Estudio · Hechos 13–14
Publicado el 23 de septiembre de 2026. Revisado el 3 de octubre de 2026.
EstudioPara todo creyente, grupos pequeños y el devocional diario.
Método V.E.R.D.A.D.«No se lee para adaptarla a tu situación. Norma normans non normata.»
Relato adaptado de Hechos (RVR1960)
Abrir la Escritura en el lector compañero
EL EVANGELIO BAJO LOS AZOTES
Hechos 13–28, en el orden en que el libro los narra, y 2 Corintios 11:23–28, donde el propio apóstol cuenta los azotes, la cárcel, el naufragio y el hambre
Estudio de Alejandro Sirit, Editorial Cielo Efata, 2026. Las citas bíblicas siguen la Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960, en cursiva. La narración de los viajes es un relato adaptado de Hechos (RVR1960): sigue de cerca sus palabras, pero no es una cita literal. Cuando el griego aclara el sentido, se lee el Textus Receptus y se da en la misma oración el número de Strong, la palabra griega, su transliteración y su significado. Este estudio no enseña una estrategia de expansión ni un apostolado de plataforma. Enseña que el evangelio sigue bajo los azotes.
© 2026 Alejandro Sirit. Todos los derechos reservados. Texto bíblico tomado de la versión Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso. Reina-ValeraTraducción castellana de la Escritura. Esta casa lee en ella. 1960® es una marca registrada de Sociedades Bíblicas Unidas, y se puede usar solamente bajo licencia.
PÓRTICO
No hay, en los viajes de Pablo, un atlas piadoso esperando solapa, ni un currículum de puertas abiertas, ni un hombre de plataforma que llega a Roma porque supo elegir el clima. Hay un cuerpo. En Listra, después de que un cojo se levantó y la muchedumbre quiso ofrecer víctimas a Bernabé como a Júpiter y a Pablo como a Mercurio, vinieron judíos de Antioquía y de Iconio, persuadieron a la multitud, apedrearon al apóstol y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto. Pero rodeándole los discípulos, se levantó y entró en la ciudad; y al día siguiente salió con Bernabé para Derbe (Hechos 14:20). El lugar es una ciudad de Licaonia, no un retiro. El cuerpo es el de un hombre que acaba de decir a unos pies que nunca habían andado que se levantaran derechos, y que ahora necesita que otros lo rodeen para ponerse en pie. El gesto que el siglo no sabe leer no es la piedra, que el siglo entiende como fracaso de planificación, sino la entrada otra vez. No huyó a un lugar donde la unción se recuperara lejos de los que lo habían vomitado. Entró en la ciudad. Al día siguiente, Derbe. El evangelio no avanzó a pesar de las piedras. Avanzó a través de ellas, y a los que acababan de nacer les dirá, con el cuerpo aún marcado, que por muchas tribulaciones es necesario entrar en el reino.
Esa escena gobierna la lectura de Hechos 13 al 28, porque el Señor ya había dicho, cuando Saulo todavía no tenía iglesias que mostrar, lo que el camino iba a costar. Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre (Hechos 9:16). El verbo que la casa oye detrás de le es necesario es (deî, Strong 1163, es necesario, tiene que ser), y no es el verbo de un accidente de camino ni el de una mala logística que un consultor habría evitado. Es el peso con que el evangelio de Lucas dice que el Hijo del Hombre debe padecer. El siervo no elige un mapa más suave que el de su Señor. Por consiguiente, las ciudades que el libro va a nombrar no se ofrecen como prueba de que el cuerpo salió intacto. Se ofrecen como el lugar donde esa necesidad se cumplió, una tras otra, y donde la palabra no se detuvo porque el mensajero sangrara. Chipre no es un ensayo. Antioquía de Pisidia no es una feria. Filipos no es una anécdota de medianoche. Éfeso no es una marca. La casa alquilada de Roma no es un palacio al que por fin se llega cuando las cadenas se han vuelto decorado.
El propio Pablo, forzado a gloriarse contra los que se presentaban como ministros más presentables, cuenta el mismo camino sin la sobriedad selectiva de Lucas, y lo cuenta como quien se ve loco. ¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo.) Yo más; en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias (2 Corintios 11:23–28). Esta lista no es el reverso turístico de Hechos. Es la sangre que el relato no agota. Lucas narra un apedreamiento, unas varas, un naufragio tardío, cárceles que elige contar. El apóstol dice azotes sin número, cinco veces los cuarenta menos uno, tres veces varas, tres naufragios y una noche y un día en alta mar, además del hambre. Quien lea el itinerario sin esta carta habrá leído ciudades. Quien lea la carta sin el itinerario habrá leído una queja. Juntas dicen una sola cosa: el evangelio sigue bajo los azotes.
El siglo quiere el mapa sin el cuerpo. Quiere las sinagogas abiertas, el Areópago para el intelectual, la escuela donde se discute, Roma al fin, y no quiere las varas ni el motín ni la cadena con que la palabra llega al centro. Por eso este libro no puede abrir con una infografía de tres colores ni con un Pablo que se admira para no tener que padecer ni un tramo. Abre con un hombre que vuelve a entrar en Listra, y con la lista que él mismo tuvo que escribir cuando el palco exigía otro apostolado, uno que no sangrara. El dueño no es el itinerario. El dueño es el de Hechos 9:16, cumplido en el orden en que el libro narra los caminos, y confesado en 2 Corintios 11 cuando la debilidad se ofrece como argumento y no como vergüenza que haya que esconder. La Escritura sola norma, y no es normada por el turismo bíblico ni por la misión de palacio ni por el héroe inalcanzable. Lo que estos capítulos tienen es un preso que predica, un cuerpo marcado, y un evangelio que no está preso.
EL MAPA QUE SE QUIERE Y EL CUERPO QUE EL TEXTO DA
Hay una incredulidad que nunca oyó que el evangelio corre, y hay otra, más grave en la casa, que convierte Hechos en guía de viajes. Se recortan las ciudades, se pinta un mapa en la solapa, se habla de estrategia como si el apóstol hubiera sido un consultor de expansión, y se deja fuera la lista de la carta. El contrahecho es turístico. Tres salidas, un discurso memorable, un naufragio emocionante, y Roma como éxito. Lucas no cuenta así. Cuenta cómo el Espíritu dice que aparten a Bernabé y a Saulo, cómo la palabra es rechazada en la sinagoga y se vuelve a los gentiles, y cómo el apedreamiento no cierra la puerta de la ciudad. Cuenta cómo en Filipos la cárcel se abre y Pablo no huye, cómo en Éfeso el Nombre es magnificado y el gremio se amotina, y cómo en Jerusalén lo prenden. Cuenta cómo apela, cómo el barco se pierde y las almas que fueron prometidas no, y cómo en Roma predica el reino desde una casa alquilada, con un soldado que lo custodia. El final del libro no es un trono. Es un preso. Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento (Hechos 28:30–31). El adverbio con que Lucas cierra, (akōlytōs, Strong 209, sin impedimento, sin estorbo), no describe un ministerio libre de cadena. Describe la palabra libre en boca de un hombre que no está libre.
El contrahecho tiene, además, el rostro de la misión que no consiente cárcel. Se dice que si Dios abre puertas no hay cepo, y se llama falta de fe a la herida. En Filipos la puerta se abre a medianoche, y el que podría salir se queda, porque los presos siguen allí y el carcelero está a punto de perderse. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos (Hechos 16:33). La puerta abierta no es el sello de una obra sin cruz. Es el lugar donde Cristo se predica y donde el agua no espera al amanecer. En Roma la puerta es una casa vigilada. El criterio no es el confort del mensajero. Es si Cristo se predica. Hay una industria del desplazamiento cómodo, hecha de plataforma, de marca, de itinerario de conferencias y de un vocabulario de unción que no sobrevive a una noche en el cepo, y esa industria no cabe en este final. Pablo no desprecia los medios. Usa naves, caminos, oficio, la ciudadanía cuando el texto dice que la usa, la sinagoga primero, el Areópago cuando lo llevan. Lo que no usa es la medida de los que exigían presencia imponente y cartas que sustituyeran las cicatrices. De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús (Gálatas 6:17). (stigmata, Strong 4742, marcas, cicatrices) no es un tatuaje de feria. Es el archivo del evangelio escrito en la piel, y el cuerpo se ofrece como argumento precisamente cuando el palco pedía otra prueba.
Hay, en el otro flanco, el héroe inalcanzable. Se dice que Pablo era apóstol y que por eso su camino no obliga, y se usa el oficio para no padecer nada. Es cierto que el oficio apostólico no se repite, y este libro no fabrica apóstoles nuevos ni invita a buscar piedras para parecerse a Listra. Es falso que el patrón de la cruz sea opcional para el discípulo. Confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22). El , dicho a iglesias recién nacidas, no es para una casta. Es para los que entran. Listra aún estaba reciente. El que había sido arrastrado por muerto se pone de pie y enseña que el reino tiene ese umbral, y lo enseña en plural, entremos, no en un singular de héroe. Quien convierta los viajes en biografía de un genio ha hurtado el párrafo a las iglesias. El siglo quiere misión sin azotes. El texto pone en una sola respiración, en la carta, varas, piedras, mar, ladrones, falsos hermanos y la preocupación por las iglesias. Quien no oye esa lista no ha oído lo que es evangelizar, aunque haya memorizado el orden de las ciudades.
PARA QUÉ SE ANDA ESTE CAMINO
El oído se abre para oír que el evangelio avanza a través de lo que el siervo padece, no a pesar de ello y no como premio por haberlo evitado. La lengua se desata para testificar, no para relatar un itinerario como si fuera un palco. El Espíritu no mejora el yo ni le enseña a diseñar un mapa más rentable. Convence. El pecado que estos capítulos desnudan no es, primero, la falta de una visión de expansión, sino el amor al palco y el tratar el costo como defecto de planificación. Es el llamar fe a la puerta cómoda, el convertir a Pablo en héroe para no tener que padecer ni un tramo, y el medir la obra por el aplauso y no por si Cristo se predica. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús (2 Corintios 4:5). El que recorra Hechos 13 al 28 y la lista de la carta, y no confiese que ha negociado el , o que ha usado el oficio ajeno como coartada, ha coleccionado ciudades y no ha sido desnudado.
El arrepentimiento, aquí, es dejar la misión de palacio y el turismo del mapa. No es apuntarse a un viaje para sentir lo que el apóstol sintió, ni es buscar el azote como mérito. Es oír Hechos 14:22 y no convertirlo en lema de retiro. El que ha exigido puertas abiertas como sello se vuelve de haber mentido con la unción. El que ha llamado a Pablo inalcanzable se vuelve de haber mentido con la humildad. Arrepentíos, y creed en el evangelio (Marcos 1:15). El arrepentimiento que no cree es ética de aventura. La fe que no se arrepiente es un asenso que todavía quiere llegar a Roma sin cadena. La fe no es el músculo que abre las puertas ni la temeridad que busca la herida. Es recibir al Señor que dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma (Hechos 23:11), y que cumplió esa palabra en un preso, no en un embajador. Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios (Romanos 10:17). Pablo no viaja para fabricar fe. Predica para que se oiga a Cristo. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame (Lucas 9:23). Los viajes no añaden un mérito a la justificación. Impiden un ídolo, el de la misión intacta.
El oído abierto entra en agua, porque el Señor mandó, y porque Hechos no separa la predicación del sepulcro público. El carcelero de Filipos oye, cree, lava las heridas, y baja en aquella misma hora de la noche. Lidia oye, el Señor le abre el corazón, y se bautiza ella y su casa. Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo (Romanos 6:4). El que sale del agua no sale con un pasaporte de conferencias. Sale unido a un Cristo que fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios (2 Corintios 13:4). La conversión es vuelco de ídolos. Cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero (1 Tesalonicenses 1:9). Los ídolos de esta herida tienen nombres reconocibles, el mapa como trofeo, la puerta cómoda como sello, el héroe inalcanzable, la marca, la plataforma, el otro Jesús que llega al centro sin cadena. Permanecer es el oficio de las iglesias confirmadas en Hechos 14:22 y el de una carrera que no se mide en kilómetros. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe (2 Timoteo 4:7). Permanecer, en este libro, es no volver a convertir Hechos en atlas, no volver a tratar la cárcel como fracaso de Dios, y no volver a medir la semana por el palco. Es oír mañana un tramo del libro junto con la lista de la carta, y pedir fidelidad en el tramo que ya está dado, no un viaje que el texto no le ha puesto a nadie en la mano.
