. Dicen que bien lo ha hecho todo. Hacen de los sordos y los mudos el programa. No leen el no. El no no es enemigo del milagro. Es la forma en que el milagro no se traga al que lo hizo. Si EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. se vuelve el nombre de la maravilla y no el nombre de la orden, el oído de la casa sigue cerrado, aunque el sello sea el de la sílaba exacta. La casa que lleva el nombre no queda justificada por llevarlo. Queda juzgada por él. Si el nombre no abre un pasaje, y si el nombre no enseña a callar donde él mandó callar, el nombre es ídolo con arameo.
LO QUE ABRIR NO ES
Conviene decir, en prosa seguida y no en un catálogo de negaciones sueltas, lo que este imperativo no es, porque la palabra abrir se presta a hurtos que se parecen y no son el mismo. No es un parte clínico que se pueda archivar y pasar de largo. Marcos escribe cumplimiento y secreto, no una nota de enfermería. El sordo oye, el tartamudo habla bien, y enseguida hay un mandato que no se cumple. Un informe médico no necesita el treinta y seis. Un evangelio sí. No es fonética. El hombre estaba delante del Verbo encarnado y aún necesitaba dedos en los oídos. Leer el párrafo en voz alta, sin el gemido de Cristo y sin pedir que el texto corte, es pronunciar, no ser abierto. La cursiva de la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. puede decirse con dicción perfecta y dejar el oído como estaba, porque el abrir no es la vibración de la sílaba en el aire. Es el acto del que dice sé abierto. No es marca. Un lema sirve al que lo cita, y una orden manda sobre el que la recibe. Si el nombre no abre un pasaje, no lo salva la exactitud de la transliteración. No es la fe del sordo como causa que el texto nunca afirma. El texto dice que lo trajeron y que rogaron que le pusiera la mano encima. La mano es lo que piden. La orden es lo que él da, y da más que la mano, sin dejar de dar el toque. No es desprecio del cuerpo, como si lo espiritual empezara cuando el oído y la lengua ya no importan. El Señor metió los dedos y tocó la lengua. El hombre abierto sigue siendo hombre, y deja de estar cerrado. No es, tampoco, desprecio de la gente que lo trajo, como si el acarreo fuera incredulidad. Lo trajeron, y el Señor no los reprende por traerlo. Los aparta para obrar, y luego les manda no divulgar. La misericordia del traer y la desobediencia del publicar no se confunden. El texto tiene las dos, y el lector que las funda en un solo gesto ya no puede obedecer.
Tampoco es una delegación del fiat. El que dijo sea la luz es Dios. El que dice sé abierto, en este párrafo, es Jesús, y la iglesia no se sienta en esa boca para decretar aperturas sobre el catálogo de sus deseos. Pedir al Señor que abra el oído para oír la Escritura es oración, y la oración no es el método. El método es la secuencia que se cree eficaz en manos humanas, la que prescinde del gemido porque el gemido no se puede ensayar, y la que prescinde del no porque el no no sirve para el testimonio de plataforma. La oración dice, con la mujer, la palabra que se postra, y dice, con los que trajeron al sordo, la petición de la mano, y deja que él aparte, toque, mire, gima y mande, o que no lo haga en la forma en que el ansia lo dibujó. Él no quedó atado al contacto cuando se trató de la hija de la sirofenicia. No queda atado a la ausencia de contacto cuando se trata de este hombre. Queda libre. El lector no le dicta el gesto. Le trae el oído cerrado, y le trae el pasaje cerrado, y no le trae un manual.