SI AÚN NO CREES
No sigas como turista de un apóstol al que solo se admira. Las piedras de Listra no son, en Lucas, la prueba de que no hay Dios, sino la prueba de que el Dios que resucitó a Jesús no ahorra a su siervo el camino del Hijo. El que habla en el camino de Damasco es el Señor. Los datos del itinerario no salvan, porque el que salva es el Señor, y saber el orden de las ciudades, si te quedas en el saber, solo te deja más sin excusa el día en que se te pregunte si Cristo fue predicado o si solo fue contemplado un mapa. El volumen que esta casa llama ÉfataSé abierto. Palabra de Cristo al sordo, Marcos 7:34. nombra quién es el Padre, quién es el Hijo, quién es el Espíritu y qué es el Libro. Este libro presupone esa puerta y no la reimprime, porque no ha venido a sustituir la confesión, sino a devolver los viajes al cuerpo y el éxito al lugar que el texto le niega. Arrepentíos, y creed en el evangelio (Marcos 1:15). Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo (Romanos 10:9). Esa boca no origina al Resucitado. Se rinde a Él. Arrepiéntete, pues, y cree, y pide el agua, y confiesa el Nombre. Busca una iglesia que oiga el y no lo convierta en lema de aventura. Que no te venda una misión sin cruz ni te deje en el palco de los que admiran a Pablo para no imitarle en nada de lo que el texto manda a los discípulos. Este libro no sustituye el oído ni el cuerpo de Cristo, ni abre una puerta que el Señor no haya abierto, ni te absuelve de testificar en el tramo de esta semana.
ANTIOQUÍA, CHIPRE, Y LA PALABRA QUE NO NACE DE UN GENIO
El libro no empieza el camino en un despacho. Lo empieza en una iglesia que ministra al Señor y ayuna. Dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado (Hechos 13:2). El verbo de apartar no es un autonombre. La misión nace de una asamblea, de profetas y maestros que el texto nombra en Antioquía, y de un ayuno, no de un genio que se designa a sí mismo porque ya tiene el mapa. Habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre (Hechos 13:4). Seleucia es el puerto que el libro nombra, y Chipre es la isla. En Salamina anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos, y tenían también a Juan de ayudante. El orden de la sinagoga primero no es desprecio del gentil. Es el orden que el libro va a explicar en voz alta cuando la sinagoga deseche la palabra. Todavía no hay rechazo narrado. Hay anuncio, y hay un ayudante que más tarde se irá, y el libro no esconde esa costura.
Llegados a Pafos, hallaron a un mago, falso profeta, judío, llamado Barjesús, que estaba con el procónsul Sergio Paulo, varón prudente. Este, llamando a Bernabé y a Saulo, deseaba oír la palabra de Dios. Elimas, el mago (pues así se traduce su nombre), procurando apartar de la fe al procónsul. Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijó los ojos en él y le dijo lo que el texto le dice, que estaba lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, y que no cesaría de torcer los caminos rectos del Señor. Ahora, pues, he aquí la mano del Señor está contra ti, y serás ciego, y no verás el sol por algún tiempo (Hechos 13:11). Al instante cayeron sobre él oscuridad y tinieblas, y andando alrededor, buscaba quien le condujese de la mano. El procónsul, viendo lo que había sucedido, creyó, maravillado de la doctrina del Señor. Conviene no convertir esta escena en un método de cegar adversarios. El texto no entrega una técnica. Entrega un juicio del Señor sobre el que tuerce los caminos rectos, y una fe que se maravilla de la doctrina, no del espectáculo separado de la doctrina. El procónsul deseaba oír la palabra antes de ver la ceguera. El mago quería apartarlo de la fe. El evangelio no avanza aquí porque el mensajero haya dominado la isla. Avanza porque la palabra fue oída, y el que la estorbaba fue detenido por la mano del Señor, no por la mano de un estratega.
Habiendo zarpado de Pafos, Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Panfilia. Juan, apartándose de ellos, volvió a Jerusalén. El libro no explica el motivo en este versículo, y este libro no se lo inventa. Lo que sí dirá más adelante es que Pablo no tuvo por conveniente llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia y no había ido con ellos a la obra. La partida de Juan queda como hecho, y la disputa que nacerá de ese hecho quedará para cuando el libro la narre. No se adelanta un retrato psicológico. Se nota que el primer tramo ya tiene una ausencia, y que el evangelio sigue sin convertir la ausencia en el centro del relato. De Perge pasaron a Antioquía de Pisidia, y en el día de reposo entraron en la sinagoga y se sentaron. Después de la lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga les mandaron decir que si tenían alguna palabra de exhortación para el pueblo, la dijeran. Pablo, puesto en pie, hecha señal de silencio con la mano, dijo el discurso que Lucas conserva, y ese discurso no es una técnica de oratoria para gentiles cultivados. Es la historia de Israel contada hasta el perdón.
Recorre cómo el Dios de este pueblo escogió a nuestros padres, engrandeció al pueblo en Egipto, con brazo levantado los sacó de allí y soportó sus costumbres en el desierto. Destruyó siete naciones en la tierra de Canaán y les dio su tierra por heredad. Les dio jueces, luego un rey, Saúl, lo quitó, y levantó por rey a David, de quien dio testimonio. De la descendencia de éste, y conforme a la promesa, Dios levantó a Jesús por Salvador a Israel (Hechos 13:23). Juan predicó antes de su venida el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel, y dijo que no era él el que pensaban, sino que venía tras él uno de quien no era digno de desatar el calzado. El discurso no se detiene en la genealogía como adorno. Llega a los que habitaban en Jerusalén y a sus gobernantes, que no conocieron a Jesús ni las palabras de los profetas que se leen cada día de reposo, y las cumplieron al condenarle. Sin hallar en él causa de muerte, pidieron a Pilato que le matase. Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro. Mas Dios le levantó de los muertos (Hechos 13:29–30). Fue visto durante muchos días por los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo. El evangelio que se anuncia en esta sinagoga es el de la promesa hecha a los padres, cumplida en la resurrección. Pablo cita el salmo en que el Señor dice Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, y la palabra de Isaías sobre las misericordias fieles de David, y el salmo en que el santo no verá corrupción. David, habiendo servido a su propia generación, durmió y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. Aquel a quien Dios levantó no vio corrupción. Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree (Hechos 13:38–39). La justificación no se anuncia como premio del viaje. Se anuncia como perdón que la ley no podía pronunciar, y que el que cree recibe en este Jesús resucitado. El discurso termina con la advertencia de los profetas, para que no venga sobre ellos lo dicho a los escarnecedores.
Saliendo ellos de la sinagoga, los gentiles les rogaron que el siguiente día de reposo les hablasen de estas cosas. Despedida la congregación, muchos de los judíos y de los prosélitos piadosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes hablándoles, les persuadían a que perseverasen en la gracia de Dios. El siguiente día de reposo se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios. Los judíos, viendo la muchedumbre, se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando. Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles (Hechos 13:46). El volver a los gentiles no es un despecho ni un plan B inventado en el camino. Está atado a la palabra del Señor, que los había puesto por luz de los gentiles, para que fuesen salvación hasta lo último de la tierra. Los gentiles se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. La palabra del Señor se difundía por toda aquella provincia. Mas los judíos instigaron a mujeres piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus términos. Ellos, sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, llegaron a Iconio, y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo. La expulsión no apaga el gozo de los que se quedan. El evangelio sigue, y sigue echado fuera, no instalado.
ICONIO, LISTRA, DERBE, Y EL REGRESO POR LAS MISMAS PUERTAS
En Iconio entraron juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal manera que creyó una gran multitud de judíos y de griegos. Mas los judíos que no creían excitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. El libro dice que se detuvieron allí mucho tiempo, hablando con denuedo, y que el Señor daba testimonio a la palabra de su gracia, concediendo que se hiciesen señales y prodigios por las manos de ellos. La gente de la ciudad estaba dividida. Unos estaban con los judíos, y otros con los apóstoles. Hubo un intento de los gentiles y de los judíos, con sus gobernantes, de afrentarlos y de apedrearlos. Ellos, sabiéndolo, huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a toda la región circunvecina, y allí predicaban el evangelio. La huida no es el fracaso del . Es el modo en que el libro dice que la palabra llegó a las ciudades siguientes. No se predica aquí un temerario que busca la piedra, ni un cobarde que calla para conservarse. Se predica a unos hombres que, cuando el apedreamiento se prepara, se van a predicar a otra ciudad, y que, cuando la piedra cae de verdad, vuelven a entrar. Las dos cosas están en el mismo tramo, y ninguna de las dos autoriza el palco.
En Listra se sentaba un hombre imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado. Este oyó hablar a Pablo, que fijando en él los ojos, y viendo que tenía fe para ser sanado, dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies (Hechos 14:10). El cojo saltó, y anduvo. La gente, viendo lo que Pablo había hecho, alzó la voz, diciendo en lengua licaónica que dioses bajo la semejanza de hombres habían descendido a ellos, y a Bernabé llamaban Júpiter, y a Pablo Mercurio, porque éste era el que llevaba la palabra. El sacerdote de Júpiter, cuyo templo estaba frente a la ciudad, trajo toros y guirnaldas delante de las puertas, y quería ofrecer sacrificios con la muchedumbre. Al oírlo Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas y se lanzaron entre la multitud, dando voces. Y diciendo: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos (Hechos 14:15). Dijeron que en las edades pasadas él había dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos, si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándoles lluvias y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría los corazones. Aun con estas palabras, apenas lograron impedir que la multitud les ofreciera sacrificio. El milagro, en este párrafo, no produce fe limpia por sí solo. Produce un culto falso que hay que rasgar, y el rasgar los vestidos es la negativa del mensajero a sentarse en el lugar de Dios. Quien lea Listra solo como éxito de sanidad no ha leído el sacerdote ni los toros. Quien la lea solo como peligro de idolatría no ha leído que el cojo anduvo por la palabra que Pablo predicaba y por la fe que el texto le reconoce para ser sanado. Las dos cosas se quedan. El evangelio no se vuelve espectáculo, y el espectáculo no borra la misericordia.
Entonces vinieron judíos de Antioquía y de Iconio, y persuadieron a la multitud, y habiendo apedreado a Pablo, le arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto. La misma muchedumbre que quería sacrificar quiere matar, y el libro no se detiene a explicar la psicología de la plaza. Narra la piedra, el arrastre, el juicio de que ya estaba muerto, y el círculo de los discípulos. Se levantó y entró en la ciudad. Al día siguiente salió con Bernabé para Derbe. Anunciaron el evangelio a aquella ciudad, hicieron muchos discípulos, y volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles que es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. El regreso por las mismas ciudades no es nostalgia. Es confirmación. Constituyeron ancianos en cada iglesia, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído. Pasaron por Pisidia y llegaron a Panfilia. Habiendo predicado la palabra en Perge, descendieron a Atalia, y de allí navegaron a Antioquía, desde donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido. Habiendo llegado, y reunida la iglesia, refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles. Y se quedaron allí mucho tiempo con los discípulos. El primer tramo no cierra en un informe de éxito. Cierra en una iglesia que oye lo que Dios ha hecho, y en una puerta de la fe abierta a los gentiles, dicha por los mismos que traen en el cuerpo el recuerdo de las piedras. La puerta de la fe no es la puerta cómoda. Es la puerta por la que los gentiles entran creyendo, mientras el mensajero aprende que el reino se entra por tribulaciones.
LA CARTA DE JERUSALÉN, Y LA COSTURA QUE EL LIBRO NO ESCONDE
Algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos que si no se circuncidaban conforme al rito de Moisés, no podían ser salvos. Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles, y causaban gran gozo a todos los hermanos. Llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo que era necesario circuncidarlos y mandarles que guardasen la ley de Moisés. Se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto. Después de mucha discusión, Pedro se levantó y recordó que Dios había escogido que los gentiles oyesen por su boca la palabra del evangelio y creyesen. Recordó que Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a ellos, y no hizo diferencia entre ellos y los gentiles, purificando por la fe sus corazones. Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos (Hechos 15:10–11). Toda la multitud calló, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles. Jacobo tomó la palabra, recordó lo que Simeón había contado, y citó las palabras de los profetas sobre el tabernáculo de David y sobre los gentiles sobre los cuales es invocado el nombre del Señor. Su juicio fue no inquietar a los gentiles que se convierten a Dios, sino escribirles que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre, porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas cada día de reposo.
Pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir varones de entre ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé, a Judas, que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos, y escribir por mano de ellos. La carta no es un tratado de este libro. Es la carta que Lucas transcribe, dirigida a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. Les dice que algunos de los de la iglesia habían salido a inquietarlos con palabras que ellos no habían mandado. Les dice también que había parecido bien enviar varones con los amados Bernabé y Pablo, hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Y les dice que había parecido bien al Espíritu Santo y a ellos no imponer ninguna carga más que las cosas necesarias: abstenerse de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación. Los que fueron enviados llegaron a Antioquía, y reuniendo a la congregación, entregaron la carta, y cuando la leyeron, se regocijaron por la consolación. Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras. Pasado algún tiempo, fueron despedidos en paz por los hermanos, para volver a aquellos que los habían enviado. A Silas le pareció bien quedarse allí. Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos. La gracia no se anuncia aquí como licencia para el palco. Se anuncia como el modo de ser salvos, judíos y gentiles, y como la negativa a poner sobre el cuello un yugo que los padres no pudieron llevar. El evangelio que va a seguir viajando es este, no una versión más presentable que evite la contienda. La contienda ya ocurrió, en la iglesia, y el libro la narra sin avergonzarse de ella.
Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé que volvieran a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que habían anunciado la palabra del Señor, para ver cómo estaban. Bernabé quería llevar consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos. A Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. Se produjo un altercado tan fuerte, que se separaron el uno del otro. Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre. Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor, y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias. El libro no edulcora la costura. No dice que el altercado fuera pequeño, ni convierte a uno de los dos en villano de escenario para que el otro quede como el consultor sabio. Dice que se separaron, que uno fue a Chipre con Marcos, y que el otro salió con Silas, encomendado por los hermanos. El evangelio sigue en las dos direcciones que el texto nombra, y este libro sigue a Pablo porque el libro de los Hechos sigue a Pablo, no porque el altercado se haya resuelto en una moraleja que Lucas no escribió. Quien necesite un equipo sin costuras para poder creer que Dios envía, ya ha pedido otro libro. Este cuenta la obra con el desacuerdo dentro.
DERBE OTRA VEZ, Y LA PUERTA QUE EL ESPÍRITU CIERRA ANTES DE ABRIR OTRA
Llegó a Derbe y a Listra, y he aquí había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego, y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. Quiso Pablo que éste fuese con él, y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares, porque todos sabían que su padre era griego. El texto da el motivo, y no lo da como negación de la carta que acaba de decir que los gentiles no necesitan la circuncisión para ser salvos. Lo da como motivo de los judíos de aquellos lugares, que conocían al padre. Este libro no convierte el gesto en una segunda doctrina de la salvación, ni lo borra para que el mapa quede más limpio. Lo deja donde Lucas lo dejó, y sigue. Al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen. Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día. La confirmación y el aumento se dicen juntos, y ninguno de los dos cancela el de las tribulaciones. Una iglesia puede crecer y seguir entrando en el reino por muchas aflicciones. El número no es el desmentido de la cruz.
Atravesaron la región de Frigia y Galacia, y el Espíritu Santo les prohibió hablar la palabra en Asia. Cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió. Pasando junto a Misia, descendieron a Troas. El libro narra, pues, puertas cerradas antes de narrar la visión que abre. No es un detalle menor para el que quiere una misión de puertas siempre francas. El Espíritu que apartó en Antioquía es el mismo que prohíbe hablar en Asia y que no permite Bitinia. La prohibición no es ausencia de Dios. Es dirección, y la dirección no se consulta al confort. En Troas, de noche, se mostró a Pablo una visión. Un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia, y ayúdanos (Hechos 16:9). Cuando vio la visión, en seguida procuraron partir para Macedonia, dando por cierto que Dios los llamaba para que les anunciasen el evangelio. Aquí el relato pasa al plural de los que van juntos, y este libro no añade nombres a ese plural fuera de los que el texto ya ha puesto en el camino. Zarpando de Troas, fueron con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis, y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia. Estuvieron en aquella ciudad algunos días. El llamamiento macedonio no es una promesa de plaza fácil. Es un llamado a anunciar el evangelio, y la ciudad colonia va a responder con varas.
El día de reposo salieron fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración, y sentándose, hablaron a las mujeres que se habían reunido. Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo, y el Señor le abrió el corazón para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. Cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo que si habían juzgado que era fiel al Señor, entraran a posar en su casa, y nos persuadió. El corazón lo abre el Señor, no la técnica del que habla, y el bautismo no se aplaza a una campaña posterior. La casa se abre porque ella juzga la fidelidad al Señor y porque ella persuade, no porque el equipo haya alquilado un palacio. Aconteció que yendo a la oración, les salió al encuentro una muchacha que tenía espíritu de adivinación, la cual daba gran ganancia a sus amos adivinando. Ésta, siguiendo a Pablo y a los que con él estaban, daba voces diciendo que estos hombres eran siervos del Dios Altísimo, que les anunciaban el camino de salvación. Y esto lo hacía por muchos días. Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella (Hechos 16:18). Y salió en aquella misma hora. El testimonio del espíritu no se recibe como publicidad útil. Se manda salir en el nombre de Jesucristo, y sale. La ganancia de los amos sale con él, y por eso viene la plaza.
Viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, ante las autoridades, diciendo que estos hombres, siendo judíos, alborotaban la ciudad y enseñaban costumbres que no les era lícito recibir ni hacer, pues eran romanos. La muchedumbre se juntó contra ellos, y los magistrados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarles con varas. Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. Éste, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo. Estas son varas, y la carta dirá que las varas fueron tres veces. El libro narra éstas, en Filipos, y no narra las otras dos, y este libro no les busca una ciudad. Lo que narra basta para desmentir el apostolado sin sangre. A medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios, y los presos los oían. De repente vino un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían, y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. El carcelero, despertando y viendo abiertas las puertas, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. Mas Pablo clamó a gran voz: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí (Hechos 16:28). El carcelero pidió luz, se precipitó adentro, y temblando se postró ante Pablo y Silas, y los sacó fuera y dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? (Hechos 16:30). Ellos dijeron: Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa (Hechos 16:31). Le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. En aquella misma hora de la noche les lavó las heridas, y en seguida se bautizó él con todos los suyos. Llevándolos a su casa, les puso la mesa, y se regocijó de que había creído a Dios con toda su casa.
Cuando fue de día, los magistrados enviaron alguaciles a decir que soltaran a aquellos hombres. El carcelero lo hizo saber a Pablo. Entonces Pablo dijo que los habían azotado públicamente sin sentencia, siendo ellos ciudadanos romanos, y los habían echado en la cárcel, y que ahora no los echaran encubiertamente, sino que vinieran ellos mismos a sacarlos. Los magistrados, al oír que eran romanos, tuvieron miedo, y viniendo, les rogaron, y sacándolos, les pidieron que salieran de la ciudad. Entonces, saliendo de la cárcel, entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los consolaron, y se fueron. La ciudadanía, en este párrafo, no es una plataforma. Es el reclamo de que no los echen a escondidas después de haberlos azotado sin sentencia. No borra las varas. Las deja dichas en público, y exige que los que mandaron azotar vengan ellos mismos. Luego el evangelio no se queda en el foro. Vuelve a la casa de Lidia, ve a los hermanos, los consuela, y se va. La cárcel abierta no fue la señal para huir a medianoche. Fue la hora del bautismo. El día fue la hora de no aceptar una salida vergonzante. Las dos horas pertenecen al mismo evangelio.
TESALÓNICA, BEREA, ATENAS, Y EL NO TEMAS DE CORINTO
Pasando por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos. Pablo, como acostumbraba, entró a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras que era necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos, y que Jesús, a quien él anunciaba, era el Cristo. El vuelve, ahora sobre el Cristo, no solo sobre el siervo. El padecer del que predica no es un añadido al mensaje. Es la forma del mensaje, porque el Cristo tenía que padecer y resucitar, y el Jesús que se anuncia es ese. Algunos de ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y con Silas, y de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas. Entonces los judíos que no creían, teniendo celos, tomaron consigo a algunos ociosos, hombres malos, y juntando una turba, alborotaron la ciudad, y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo. No hallándolos, trajeron a Jasón y a algunos hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando que estos que trastornan el mundo entero también habían venido allá, y que Jasón los había recibido, y que todos ellos actuaban contra los decretos de César, diciendo que había otro rey, Jesús. Alborotaron al pueblo y a las autoridades, y solo soltaron a Jasón y a los demás cuando hubieron tomado fianza. La acusación de otro rey no es un malentendido que el libro desmienta con un Pablo apolítico y cómodo. Es la acusación que la predicación del Cristo produce en esa plaza, y los hermanos responden enviando de noche a Pablo y a Silas hasta Berea, no negociando un Cristo que no sea rey.
Los de Berea eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Muchos de ellos creyeron, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres. Cuando los judíos de Tesalónica supieron que también en Berea era anunciada la palabra de Dios por Pablo, fueron allá, y también alborotaron a las multitudes. Inmediatamente los hermanos enviaron a Pablo que fuese hacia el mar, y Silas y Timoteo se quedaron allí. Los que se habían encargado de conducir a Pablo lo llevaron hasta Atenas, y habiendo recibido encargo para Silas y Timoteo de que viniesen a él lo más pronto posible, salieron. Atenas no es, en el libro, un modelo de feria intelectual. Es el lugar adonde llevan a Pablo porque Berea se alborotó, y donde él espera, y donde su espíritu se enardece viendo la ciudad entregada a la idolatría. Discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían. Algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él, y unos decían qué querrá decir este palabrero, y otros que parecía ser predicador de nuevos dioses, porque les predicaba el evangelio de Jesús y de la resurrección. Tomándole, lo trajeron al Areópago, diciendo si podían saber qué era esta nueva enseñanza de que hablaba, porque traía a sus oídos cosas extrañas, y querían saber qué quería decir aquello. Todos los atenienses y los extranjeros residentes allí no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír algo nuevo. El libro no admira esa ocupación. La registra como el aire en que el discurso va a caer, y el discurso no se adapta hasta dejar fuera la resurrección, que es precisamente lo que van a burlar.
Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo que en todo observaba que eran muy religiosos, porque pasando y mirando sus santuarios había hallado un altar con esta inscripción, AL DIOS NO CONOCIDO, y que a ese que honraban sin conocerlo les anunciaba. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo, puesto que él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra, y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación, para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, y nos movemos, y somos, como algunos de los poetas de ellos también han dicho, porque linaje suyo somos. Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan, por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos. Al oír lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían que le oirían acerca de esto otra vez. Y así Pablo salió de en medio de ellos. Algunos creyeron, juntándose con él, entre los cuales estaba Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos. El discurso no fracasa porque haya burla, ni triunfa porque haya un areopagita. Anuncia al Dios creador, el arrepentimiento, el día del juicio y al varón resucitado. Algunos se burlan. Algunos aplazan. Algunos creen. El evangelio sigue, y no se queda a negociar un Jesús sin resurrección para que la plaza no se ría.