El mismo evangelio, poco después, dirá el del Hijo del Hombre, que es necesario que padezca, que sea desechado, que muera y que resucite. El oído abierto en Decápolis no se abre para quedarse en Decápolis. Se abre para oír eso cuando el Señor lo diga, y para no reprender al que lo dice, como Pedro hará cuando lo oiga, y para no sustituir el anuncio del padecer por el recuerdo de los sordos que oyen. El milagro es verdadero. No es el sustituto del madero. Bien lo ha hecho todo incluye, para el que sigue leyendo el evangelio, el camino que todavía no termina en este capítulo. El que corta el libro en el treinta y siete tiene un Cristo que hace oír y hablar, y no tiene todavía, en su recorte, al Cristo que debe morir. El recorte es cómodo. El texto no lo autoriza. Por eso el mandato de callar protege el orden. Primero no lo digáis. No porque la obra sea dudosa, sino porque el pregón de la obra, suelto, fabrica el recorte. La muchedumbre hace el recorte en el acto. Divulga el milagro. No divulga, porque aún no lo ha oído, el padecer. Y cuando el padecer se diga, no faltará quien prefiera el milagro. El treinta y seis es misericordia del Señor hacia el oído de la iglesia, no mezquindad de un taumaturgo tímido.
EL OÍDO QUE SE PIDE Y LA LENGUA QUE SE DEVUELVE
Hoy el párrafo sigue mandando, no porque cada lector sea el sordo de Decápolis y deba buscar quien le meta los dedos, sino porque el Señor que abrió aquel oído es el Señor que abre las Escrituras, y porque la ligadura de la lengua no se quedó en un hombre sin nombre. El texto no da el nombre, y no se le pone. Da la obra, y la obra juzga a quien la usa. El que enseña este milagro y sale del párrafo con una técnica ha usurpado la boca del Señor. El que enseña este milagro y sale con una marca ha usurpado el nombre de la orden. El que enseña este milagro y calla el treinta y seis ha usurpado el final. El que enseña este milagro y no ha pasado por el Corbán, por los labios que honran de lejos, por la mujer y su palabra, y por el itinerario de Tiro, Sidón y Decápolis, ha abierto el prodigio en el aire, que es como no abrirlo, porque un prodigio en el aire no tiene cuerpo, y este tuvo saliva. La fidelidad no está en repetir la sílaba más veces. Está en no saltar lo que la precede ni lo que la sigue.
El Espíritu convence de un pecado concreto, que es haber tenido delante al que abre y haber preguntado por la técnica, haber pregonado la señal en el lugar del madero, haber usado el nombre santo como sello, y haber hablado de Escritura con la ligadura todavía puesta, llamando fruto al volumen. El arrepentimiento nombra esa sordera delante de Dios y no la reemplaza por el orgullo de haberla detectado en otros púlpitos. La fe que sigue no informa al Señor de un cerrojo que él no viera. Recibe al que gime y manda. Un pasaje que se ha mantenido cerrado, uno, con libro y versículo, no un anaquel de propósitos, se pone bajo la palabra sé abierto, pedida como don del Señor y no como fórmula de la casa. Se dice una frase derecha, lo que el texto dice, no lo que el pregón quisiera añadir, y se guarda un silencio donde la boca había planeado anunciar una señal. El bautismo, para el que aún no ha bajado al agua, no es el certificado de un oído que en adelante puede predicarse a sí mismo. Es sepultura con el que gime, abre y va a Jerusalén, para andar en vida nueva y no en divulgación. El que sale del agua no sale con un método. Sale unido al que no permitió que el milagro sustituyera al madero. La permanencia es el párrafo de mañana, entero, desde la tradición de los ancianos hasta el bien lo ha hecho todo, sin subrayar primero la sílaba, y la lengua que no vuelve al souvenir.