Después de estas cosas, Pablo salió de Atenas y fue a Corinto. Halló a un judío llamado Aquila, natural del Ponto, recién venido de Italia con Priscila su mujer, por cuanto Claudio había mandado que todos los judíos saliesen de Roma. Fue a ellos, y como era del mismo oficio, se quedó con ellos y trabajaban juntos, pues el oficio de ellos era hacer tiendas. Discutía en la sinagoga todos los días de reposo, y persuadía a judíos y a griegos. Cuando Silas y Timoteo vinieron de Macedonia, Pablo estaba entregado por entero a la predicación de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo. Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles (Hechos 18:6). Salió de allí y se fue a la casa de uno llamado Justo, temeroso de Dios, la cual estaba junto a la sinagoga. Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa, y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados. El trabajo de las manos y la casa junto a la sinagoga no son el fracaso de una plataforma que aún no llega. Son el lugar donde la palabra se dice, y donde el bautismo sigue a la fe sin esperar un edificio mejor.
De noche el Señor dijo a Pablo en visión: No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad (Hechos 18:9–10). Se detuvo un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios. El no temas no promete ausencia de oposición. Promete presencia, y un pueblo que el Señor ya llama suyo en esa ciudad, y por eso el apóstol habla y no calla. La promesa de que ninguno pondrá la mano para hacerle mal se oye dentro de los dieciocho meses que el libro narra allí, y no se estira hasta borrar las varas ya recibidas ni los azotes que la carta va a contar. En Corinto, siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo y lo llevaron al tribunal, diciendo que éste persuadía a los hombres a honrar a Dios contra la ley. Al comenzar Pablo a hablar, Galión dijo que si fuera algún agravio o algún crimen enorme, conforme a derecho los toleraría, pero que si eran cuestiones de palabras, de nombres y de su ley, lo vieran ellos, porque él no quería ser juez de esas cosas. Y los echó del tribunal. Entonces todos los griegos, apoderándose de Sóstenes, principal de la sinagoga, le golpeaban delante del tribunal, pero a Galión nada se le daba de ello. El libro no convierte a Galión en protector del evangelio. Lo presenta como quien no quiere juzgar cuestiones de la ley y a quien nada se le da del golpe que cae delante de su tribunal. Pablo se detuvo aún muchos días allí, después se despidió de los hermanos y navegó a Siria, y con él Priscila y Aquila, habiéndose rapado la cabeza en Cencrea, porque tenía hecho voto. Llegó a Éfeso, los dejó allí, y entrando en la sinagoga discutía con los judíos, los cuales le rogaban que se quedase con ellos por más tiempo. No accedió, sino que se despidió de ellos, diciendo: Es necesario que en todo caso yo guarde en Jerusalén la fiesta que viene; pero otra vez volveré a vosotros, si Dios quiere. Y (Hechos 18:21). Y zarpó de Éfeso. Habiendo arribado a Cesarea, subió para saludar a la iglesia, y luego descendió a Antioquía. El libro no narra discursos de esa subida, y este libro no los inventa. Narra el saludo a la iglesia y el descenso a Antioquía, después de haber dicho él mismo que debía guardar en Jerusalén la fiesta que venía. El tramo cierra donde el libro lo cierra, no en un palacio, sino en el regreso a la iglesia desde la cual había salido, y en un voto, y en un oficio, y en un no temas dicho de noche para que hablara y no callara.
GALACIA, FRIGIA, Y LOS DOS AÑOS DE ÉFESO
Habiendo pasado allí algún tiempo, salió, recorriendo por orden la región de Galacia y de Frigia, confirmando a todos los discípulos. Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Éste había sido instruido en el camino del Señor, y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga, y cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. Queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen. Llegado allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído, porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo. El libro deja a Apolos en ese oficio antes de decir que Pablo llega, y no lo convierte en rival de plataforma. Lo presenta como quien es tomado aparte para oír con más exactitud el camino, y como quien demuestra por las Escrituras que Jesús es el Cristo. Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Efeso (Hechos 19:1). Halló a ciertos discípulos, y les dijo si habían recibido el Espíritu Santo cuando creyeron. Ellos le dijeron que ni siquiera habían oído si había Espíritu Santo. Les preguntó en qué, pues, habían sido bautizados. Ellos dijeron que en el bautismo de Juan. Pablo dijo que Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban en lenguas, y profetizaban. Eran por todos unos doce hombres. El texto no entrega aquí un método para reproducir el número ni el orden como técnica de casa. Entrega el bautismo en el nombre del Señor Jesús a quienes solo conocían el de Juan, y el don que vino cuando les impuso las manos. El evangelio, en Éfeso, empieza por completar lo que estaba a medias, no por inaugurar un escenario.
Entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios. Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno. Así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús. Hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que aun se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían. El libro narra esos milagros, y este libro no los niega ni los convierte en industria de paños. Los deja como lo que Dios hacía por mano de Pablo, mientras la palabra era oída en Asia, y mientras el mismo hombre, en la carta, contará hambre, frío y azotes. El poder que sana no ahorra al mensajero la lista. Algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, intentaron invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo que los conjuraban por Jesús, el que predicaba Pablo. Había siete hijos de un tal Esceva, judío, jefe de los sacerdotes, que hacían esto. El espíritu malo respondió que a Jesús conocía, y sabía quién era Pablo, pero que ellos quiénes eran. El hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos y dominándolos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos. Esto fue notorio a todos los que habitaban en Éfeso, así judíos como griegos, y tuvieron temor todos ellos, y era magnificado el nombre del Señor Jesús. Muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos. Asimismo muchos de los que habían practicado artes mágicas trajeron los libros y los quemaron delante de todos, y hecha la cuenta de su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata. Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor. El nombre no se presta como fórmula a los hijos de Esceva. El espíritu distingue a Jesús de Pablo, y distingue a Pablo de los que usan el nombre sin ser enviados. El fruto que el libro celebra no es el dominio de una técnica, sino el temor, la confesión, la quema de los libros de magia, y la palabra que crece y prevalece.
Pasadas estas cosas, Pablo se propuso en el Espíritu ir a Jerusalén, después de recorrer Macedonia y Acaya, diciendo que después de haber estado allí le era necesario ver también a Roma. Envió a Macedonia a dos de los que le ayudaban, Timoteo y Erasto, y él se quedó por algún tiempo en Asia. Entonces hubo un alboroto no pequeño con motivo del Camino. Un platero llamado Demetrio, que hacía de plata templecillos de Diana, daba no poca ganancia a los artífices. Los reunió con los obreros del mismo oficio, y dijo que ellos sabían que de ese oficio obtenían su riqueza, y que veían y oían que este Pablo, no solamente en Éfeso, sino en casi toda Asia, había apartado a muchas gentes con persuasión, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos. No solo había peligro de que el negocio viniera a desacreditarse, sino también de que el templo de la gran diosa Diana fuera estimado en nada, y comenzara a ser destruida la majestad de aquella a quien veneraba toda Asia y el mundo habitado. Oídas estas cosas, se llenaron de ira, y gritaron que grande es Diana de los efesios. Se llenó la ciudad de confusión, y a una se lanzaron al teatro, arrebatando a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de Pablo. Pablo quería presentarse al pueblo, pero los discípulos no le dejaron. También algunas de las autoridades de Asia, que eran sus amigos, le enviaron recado, rogándole que no se presentase en el teatro. Unos gritaban una cosa, y otros otra, porque la concurrencia estaba confusa, y los más no sabían por qué se habían reunido. Sacaron de entre la multitud a Alejandro, empujándole los judíos. Alejandro, pedido silencio con la mano, quería hablar en su defensa ante el pueblo. Pero cuando conocieron que era judío, todos a una voz gritaron casi por dos horas: ¡Grande es Diana de los Efesios! (Hechos 19:34). El escribano, apaciguada la turba, dijo que todo hombre sabía que la ciudad de los efesios era guardiana del templo de la gran diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter, y que siendo esto innegable, convenía que se apaciguaran y nada hiciesen precipitadamente, porque habían traído a estos hombres, sin ser sacrílegos ni blasfemadores de su diosa. Si Demetrio y los artífices con él tenían querella contra alguno, audiencia se celebraba y había procónsules, y que se acusaran los unos a los otros. Si demandaban alguna otra cosa, en legítima asamblea se podría decidir. Añadió que corrían peligro de ser acusados de sedición por lo de aquel día, no habiendo ninguna causa por la cual pudieran dar razón de aquel concurso, y dicho esto, despidió la asamblea. El motín nace de la ganancia y del templo, no de un error de relaciones públicas. El evangelio que dice que no son dioses los que se hacen con las manos toca el oficio y el culto, y la plaza grita dos horas. Pablo no entra en el teatro porque los discípulos no le dejan y porque los amigos de Asia le ruegan que no se presente. El libro no llama cobardía a esa obediencia a los que lo retienen, ni llama victoria al grito de Diana. Llama alboroto, y lo deja cesar por la palabra del escribano, no por un contra-grito del apóstol.
MACEDONIA, GRECIA, TROAS, Y EL ADIÓS DE MILETO
Después que se calmó el alboroto, llamó Pablo a los discípulos, y habiéndolos exhortado y abrazado, se despidió y salió para ir a Macedonia. Después de recorrer aquellas partes, y de haberles exhortado con abundancia de palabras, llegó a Grecia. Estando allí tres meses, fueron hechas contra él asechanzas por los judíos, cuando estaba para navegar a Siria, y tomó el acuerdo de volverse por Macedonia. Le acompañaron hasta Asia, Sópatar de Berea, Aristarco y Segundo de Tesalónica, Gayo de Derbe, Timoteo, y de Asia, Tíquico y Trófimo. Éstos, habiéndose adelantado, nos esperaron en Troas. Nosotros, pasados los días de los panes sin levadura, navegamos de Filipos, y en cinco días nos reunimos con ellos en Troas, donde nos quedamos siete días. El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente, y alargó el discurso hasta la medianoche. Había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos, y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto. Descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo que no se alarmasen, pues su vida estaba en él. Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba, y así salió. Llevaron al joven vivo, y fueron grandemente consolados. El libro no convierte la caída en una lección contra los discursos largos, ni el abrazo en una técnica. Narra que el joven fue levantado muerto, que Pablo dijo que su vida estaba en él, y que lo llevaron vivo. El consuelo es ese, en una noche en que el pan se parte y la palabra se alarga porque al día siguiente hay que salir.
Pablo se había propuesto pasar de largo a Éfeso, para no detenerse en Asia, porque se apresuraba por estar el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalén. Decidió ir por tierra hasta Asón, y allí embarcarse, habiéndolo dispuesto así, porque él había de ir por tierra. Cuando se juntó con los demás en Asón, tomándole consigo, vinieron a Mitilene. Navegando de allí, al día siguiente llegaron delante de Quío, y al otro tomaron puerto en Samos, y habiendo reposado en Trogilio, al día siguiente llegaron a Mileto. Enviando desde Mileto a Éfeso, hizo llamar a los ancianos de la iglesia. Cuando vinieron a él, les dijo cómo se había comportado entre ellos todo el tiempo, desde el primer día que entró en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que le habían venido por las asechanzas de los judíos. Les dijo cómo nada que fuese útil había rehuido de anunciarles y enseñarles, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios y de la fe en el Señor Jesucristo. Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios (Hechos 20:22–24). Sabía que ninguno de aquellos entre quienes había pasado predicando el reino de Dios vería más su rostro. Por tanto protestaba que estaba limpio de la sangre de todos, porque no había rehuido anunciar todo el consejo de Dios. Les encargó que mirasen por ellos y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo los había puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Sabía que después de su partida entrarían lobos rapaces que no perdonarían al rebaño, y que de ellos mismos se levantarían hombres que hablarían cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Por tres años, de noche y de día, no había cesado de amonestar con lágrimas a cada uno. Los encomendó a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificar y dar herencia con todos los santificados. No había codiciado plata ni oro ni vestido de nadie. Ellos sabían que para lo que le había sido necesario a él y a los que estaban con él, estas manos le habían servido. En todo les había enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo que más bienaventurado es dar que recibir. Dicho esto, se puso de rodillas, y oró con todos ellos. Hubo gran llanto de todos, y echándose al cuello de Pablo, lo besaban, doliéndose en gran manera por la palabra que dijo, de que no verían más su rostro. Y le acompañaron al barco.
El adiós de Mileto es el lugar donde el se dice con cadenas por delante, no con un mapa de regreso. La vida no es el ídolo que el ministerio debe conservar intacta. El fin es acabar la carrera y dar testimonio del evangelio de la gracia. La iglesia es la del Señor, ganada por su sangre, no la plataforma del que se va. Los lobos se anuncian sin drama de escenario, como lo que vendrá, y el remedio que Pablo deja no es una técnica de cobertura. Es la encomienda a Dios y a la palabra de su gracia, y el recuerdo de tres años de lágrimas, y unas manos que trabajaron. Quien predique Éfeso sin este muelle ha predicado la escuela de Tiranno y ha callado el llanto. El evangelio de la gracia se testifica de camino a las prisiones, no de camino a un palco más seguro.
TIRO, CESAREA, JERUSALÉN, Y LAS CADENAS QUE YA TENÍAN NOMBRE
Después de separarnos de ellos, zarpamos y fuimos con rumbo directo a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara. Habiendo hallado una nave que pasaba a Fenicia, nos embarcamos y zarpamos. Avistando a Chipre, la dejamos a mano izquierda, navegamos a Siria y arribamos a Tiro, porque la nave había de descargar allí. Habiéndonos quedado allí siete días, hallamos a los discípulos, quienes decían a Pablo por el Espíritu que no subiese a Jerusalén. Cumplidos aquellos días, salimos, acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad, y puestos de rodillas en la playa, oramos. Después de abrazarnos los unos a los otros, subimos a la nave, y ellos volvieron a sus casas. Nosotros completamos la navegación, saliendo de Tiro y arribando a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día. Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea, y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Éste tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban. Permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles (Hechos 21:11). Al oír esto, tanto nosotros como los de aquel lugar le rogamos que no subiese a Jerusalén. Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús (Hechos 21:13). Como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo que se hiciese la voluntad del Señor. El Espíritu da testimonio de las cadenas, y los discípulos de Tiro dicen por el Espíritu que no suba, y Agabo muestra el cinto, y los compañeros ruegan. Pablo no trata el testimonio como un mapa que se pueda negociar hasta quedar sin cruz. Está dispuesto a ser atado y a morir por el nombre. Los compañeros, no pudiendo persuadirlo, se rinden a la voluntad del Señor. Este libro no resuelve con una teoría lo que el relato deja en esa tensión. La narra. Las cadenas se anuncian antes de Jerusalén, y el evangelio sigue hacia ellas.
Después de esos días, hechos los preparativos, subimos a Jerusalén. Fueron también con nosotros algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a casa de un tal Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo, con quien habíamos de posar. Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. Al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos, a los cuales, después de haberles saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio. Cuando ellos lo oyeron, glorificaron a Dios, y le dijeron que ya veía cuántos millares de judíos había que habían creído, y que todos eran celosos por la ley. Le dijeron que se les había informado en cuanto a él, que enseñaba a todos los judíos que estaban entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circuncidasen a sus hijos ni observasen las costumbres. Le propusieron tomar consigo a cuatro hombres que tenían voto, purificarse con ellos, y pagar por ellos para que se rasurasen la cabeza, a fin de que todos supieran que de las cosas de que habían sido informados nada había, sino que él también andaba ordenadamente, guardando la ley. En cuanto a los gentiles que habían creído, ya habían escrito que no guardasen nada de esto, salvo que se abstuviesen de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación. Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando había de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos. El libro narra que Pablo lo hizo. No narra un discurso en el que él explique el gesto más allá de lo que los ancianos dijeron. Este libro no le añade una teoría que el capítulo no escribe. Deja el templo, el voto, la ofrenda, y lo que vino después, que no fue la paz que el gesto buscaba.
Cuando estaban para cumplirse los siete días, unos judíos de Asia, al verle en el templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, dando voces para que los varones israelitas ayudasen. Decían que éste era el hombre que por todas partes enseñaba a todos contra el pueblo, contra la ley y contra aquel lugar, y que además de esto había metido a griegos en el templo, y había profanado el lugar santo. Habían visto antes a Trófimo efesio en la ciudad con él, al cual pensaban que Pablo había metido en el templo. Se alborotó toda la ciudad, y se agolpó el pueblo, y apoderándose de Pablo, le arrastraron fuera del templo, e inmediatamente cerraron las puertas. Procurando ellos matarle, se le avisó al tribuno de la compañía que toda la ciudad de Jerusalén estaba alborotada. Éste, tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos, y cuando vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. Entonces, llegando el tribuno, le prendió y le mandó atar con dos cadenas, y preguntó quién era y qué había hecho. Pero entre la multitud, unos gritaban una cosa, y otros otra, y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, le mandó llevar a la fortaleza. Al llegar a las gradas, aconteció que era llevado en peso por los soldados a causa de la violencia de la multitud, porque la muchedumbre del pueblo venía detrás, gritando que le matasen. Cuando iban a meter a Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno si le era permitido decirle algo. Él dijo si sabía griego, y si no era aquel egipcio que antes de aquellos días había levantado una sedición y sacado al desierto los cuatro mil sicarios. Pablo dijo que era judío, de Tarso, ciudadano de una ciudad no insignificante de Cilicia, y le rogó que le permitiese hablar al pueblo. Concedido el permiso, Pablo, estando en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo, y hecho gran silencio, habló en lengua hebrea.
Dijo que era judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en aquella ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de los padres, celoso de Dios, como todos ellos lo eran aquel día. Había perseguido aquel Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres, como el sumo sacerdote y todos los ancianos podían dar testimonio, de quienes también había recibido cartas para los hermanos de Damasco, y había ido para traer presos a Jerusalén a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados. En el camino, cerca de Damasco, a eso del mediodía, le rodeó de repente una gran luz del cielo, cayó, y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hechos 22:7). Preguntó quién era, Señor, y la respuesta fue: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues (Hechos 22:8). Los que estaban con él vieron la luz, y se espantaron, pero no oyeron la voz del que le hablaba. Preguntó qué había de hacer, y el Señor le dijo que se levantase y fuese a Damasco, y que allí se le diría todo lo que estaba ordenado que hiciese. Como no veía a causa de la gloria de la luz, llevado de la mano por los que estaban con él, llegó a Damasco. Un varón piadoso según la ley, Ananías, de quien daban buen testimonio todos los judíos que allí moraban, vino, se le puso delante y le dijo que recibiese la vista. Al mismo momento lo miró. Ananías le dijo que el Dios de nuestros padres le había escogido para que conociese su voluntad, y viese al Justo, y oyese la voz de su boca, porque sería testigo suyo ante todos los hombres de lo que había visto y oído. Ahora pues, ¿por qué te detienes? Levántate, y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre (Hechos 22:16). Vuelto a Jerusalén, orando en el templo, le sobrevino un éxtasis, y le vio que le decía que se diese prisa y saliese prontamente de Jerusalén, porque no recibirían su testimonio acerca de él. Pablo respondió que ellos sabían que él encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en él, y que cuando se derramaba la sangre de Esteban su testigo, él mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban. El Señor le dijo que fuese, porque le enviaría lejos, a los gentiles. Le oyeron hasta esta palabra, y alzaron la voz, diciendo que quitasen de la tierra a tal hombre, porque no convenía que viviese. Como ellos gritaban y arrojaban sus ropas y lanzaban polvo al aire, mandó el tribuno que le metiesen en la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él.
Cuando le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente si les era lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado. Cuando el centurión lo oyó, fue y dio aviso al tribuno, diciéndole que mirase lo que iba a hacer, porque aquel hombre era romano. Vino el tribuno y le dijo si era romano. Él dijo que sí. Respondió el tribuno que con una gran suma había adquirido él esa ciudadanía. Pablo dijo que él lo era de nacimiento. Entonces se apartaron de él los que le iban a dar tormento, y aun el tribuno, al saber que era romano, también tuvo temor por haberle atado. Al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por la cual le acusaban los judíos, le soltó de las cadenas, y mandó venir a los principales sacerdotes y a todo el concilio, y sacando a Pablo, le presentó ante ellos. La ciudadanía detiene el examen con azotes. No detiene la acusación, ni convierte la fortaleza en libertad. El evangelio se ha dicho en hebreo desde las gradas, hasta la palabra gentiles, y esa palabra es la que la multitud no soporta. El Justo ha sido visto y oído, y el testigo está atado. No hay aquí un héroe que domina la plaza. Hay un hombre a quien iban a azotar, y a quien el texto saca del tormento por la ciudadanía, para ponerlo al día siguiente delante del concilio.
EL CONCILIO, LA CONJURA, CESAREA, Y LA PALABRA DE QUE HABRÁ QUE TESTIFICAR EN ROMA
Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo que con toda buena conciencia había vivido delante de Dios hasta aquel día. El sumo sacerdote Ananías ordenó entonces a los que estaban junto a él que le golpeasen en la boca. Pablo le dijo que Dios le golpearía a él, pared blanqueada, porque estaba sentado para juzgarle conforme a la ley, y contra la ley mandaba golpearle. Los que estaban allí dijeron si maldecía al sumo sacerdote de Dios. Pablo dijo que no sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote, pues escrito está que no maldecirás a un príncipe de tu pueblo. Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, clamó en el concilio que él era fariseo, hijo de fariseo, y que acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se le juzgaba. Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió, porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, pero los fariseos afirman estas cosas. Hubo un gran clamor, y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían diciendo que ningún mal hallaban en aquel hombre, y que si un espíritu o un ángel le había hablado, no luchasen contra Dios. Arreciando la disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese hecho pedazos por ellos, mandó que bajasen soldados y le arrebatasen de en medio de ellos, y le llevasen a la fortaleza. A la noche siguiente se le presentó el Señor, y le dijo: Dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma (Hechos 23:11). El de Roma no se dice en un salón de embajadores. Se dice de noche, en la fortaleza, después del golpe en la boca y de la disensión, y después de un testimonio ya dado en Jerusalén. El ánimo no es optimismo de plataforma. Es la palabra del Señor de que el testimonio tendrá que darse también allí.
Venido el día, algunos judíos tramaron un complot y se juramentaron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo. Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración. Fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos, y dijeron que se habían juramentado bajo maldición, a no gustar nada hasta que hubiesen matado a Pablo. Pidieron que ahora ellos, con el concilio, avisasen al tribuno que le sacase al día siguiente, como que querían indagar con más exactitud alguna cosa acerca de él, y que ellos, antes de que él llegase, estarían preparados para matarle. Mas el hijo de la hermana de Pablo, oyendo hablar de la celada, fue y entró en la fortaleza, y dio aviso a Pablo. Pablo, llamando a uno de los centuriones, le rogó que llevase a aquel joven al tribuno, porque tenía cierto aviso que darle. El centurión lo tomó y lo llevó al tribuno, y dijo que el preso Pablo le había rogado que llevase a aquel joven, que tenía algo que hablarle. El tribuno, tomándole de la mano y retirándose aparte, le preguntó qué era lo que tenía que decirle. Él dijo que los judíos habían convenido en rogarle que al día siguiente llevase a Pablo ante el concilio, como que iban a inquirir alguna cosa más cierta acerca de él, pero que él no lo hiciese. Porque más de cuarenta hombres de ellos le acechaban, los cuales se habían juramentado bajo maldición a no comer ni beber hasta haberle dado muerte, y ahora estaban preparados, esperando la promesa del tribuno. El tribuno despidió al joven, mandándole que a nadie dijese que le había dado aviso de esto. Llamando a dos centuriones, mandó que preparasen para la hora tercera de la noche doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, y que pusiesen cabalgaduras para que llevasen a Pablo a salvo hasta el gobernador Félix, y escribió una carta. Los soldados, tomando a Pablo como se les ordenó, lo llevaron de noche a Antípatris. Al día siguiente, dejando a los jinetes que fuesen con él, volvieron a la fortaleza. Cuando aquéllos llegaron a Cesarea, y dieron la carta al gobernador, presentaron también a Pablo delante de él. El gobernador, leída la carta, preguntó de qué provincia era, y enterado de que era de Cilicia, dijo que le oiría cuando viniesen los acusadores, y mandó que le custodiasen en el pretorio de Herodes. La escolta no es honor de palacio. Es el modo en que el libro dice que no lo mataron en el camino los cuarenta, y el lugar adonde llega es la custodia, no el estrado de un triunfo.