Al que enseña, el cargo no es más blando. No se predica Decápolis para hacer clientes de milagro. Se predica el párrafo. Se predica el acarreo, el apartar, los dedos, la saliva, los ojos al cielo, el gemido, el imperativo, el mandato de callar y el veredicto verdadero dicho por bocas que no obedecen. Se predica antes la disputa, para que nadie crea que el oído se abre sin que el corazón haya sido acusado, y se predica a la sirofenicia, para que nadie crea que el Señor está preso de un solo gesto. Si el pueblo sale del culto pronunciando el arameo y no oyendo un pasaje, el versículo fue hurtado en el púlpito, y el párrafo sigue ahí, con la ligadura y con el treinta y seis, para juzgar el hurto. La alabanza que cabe no alaba la sílaba. Alaba al Hijo que levantó los ojos, gimió y mandó sobre un hombre que no pedía, y al Padre hacia quien subieron los ojos, y al Espíritu por quien la fe viene del oír. El texto manda. El método no abre el oído. El que oye eso y todavía extiende la mano para aprender el procedimiento no ha llegado al final del versículo. Ha vuelto al principio de su oído cerrado.
CIERRE
Cuando el milagro ha sido oído entero, y cuando el capítulo que lo precede ha sido oído para que el milagro no flote, lo que permanece no es un arameo para el lomo ni una escena que se pueda repetir en un escenario. Es una doctrina del Señor que aparta, toca, mira al cielo, gime y manda, del cuerpo sellado por los dos extremos, del oído que ha de ir delante de la lengua, y del silencio que él ordenó y la muchedumbre no guardó. Esa doctrina tiene que decirse con el mismo aliento con que Marcos la dejó, porque un cierre que solo repita que EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. no es técnica ha entendido la polémica y no ha entendido al que habla. El que habla en la Decápolis es Jesús. Lo que hace no es, primero, corregir una editorial, aunque la editorial quede corregida al pasar. Es abrir a un hombre que no pedía. Por consiguiente, la última palabra de este libro no denuncia otra vez el souvenir, como si denunciar fuera creer. Dice lo que hay que creer para que el lema se caiga solo, y luego pone al lector de rodillas, que es el único suelo en el que el imperativo no se vuelve método.
Hay un Señor, y en este párrafo no se presenta como el operador de un procedimiento, sino como el que toma aparte de la gente, mete los dedos en las orejas, escupe, toca la lengua, levanta los ojos al cielo, gime y dice. La palabra que dice es ἐφφαθάArameo: sé abierto. Imperativo pasivo. Marcos 7:34., y Marcos no la disuelve en una explicación previa. La translitera, y luego dice qué es. Sé abierto. διανοίχθητιAoristo pasivo: sé abierto de parte a parte. no informa. Manda. El mismo género de palabra con que se dice que una cosa sea, se dice aquí que un oído se abra, y el efecto no espera. Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien (Marcos 7:35). Quien lea el arameo como una fórmula que el oyente debe activar ha cambiado el sujeto. El sujeto es Jesús. El sordo es traído. Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima (Marcos 7:32). La petición no pide la sílaba. Pide la mano. Él da la mano y da la orden, y la orden es suya. No se alega variante que vuelva el imperativo un consejo. El texto manda. El método no abre el oído.
El cuerpo no se adelgaza. Sordo y tartamudo. No entra la voz. No sale la palabra derecha. Por eso el toque llega hasta la ligadura, y la ligadura se nombra como lo que sujeta, no como falta de léxico. Cuando se suelta, se suelta como se suelta un preso, y lo que sigue no es un caudal de frases. Es hablar bien. El orden no se negocia. Oído, lengua, palabra recta. Invertirlo es volver al honor de los labios con el corazón lejos, que es por donde el capítulo empezó, cuando los de Jerusalén condenaban las manos no lavadas y Jesús les leía a Isaías. Este pueblo de labios me honra, Mas su corazón está lejos de mí (Marcos 7:6). La boca puede honrar y estar lejos. La boca puede decir que bien lo ha hecho todo y no obedecer. La boca puede decir Corbán y dejar al padre sin ayuda. Por eso el fruto del milagro tiene que ser recto, y no basta que haya sonido. Si alguno tiene oídos para oír, oiga (Marcos 7:16). El capítulo pidió oídos antes de abrir los de este hombre. El que tiene oídos y no oye el treinta y seis ha recibido el don del versículo dieciséis y lo ha usado para no enterarse del mandato.