Cinco días después, descendió el sumo sacerdote Ananías con algunos de los ancianos y un cierto orador llamado Tértulo, y comparecieron ante el gobernador contra Pablo. Éste, llamado, Tértulo comenzó a acusarle, hablando de la paz que por medio del gobernador gozaban, y de las cosas dignas que se hacían a aquella nación por su providencia, y pidiendo que por su clemencia les oyese brevemente. Dijo que habían hallado que aquel hombre era una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos, que intentó también profanar el templo. Dijo que prendiéndole quisieron juzgarle conforme a su ley, pero que interviniendo el tribuno Lisias, con gran violencia le quitó de sus manos. Lisias mandó a sus acusadores que viniesen ante el gobernador, el cual, al juzgarle, podría informarse de todas estas cosas de que le acusaban. Los judíos también confirmaban, diciendo que estas cosas eran así. Habiéndole hecho señal el gobernador a Pablo para que hablase, éste respondió que con mejor ánimo haría su defensa, por cuanto sabía que desde hacía muchos años el gobernador era juez de aquella nación. Hacía no más de doce días que había subido a adorar a Jerusalén, y no le habían hallado disputando con ninguno, ni amotinando a la multitud, ni en el templo, ni en las sinagogas, ni en la ciudad, ni podían probar las cosas de que ahora le acusaban. Confesó que según el Camino que ellos llamaban herejía, así servía al Dios de sus padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas, y teniendo esperanza en Dios, la cual ellos también abrigaban, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos. Por esto procuraba tener siempre una conciencia sin remordimiento ante Dios y ante los hombres. Después de muchos años había venido a hacer limosnas a su nación y presentar ofrendas. Se le hallaron purificado en el templo, no con multitud ni con alboroto, unos judíos de Asia, quienes debieran comparecer ante el gobernador y acusarle si contra él tenían algo. O que dijeran éstos mismos si hallaron en él alguna cosa mal hecha, cuando compareció ante el concilio, salvo aquella sola voz que clamó, estando entre ellos, que acerca de la resurrección de los muertos era juzgado aquel día por ellos.
Félix, oídas estas cosas, estando bien informado de este Camino, les aplazó, diciendo que cuando descendiese el tribuno Lisias acabaría de conocer de su asunto. Ordenó al centurión que se custodiase a Pablo, pero que se le concediese alguna libertad, y que no impidiese a ninguno de los suyos servirle o venir a él. Algunos días después, viniendo Félix con Drusila su mujer, que era judía, llamó a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Jesucristo. Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó, y dijo que por ahora se fuese, y que cuando tuviese oportunidad le llamaría. Esperaba también con esto, que Pablo le diera dinero para que le soltase, por lo cual muchas veces lo hacía venir y hablaba con él. Pero al cabo de dos años recibió Félix por sucesor a Porcio Festo, y queriendo Félix congraciarse con los judíos, dejó preso a Pablo. Dos años no son un paréntesis sin evangelio. Son el tiempo en que se oye la fe en Jesucristo, la justicia, el dominio propio y el juicio venidero, y en que el gobernador se espanta y aplaza, y espera dinero, y al fin deja preso al que podría haber soltado si el dinero o el favor de los acusadores no hubieran pesado más. El evangelio sigue en la custodia, y la custodia no se convierte en fracaso de la promesa de Roma. La promesa todavía no se ha cumplido en el barco. Se está cumpliendo en un hombre que no compra la salida.
Festo, tres días después de haber llegado a la provincia, subió de Cesarea a Jerusalén. Los principales sacerdotes y los más influyentes de los judíos se presentaron ante él contra Pablo, y le rogaban, pidiendo contra él, como gracia, que le hiciese traer a Jerusalén, preparando ellos una celada para matarle en el camino. Festo respondió que Pablo estaba custodiado en Cesarea, adonde él mismo partiría en breve, y que los que de ellos pudiesen, descendiesen con él, y si había en aquel hombre algún crimen, lo acusasen. Deteniéndose entre ellos no más de ocho o diez días, venido a Cesarea, al siguiente día se sentó en el tribunal, y mandó que fuese traído Pablo. Venidos los judíos que habían descendido de Jerusalén, le rodearon, presentando contra él muchas y graves acusaciones, las cuales no podían probar, mientras Pablo se defendía diciendo que ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César había pecado en nada. Festo, queriendo congraciarse con los judíos, respondiendo a Pablo, dijo si quería subir a Jerusalén y allá ser juzgado de estas cosas delante de él. Pablo dijo que ante el tribunal de César estaba, donde convenía que fuese juzgado. A los judíos no les había hecho ningún agravio, como el gobernador sabía muy bien. Si algún agravio o cosa alguna digna de muerte había hecho, no rehusaba morir, pero si nada había de aquello de que le acusaban, nadie podía entregarle a ellos. A César apelaba. Entonces Festo, habiendo hablado con el consejo, respondió que a César había apelado, y que a César iría. El evangelio no apela para evitar el nombre de Jesús. Apela para no ser entregado a una celada, y acepta morir si hay cosa digna de muerte. La ida a Roma, que el Señor ya había dicho que era necesaria, toma en este tribunal la forma de una apelación, no la forma de un viaje de honor.
Pasados algunos días, el rey Agripa y Berenice vinieron a Cesarea para saludar a Festo. Y como estuvieron allí muchos días, Festo expuso al rey la causa de Pablo. Agripa dijo que querría también oír a aquel hombre. Festo le contestó que mañana le oiría. Al otro día, viniendo Agripa y Berenice con mucha pompa, y entrando en la audiencia con los tribunos y principales hombres de la ciudad, por mandato de Festo fue traído Pablo. Festo dijo que aquel era el hombre por el cual toda la multitud de los judíos le había demandado, así en Jerusalén como allí, dando voces que no debía vivir más. Él, hallando que ninguna cosa digna de muerte había hecho, y apelando él mismo a Augusto, había determinado enviarle, sin tener cosa cierta que escribir al señor. Por lo cual le había traído delante de ellos, y mayormente delante del rey, para que después del examen tuviese algo que escribir, porque le parecía fuera de razón enviar un preso, y no informar de los cargos que hubiese en su contra. Agripa dijo a Pablo que le era permitido hablar por sí mismo. Entonces Pablo, extendiendo la mano, comenzó a defenderse. Se tenía por dichoso de poderse defender aquel día delante del rey de todas las cosas de que le acusaban los judíos, mayormente porque el rey era experto en todas las costumbres y cuestiones que había entre los judíos. Pidió que le oyese con paciencia. Su vida desde la juventud, la cual desde el principio había sido en su nación, en Jerusalén, la conocían todos los judíos, que sabían que conforme a la más rigurosa secta de su religión había vivido fariseo. Ahora era llamado a juicio por la esperanza de la promesa que hizo Dios a los padres, a la cual esperaban llegar las doce tribus, sirviendo constantemente de día y de noche. Por esta esperanza era acusado por los judíos. Preguntó por qué se juzgaba cosa increíble que Dios resucitase a los muertos. Él ciertamente había creído deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret, lo cual también hizo en Jerusalén, encerrando en cárceles a muchos de los santos, con autoridad de los principales sacerdotes, y cuando los mataron, él dio su voto. Muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forzó a blasfemar, y enfurecido sobremanera contra ellos, los persiguió hasta en las ciudades extranjeras. Ocupado en esto, yendo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, a mediodía, oh rey, vio en el camino una luz del cielo que sobrepujaba el resplandor del sol, la cual le rodeó a él y a los que iban con él. Habiendo caído todos ellos en tierra, oyó una voz que le hablaba y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón (Hechos 26:14). Él dijo quién era, Señor, y el Señor dijo que era Jesús, a quien él perseguía. Le mandó levantarse y ponerse sobre sus pies, porque para esto había aparecido, para ponerlo por ministro y testigo de las cosas que había visto y de aquellas en que se le aparecería. Lo libraría del pueblo y de los gentiles, a quienes ahora le enviaba, para que abriese sus ojos. Esto era a fin de que se convirtiesen de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios, para que recibiesen, por la fe que es en él, perdón de pecados y herencia entre los santificados. Por lo cual no fue rebelde a la visión celestial, sino que anunció primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento. Por causa de esto los judíos, prendiéndole en el templo, intentaron matarle. Pero habiendo obtenido auxilio de Dios, perseveraba hasta aquel día, dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder, que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles.
Diciendo él estas cosas en su defensa, Festo a gran voz dijo que estaba loco, que las muchas letras le volvían loco. Pablo dijo que no lo estaba, excelentísimo Festo, sino que hablaba palabras de verdad y de cordura. El rey sabía estas cosas, delante de quien también hablaba con toda confianza, pues no creía que ignorase nada de esto, porque no se había hecho en algún rincón. ¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees (Hechos 26:27). Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser Cristiano (Hechos 26:28). Pablo dijo que quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente él, sino también todos los que le oían aquel día, se hiciesen tales como él era, excepto las cadenas. Cuando hubo dicho estas cosas, se levantó el rey, y el gobernador, y Berenice, y los que se habían sentado con ellos, y aparte hablaban entre sí, diciendo que ninguna cosa digna ni de muerte ni de prisión había hecho aquel hombre. Agripa dijo a Festo que podía ser puesto en libertad, si no hubiera apelado a César. La pompa de la audiencia no convierte el testimonio en éxito de corte. Festo llama locura a la resurrección. Agripa se detiene en el por poco. Pablo desea la fe para los oyentes y no desea las cadenas para ellos, y las cadenas se quedan en él. El veredicto de los que se levantan es que no hay cosa digna de muerte ni de prisión, y el camino a Roma sigue porque la apelación ya está hecha. El evangelio no necesita que la corte se convierta para seguir. Necesita ser dicho, y es dicho, a pequeños y a grandes, dentro de lo que Moisés y los profetas dijeron, que el Cristo había de padecer y ser el primero de la resurrección.
EL BARCO QUE SE PIERDE, Y LAS ALMAS QUE NO
Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta. Embarcándonos en una nave adramitena que iba a partir hacia las costas de Asia, zarpamos, estando con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica. Al otro día llegamos a Sidón, y Julio, tratando humanamente a Pablo, le permitió que fuese a los amigos, para ser atendido por ellos. De allí, haciéndonos a la mar, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios. Habiendo atravesado el mar frente a Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia. Habiendo hallado allí el centurión una nave alejandrina que zarpaba para Italia, nos hizo embarcar en ella. Navegando muchos días despacio, y habiendo llegado a duras penas frente a Gnido, porque el viento no nos dejaba, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón. Pasándola a duras penas, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea. Habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo les amonestaba, diciéndoles que veía que la navegación iba a ser con perjuicio y mucha pérdida, no solo del cargamento y de la nave, sino también de sus personas. Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón de la nave que a lo que Pablo decía. Siendo incómodo el puerto para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si les fuese posible arribar a Fenice, e invernar allí, que es un puerto de Creta que mira al nordeste y al sudeste. Soplando una brisa del sur, y pareciéndoles que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban costeando Creta. Pero no mucho después dio contra ella un viento huracanado que se llama Euroclidón. Siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar. Correteando a sotavento de una pequeña isla llamada Clauda, con dificultad pudimos recoger el esquife. Una vez recogido, usaron de refuerzos para ceñir la nave, y teniendo temor de dar en la Sirte, arriaron las velas y quedaron a la deriva. Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, y al tercer día con sus propias manos arrojaron los aparejos de la nave. No apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.
Entonces Pablo, habiendo pasado mucho tiempo sin comer, puesto en pie en medio de ellos, dijo que debían haberle oído y no haber zarpado de Creta, para evitar este perjuicio y pérdida. Con todo, les exhortaba a tener buen ánimo, pues no habría ninguna pérdida de vida entre ellos, sino solamente de la nave. Porque esta noche se le había presentado un ángel del Dios de quien era y a quien servía, diciendo: Diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo (Hechos 27:24). Por tanto, que tuviesen buen ánimo, porque él creía a Dios que sería así como se le había dicho. Era necesario que diesen en alguna isla. Cuando llegó la decimacuarta noche, y éramos llevados a la deriva por el mar Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que estaban cerca de alguna tierra, y echando la sonda hallaron veinte brazas, y pasando un poco más adelante, volvieron a echar la sonda y hallaron quince brazas. Temiendo dar en escollos, echaron cuatro anclas por la popa, y ansiaban que se hiciese de día. Entonces los marineros procuraron huir de la nave, y echado que hubieron el esquife al mar, aparentando como que querían largar las anclas de proa, Pablo dijo al centurión y a los soldados que si éstos no permanecían en la nave, ellos no podrían salvarse. Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y dejaron que se perdiese. Cuando comenzó a amanecer, Pablo exhortaba a todos que comiesen, diciendo que era ya el decimocuarto día que velaban y permanecían en ayunas, sin comer nada, y que les rogaba que comiesen por su salud, pues ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de ellos perecería. Dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer. Entonces todos, teniendo ya mejor ánimo, comieron también. Estábamos en total en la nave doscientas setenta y seis personas. Cuando ya se hubieron saciado, aligeraron la nave, echando el trigo al mar. Cuando se hizo de día, no reconocían la tierra, pero veían una ensenada que tenía playa, en la cual acordaron varar, si pudiesen, la nave. Cortando las anclas, las dejaron en el mar, largando también las amarras del timón, e izando al viento la vela de proa, enfilaron hacia la playa. Dando en un lugar de dos aguas, hicieron encallar la nave, y la proa, hincada, quedó inmóvil, y la popa se abría con la violencia del mar. Los soldados acordaron matar a los presos, para que ninguno se fugase nadando. Pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, les impidió este intento, y mandó que los que pudiesen nadar se echasen los primeros y saliesen a tierra, y los demás, parte en tablas, parte en cosas de la nave. Y así aconteció que todos se salvaron saliendo a tierra.
El ángel no promete el barco. Promete que no se perderá la vida de ninguno de los que navegan, y que es necesario comparecer ante César. El barco se pierde. Las doscientas setenta y seis personas salen a tierra. Así es el camino de este evangelio. La soberanía no ahorra el naufragio. Lo incluye, y distingue la nave de las almas. Quien lea Hechos 27 como aventura de un héroe que nunca tuvo miedo ya ha saltado el ayuno de catorce días, la esperanza perdida, y la frase de que debían haberle oído en Buenos Puertos. Quien lo lea como prueba de que Dios abandona al mensajero ya ha saltado al ángel y a la playa. La carta, cuando cuente tres naufragios y una noche y un día en alta mar, hablará de lo que este capítulo todavía no narra, porque este naufragio viene después, en el libro, de los viajes en que la carta se sitúa. Este libro no les pone puerto a aquellos tres. Narra éste, que el libro narra, con sus nombres, Clauda, la Sirte temida, el Adriático, y la tierra que al salir sabrán cómo se llama.
MALTA, Y LA CASA ALQUILADA
Estando ya a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta. Los naturales nos trataron con no poca humanidad, porque encendiendo un fuego, nos recibieron a todos, a causa de la lluvia que caía, y del frío. Habiendo Pablo recogido algunas ramas secas, y echándolas al fuego, una víbora, huyendo del calor, se le prendió en la mano. Cuando los naturales vieron la víbora colgando de su mano, se decían unos a otros que sin duda aquel hombre era homicida, a quien, habiendo escapado del mar, la justicia no dejaba vivir. Pero él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció. Ellos estaban esperando que se hinchase, o que cayese muerto de repente, mas habiendo esperado mucho, y viendo que ningún mal le venía, cambiaron de parecer y dijeron que era un dios. En aquellos lugares había propiedades del hombre principal de la isla, llamado Publio, quien nos recibió y hospedó solícitamente tres días. Aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y de disentería, y Pablo entró a verle, y después de haber orado, le impuso las manos, y le sanó. Hecho esto, también los otros que en la isla tenían enfermedades, venían, y eran sanados, los cuales también nos honraron con muchas atenciones, y cuando zarpamos, nos cargaron de las cosas necesarias. La víbora no se predica como prueba de que Pablo era dios, que es lo que dijeron los naturales después de haber dicho que era homicida. El libro registra las dos sentencias de la playa y no adopta ninguna. Registra la oración, las manos, la sanidad del padre de Publio, y las enfermedades de la isla, y también el frío, la lluvia y las cosas necesarias para zarpar. Tres meses, nos hicimos a la vela en una nave alejandrina que había invernado en la isla, la cual tenía por enseña a Cástor y Pólux. Habiendo arribado a Siracusa, estuvimos allí tres días. De allí, costeando alrededor, llegamos a Regio, y otro día después, soplando el viento sur, llegamos al segundo día a Puteoli, donde hallamos hermanos, los cuales nos rogaron que nos quedásemos con ellos siete días, y luego fuimos a Roma. De allí, oyendo los hermanos noticias de nosotros, salieron a recibirnos hasta el Foro de Apio y las Tres Tabernas, a los cuales, cuando Pablo los vio, dio gracias a Dios y cobró aliento. Cuando llegamos a Roma, el centurión entregó los presos al prefecto militar, pero a Pablo se le permitió vivir aparte, con un soldado que le custodiase.
Aconteció que tres días después, Pablo convocó a los principales de los judíos. Luego que estuvieron reunidos, les dijo que él, no habiendo hecho nada contra el pueblo, ni contra las costumbres de los padres, había sido entregado preso desde Jerusalén en manos de los romanos. Ellos, habiéndole examinado, querían soltarle, por no haber en él ninguna causa de muerte; pero contradiciendo los judíos, se había visto obligado a apelar a César, no porque tuviese de qué acusar a su nación. Por esta causa les había llamado, para verles y hablarles, porque por la esperanza de Israel estaba sujeto con aquella cadena. Ellos le dijeron que no habían recibido de Judea cartas acerca de él, ni había venido alguno de los hermanos que hubiese denunciado o hablado algún mal de él, y que querrían oír de él lo que pensaba, porque de esa secta les era notorio que en todas partes se hablaba contra ella. Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales les declaraba y les testificaba el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, persuadiéndoles acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas. Algunos asentían a lo que se decía, pero otros no creían. Como no estuviesen de acuerdo entre sí, al retirarse, les dijo Pablo esta palabra: que bien había hablado el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a los padres de ellos. Habló del oíd y no entendáis, ved y no percibáis, del corazón engrosado, los oídos torpes y los ojos cerrados, para no ver ni oír ni entender ni convertirse y ser sanados. Sabed, pues, que a los gentiles es enviada esta salvación de Dios; y ellos oirán (Hechos 28:28). Cuando hubo dicho esto, los judíos se fueron, teniendo gran discusión entre sí. Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento (Hechos 28:30–31).
Hechos termina aquí, y no termina en un martirio que el libro no narra, ni en una liberación que el libro no narra. Termina en dos años, en casa alquilada, con un soldado que custodia, recibiendo a todos los que vienen, predicando el reino y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento. El impedimento que no hay es el de la palabra. El impedimento del cuerpo sigue, porque la cadena con que dijo estar sujeto por la esperanza de Israel no ha sido declarada rota. Roma ha sido alcanzada como el Señor dijo que tenía que ser alcanzada, en testimonio, no en pompa. El Foro de Apio y las Tres Tabernas son el recibimiento de hermanos, y Pablo da gracias y cobra aliento, que es el aliento de un preso a quien salen a encontrar, no el aliento de un vencedor que entra a caballo. Quien cierre el libro buscando el desenlace biográfico ha cambiado de género. El punto es el reino predicado en el centro, sin que la cadena lo estorbe.
LA LISTA QUE EL PROPIO PABLO PONE JUNTO AL CAMINO
Lucas no agota los azotes, y por eso los viajes no se leen sin la carta. El apóstol no escribe la lista para completar un atlas. La escribe porque hay quienes se dicen ministros de Cristo, y él, como si estuviera loco, se compara, y la comparación no es de plataformas. Es de trabajos, de azotes, de cárceles y de peligros de muerte. (kopos, Strong 2873, trabajo, fatiga que agota) no es el ajetreo del que se siente útil porque viaja. Es labor hasta el desgaste. (plēgē, Strong 4127, golpe, azote, herida) está sin número. Las cárceles son más. Los peligros de muerte, muchas veces. Luego baja al detalle que el libro de los Hechos no reparte ciudad por ciudad. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno (2 Corintios 11:24). El cuarenta menos uno es la disciplina que Deuteronomio 25:3 limita para que el hermano no quede envilecido si se le dan más, y las sinagogas se detenían en treinta y nueve. Cinco veces. Hechos no narra esas cinco, y este libro no les asigna una sinagoga, ni un año, ni un patio. Las deja en la boca del que las recibió. Tres veces he sido azotado con varas (2 Corintios 11:25). Las varas son el castigo que el libro muestra en Filipos, aplicado allí a quienes luego dicen ser ciudadanos. La carta dice tres veces. El relato muestra una. Las otras dos no se inventan. Una vez apedreado. El libro muestra Listra, el arrastre, el cuerpo dado por muerto, la entrada otra vez. No muestra otra pedrada, y no se fabrica. Tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar. El único naufragio que Lucas narra es el de la nave alejandrina, camino de Italia, cuando el barco se pierde y las personas no. Ese naufragio, en el orden del libro, viene después del arresto, y la carta habla de tres y de una noche y un día en lo profundo mientras cuenta lo que ya ha padecido. Por tanto los tres no son el de Hechos 27, y no reciben aquí un nombre de mar que el texto no les da. Decirlo así no es esconder el mar. Es no mentir el mapa.
Siguen los caminos, muchas veces, y los peligros que la lista no convierte en anécdota de valor. Peligros de ríos, de ladrones, de los de su nación, de los gentiles, en la ciudad, en el desierto, en el mar, entre falsos hermanos. El desierto y el río y el salteador no se localizan más de lo que la frase localiza. Están en la frase, y bastan para que nadie predique un corredor seguro entre sinagoga y sinagoga. Los falsos hermanos están en la misma respiración que los ladrones, y la carta no los trata como un problema menor de organización. Luego el cuerpo, otra vez, sin metáfora de liderazgo. En trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez (2 Corintios 11:27). El hambre tiene nombre, (limos, Strong 3042, hambre), y la sed, y el frío, y la desnudez. No es la disciplina elegante de quien ayuna para ser visto. Es lo que se agolpa sobre un cuerpo que hace tiendas, que es azotado, que pasa catorce días sin comer en un naufragio que todavía no es éste de la carta, y que aun así no reduce el evangelio a la queja del cuerpo. El evangelio sigue bajo eso. No se anuncia después de que el hambre se haya resuelto en un testimonio de prosperidad. Se anuncia en el hambre.
Y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias (2 Corintios 11:28). (merimna, Strong 3308, cuidado, preocupación que se agolpa) no es, en esta línea, la ansiedad que el Señor prohíbe al que tiene Padre y que no debe afanarse por lo que ha de comer o vestir. Es el peso de cada día por todas las iglesias. La frase siguiente, que el versículo veintiocho arrastra, lo dice sin dejarlo en abstracto. Quién enferma, y él no enferma. A quién se le hace tropezar, y él no se indigna. La misión no es solo predicar a extraños en una ciudad nueva. Es temblar por los que ya creyeron. Quien mida los viajes por las plazas alcanzadas y no oiga esta preocupación ha leído un expansionista. El texto lee un hombre sobre quien se agolpa, cada día, el cuidado de las iglesias, además de los azotes. Si es necesario gloriarse, me gloriaré en lo que es de mi debilidad (2 Corintios 11:30). La gloria que la carta consiente no es la de la plataforma. Es la de la flaqueza, y el Dios y Padre del Señor Jesús, que es bendito por los siglos, sabe que no miente. Hasta el escape de Damasco, cuando el gobernador del rey Aretas guardaba la ciudad y él fue descolgado en un canasto por una ventana del muro, entra en esa gloria al revés. No es una anécdota de astucia. Es la boca que se gloría en lo que el palco llamaría huida.