El gemido no se mueve de su sitio. Está después de los ojos levantados al cielo y antes de EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34.. El milagro no es magia cerrada en el gesto. Los ojos suben. El suspiro pesa. El Hijo carga el cerrojo del que no puede oír y no puede hablar bien, y solo entonces cae el decreto. Siete movimientos se pueden contar, y contarlos es ya peligroso si el conteo se vuelve receta, pero no contarlos es peligroso de otro modo, porque el que solo recuerda la sílaba ha olvidado que hubo un apartar, unos dedos, una saliva, un cielo y un gemido. El inventario no es teatro. Es la gramática de un Señor que no exhibe al sordo. Lo aparta. El milagro ocurre donde él ha decidido estar, saliendo de la región de Tiro, viniendo por Sidón, pasando por la Decápolis, y ocurre apartado de la gente que luego no sabrá callar. El que convierte la escena en espectáculo ha empezado por desobedecer el modo.
Antes de ese camino hubo una mujer griega, sirofenicia, que sí pudo hablar, y el Señor oyó su palabra y no necesitó ir a la casa para que el demonio saliera de la hija. Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija (Marcos 7:29). Esa palabra impide el método único. El mismo Señor que a ella le responde sin tocar a la niña, a él le mete los dedos y le toca la lengua. No hay procedimiento canónico extraído de las dos escenas. Hay libertad del que manda. Él no se escondió en la casa de Tiro porque le faltara poder. No quiso que nadie lo supiese, y no pudo esconderse, y luego, cuando la obra del sordo está hecha, manda que no lo digan a nadie, y cuanto más manda, más lo divulgan. El recato es suyo. La desobediencia es de ellos. El veredicto de ellos es verdadero y no los justifica. Bien lo ha hecho todo: hace a los sordos oír, y a los mudos hablar (Marcos 7:37). Decir verdad no es obedecer. La alabanza puede ser el instrumento con que se invalida el mandamiento, como la tradición lo invalidaba al principio del capítulo. La casa que nace del aplauso y no de la orden nace del versículo equivocado, aunque el versículo sea canónico. Nace del treinta y siete contra el treinta y seis, que es nacer del texto a medias, y el texto a medias es el oído a medias.
Lo que el oído recibe, cuando es abierto, no es un festival. Recibe al Señor, y recibe la Escritura que él abre, y recibe el camino del que debe padecer. Isaías prometió oídos de sordos y lengua de tartamudos, y el vocablo del evangelio se acuerda de esa promesa sin convertirla en espectáculo permanente. El cumplimiento no autoriza el pregón. El oído se abre para oír al Crucificado, no para anunciar al taumaturgo en su lugar. Por eso la permanencia del discípulo no es la búsqueda de una segunda escena igual, con los mismos gestos prestados a otras manos. Es permanecer en la palabra, que es el oficio del discípulo verdadero, y la verdad que libera no es el volumen de lo que se pronuncia. Es lo que el oído, una vez abierto, ya no puede torcer. Hablar bien es decir lo que él dijo, incluir el no, incluir el gemido, incluir la saliva, incluir a la mujer, incluir el corazón de donde sale lo que contamina, y no quedarse con la sílaba que cabe en un sello.
Si todo esto es verdad, el arrepentimiento ya no es un clima de apertura ni una frase más enérgica contra el merchandising ajeno. Es un vuelco. Se deja el método en el suelo, porque el método no abre el oído, y se deja el pregón en el suelo, porque el pregón desobedece al que abrió. Se pide el don, no la secuencia. Se trae el pasaje cerrado como trajeron al hombre, sin ponerle en la boca una fe que el texto no le puso, y se ruega la mano del Señor, no la mano que ha estudiado el gesto. Se acepta que él aparte de la gente, que no exhiba, que gima, que mande, y que mande también callar. Se acepta que el fruto sea recto y no numeroso. Se acepta que la justificación no venga de haber entendido el arameo, sino de la gracia, por la fe, y que la fe venga del oír. Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24). El oído abierto no compra la redención con una pronunciación correcta. La recibe. El bautismo sepulta al que quería el método, y el que sale del agua no sale con licencia para divulgar señales en lugar del Nombre. Sale para confesar que Jesús es el Señor, con una lengua a la que ya no se le pide que calle el evangelio y a la que sí se le pide que calle lo que él mandó callar. Las dos cosas caben en la misma boca solo si el oído va delante y discierne cuál es cuál. El evangelio se dice. La señal no se pone en el lugar del evangelio. Esa distinción es el treinta y seis guardado, no abolido.