Por eso el cuerpo puede decir, en otra carta, que trae las marcas del Señor Jesús, y por eso Filipos puede oír que las cosas que le han sucedido han redundado más bien para el progreso del evangelio, de manera que sus prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio. El progreso no es la comodidad del mensajero. Es que Cristo se predique. En el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa (2 Timoteo 2:9). La palabra no está presa aunque el mensajero sufra hasta prisiones a modo de malhechor. Esa distinción es la de Hechos 27 en otra clave. Se pierde la nave, no la palabra. Se ata al hombre, no el evangelio. El oficio apostólico no se repite por haber entendido esto, y el patrón no se vuelve opcional por haber entendido que el oficio no se repite. Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución (2 Timoteo 3:12). Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán (Juan 15:20). Los azotes no justifican. La justificación fue anunciada en Antioquía de Pisidia como perdón en aquel a quien Dios levantó, para todo aquel que cree, de lo que la ley de Moisés no podía justificar. Los azotes no se buscan como pago. Tampoco se evitan con un evangelio más presentable. El que predica a Jesucristo como Señor, y a sí mismo como siervo, no negocia un Cristo sin cruz para que el viaje salga en la solapa.
CIERRE
Lo que queda, cuando Hechos 13 al 28 ha sido oído en el orden en que el libro narra, y cuando 2 Corintios 11:23–28 ha sido oído como la lista del propio Pablo, no es un mapa para la solapa ni un héroe para el palco. Es una doctrina del Señor que mostró de antemano cuánto había que padecer por su nombre, del evangelio que avanza a través de ese padecer, y del cuerpo que guarda las marcas. Esa doctrina tiene que decirse con el mismo aliento con que Lucas narró las ciudades y con que Pablo, forzado a gloriarse, contó la sangre. Porque un cierre que solo repita que no es un atlas ha entendido la polémica y no ha entendido al que anda. El que anda es Pablo, y lo que el texto enseña no es, primero, una corrección del turismo, aunque el turismo quede corregido al pasar. Es el orden de una misión que ya tiene un . Por consiguiente, la última palabra de este libro no denuncia otra vez la plataforma, como si denunciar fuera seguir. Dice lo que hay que creer para que la plataforma se caiga sola, y luego pone al lector de rodillas, que es el único suelo en el que el viaje no se vuelve éxito.
Hay un Señor, y en el camino de Damasco no promete a Saulo un itinerario de puertas cómodas. Le muestra cuánto le es necesario padecer por su nombre. El verbo no es el de un accidente. Es el mismo peso con que se dice que el Hijo del Hombre debe padecer. El siervo no elige un mapa más suave. El siglo quiere las ciudades, las iglesias, el Areópago, la escuela, Roma al fin, y no quiere las varas ni el motín ni la cadena. El texto no concede ese recorte. Seleucia, Chipre, Salamina, Pafos, Perge, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra, Derbe, Atalia, y otra vez Antioquía. Luego la subida a Jerusalén por Fenicia y Samaria, y la carta a los gentiles de Antioquía, Siria y Cilicia. Luego Siria y Cilicia, Derbe y Listra, Frigia y Galacia, la Asia prohibida, Misia, Bitinia no permitida, Troas, Samotracia, Neápolis, Filipos, Anfípolis, Apolonia, Tesalónica, Berea, Atenas, Corinto, Cencrea, Éfeso, Cesarea, Antioquía. Luego Galacia y Frigia otra vez, Éfeso, Macedonia, Grecia, Troas, Asón, Mitilene, Quío, Samos, Trogilio, Mileto, Cos, Rodas, Pátara, Tiro, Tolemaida, Cesarea, Jerusalén. Luego la fortaleza, el concilio, Antípatris, Cesarea, la apelación, Sidón, Chipre a sotavento, Mira, Gnido, Salmón, Buenos Puertos, Lasea, Clauda, Malta, Siracusa, Regio, Puteoli, el Foro de Apio, las Tres Tabernas, Roma. Nombrarlas no es pintar una infografía. Es decir que el libro las nombra en este orden, y que ninguna se ofrece como prueba de que el cuerpo salió intacto. En Listra lo arrastran por muerto y él entra otra vez, y al día siguiente sale para Derbe, y a los recién nacidos les dice que es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. El plural incluye a las iglesias. No reserva el padecer para una casta.
La misión nace de una iglesia que ayuna, no de un consultor que se autonombra. El Espíritu aparta, prohíbe, no permite, llama por una visión, y no por eso ahorra el cepo. En Filipos la puerta se abre a medianoche y Pablo no huye. El carcelero lava las heridas y en seguida se bautiza él con todos los suyos. La puerta abierta no es el sello de una misión sin cruz. Es el lugar donde Cristo se predica y donde el agua no espera. En Corinto el Señor dice de noche que no tema, que hable y no calle, porque él está con él y tiene mucho pueblo en esa ciudad. No promete una ciudad sin tribunal. Promete presencia, y dieciocho meses de palabra. En Mileto el Espíritu da testimonio, por todas las ciudades, de que esperan prisiones y tribulaciones, y Pablo no estima preciosa su vida para sí mismo, con tal que acabe la carrera y el ministerio recibido del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios. En Jerusalén lo prenden, lo arrastran, lo encadenan, lo llevan a la fortaleza, y de noche el Señor le dice que tenga ánimo, pues como ha testificado en Jerusalén, así es necesario que testifique también en Roma. Llega, y no llega como embajador. Llega después de un barco que se hace pedazos, con un ángel que había dicho que era necesario comparecer ante César y que Dios le había dado a todos los que navegaban con él. La nave se pierde. Las personas salen a tierra. En Roma permanece dos años en una casa alquilada, recibe a todos los que vienen, predica el reino y enseña acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento. El adverbio no describe un hombre suelto. Describe una palabra que la cadena no estorba.
La carta llena de sangre lo que Lucas no agota, y por eso el itinerario no se predica solo. Trabajos más abundantes, azotes sin número, cárceles, peligros de muerte muchas veces, cinco veces cuarenta menos uno, tres veces varas, una vez piedras, tres naufragios, una noche y un día como náufrago en alta mar, caminos, ríos, ladrones, los de su nación, los gentiles, la ciudad, el desierto, el mar, los falsos hermanos, el trabajo y la fatiga, los desvelos, el hambre y la sed, los ayunos, el frío y la desnudez, y lo que se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. Lo que el libro localiza, este libro lo ha seguido. Lo que la carta cuenta y el libro no localiza, este libro no lo ha localizado. Esa abstención no debilita la lista. La guarda de convertirse en otro mapa, más sangriento y igual de falso. El cuerpo es argumento. Las marcas del Señor Jesús no son un adorno de feria. La gloria, si es necesario gloriarse, es la de la debilidad. No se predica un Pablo de plataforma. Se predica un hombre que se gloría como loco en lo que el palco despreciaba, y un evangelio que sigue precisamente allí, bajo los azotes, no después de ellos como premio de haber aguantado.
Si todo esto es verdad, el arrepentimiento ya no es un propósito de ser más viajero ni una frase más enérgica contra la plataforma ajena. Es un vuelco que se puede fechar. El Espíritu convence de un pecado concreto, que es haber amado el palco, haber tratado el costo como defecto de planificación, haber llamado fe a la puerta cómoda, haber usado el oficio apostólico como coartada para no padecer nada, haber coleccionado ciudades y no haber confesado el . Hoy se nombra el costo que se ha negado a pagar para que otro oiga el evangelio: el tiempo, la fama, la comodidad, la conversación aplazada, el silencio cobarde. Y se lee en voz alta la lista de 2 Corintios 11:23–28 delante de quien pueda oírla, no para sentir lo que Pablo sintió en un viaje de imitación, sino para que el palco no vuelva a definir la obra. Se cumple un acto de testimonio que cueste, en el tramo que ya está dado, no en un propósito de ir a una ciudad que el Señor no ha puesto en este párrafo como encargo del lector. La fe que sigue no fabrica un apostolado de escenario. Predica a Cristo, porque la fe es por el oír y el oír por la palabra de Dios, y se deja el donde el texto lo dejó, sobre el siervo y sobre los que entran en el reino. El bautismo, para el que aún no ha bajado al agua, no entrega un pasaporte. En Filipos, el que oyó bajó en aquella misma hora de la noche, y las heridas fueron lavadas antes de que amaneciera el foro. El que sale del agua sale unido a un Cristo crucificado en debilidad, no con un itinerario sin cepo. La permanencia es guardar la fe en el tramo, volver mañana a oír el cuando la puerta se ofrezca cómoda, y no medir la semana por el aplauso.
Al que enseña, el cargo es el mismo y no más blando. No se predica Hechos para hacer clientes de una estrategia de expansión. Se predica el hombre que vuelve a entrar en Listra. Se predica el apartar de Antioquía, la palabra desechada y el volverse a los gentiles, las varas de Filipos y el bautismo de noche, y el Areópago que se burla de la resurrección y los que creen. Se predica el no temas de Corinto, la escuela y el motín, las cadenas anunciadas en Mileto, el cinto de Agabo y la fortaleza. Y se predican los dos años delante de Félix, la apelación, el barco perdido y la casa alquilada. Se predica la sangre de la carta junto con el itinerario, para que el mapa no se quede sin cuerpo, y no se añaden puertos que la carta no da ni ciudades que el libro no nombra. Quien enseña no vende un Hechos sin cepo, y no convierte el Areópago en marca. Dice a los recién nacidos lo que Pablo dijo con las piedras recientes. Si el pueblo sale del culto a admirar a Pablo para no imitarle en nada de lo que el plural del reino exige, el libro fue hurtado en el púlpito, y el libro sigue ahí, con Listra y con la casa alquilada y con el hambre dicha por el propio apóstol, para juzgar el hurto. La alabanza que cabe al final no alaba al viajero. Alaba al Señor por cuyo nombre el padecer es necesario, al Espíritu que aparta y no ahorra el cepo, al Padre que incluye el naufragio sin perder la palabra, y al evangelio que no está preso. Es necesario padecer por mi nombre, y el reino se predica abiertamente y sin impedimento. El que oye eso y todavía pide un mapa de éxito, o todavía usa al apóstol como coartada, no ha llegado al final de Hechos. Ha vuelto al principio de su palco.
DECISIÓN PARA ESTA SEMANA
Confieso delante de Dios que he leído los viajes de Pablo como mapa de una estrategia de éxito, olvidando los azotes, las cadenas y las puertas que el Espíritu cerró. Esta semana leo cada día un tramo de los viajes en Hechos, de Antioquía a Roma; antes de que termine la semana escribo, llamo o envío una ofrenda a un misionero o a un obrero que sufre por el evangelio, y oro por nombre por la iglesia perseguida. El domingo cuento a un hermano de mi iglesia, que pueda pedirme cuentas, a qué siervo sostuve y por qué iglesia oré. Si aún no he creído ni he sido bautizado, esta semana me arrepiento, confieso a Cristo y pido el agua.
Alejandro Sirit · Editorial Cielo Efata · 2026
V.E.R.D.A.D. · la última letra
Santiago compara al que oye la Palabra y no la hace con un hombre que se mira al espejo y se va. Por eso este estudio no termina cuando se ha entendido el pasaje, sino cuando hay un paso concreto que sale de este texto, compartido con alguien de confianza que pueda preguntarte por él.
Escribe en el cuaderno qué te pide Hechos 13–14. No un propósito general, sino lo que este texto concretamente manda.
Stg. 1:22Santiago 1:22: Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. · Lc. 8:15Lucas 8:15
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