Al que enseña, otra vez el cargo, porque el cierre no es más blando que el párrafo. Abre Marcos 7 desde el principio, no desde la sílaba. Deja que la tradición de los ancianos acuse, que Isaías acuse los labios, que el Corbán acuse la boca que consagra para no obedecer y que el corazón quede como fuente de lo que contamina. Deja que la mujer hable y sea oída, que el camino pase por Sidón y por la Decápolis, que el sordo sea traído y que el apartar sea creído. Que los dedos y la saliva no se limpien del texto por pudor, y que los ojos al cielo y el gemido no se omitan por prisa. Que el imperativo se oiga como imperativo, el al momento como pasiva, la ligadura como cadena y el hablar bien como rectitud. Que el no se oiga como no, y que el bien lo ha hecho todo se oiga en boca de quien no obedeció. Si algo de eso se cae para que el culto termine en una palabra que la gente pueda repetir, el hurto ya ocurrió. El párrafo sigue en el libro, con la saliva y con el mandato, para juzgar el culto. La alabanza final no dice que nosotros abrimos. Dice que él lo ha hecho todo bien, y luego, a diferencia de la muchedumbre, obedece el no decir la señal en lugar de obedecer el evangelio. Y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: EfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34., es decir: Sé abierto (Marcos 7:34). El que oye eso y todavía pide el método no ha llegado al es decir. Ha vuelto a su oído cerrado, y el Señor sigue siendo el único que manda ábrete.
DECISIÓN PARA ESTA SEMANA
Confieso delante de Dios que he tratado la palabra del Señor como fórmula, o que he pedido que se me abra el oído sin querer oír lo que el capítulo manda. Esta semana leo Marcos 7 entero cada mañana, desde la tradición de los ancianos hasta el sordo de Decápolis; antes de que termine la semana dejo de usar ÉfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. como palabra mágica y lo pido como súplica, y digo a una persona concreta, con mis propias palabras, lo que Cristo ha hecho conmigo. El domingo cuento a un hermano de mi iglesia, que pueda pedirme cuentas, qué oí y a quién se lo dije. Si aún no he creído ni he sido bautizado, esta semana me arrepiento, confieso a Cristo y pido el agua.
Alejandro Sirit · Editorial Cielo Efata · 2026
V.E.R.D.A.D. · la última letra
Santiago compara al que oye la Palabra y no la hace con un hombre que se mira al espejo y se va. Por eso este estudio no termina cuando se ha entendido el pasaje, sino cuando hay un paso concreto que sale de este texto, compartido con alguien de confianza que pueda preguntarte por él.
Escribe en el cuaderno qué te pide Marcos 7:31–37. No un propósito general, sino lo que este texto concretamente manda.
Stg. 1:22Santiago 1:22: Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. · Lc. 8:15Lucas 8:15
¿Qué verbo de Marcos 7:31–37 vas a obedecer, con qué acto, en qué fecha y ante qué testigo? Recorre las seis letras en RevelatiO o envíale tu D a tu testigo por WhatsApp.
¿Lo estudias en grupo? La guía del líder para Marcos 7:31–37 ordena la reunión con el método V.E.R.D.A.D. y se imprime en una hoja.
Cuando hayas escrito y compartido tu paso, el siguiente estudio es La retórica de Pablo. Escudriñar La retórica de Pablo